4. Historia de los tres calendas hijos de reyes y de las cinco damas de Bagdad (parte 2)

Sofía se sentó a su vez en medio de la instancia, y Amina le presentó un laúd que había sacado de un magnífico estuche de raso blanco bordado de oro. Sofía cantó una canción sobre lo triste de la ausencia, con tan melodioso y armónico acento, que todos aplaudieron entusiasmados al ver su maestría y su buen gusto. Amina tomó el instrumento y cantó también sobre el mismo tema, pero de un modo tan apasionado y vehemente, que al final de la canción, y visiblemente conmovida, le faltaron las fuerzas, y cayó al suelo sin sentido. Los hombres se apresuraron a socorrerla, y vieron horrorizados que la infeliz tenía el cuerpo lleno de cicatrices.
__Mejor hubiera sido quedarnos afuera __dijo uno de los calendas__ que entrar aquí para presenciar estos espectáculos.
El Califa oyó, y dirigiéndose a ellos les preguntó:
__¿Qué significa eso?
El que había hablado contestó:
__Señor, nosotros tampoco lo sabemos.
Uno de los calendas hizo señal al mandadero de que se acerca sy le preguntó si sabía por qué habían pegado a las perras y por qué tenía Amina los pechos llenos de cicatrices.
__Señor __repuso el mandadero__, os juro por Dios vivo que sé acerca de esto y tanto como vosotros.
Resuelto el Califa a satisfacer su curiosidad a toda costa, dijo, dirigiéndose a los otros:
__Escuchad, somos siete hombres para luchar contra tres indefensas mujeres: invitémoslas a explicarnos este misterio y, si se oponen las obligaremos por la fuerza.
El Visir llevo aparte al Califa y le susurró al oído:
__Tened paciencia señor, que la noche no es eterna. Mañana volveré, me apoderaré de estas tres mujeres, las conduciré al pie de vuestro trono y allí sabréis lo que deseáis.
Aunque el consejo era muy atinado, el Califa lo rechazó.
Discutíase acerca de quién debía tomar la palabra.
El Califa pretendió que hablasen primero los calendad, pero éstos se excusaron y se convino, al fin en que lo hiciera el mandadero.
Disponíase éste a hacer la fatal pregunta, cuando Zobeida, después de socorrer a Amina, que ya había vuelto en sí, se acercó a ellos, y como los había visto conversar animadamente, les pregunto:
__¡De qué habláis señores? ¿Cuál es el motivo de vuestra discusión?
__Señora __ respondió el manadero__, estos amigos os ruegan por mi conducto, que les expliquéis lo que acaba de suceder aquí, porque la verdad es que no lo entienden, lo cual no es raro, porque a mi me sucede lo mismo.
__¿Es posible __exclamó Zobeida con aire altanero__ que tengáis semejante pretensión señores?
__Sí __repusieron todos.
__Antes de recibiros __continuó Zobeida cada vez más irritada__ os impusimos la condición expresa de no indagar nada, cualquiera que fuese lo que presenciarais aquí. Os hemos agasajado en lo posible y faltáis indignamente a vuestra palabra. ¡No habrá perdón para vosotros! ¡Venid pronto! __dijo Zobeida ando con el pie tres golpes en el suelo.
De repente se abrió una puerta, y siete esclavos negros, fornidos y provistos de alfanjes desnudos se precipitaron en la habitación abalanzándose a cada uno de los huéspedes para cortarles la cabeza.
Fácil es imaginar el terror del Califa, arrepentido aunque tarde, de no haber escuchado los consejos del gran Visir. Iban ya los esclavos a descargar el golpe fatal, cuando Zobeida les dijo:
__Esperad; antes de que mueran estos hombres quiero interrogarles.
__En nombre de Dios, señora __ murmuró asustado el mandadero__, yo soy inocente, y estos calendas tuertos, pájaros de mal agüero, son los que tienen la culpa de la desgracia en que me veo. No es justo que yo pague por los demás:
__Decidme quiénes sois, porque después de vuestra conducta dudo que pertenezcáis a la clase de hombres dignos y honrados. Si así fuese, habríais tenido más consideraciones hacia nosotras.
El Califa vislumbró alguna esperanza, y, enojado al considerar que su vida dependía del capricho de una mujer, ordenó en voz baja al Visir que declarase su posición y su rango.
__No nos sucede mas de lo que merecemos __ dijo el prudente Giafar, e iba ya a hablar, pero Zobeida no le dio oportunidad dirigiendo la palabra a los calendas, a quienes pregunto si eran hermanos.
__No por los vínculos de sangre sino por la profesión __ dijo uno de ellos.
¿Y sois tuertos de nacimiento?
__No __respondió el interpelado__, lo soy a causa de un suceso extraordinario que merecía ser escrito, el cual me hizo afeitarme la cabeza y tomar el hábito de calenda.
Los otros dos contestaron lo mismo, y el último añadió.
__Para que comprendáis, señora que no somos personas vulgares, sabed que los tres somos hijos de reyes que gozan en el mundo de justo renombre.
Zobeida, al oír esta declaración, moderó en parte su enojo y dijo a los esclavos que permaneciesen allí para quitar la vida la vida sin piedad al que se negara a referir su historia y a manifestar, además, los motivos que le habían llevado hasta el palacio. Viendo el mandadero que le iba la vida si no contaba su historia:
__Yo, señora __ dijo tomando apresuradamente la palabra__, soy un infeliz mandadero que no ha hecho daño a nadie. Estaba hoy e n el mercado, cuando vuestra hermana me mandó que la acompañase con un canasto para recibir las compras que hiciese. Fuimos a varias tiendas que sería prolijo enunciar, y cargado después con un peso enorme, vine aquí, donde habéis tenido la bondad de sufrirme hasta ahora. Favor insigne de que siempre me acordaré, y ya está mi historia acabada.
__Te perdono __dijo Zobeida__. Márchate, y que no te volvamos a ver más.
__Permitidme que me quede para oír la historia de estos señores, y así que concluyan me marcharé al momento.

Y se sentó en un sofá, dando un gran suspiro de alegría al verse libre del peligro de la muerte. Uno de los tres calendas comenzó así el relato de su vida:


Historia del primer calenda hijo de rey


En aquel momento llegó el otro calenda. Vinimos aquí y nos habéis tratado con tanta bondad, que no encuentro frases para significaros nuestra gratitud.
__Esta bien replicó Zobeida__: podéis retiraros en libertad a donde os plazca.

El primer calenda suplicó a Zobeida que le permitiera permanecer allí hasta oír la historia de sus dos compañeros, y habiendo accedido la joven de buen grado, dio principio el otro calenda a su historia:


 Historia del segundo calenda hijo de Rey



__Está bien __dijo Zobeida__ os perdonamos y podéis retiraros.
Entonces el otro calenda tomó la palabra.


Historia del tercer calenda hijo de Rey


Concluida la historia, dijo Zobeida a los tres calendas que estaban perdonados, y añadió, volviéndose a los fingidos mercaderes:
__Contadnos ahora vuestra historia.
__Muy sencilla señora, __respondió el gran Visir Giafar__. Somos mercaderes de Musul y hemos venido a Bagdad a la venta de los efectos aquí almacenados. Hoy comimos con varios compañeros, luego se cantó, y tal fue el estrépito y el barullo de nuestras voces que entró una ronda en la posada y cada cual escapó por donde pudo. Nos fue imposible entrar a los tres a nuestro alojamiento por lo avanzado de la hora, y la casualidad nos condujo a puerta de esta casa, atraídos por la armonía de la música. Tal es nuestra simple historia.
Zobeida perdonó también la vida a los mercaderes, como a los calendas y al mandadero, y con un gesto imperioso les ordenó a todos que saliesen inmediatamente del palacio. La presencia de los siete esclavos armados hizo que cumpliesen la orden más que de prisa.
Una vez en la calle, el Califa dijo a los calendas, sin darse a conocer:
__Y vosotros, que sois extranjeros recién llegados a esta ciudad, ¿adónde pensáis dirigiros?
__Señor, eso es precisamente lo que nos preocupa.
__Pues seguidnos __repuso el Califa__, y os sacaremos de apuros.
Y dirigiéndose al Visir, añadió:
__Lleváoslos a vuestra casa, y mañana temprano los conducís a mi presencia; quiero escriban sus historias, dignas de figurar en los anales del reino.
El gran Visir Giafar llevóse consigo a los tres calendas; el mandadero fuese a su casa, y el Califa, acompañado de Mesrour, volvió a Palacio.
A la mañana siguiente en cuanto se levantó, sentóse en su trono y a los pocos momentos compareció el Visir.
__Giafar __le dijo el Califa__, los asuntos de que hoy debemos de tratar no son importantes ni urgentes; más interesantes son las tres mujeres y las dos perras. Así, pues id por ellas  y conducid al mismo tiempo a los tres calendas.
El Visir se apresuró a obedecer.
El califa, para mantener las prácticas establecidas, y en consideración a que en la sala del trono se hallaban muchos cortesanos, ordenó que las mujeres permanecieran tras el tapiz que ocultaba la entrada de su dormitorio y que los tres calendas se colocasen a su diestra.
Hecho esto, el Califa dijo, dirigiéndose al sitio donde se ocultaban las tres mujeres:

__Señoras, voy sin duda a alarmaros luego os diga que anoche me introduje en vuestra casa disfrazado de mercader; pero nada temáis, puesto que estoy satisfecho de vuestra conducta y del recibimiento que me hicisteis. Soy Haround-al-Raschid. quinto Califa de la gloriosa dinastía de Abbas, que reemplaza a nuestro gran profeta, y os ruego me digáis quiénes sois, la causa de haber maltratado anoche las perras negras, llorando luego con ellas, y por qué una de vosotras está cubierta de cicatrices.

Zobeida hizo una reverencia, y enseguida habló en estos términos: Historia de Zobeida.


El Califa, después de haber escuchado a Zobeida con admiración, dijo al Visir que rogase a Amina les explicase por qué tenía los pechos llenos de cicatrices. Historia de Amina


Muy contento el Califa con haberla oído y deseoso de dar a los príncipes calendas una muestra de su grandeza y de su generosidad, dijo a Zobeida:
__¿Y esa hada, señora, que se os apareció en forma de serpiente. no os dijo dónde residía, ni prometió el restituir a vuestras hermanas a su primer estado?
__Comendador de los creyentes __replicó Zobeida__, he olvidado decir a Vuestra majestad que el hada me dio un rizo de cabello, para que quemase dos de ellos si algún día tenía necesidad de su presencia y aquel rizo está aquí, porque siempre lo llevo conmigo.
__Pues bien __dijo a su vez el Califa__, deseo que llaméis al hada cuanto antes.
Zobeida quemó dos cabellos a la luz de una bujía y en el instante se apareció el hada bajo la figura de una mujer hermosa lujosamente vestida.
__Señor __dijo al Califa__, aquí estoy pronta a obedecer vuestras órdenes. La joven que me llama me hizo un servicio importante, en premio del cual castigué a sus ingratas hermanas, pero si Vuestra Majestad lo desea, las restituiré a su forma natural.
__Eso es justamente lo que iba a pediros __contestó el Califa. Trajeron las perras de casa de Zobeida y el hada vertió sobre ellas y sobre Amina una taza de agua clara que  borró las cicatrices de ésta, efectos de los malos tratamientos de su marido, y convirtió a los animales en jóvenes de sorprendente hermosura.
__Señor __dijo el hada al Califa__, el hombre que ha maltratado así a Amina es vuestro hijo mayor, el príncipe Amin, casado secretamente con ella. Ahora, Vuestra Majestad hará lo que crea y al pronunciar estas palabras desapareció.
Harun-Al Raschid, no sólo aprobó el casamiento de su hijo, a quien reprendió severamente por su conducta hacia Amina, sino que dio su corazón y su mano a Zobeida e hizo que los tres calendas se enlazasen con las tres hermanas, otorgando a cada matrimonio en dote un palacio suntuoso en la misma capital de Bagdad, y de esta manera hizo el famoso Califa la felicidad de todas aquellas personas perseguidas por la desgracia.     Volver a índice

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