Archivo de la categoría: Fabulas

El té y la salvia

«Toimas Iriarte»»

El té, viniendo del imperio chino,
se encontró con la salvia en el camino.
Ella le dijo: «Adónde vas, compadre?»
«A Europa voy, comadre,
donde sé que me compran a buen precio.»
«Yo», respondió la salvia, «voy a China,
que allá con sumo aprecio
me reciben por gusto y medicina.
En Europa me tratan de salvaje,
y jamás he podido hacer fortuna.
Anda con Dios. No perderás el viaje,
pues no hay nación alguna
que a todo lo extranjero
no dé con gusto aplausos y dinero».
La salvia me perdone,
que al comercio su máxima se opone.
Si hablase del comercio literario,
yo no defendería lo contrario,
porque en él para algunos es un vicio
lo que es en general un beneficio;
y español que tal vez recitaría
quinientos versos de Boileau y el Tasso,
puede ser que no sepa todavía
en qué lenguas los hizo Garcilaso.

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El oso la mona y el cerdo

« Tomas Iriarte»


Un oso, con que la vida
se ganaba un piamontés,
la no muy bien aprendida
danza ensayaba en dos pies.
.
Queriendo hacer de persona,
dijo a una mona: «¿Qué tal?»
Era perita la mona,
y respondióle: «Muy mal».
.
«Yo creo», replicó el oso,
«que me haces poco favor.
Pues ¿qué?, ¿mi aire no es garboso?
¿no hago el paso con primor?».
.
Estaba el cerdo presente,
y dijo: «¡Bravo! ¡Bien va!
Bailarín más excelente
no se ha visto, ni verá!».
.
Echó el oso, al oír esto,
sus cuentas allá entre sí,
y con ademán modesto
hubo de exclamar así:
.
«Cuando me desaprobaba
la mona, llegué a dudar;
mas ya que el cerdo me alaba,
muy mal debo de bailar».
.
Guarde para su regalo
esta sentencia el autor:
si el sabio no aprueba, ¡malo!
si el necio aplaude, ¡peor!

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El gato el lagarto y el grillo

«Tomás Iriarte»


Ello es que hay animales muy científicos
en curarse con varios específicos
y en conservar su construcción orgánica,
como hábiles que son en la botánica,
pues conocen las hierbas diuréticas,
catárticas, narcóticas, eméticas,
febrífugas, estípticas, prolíficas,
cefálicas también y sudoríficas.
.
En esto era gran práctico y teórico
un gato, pedantísimo retórico,
que hablaba en un estilo tan enfático
como el más estirado catedrático.
Yendo a caza de plantas salutíferas,
dijo a un lagarto: «¡Qué ansias tan mortíferas!
Quiero por mis turgencias semi-hidrópicas,
chupar el zumo de hojas heliotrópicas».
.
Atónito el lagarto con lo exótico
de todo aquel preámbulo estrambótico,
no entendió más la frase macarrónica
que si le hablasen lengua babilónica;
pero notó que el charlatán ridículo
de hojas de girasol llenó el ventrículo,
y le dijo: «Ya, en fin, señor hidrópico,
he entendido lo que es zumo heliotrópico».
.
¡Y no es bueno que un grillo, oyendo el diálogo,
aunque se fue en ayunas del catálogo
de términos tan raros y magníficos,
hizo del gato elogios honoríficos!
Sí; que hay quien tiene la hinchazón por mérito,
y el hablar liso y llano por demérito.
.
Mas ya que esos amantes de hiperbólicas
cláusulas y metáforas diabólicas,
de retumbantes voces el depósito
apuran, aunque salga un despropósito,
caiga sobre su estilo problemático
este apólogo esdrújulo-enigmático.

El burro flautista

« Tomás Iriarte»

Esta fabulilla,
salga bien o mal
me ha ocurrido ahora
por casualidad.
.
Cerca de unos prados
que hay en mi lugar
pasaba un borrico
por casualidad.
.
Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejo olvidada
por casualidad.
.
Acercóse a olerla
el dicho animal,
y dió un resoplido
por casualidad.
.
En la flauta el aire
se hubo de colar,
y sonó la flauta
por casualidad.
.
¡Oh! «dijo el borrico»
¡que bien se tocar!
¿Y dirán que es mala
la música asnal?
.
Sin reglas del arte
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.

 

El León enfermo

«Cuento Árabe»

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Al león le había dado una indigestión y llamo a los médicos de la selva.
La cebra exclamó
¡Cómo os huele el aliento!
¡Cómo te atreves! Dijo el león indignado; y de un zarpazo la mató.
La hiena, instruida por la experiencia, dijo:
¡Que perfume tan agradable!
¿Te burlas de mi? Dijo el León ofendido, y también la mato.
¿Y tu que dices le pregunto a la zorra.
Desgraciadamente majestad estoy resfriada y no ¡huelo nada nada!

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La gallina y el diamante

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I
Fue un tiempo, tiempo airado
de escasez nunca vista;
de diente acicalado
y mesa desprovista
y boca sin bocado.
.
Los viejos tragantones,
pasando fiel revista
de cascos de botellas
y despensas vacías,
lloraban ¡ay! aquellas
dulces indigestiones
de más felices días.
.
Etéreos los amantes,
cual nunca interesantes,
con gentiles pescuezos,
no exhalaban suspiros
sino luengos bostezos.
.
Y siendo la gazuza
musa que tanto sabe,
que enseña el arte a un ave
y al más molondro aguza.
.
Soltaron los poetas
sus míseras muletas
de perlas y Zafiros,
de rosas y azucenas:
pampirolada rancia
sin gusto y sin sustancia;
y ahora en sus cantinelas
nos regalaban solo
con suculentas cenas
dignas del mismo Apolo.
.
Viéranse allí sirenas
y Pegasos trufados,
compotas de ballenas,
pirámides rellenas
de elefantes guisados.
Niágaras de escabeche,
amazonas de leche,
chimborazos de helados.
.
La humanidad doliente
romántica vivía
de sueños y recuerdos;
no de pavos y cerdos
como prosaicamente
se embute todavía.
Pastores y ganados
y aun los mismos soldados
(dientes privilegiados)
estaban sin raciones;
lleno de astros el cielo,
pingüe de polvo el suelo,
mas los campos en pelo,
sin agua el riachuelo,
sin peces el anzuelo.
sin unas los ladrones,
barrió doquier la planta
de la feroz Carpanta.
II
Y pasó in ¿llo témpore
que una infeliz gallina,
flaca que una espina
(el emplumado espíritu
de la difunta raza,
a juzgar por su traza),
iba clamando «piio»
con el buche vacío
y aquel aire contrito
de un ayuno infinito,
corriendo con el brío
que la prestaba el viento,
y alturas y hondonadas
aun cosas reservadas
registrando a patadas
en busca de sustento;
firme en su heroico intento
de no rendirse al hambre
ni en el postrer calambre
ni en el postrer aliento,
mientras el noble osambre
prendido de un alambre
puede plantarse equílibre
en su atrincheramiento;
mientras haya mandíbula
y sujeto anatómico,
y quede un breve epítome,
una etcétera, un átomo,
es ruina de ruinas
de la más flaca y última
de todas las gallinas:
porque sabrá impertérrita
cumplir su juramento
de no dejar ni un síntoma
para contar el cuento.
.
Con patas, uñas, pico,
repartiendo mandoble
a diestro y a siniestro,
buscaba su pan nuestro
la honrada criatura,
cuando entre la basura
de un recoveco innoble
hace el descubrimiento
de un diamante, un portento
de grandor y hermosura.
¡Bípedo venturoso!
ya tu fortuna es hecha.
¡Duerme satisfecha
sobre el laurel glorioso!
.
Alégrase en efecto
a su radiante aspecto
la escuálida gallina:
algún caro escondrijo
de una alma femenina,
relámpago de gloria
le alumbra la memoria…
…Pero bien pronto dijo
à gacha y desconsolada:
.
«¡Oh breve regocijo!
¡Oh pérfidas quimeras!
¡Oh deslumbrante nada!…
¡Ah, si a lo menos fueras
un grano de cebada!»
y dando otra escarbada 4
volvió a enterrar colérica
la piedra malhadada.
.
El momento presente
su precio a todo indica,
y cada cual le aplica
balanza diferente:
tal vez lo que más tiente
del envidioso el ceño
trocáralo su dueño
por el pan del mendigo
que enfermo y sin abrigo
rinde a su puerta el sueño.
.
¿Qué son diamantes, oro,
palacios, opulencia,
cuando es otro el tesoro
que busca la existencia?
__Fantástica apariencia,
extremo meteoro,
que no lavó el desdoro
ni al ojo quita el lloro,
ni a la verdad su foro
ni al alma su indigencia.
.
El hombre es la conciencia
y solo allí segura
paz fundará y ventura,
orgullo, independencia.

Los relojes

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Hay individuos excelentes,
que nunca dieron a las gentes
la menor cosa que decir,
y que al Edén de los creyentes
en cuerpo y alma podrán ir.
Pero que en toda su ensalada
de tanta insigne cualidad,
tienen en contra una nonada,
y es, que no sirven para nada
y son completa nulidad.
Se les tributa amor, respeto
y una atención particular,
mas todos guardan el secreto
de que con tal o cual sujeto
nunca jamás hay que contar.
Cuando una perla calabaza
de esas de que hablo encuentro yo
recuerdo al punto la trapaza
de que fui presa en esta plaza
haciendo compra de un reló.
Sabiendo yo que en tal materia
no debe andarse con miseria,
pues solo es bueno lo mejor,
dije al joyero con voz seria
«deme una cosa superior».
Al punto French, Breyuet, Losada
y toda muestra celebrada.
Se desplegaron frente a mí,
y yo una inglesa preferí,
pues viejo y sólido me agrada.
Mas el joyero no aprobo
esa elección: «Señor, me dijo,
aunque eso es bueno, quiero yo
mostrarle cuál yo mismo elijo
entre los muchos que usted vio».
Y érase el otro ciertamente
rico, de fábrica eminente
digno en todo, hasta de un lord,
y aunque costaba doblemente
pagué con gusto su valor.
Después le vine a descubrir
un defectillo: que jamás
daba la hora sin mentir.
Siempre el maldito había de ir
muy adelante o muy atras.
Cada noche, cada mañana,
siempre que oía la campana
del reloj por el cual me guío,
ya era de regla hacerle al mío
una corrección gregoriana.
Por lo demás, el artefacto
era un tesoro, admiración
de mil y mil; pero en el acto
que preguntaban «¿Qué horas son?»
yo me quedaba estupefacto.
Lo mismo pasa con el hombre:
el que no llena su deber
y no es puntual, por más que asombre,
de caballero pierde el nombre
y es una maula dondequiera.
Es el corcel de aquel guerrero
del Ariosto: uno que está
perfecto, entero y verdadero,
pero que tiene cierto pero,
haberse muerto y no andar ya.