4.3. Historia del tercer calenda hijo de Rey

Lo que voy a referir es muy diferente a lo que habéis oído. Los dos Príncipes que acaban de contar su respectiva historia han perdido cada uno un ojo por efecto de causas imprevistas e involuntarias de todo punto, pero yo lo he perdido por mi culpa, como tendréis ocasión de persuadiros en el relato que voy a hacer.
Mi nombre es Ajib y soy hijo de un Rey que se llamaba Cassib, a quién después de su muerte substituí en el trono. Mi capital estaba situada a orillas del mar y era un puerto seguro y magnífico, con un arsenal con el que se hubieran podido equipar más de cien buques de alto bordo. Visité las provincias del reino, me dediqué luego con preferencia a armar una escuadra para satisfacer la ambición que tenía de descubrir nuevas tierras, y apenas estuvo todo dispuesto, me dí a la velas con diez buques de escolta en la expedición.
La travesía fue dichosa, pero al cabo de un mes empezaron a reinar vientos contrarios, y los barcos eran juguetes en las embravecidas olas. Se apaciguó un poco el huracán que nos puso en tan grave peligro, aunque noté fácilmente que los pilotos no sabían dónde estábamos. El marinero de vigía en lo alto del mástil dijo que distinguía por la parte de proa una gran extensión de tierra ennegrecida.
La tripulación cambio de color, y el piloto, pálido como un difunto, exclamó:
__¡Ah, señor, estamos perdidos y no hay poder humano capaz de salvarnos! Eso que ha visto el vigía es la Montaña Negra, compuesta toda de un imán que atrae los barcos a causa del mucho herraje de que constan sus piezas. La fuerza del imán será mañana tan terrible que todos los clavos se saldrán de su sitio y nos iremos a pique sin remedio. Como el imán tiene la virtud de atraer al hierro, fortificándose por medio de él, la montaña esta cubierta de clavos por el lado de la costa, procedentes de los millares de buques que han perecido en estas aguas.
La montaña, prosiguió el piloto, es muy escarpada, y en la cima hay una cúpula de bronce, sostenida por columnas del mismo metal, y sobre todo un caballo, también de bronce, montado por un caballero con un peto de plomo, en el cual se ven grabados signos cabalísticos. Dice las tradición que esa estatua es la causa de la pérdida de tantos buques y tantas criaturas como han perecido aquí, y añade que no dejará de ser funesta hasta ser derribada del sitio que ocupa.
El piloto y la tripulación rompieron en amargo llanto, y cada cual hizo sus últimas disposiciones, preparándose a la muerte que nos aguardaba.
Al día siguiente vimos, en efecto, la horrible Montaña Negra erizada de clavos, tal como el piloto lo había dicho, y atraídos irresistiblemente hacia ella fueron los barcos a romperse a la costa con espantoso estruendo. Toda mi gente se ahogó, pero Dios tuvo piedad de mí, y permitió que me salvase agarrado a una tabla, con cuyo auxilio pude llegar sano y salvo al pie de una escalera proyectada en la roca. Era estrecha y peligrosa, y cada instante me ví próximo a caer al mar, hasta que, después de mucho trabajo, conseguí llegar a la cúpula de la cima , donde dí gracias al Cielo antes de dormir un poco para reponerme de la pasada fatiga.
Mientras dormía, se me a pareció un anciano de amable aspecto y mi dijo:

__Escucha, Agib cuando te despiertes cava en la tierra que esta junto a tí, y hallarás un arco de bronce y tres flechas fabricadas expresamente para libertar al género humano de los males que le amenazan. Dispáralas contra la estatua, que caerá al mar, y el caballo al lado tuyo. Entierra a este último en el mismo sitio donde encuentres el arco, y la mar subirá enseguida hasta el nivel de esta cúpula; veras una chalupa tripulada por un hombre de bronce y con un remo en cada mano,. Embárcate, sin pronunciar por ningún motivo el nombre de Dios, y ve confiado a donde te lleve, que será seguramente un sitio desde el cual podrás ir con facilidad a tus dominios.

Cuando me desperté, hice lo que me había mandado el anciano; cayó la estatua al mar, se presentó el remero de bronce, salté dentro de la barquilla y caminamos nueve días, hasta que ví unas islas que creí reconocer como pertenecientes a mis Estados.

Entonces, en el exceso de mi alegría por verme fuera de peligro, no pude contenerme y exclamé, olvidando el consejo del anciano:

__¡Dios mío! ¡Bendito seas!

Aun no había acabado de pronunciar la última frase y ya la barca estaba con la barca de bronce sumergida en las aguas. Nadé hacia la costa que creí mas cercana; sobrevino la noche, y ya las fuerzas me abandonaban, rendido de mover los brazos y las piernas, hasta que una ola enorme me echó a tierra, donde esperé la salida del sol. A su luz ví que era una isla desierta en la que me encontraba, pero muy fértil y llena de árboles frutales, con los que me alimenté aquella mañana. Por la tarde distinguí una embarcación que se dirigía a la playa a toda vela, y en la incertidumbre de quiénes serían los navegantes, me subí a un árbol para ver con seguridad lo que sucediera. Desembarcaron diez esclavos provistos de palas y otros instrumentos con que remover la tierra, y de una gran cantidad de provisiones y enseres, que depositaron en una trampa o agujero, lo cual me demostró que allí había algún subterráneo. Poco después desembarcó también un anciano acompañado de un joven de catorce o quince años; ambos fueron a la trampa y después de permanecer en ella media hora, cubrieron de tierra la superficie a fin de disimular la entrada, volviendo a bordo el anciano y los esclavos, pero no el joven, circunstancia que me llamó mucho la atención.

Cuando el barco estuvo a gran distancia, bajé del árbol y levanté la tapadera de la tierra. Una escalera de piedras se ofreció a mi vista, y por ella entré a una lujosa habitación, donde en un sofá estaba el joven con un abanico en la mano.

Éste pareció sorprendido y asustado al verme, y para tranquilizarlo me apresure a decirle:

__Nada temáis, señor, quienquiera que seáis; un Rey hijo de Reyes, no es capaz de haceros el daño más insignificante.

Tranquilizóse, en efecto, el joven al oír estas palabras, y rogándome, sonriendo, que me sentase a su lado me dijo luego:

__Príncipe, os voy a referir algo tan singular y sorprendente que os dejará maravillado. Hacia muchos años que estaba casado mi padre sin tener sucesión, cuando fue advertido en sueños que engendraría un hijo cuya vida no sería de larga duración, y ésto le causó honda pena. Algunos días después le anunció mi madre que estaba en cinta, y en el tiempo que le parecía haber concebido correspondía a la noche del sueño: me dió a luz, y mi nacimiento llenó de júbilo a toda la familia, Mi padre, que no podía olvidar su sueño, consultó a los astrólogos, que le dijeron:

__Vuestro hijo vivirá sin peligro hasta la edad de quince años, en cuya época le será muy difícil escapar del riesgo que le amenaza. Si logra evitarlo, su existencia se prolongará mucho, pero en este tiempo, dicen los astros, el príncipe Agib derribará la estatua ecuestre de la Montaña Negra, y cincuenta días después debe perecer vuestro hijo a manos del referido Príncipe.

Este año cumplo los quince años de edad, y hace pico tiempo supo mi padre que la estatua había sido derribada al fin, y lleno de terror me ha traído a este lugar recóndito preparado expresamente para ver si pasan los cincuenta días sin que perezca, como vaticinan los astrólogos.

Yo creo __añadió el joven__ que el príncipe Agib no vendrá a buscarme a este subterráneo en una isla desierta, y tengo esperanza de salvar la vida. Este es, señor, todo lo que tengo que deciros.

Mientras el niño habló me burlaba yo interiormente de las predicciones de los astrólogos, y tan lejos estaba en mi ánimo de matar a aquella inocente criatura que le dije con transporte:

__Nada temáis y tened confianza en la bondad de Dios, como si ya estuvierais fuera de peligro. No os abandonaré durante los cuarenta días que quedan hasta los cincuenta de plazo desde que fue derribada la estatua, y pasado el término me aprovecharé del buque de vuestro padre para volver a mi reino, donde os daré nuevas pruebas de mi amistad y mi cariño.,

Pasamos treinta y nueve días de la manera más agradable en aquel subterráneo y ni en sueños siquiera se me ocurrió el criminal pensamiento de dar muerte al inocente niño.

Llegó el día fatal. El joven se despertó al amanecer y me dijo enajenado de gozo:

__Se acerca la hora y no he muerto, gracias al Cielo y a vuestra buena compañía. Mi padre, en justo agradecimiento, os acompañará a vuestros Estados; pero entretanto os ruego pongáis a calentar un poco de agua para lavarme el cuerpo, pues quiero cambiarme de ropa para recibir a mi padre.

Puse el agua al fuego, y cuando estuvo tibia llené un barreño y lavé y sequé con mis propias manos al muchacho. Cuando hube terminado, le coloqué de nuevo en el lecho, arropándole cuidadosamente.

Durmió unos momentos, y al despertar me dijo:

__Príncipe tened la bondad de traerme un melón.

En el acto me apresuré a complacerle, y como no tenía un cuchillo, le pedí uno al joven.

__Encontraréis uno __me respondió__ en esta cornisa que está sobre mi cama.

Efectivamente allí se encontraba, pero después de haberle tomado, quise bajar del lecho donde me había subido con tanta prisa que se me liaron los pies en las ropas de la cama y caí desgraciadamente sobre el niño hundiéndole el cuchillo en el corazón.

La muerte fue instantánea, y mi desesperación no tuvo límites en presencia de aquel joven que había sacrificado en forma involuntaria. Hubiera querido yo morir también, pero sin embargo, un sentimiento de egoísmo natural me hizo pensar en el peligro que corría si era sorprendido allí por el padre de la víctima. Salí del subterráneo, cuya entrada tape con esmero, y apenas acababa la operación distinguí en el mar el buque del anciano, el cual se aproximaba con tal rapidez que casi me falto tiempo para ocultarme entre las hojas de un aŕbol.

Renuncio a describir la escena que tuvo lugar al descubrir el padre la muerte de su querido hijo de su única esperanza y su mayor consuelo en el mundo. Todavía me parece que oigo sus gritos, que siento la humedad de sus lágrimas y que veo la ceremonia del entierro que verificaron allí mismo los esclavos,

Volvieron todos al buque y al pico tiempo le perdí de vista. Un mes permanecí solo en la isla, y quizás hubiera estado siempre sin poder salir de ella a no ser porque las mareas empezaron a bajar por un lado y a acercarse a la tierra firme por otro. Al menos tal me lo pareció, y con el agua hasta la rodilla emprendí una caminata que me dejó rendido de cansancio . Al fin. llegué a un extenso país, y ya bastante lejos del mar vi. una gran claridad que al principio tomé por un incendio, y que no era más que un castillo de cobre enrojecido a los ardientes rayos del sol. Me detuve para contemplarle, cuando vi a diez jóvenes, tuertos todos del ojo derecho, acompañados de un anciano de alta estatura. Se acercaron a mi con apresuramiento y me preguntaron el objeto de mi visita, a lo cual les contesté con el relato de mi historia, la que les interesó de tal modo, que no volvían en sí de su sorpresa.

A sus ruegos, entré con ellos al castillo, hasta un gran salón donde se veían diez pequeños sofás de color azul, muebles que lo mismo servían para sentarse que para dormir cómodamente; cada uno de los jóvenes tomó asiento en el suyo, y el anciano fue a colocarse en otro sofá de igual color situado en el centro.

__Sentaos en la alfombra __me dijo uno de los jóvenes__, y no llevéis vuestra curiosidad hasta el punto preguntar nada a cerca de nosotros, ni del motivo que nos ha hecho tuertos del ojo derecho.

El anciano nos sirvió la cena, dándonos a casa uno una taza de vino, y después trajo unos almohadones azules y unas jofainas llenas de cenizas, hollín y polvos de carbón, presentándola a los jóvenes. Estos se frotaron y tiznaron la cara con aquella mezcla, que los puso en un estado lamentable, y hecho esto, comenzaron a llorar y darse golpes de pecho diciendo a gritos:

.__¡Este es el fruto de nuestra ociosidad y de nuestros desórdenes!

Así pasó toda la noche, y cerca del amanecer se entregaron al sueño después de haberse lavado las manos y el rostro.

Yo no sabía qué pensar de tan extraño espectáculo, pero no puede hacer ni una sola pregunta. Al día siguiente y todos los sucesivos se repitió la misma operación, e impaciente por descubrir el misterio, no me pude contener y pedí que me revelasen el secreto de la conducta.

__Si no le hemos hecho hasta hoy __dijo uno de los jóvenes__, es por no exponeros a sufrir el mismo mal que nosotros.

__No importa __repliqué__; estoy decidido a todo.

__Sabed entonces que apenas hayáis perdido el ojo derecho saldréis de aquí, porque nuestro número está completo y no puede ser aumentado.

__Me someto a todas las condiciones __ respondí con firmeza.

Viendo lo inquebrantable de mi resolución, tomaron los jóvenes un carnero degollándolo en seguida, y me dieron el cuchillo que sirvió para la operación, diciéndome:

__Os servirá dentro de poco tiempo; entretanto envolveos con la piel que le hemos quitado al carnero y quedaos solo en este departamento. Se os aparecerá un pájaro enorme que, al creer que sois un carnero, os arrebatará al espacio, pero no tengáis miedo, y veréis, luego que os deja en la cima de una elevada montaña, que desaparece como aire cuando rompáis la piel con ese cuchillo. Caminad entonces hasta  llegar a un castillos inmenso cubierto de planchas de oro incrustadas de esmeraldas y piedras preciosas. La puerta está siempre abierta; entrad, pues, y lo que veréis os costará el ojo derecho, como a nosotros nos ha sucedido.

Todo se verificó como los jóvenes lo habían anunciado. El pájaro era blanco y mayor fuerza y magnitud que los elefantes de la India.

Entré al patio del castillo y vi. maravillado noventa y nueve puertas de sándalo y de aloe, y una de oro macizo, cuyas cien puertas conducían a jardines y habitaciones amuebladas con sorprendente magnificencia. vi. una puerta abierta, y entré por ella por un salón donde había cuarenta jóvenes de una hermosura que no puede idear ni el pincel del mejor artista. Todas se levantaron al verme, y me dijeron: ¡Bienvenido, señor, bien venido, ahora voy A referir mi historia en el palacio de las cuarenta princesas.

Muy afligido con la pérdida del ojo, y transido de dolor, baje al salón del edificio y en él me encontré a los diez jóvenes tuertos con el anciano, que al parecer no se sorprendieron al contemplarme en aquella triste situación, puesto que lo mismo les había sucedido a ellos, y yo, a pesar de saberlo, no quise eludir el peligro.

­­__Quisiéramos que permanecieseis aquí __me dijeron__, pero ya sabéis las razones que nos impiden. Id a la corte de Bagdad y allí encontraréis al que debe decidir de vuestra suerte futura.
Por el camino me afeite la cabeza y la barba, y tomé el hábito de calenda para entrar en la ciudad, donde he sido recibido por vosotras, en unión de mis compañeros, con tanta generosidad como apresuramiento. regresar a la Ha. de los 3 calenda y las 5 damas de Bagdad           
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