4.2. Historia del segundo calenda hijo de Rey

Apenas salí de la infancia, el Rey mi padre, puesto que yo he nacido Príncipe también, me dedicó al estudio de la ciencia y de las bellas artes, deseoso de cultivar las disposiciones intelectuales de que me había dotado el cielo.
Cuando supe leer y escribir aprendí de memoria el Alcorán entero, base de nuestra religión, y los comentarios de los autores mas ilustres, dedicándome al propio tiempo a la historia, a la geografía y a la literatura, en la que hice tales progresos, que mi fama, aunque inmerecida, sobrepujó a la de los más célebres escritores.
Llego mi nombradía gasta la corte de las Indias, cuyo poderoso monarca quiso conocerme, y envió a mi padre embajadores con ricos presentes, invitándole a que me permitiera viajar por aquellos países. Marché, pues, en compañía de los embajadores, y ya llevábamos un mes de camino, cuando un día descubrimos a lo lejos una nube de polvo, y luego cincuenta jinetes bien armados que se dirigían hacia nosotros a galope tendido.
Éramos muy inferiores en número, y no pudimos rechazar la fuerza con la fuerza. Sin embargo, se emprendió la pelea, hasta que yo, herido, y viendo por tierra al embajador y a los suyos, me alejé de ellos. Los ladrones, contentos, sin duda, por el botín, no se cuidaron de perseguirme.
Me encontré sol, herido y sin recursos en un país nuevo para mí, donde, después de vendar mi herida, que no era peligrosa, me puse a caminar a pie, temiendo siempre volver a ser atacado por los malhechores. Llegue a una gruta, y allí pase la noche y comí las pocas frutas que había cogido en los árboles.
Un mes duró mi triste peregrinación, y al cabo de este tiempo descubrí una populosa ciudad situada en un valle fertilizado por varios ríos y en donde se gozaba de un clima primaveral. El aspecto sonriente de la población disipó algo mi tristeza, y ya en las calles me dirigí a la tienda de un sastre para preguntarle el nombre del país en que me encontraba. Mi juventud y mis maneras estaban, a no dudarlo, en contradicción con lo miserable y destrozado de mis vestidos, porque el sastre me hizo sentar y me trató con tanta bondad que no tuve inconveniente en manifestarle cuáles eran mi condición, mi rango, y mis venturas,
__Guardaos bien __me dijo__ de confiar a nadie lo que acabáis de revelarme a mi, porque el Príncipe que aquí reina es enemigo acérrimo de vuestro padre, y os podría suceder una gran desgracia.
Dí gracias al sastre por su amistoso aviso y me alojé en su casa, descansando de las fatigas de la caminata. Al cabo de algunos días me pregunto el sastre si sabia yo hacer algo para mantenerme de mi trabajo, y le contesté que poseía ambos derechos y que era además escritor, gramático y poeta.
__De nada sirven aquí esos conocimientos __replicó el sastre__, y me parece lo mejor que vayáis al monte próximo a hacer carbón, cuya venta os producirá en la ciudad alguna ganancia. Así podréis esperar a mejores tiempos, y yo os proveeré de los instrumentos necesarios para vuestra nueva ocupación.
A pesar de lo penoso del trabajo, no tuve más remedio que resignarme, y en picos días, gracias a la escasez de leñadores carboneros, gané una cantidad decente y pude devolver al sastre lo que me había adelantado.
Viví un año de aquella manera, y cierto día ocupado en dar hachazos a los árboles, descubrí en el tronco de uno de ellos una argolla de hierro adherida a una plancha de metal. Tiré y vi. una escalera estrecha que me condujo a un vasto palacio iluminado como si fuera por la luz del sol, siendo así que estaba debajo de tierra. Una dama de noble aspecto se adelantó hacia mí por una galería de columnas cuyos chapiteles eran de oro esmaltado, y me preguntó:
__¿Sois hombre o Genio?
__Soy hombre, señora__ le respondí, haciendo una reverencia.
__¿Y por qué casualidad os halláis aquí? Hace veinticinco años que habito este palacio y vos sois el primer hombre que veo.
Entonces le referí minuciosamente mi vida y mis aventuras, hasta el momento en que descubrí la entrada de aquella magnífica prisión.
__¡Ah p, Príncipe! __exclamó susurrando con tristeza__, esta prisión es magnífica, como decís muy bien, pero enojosa e insoportable, como sucede siempre con todo sirio en que se reside por fuerza. Ya habréis oído hablar del gran Epitamaros, rey de la isla de Ébano, llamada así por la abundancia que en ella hay de madera tan preciosa. Iba yo a casarme con un príncipe, primo mío, cuando un Genio me arrebató desvanecida en medio de los festejos de la corte de mi padre, y al recobrar los sentidos me encontré en este palacio.
Hace veinticinco años que me encuentro aquí, teniendo en abundancia todo lo que es necesario para vivir y aún más de lo que pudiera contentar a un Príncipe. Cada diez días viene el Genio a pasar la noche a mi lado. No obstante, cuando tengo necesidad de él, sea de noche o de día, toco un talismán que hay en mi aposento y viene a punto el Genio. Hace hoy cuatro días que le ví por última vez; por lo tanto, faltan cinco para que vuelva, a menos que yo le llame, y podéis pasarla en mi compañía.
Yo, que me consideraba dichoso de obtener semejante favor, acepté en seguida.
Nos sentamos juntos en un mismo diván, y poco después me sirvió una opípara comida. Así pasamos le día alegremente.
A la mañana siguiente le dije:
__Hermosa princesa, hace ya demasiado tiempo que estáis enterrada viva; seguidme, venid a gozar de la luz del sol, de la que hace tantos años estáis privada.
__Príncipe __me contestó ella sonriendo__, no hablemos de eso.  Nada me importa el mundo ni el sol, si de cada diez días queréis pasar nueve a mi lado.
__Observo Princesa __repliqué__, que el miedo al Genio es lo que os hace hablar así; por mi parte, le temo tan poco, que voy a hacer pedazos su talismán. Que venga entonces, pues aquí le espero. Por muy valiente y formidable que sea, le haré sentir la pujanza de mi brazo. Juro que he de exterminar a todos los Genios del mundo, y el primero a él.
La Princesa, que conocía las consecuencias que podía tener mi temeridad, me suplicó que nada hiciera.
Pero el vino habíaseme subido a la cabeza, sin permitirme razonar, y de un tremendo puntapié hice añicos el talismán maldito.
En el acto vaciló el palacio, sus paredes vinieron al suelo con un ruido espantoso semejante al del trueno y quedamos sumidos en una horrible oscuridad, interrumpida solo por la luz fosfórica de los relámpagos.
__¡Salvaos Príncipe __gritó la Princesa__; huid pronto si amáis la vida!.
Aturdido y lleno de un terror pánico, me precipité a la escalera, dejando olvidadas en el palacio las babuchas y el hacha que había bajado conmigo. Apenas salí yo, entró el Genio y preguntó encolerizado a la Princesa:
__¿Qué os ha sucedido y por que llamáis?
__Un dolor en el corazón respondió temblando la joven__ me hizo ir en busca de esta botella que aquí veis, pero tropecé y caí sobre el talismán, que se rompió al momento.
__Sois una imprudente y es falso lo que me decís. ¿Por qué se encuentran aquí esa hacha y esas babuchas?
__Es la primera ves que las veo __contesto la Princesa__. Como habéis venido tan apresuradamente, las habéis traído vos mismo sin daros cuenta.
El Genio respondió con imprecaciones y golpes. No tuve ánimo para oír los gritos de angustia y los lamentos de la Princesa, brutalmente maltratada, y huí de aquel lugar como el más cobarde e ingrato de los hombres.
__Es cierto __me decía a mi mismo__ que hace veinticinco años que está encerrada en un subterráneo; paro, excepción hecha de su carencia de libertad, nada le faltaba para ser feliz. Mi desvarío ha destruido su felicidad y la somete a la crueldad de un monstruo despiadado. Baje la plancha, la cubrí con tierra y volví a la ciudad con una carga de leña, profundamente trastornado  y afligido.
El sastre, mi huésped, me recibió con las mayores demostraciones de contento, pues ya estaba en zozobra  por mi ausencia. Le dí las gracias por su celo y el cariño que me demostraba, pero no le dije palabra de lo que había sucedido, y retíreme a mi cuarto, maldiciendo mi imprudencia.
Estaba aún entregado a mis sombríos pensamientos, cuando entró el sastre y me dijo:
__Un anciano que no conozco os trae las babuchas y el hacha que ayer dejasteis olvidadas en el monte. Ha sabido por los otros leñadores donde vivís y quiere daros esas prendas en propia mano.
Comencé a temblar como un azogado, me puse más pálido que un cadáver, y antes de que el sastre pudiera preguntarme el motivo de aquel cambio repentino, se entreabrió el piso de la habitación y apareció el Genio que tenía aprisionada a la princesa.
__Yo soy  __nos dijo__ nieto de Eblis, Príncipe de los Genios. ¿No es ésta tu hacha y estás tus babuchas? __añadió dirigiéndose a mi.
Sin darme tiempo a contestar, me asió por medio del cuerpo y lanzándome a los aires me elevó hasta el cielo a una velocidad espantosa. Después me arrastró a la tierra con igual rapidez y me encontré sin saber cómo en el palacio encantado, delante de la Princesa de la Isla de Ébano, la cual se hallaba tendida en tierra, bañada en sangre y con los ojos enrojecidos por el llanto.
La Princesa estaba desnuda, tendida en el suelo, ensangrentada, y parecía más muerta que viva.
__¡Pérfida! __le dijo el Genio presentándome a ella__ ¿no es éste mi rival?
La princesa me envolvió en una mirada lánguida y triste, y contestó:
__No le conozco.
__Pues bien __repuso el Genio desenvainando su alfanje__, si no es cierto, toma esta arma y pártele la cabeza.
__¡Oh! __exclamó ella__, ¿Cómo queréis que haga eso si estoy extenuada y no tengo fuerzas para levantar un brazo? Más aunque así no fuese, yo no tendría valor parta matar a un hombre que no conozco, a un inocente.
__Esa negativa __repuso el Genio__ es la mayor prueba de vuestro crimen.
Y dirigiéndose a mí añadió:
__¿Y tú, la conoces?
Hubiese sido el más vil de los hombres de no haber tenido igual entereza que, para salvarme, tuvo la Princesa; así, pues, contesté al Genio:
__No la había visto en mi vida antes de ahora.
__Si eso es cierto, toma este alfanje y córtale la cabeza. Sólo a ese precio de devolveré la libertad y me persuadiré de que no has mentido.
__Con mucho gusto__ respondí, y cogiendo el alfanje me acerqué a la Princesa.
Claro está que hice esto, no para hacer lo que el Genio me exigía, sino para demostrar a la Princesa que de la misma manera que ella no vacilaba en sacrificar su vida a mi amor, yo le sacrificaba la mía
Entonces retrocedí, y arrojando el alfanje a los pies del  Genio, exclamé:
__Merecería ser maldecido eternamente por los hombres si cometiese la infamia de asesinar a una mujer moribunda. Haced de mi lo que os plazca, puesto que me tenéis en vuestro poder; pero no esperéis de mi que cumpla tan bárbaro mandato.
__Veo perfectamente que ambos os burláis de mi insultando mis celos __repuso el Genio__. Pero vais a ver de los que soy capaz.
Dicho esto tomó el alfanje y cortó una mano a la Princesa, que apenas tuvo tiempo de levantar la otra para darme el adiós eterno. A la vista de tanta crueldad me desmayé.
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