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Historia de Schariar y Schazenan (parte 1)

Es a partir de la Historia de Schariar y Schazenan que al ser víctimas del adulterio de sus esposas, Schariar decide que cada mujer que despose la matará al día siguiente, es así como la hija del gran visir decide ofrecerse como esposa del Sultán Schariar y cada noche le va relatando una historia. 

Refieren las crónicas de los Sasánidas, antiguos soberanos de  Persia, que existió un rey muy amado de sus vasallos por su sabiduría y temido de los vecinos por su valor.

Este rey tenía dos hijos, llamado Schariar el primogénito y Schazenan el menor. Tras un largo y glorioso reinado murió el rey, y Schariar subió al trono. Schazenan vióse, pues, reducido a la condición de un ciudadano particular; pero, lejos de envidiar la buena suerte de su hermano, puso todo su empeño en complacerle.  Contentísimo Schariar del proceder de su hermano Schazenan, quiso darle una prueba de su satisfacción cediéndole el reino  de la Gran Tartaria, cuyo trono fue a ocupar en seguida Schazenan, fijando su residencia en Samarcanda, que era la capital del Estado.

Habían transcurrido dos años desde que los dos príncipes se  separaron, cuando Schariar sintió vivísimo deseos de abrazar a  su hermano, y le envió un embajador para invitarlo a que se   trasladase a su capital.

Para este objeto designó a su primer Visir, el cual partió con   el séquito correspondiente a su elevada dignidad.   Llegado el. Visir a Samarcanda, el rey de Tartaria le acogió   con grandes demostraciones de júbilo, y le pidió en seguida noticias de su hermano el Sultán, El Visir satisfizo su curiosidad,   y acto seguido le expuso el objeto de su embajada.

__Sabio Visir __contestó el Rey__, el Sultán, mi hermano, no   podía proponerme cosa alguna que me fuese más grata. También   yo ardo en deseos de verle. Mi reino está tranquilo y sólo necesito   diez días para estar en condiciones de ponerme en camino; así,

pues, te ruego que te detengas ese tiempo aquí y mandes plantar   tus tiendas.

Schazenan nombró un Consejo para que, durante su ausencia, gobernase el Estado, poniendo al frente un ministro que le merecía absoluta confianza, y al atardecer del décimo día de la llegada del embajador, salió de Samarcanda, seguido del personal que debía acompañarlo en su viaje y se dirigió al pabellón real que el Visir había hecho levantar cerca de su tienda. Entretuvo se conversando con el embajador hasta medianoche, y queriendo dar un postrer abrazo a la reina, su esposa, encaminase solo a Palacio y se introdujo sin previo aviso en las habitaciones de la soberana, la cual, no sospechando siquiera aquella inesperada visita, había admitido en la intimidad de su alcoba a uno de sus criados.

El Rey penetró silenciosamente en el dormitorio de su esposa, y júzguese de su sorpresa al ver un hombre en el iluminado aposento. Quedó un momento inmóvil, preguntándose si debía creer lo que sus propios ojos veían, y persuadido de que no había lugar a dudas, exclamó, al fin:

__¡Cómo! ¿Os atrevéis a ultrajarme de esa manera cuando

apenas acabo de abandonar mi palacio? ¡Ah, malvados! ¡Pero no quedará impune vuestro crimen

Desenvainó su alfanje, acercóse a los dos culpables y, en menos de lo que se tarda en contarle, les hizo pasar del sueño a la muerte.

Hecho esto, cogió a los dos cadáveres y los arrojó por una ventana al foso que existía al pie de la misma.

Vengado de esta suerte, el Rey volvió a su pabellón, ordenó que inmediatamente fuesen levantadas las tiendas, y antes de que despuntase el día emprendieron la marcha. El Sultán salió al encuentro de su hermano y del Visir a las puertas de la capital de la India, y, después de haberle colmado de halagos y caricias, condujo a aquél a un palacio que, por medio de un jardín improvisado expresamente, se comunicaba con el suyo.

Schariar dejó en seguida a su hermano para que este tomase el baño y se cambiase de vestidos, y en cuanto supo que ya había realizado estas operaciones se apresuró a reunirse con él.

Sentáronse ambos en un diván, y cuando los cortesanos se hubieron retirado, los príncipes comenzaron a hablar de todo lo que dos hermanos, unidos mas por el amor que por los vínculos de la sangre, tienen que decirse tras de tan prolongada ausencia. Terminada la cena, que hicieron juntos, reanudaron la conversación, la cual se prolongó hasta hora muy avanzada de la noche, en que se retiró Schariar para que pudiese descansar su hermano.

El desgraciado rey de Tartaria se acostó, pero no pudo conciliar el sueño: la infidelidad de la Reina se le presentó tan vivamente ante su imaginación que víose obligado a abandonar el lecho, entregándose por completo a sus  dolorosos pensamientos.

El Sultán no pudo por menos de observar la honda tristeza

reflejada en el semblante de su hermano.

__¿ Qué te sucede, rey de Tartaria? ¿Sientes, acaso, haber dejado tus Estados y te apena verte tan lejos de la Reina, tu esposa? Si es esto lo que te aflige, te daré al punto los regalos con que deseo obsequiarte y podrás regresar a Samarcanda.

En efecto, a la mañana siguiente le mandó cuanto las Indias producen de más raro y precioso, mas rico y singular, no olvidándose de nada que pudiera distraerlo y divertirlo; pero estos agasajos y fiestas, lejos de alegrarle, aumentaban su melancolía.

Cierto día, Schariar organizó una cacería a unos bosques donde abundaban los ciervos, e invitó a Schazenan a que le acompañase; pero éste se excusó, pretextando que se hallaba indispuesto, y el Sultán, que no quería contrariarle, partió con toda su corte.  En cuanto se halló solo, el rey de la Gran Tartaria encerróse en su cámara y se asomó a una ventana que daba al jardín.

El espectáculo que se ofreció a su vista llenóle de estupor:

abrióse, de pronto, una puerta secreta del palacio del Sultán, para dejar paso a veinte mujeres, que rodeaban a la Sultana. Ésta, creyendo que también Schazenan había ido a la cacería, avanzó con sus acompañantes hasta el pie de la ventana ala que aquél estaba asomado.

La Sultana y las demás personas de su corte, sin duda para que los vestidos no entorpeciesen sus movimientos, o bien para estar con mas comodidad, despojaronse enteramente de ellos, y entonces pudo observar Schazenan que sólo diez de aquellas personas eran mujeres, y las restantes robustos moros que se apresuraron a retirarse, en distintas direcciones, cada cual con su pareja.

__¡ Massoud ! ¡ Massoud! __llamó entonces la Sultana, y otro apuesto árabe, que descendió de un árbol, unióse al punto a la soberana.  Schazenan vio más de lo suficiente para convencerse de que su hermano no era menos desgraciado que él, y cuando, después de la medianoche, los libertinos vistieron de nuevo sus largas túnicas y volvieron a Palacio, el rey de la Gran Tartaria dio libre curso a sus pensamientos.

__¡Cuan poca razón tenia yo  __se decía para creer que mi desgracia era única en el mundo; Ésta es, sin duda, la suerte fatal que les está reservada a todos los maridos. Siendo, pues, así, ¿por que he de dejarme vencer por la pena? No hay que pensar más en ello; el recuerdo de una desgracia tan común no turbará Jamás mi sueno.  Efectivamente, en vez de entregarse a sus sombríos pensamientos, se hizo servir una opípara cena y se mostró alegre y decidor.

Cuando supo que el sultán estaba ya de regreso, fue a encontrarle con aire placentero. Schariar, que esperaba encontrarle en el mismo estado de abatimiento y congoja en que le había dejado, sorprendióse gratamente al verle tan alegre.. __Hermano mío __le dijo__, doy gracias al Cielo por el cambio felicísimo que se ha operado en ti, y te ruego que me digas a que motivo obedece.

__Bien, hermano querido; puesto que lo deseas, voy a complacerte.  Le contó cuanto le había sucedido con su esposa el castigo que habíale impuesto, y concluyó diciendo:

__Ésta era la causa de mi tristeza; considera si tenía motivos para desesperarme.

__¡Qué suceso tan horrible me has contado, hermano mío!__ exclamó’ el Sultán__. Apruebo el castigo que infringiste a los que de modo tal osaron ultrajarte. Semejante acción no puede por menos de ser aplaudida; es muy justa y, por mi parte, te aseguro que, en tu lugar, no hubiera osado de tanta moderación. No a una, sino a mil mujeres hubiera matado. ¡Cielos! No creo que semejante desventura haya podido ocurrir a otro que a ti. De todos modos, da gracias al Cielo por el consuelo que te ha enviado, y como supongo que este será también asaz fundado, te ruego que me digas ahora en que consiste, teniendo en mi absoluta confianza.

__Quisiera obedecerte, pero temo causarte mayor pena de la que yo he experimentado.

__Lo que me dices aviva todavía mas mi curiosidad  __repuso Schariar.

El rey de la Gran Tartaria vaciló aún, pero tuvo que acabar por ceder, y le contó las escenas del jardín que el había presenciado desde la ventana de su aposento.

__¡ Cómo! __exclamó Schariar__. ¿La sultana de la India, es capaz de prostituirse de una manera tan abyecta? No, hermano mío, no puedo creer lo que me dices si no lo veo con mis propios ojos ; los tuyos te han engañado.

__Hermano mío __repuso Schazenan__, si quieres convencerte, no tienes mas que organizar una cacería. De noche volvemos ocultamente a mis habitaciones y estoy seguro de. que verás las mismas escenas que yo presencie.  El Sultán aprobó la estratagema y dispuso al punto la partida de caza.

Al día siguiente salieron los dos príncipes con sus séquitos

respectivos, y, llegados al punto previamente designado, detuvieronse allí hasta que cerró la noche. Sin pérdida de tiempo, el rey de la Gran Tartaria  y el Sultán montaron a caballo y, atravesando solos los campos, volvieron a la ciudad; lograron no ser vistos por alma viviente, entraron en el palacio que ocupaba Schazenan, y se situaron en la ventana que daba al jardín, sin apartar la vista de la puerta secreta.

al fin, se abrió ésta y se repitieron las mismas escenas de la noche anterior.

El Sultán vio también mas de lo necesario para convencerse de su vergüenza y de su desgracia.

__¡ Ay de mi! __exclamó__. ¡Qué horror! ¡Que sea capaz la esposa de un soberano como yo de semejante infamia! ¿Qué príncipe podrá decir, en vista de esto, que es completamente feliz? ¡Ah,_ hermano mío __prosiguió, abrazando al rey de Tartaria__, renunciemos ambos al mundo! La buena fe no existe ya; si por una parte nos lisonjea, por otra nos traiciona. Abandonemos nuestros Estados y toda la magnificencia que nos rodea ; vámonos a tierras extranjeras para vivir como simples particulares y ocultar nuestra desventura.

__Hermano mío __repuso el rey de Tartaria__, no tengo más voluntad que la tuya. Estoy pronto a seguirte adonde quieras, pero me has de prometer que volveremos, si encontramos a alguno que sea mas desgraciado que nosotros. __Te lo prometo  __ contestó el Sultán. Salieron secretamente del palacio y tomaron por un camino

distinto del que habían seguido a su llegada. Anduvieron todo el día hasta que, al atardecer, llegaron a un espeso bosque lleno de árboles seculares y muy frondosos, cercano al mar.

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Historia de Schariar y Schazenan (parte 2)

Sentáronse al pie de uno de aquellos árboles para descansar,  y, de pronto, oyeron un estrépito espantoso por la parte del mar y al mismo tiempo un grito de terror.

Abrióse seguidamente el mar y salió una columna negra que parecía llegar al cielo.

Los dos príncipes, presa del mayor espanto, se apresuraron a subirse a la copa del árbol para averiguar de qué se trataba, y observaron que la negra columna se iba acercando lentamente a la playa.

La columna era uno de los Genios maléficos, que odian a los hombres. Negro y. horroroso, tenía el aspecto de un gigante descomunal, y llevaba sobre la cabeza una gran caja de  cristal con cuatro cerraduras de fino acero.

Penetró en el bosque con su carga y fue a depositarla al pie del árbol en que estaban encaramados los dos príncipes, los cuales se creyeron irremisiblemente perdidos, pues no desconocían el peligro que les amenazaba.

Entretanto el Genio se sentó sobre la dura tierra, abrió la caja, y de ella salió al punto una mujer de belleza extraordinaria y ricamente vestida.

El monstruo la hizo sentar a su lado y, mirándola con ternura, le dijo:

__Mujer de belleza incomparable, graciosa criatura a quien robe el mismo día de sus bodas y he amado siempre con intensa y desbordante pasión, ¿me permites que descanse un momento a tu lado? ‘

La joven sonrió y el Genio se tendió en el suelo cuan largo era, apoyando su monstruosa cabeza en el regazo de su amante, no tardando en dormirse.

La mujer levantó entonces los ojos, y viendo a los dos príncipes en lo alto del árbol, les hizo señas de que bajasen.

El terror que se apoderó de ellos al verse descubiertos fue indecible, y rogaron, por señas, a la amante del Genio, que les dispensase de obedecerla; pero ésta, después de haber levantado de su regazo la cabeza del gigante, haciéndola descansar sobre un montón de hierbas, levantóse y repuso en voz baja y acento amenazador:

__¡Bajad, os digo! ¡Es preciso que me obedezcáis!

Así lo hicieron los dos príncipes y, cuando estuvieron en tierra, la joven los tomó de las manos, se interno con ellos en el bosque y les exigió algo que no pudieron negarle.

Satisfechos sus deseos y observando que ambos llevaban anillos en las manos, les pidió que cada cual le cediese uno. Tampoco pudieron los príncipes oponerse a este capricho, y la joven, cuando los hubo conseguido, uniólos a una larga sarta de sortijas que ocultaba en el seno.

__¿ Sabéis  __les dijo__ lo que representan estos anillos? Pues que el dueño de cada uno gozó de mi afecto, como acabáis de hacerlo vosotros; aquí había noventa y ocho y, como me faltaban dos para el centenar, os he pedido los vuestros. Son, pues, cien los amantes que hasta ahora -he tenido, a despecho de las precauciones y de la vigilancia de este Genio, que no quiere separarse un momento de mi lado. Es inútil que me encierre en una caja de cristal. y me oculte en el fondo del mar, pues siempre hallo ocasión de burlarle. Cuando una mujer concibe un proyecto, no hay marido ni amante que pueda impedirle que lo ponga en ejecución. Más valiera que los hombres procurasen no contrariarlas, pues éste sería el único medio de hacerlas discretas y fieles.

Dicho esto, guardóse los anillos y volvió a sentarse al pie del árbol, apoyando le nuevo en su regazo la cabeza del Genio.

Los dos príncipes volvieron sobre sus pasos.

__Y bien __dijo Schariar a su hermano__, ¿qué me dices de lo que nos ha ocurrido? El Genio no puede envanecerse de que su amante le sea fiel. ¿Convienes conmigo en que nada iguala a la malicia de las mujeres?

__Si –repuso el rey de la Gran Tartaria__ ; ¿y tú convienes, a tu vez, conmigo en que el Genio es mas digno de compasión y mas desgraciado que nosotros?

__Ciertamente. ‘

__Volvamos, pues, a nuestros Estados.

__Sí, volvamos __contestó el Sultán__. Por mi parte, te aseguro que he dado con el medio de hacer que mi esposa no pueda serme infiel. El día que te revele mi secreto, no dudo de que seguirás mi ejemplo.

Caminando sin cesar, llegaron a su campamento a los tres días y tres noches de haberlo abandonado.

Cuando se tuvo conocimiento de la vuelta del Sultán y del Rey, todos los cortesanos se presentaron en la tienda real, y Schariar ordenó que al punto se levantase el campamento para regresar a la ciudad.

Una vez en Palacio, el Sultán se dirigió a las habitaciones de su ,esposa y mandó al Visir que la estrangulase en su presencia.

Y no satisfecho con esto, el enfurecido Schariar cortó con su propia mano la cabeza a todas las mujeres que formaban la corte de la Sultana.

Después de un castigo tan tremendo, y persuadido de que no existía mujer alguna de cuya fidelidad pudiese estar seguro, resolvió desposarse cada noche con una y hacerla estrangular apenas alborease el día siguiente.

Promulgada que fue esta bárbara ley, el Sultán juró que la observaría en cuanto se hubiera marchado su hermano, el cual volvió en seguida a la capital de su reino, llevándose magníficos regalos.

El mismo día que partió Schazenan, el Sultán ordenó a su Visir que le trajese la hija de un general de su ejército, con la que se casaría aquella noche. Obedeció el Visir, desposóse Schariar con la joven y a la mañana siguiente mandó al propio Visir que la matase y le buscase otra para aquella misma noche.

Estos actos de barbarie sembraron la consternación en todo el reino, y, en vez de las alabanzas y bendiciones que hasta entonces habían tributado al Sultán, todos sus vasallos le maldecían y le deseaban la muerte.  ‘

El gran Visir que, contra su voluntad, era ministro de esta cruel injusticia, tenía dos hijas : la mayor se llamaba Scheznarda y Dinarza la mas joven. Ésta, no menos bella que su hermana, no poseía, sin embargo, el valor superior a su sexo y el ingenio

y la perspicacia de que aquella estaba dotada.

Scheznarda había leído mucho y poseía una memoria prodigiosa. Había estudiado filosofía, medicina, historia y bellas artes y componía versos mucho mejor que los más celebrados poetas de su tiempo. Además, su belleza era perfecta y su corazón sólo albergaba los sentimientos mas nobles y generosos.

El Visir amaba entrañablemente a esta hija, que era, en verdad, digna de su amor.

Un día en que ambos se hallaban reunidos, Scheznarda dijo

al Visir:

__Padre mío, quiero pediros una gracia.

__Que yo te concederé gustosísimo,  si, como espero, es razonable.

__He ideado un plan __repuso la joven__ para poner coto a las barbaridades que comete el Sultán con las hijas de familia.

__Digna de alabanza es tu intención __contestó el Visir__, pero me parece que no tiene cura lo que- tú piensas reparar.

__Padre mío __replicó Scheznarda__, puesto que sois vos el que cada noche habéis de procurar una nueva esposa al Sultán, os ruego que le propongáis que me conceda ese honor.

__¡Ah!  __exclamó el Visir, aterrado__, ¿has perdido el juicio, hija mía? ¿Cómo te atreves a hacerme semejante ruego? ¿Sabes a lo que te expone tu indiscreto celo?

__Sí, padre mío __contestó Scheznarda__; sé a qué peligro me expongo. Si perezco, mi muerte será gloriosa; pero si logro llevar a cabo mi empresa, haré a mi patria un servicio inmenso.

__No, no __replicó el Visir__; es inútil que insistas, pues no puedo acceder a lo que me pides.

__Concedédmelo, padre mío; será. la. última gracia que os pida.

__Tu obstinación __repuso el Visir__hará que me enoje. ¿Porqué te empeñas en ir al encuentro de una muerte segura? El que no prevé el fin de una empresa peligrosa, no puede realizarla como es debido. Cuidado que no te suceda lo que al asno, que estaba bien y no supo contentarse con su suerte.

__¿ Qué le-sucedió al asno? __preguntó Scheznarda,

__Escucha y lo sabrás.  El asno el buey y el labrador

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1. El asno, el buey y el labrador.

«Fábula en las mil y una noche edic. universales Bogotá»

beef-192976_1280Un labrador muy rico tenía varias casas de campo, donde criaba muchos ganados de todas las especies. Vivía en una de ellas con su mujer y sus hijos, y poseía como Salomón, el don de entender la lengua en que hablaban los animales, aunque le era imposible interpretarla a los demás so pena de perder la vida.

Tenía en la misma cuadra un buey y un asno, y cierto día que contemplaba los juegos infantiles de sus hijos, oyó que el buey le dijo al asno:

__No puedo menos que mirarte con envidia al ver lo mucho que descansas y lo poco que trabajas. Un mozo te cuida, te da buena cebada para comer, y para beber agua pura y cristalina: y si no llevarás a nuestro amo a os cortos viajes que hace, te pasarías la vida en completa ociosidad. A mi me tratan de distinta manera y mi condición es tan desgraciada como agradable la tuya. A las doce de la noche me atan a una carreta, trabajo hasta que las fuerzas me faltan, y el labrador, sin embargo, no cesa de castigarme, y luego por la noche me dan de comer unas malas habas secas, Ya ves que tengo razón al envidiar tu suerte.

El asno no interrumpió al buey, pero cuando acabó de hablar le dijo:

__Con razón tenéis fama de tontos, tú y todos los de tu especie. Dais la vida en provecho y beneficio de los hombres y no sabeís sacar partido de vuestras facultades. Cuando os quieren uncir el arado¿ por qué no das unas buenas cornadas y unos cuantos mugidos que asusten a los hombres, te echas al suelo y te niegas a moverte? Sí así lo hicieras ya verías como te tratarían mejor. Si sigues los consejos que te doy, notarás un cambio favorable y me agradecerás lo que te propongo.

El buey prometió obedecerle, y el amo no perdió de la conversación ni una sola palabra.

A la mañana siguiente, muy temprano, fue en busca del buey el gañan.

El animal siguió exactamente los consejos del asno: dio tremendos mugidos, no quiso comer, se echo al pie del pesebre, y el labrador creyendo que estaba enfermo, fue a dar parte al amo de lo que sucedía.

El labrador comprendió el efecto de las indicaciones del asno, y, a fin de castigar a este último como merecía dijo al mozo:

__Lleva al campo al asno en vez del buey, y hazle que trabaje bien.

Dicho y hecho: el asno tiró todo el día del arado y de la carreta, y recibió además tantos golpes, que cuando volvió por la noche a la cuadra no podía sostenerse.

El buey, sin embargo estaba muy contento. Había comido bien y descansado todo el día, así que se apresuró a bendecid y dar nuevas gracias al asno cuando este último entro en la cuadra. El asno no le respondió ni una palabra, y decía para sí: «yo tengo la culpa de lo que me sucede; soy un imprudente. Vivía contento y dichoso, y como mi astucia no encuentre un nuevo medio de salir de esta situación, voy a perder el pellejo». y medio muerto de cansancio se dejo caer en el suelo.

Al llegar a este punto de su narración, interrumpió el gran Visir a su hija:
Merecías ser tratada como el asno, puesto que pretendes curar un mal irremediable o sea llevar a cabo una empresa imposible en la que perderás la vida.
Inquebrantable en sus propósitos, la generosa joven replicó que ningún peligro la haría desistir de poner en ejecución sus designios
__En ese caso __repuso el padre__, fuerza será hacer contigo lo que el labrador le hizo a su mujer
__¿Y que fue ello?

__Escucha con atención pues no he terminado el cuento, y continuo con el cuento del gallo el perro y la mujer del labrador  de la siguiente manera
__Hija mía __añadió el Visir__, tú merecerías que te tratase de la misma manera que a la mujer del labrador.
_Padre mío dijo __dijo Scheznarda__, mi resolución  es irrevocable, y no me hará desistir de ella la historia que acabáís de contar. Yo podría referiros otras que os harán no oponeros a mi designio, y si el cariño paternal se resiste a mi suplica, iré yo misma a presentarme al Sultán.
Obligado al fin,el Visir por la firmeza de carácter de su hija, fue muy afligido a anunciar a Schariar que aquella misma noche le presentaría a Scheznarda. El Sultán se llenó de asombro al
considerar el sacrificio que le hacía el gran Visir, y la facilidad con que le entregaba su propia hija.
__Señor __respondió el Visir__, ella misma se ha ofrecido voluntariamente ; la muerte no la espanta, y prefiere a la vida la honra de ser esposa de Vuestra Majestad.
__Pero ten entendido, Visir, que mañana, al devolverte a tu hija, te ordenaré que le des muerte, y si no me obedeces, te juro que caerá de los hombros tu cabeza.
__Señor __respondió el Visir__, al cumplir con tal decreto se desgarrará mi corazón, pero, aunque soy padre, sabré acallar los gritos de la naturaleza y ejecutaré vuestras órdenes.
El gran Visir fue en seguida a decir a su hija que el Sultán la esperaba, y Scheznarda recibió la noticia con la mayor alegría, que en vano trató de comunicar a su afligido y desconsolado padre.
Púsose la joven en disposición de comparecer ante el Sultán, y momentos antes de salir de su casa, dijo reservadamente a Diznarda;
__Querida hermana, tengo necesidad de que me auxilies en un asunto importante. Voy a ser esposa del Sultán; no te asuste la noticia y escúchame con calma. Cuando llegue a Palacio pediré a Schariar que te permita pasar la noche en el aposento contiguo, para que yo disfrute por última vez de tu compañía. Si, como espero, obtengo este favor, ten cuidado de despertarme una hora antes de que despunte el día, y dime entonces : «Hermana mía, si no duermes, te ruego que me refieras uno de esos preciosos cuentos que tú sabes hasta que venga la aurora» Yo te contaré uno, y por este medio tan sencillo me parece que podré librar al pueblo de la desgracia que pesa sobre él.
Diznarda ofreció cumplir con gusto cuanto su hermana le exigía.
El gran Visir condujo a Scheznarda a Palacio y se retiró, después de haberla introducido en el departamento del Sultán. El Príncipe ordenó a la joven que se descubriese el rostro; obedeció ésta, y lo vio surcado de lagrimas.
__¿ Por qué lloras? __preguntó a su futura esposa.
__Señor __respondió Scheznarda__, tengo una hermana a quien amo con toda mi alma; desearía que pasase la noche junto a mi para darle el último adiós. Creo que no me negaréis este último consuelo.
Schariar consintió en ello y Diznarda fue instalada en un aposento inmediato e la cámara, nupcial.
Una hora, entes del alba dirigió Diznarda  a su hermana el ruego convenido. Scheznarda, en vez de responder directamente, pidió permiso el Sultán pare comenzar el cuento. Aquel se lo otorgó, y entonces empezó de este manera: El mercader y el genio

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2. El mercader y el genio

image001eñor, había en otros tiempos un mercader que poseía grandes riquezas en esclavos, tierras, mercancías y oro. Obligado de cuando en cuando a viajar para arreglar algunos asuntos de su comercio, montó un día a caballo, llevando buena provisión de galletas y dátiles para alimentarse en el desierto que iba atravesar. Terminados sus negocios emprendió el regreso a su casa.
Al cuarto día de marcha sintióse tan sofocado por los ardorosos rayos del sol que calcinaban la tierra, que separándose un poco de su camino, busco la sombra bajo la copa de unos árboles que se divisaban a lo lejos. Al pie de un nogal encontró una fuente de agua cristalina, y, echando pie a tierra, se dispuso a descansar.
Sentóse junto al manantial y saco del zurrón las provisiones que le quedaban. Al comer los dátiles arrojó a uno y otro lado los huesos, y terminado su frugal desayuno, lavóse el rostro, las manos y los pies, como buen musulmán, y rezo su oración de costumbre.
Estaba todavía de rodillas, cuando se le apareció un genio de gran estatura cuya cabeza estaba cubierta con la nieve de los años y que, adelántandose hacia él, espada en mano, le dijo con acento terrible:
__Levántate, porque voy a matarte como tu acabas de matar a mi hijo.
Asustado el mercader por la figura del monstruo y por sus tremendas palabras, respondió temblando:
__¡Ah, mi buen señor! ¿Que crimen he cometido para merecer tal suerte? No conozco ni he visto jamás a vuestro hijo.
__Pues qué, ¿Acaso no has arrojado los huesos de los dátiles?
__Es verdad; no puedo negarlo
__Pues bien __ replicó el genio__, mi hijo, que pasaba junto a tí, recibió un hueso en un ojo y quedo muerto en el acto. No hay compasión para tí y te voy a arrancar la vida,
__¡Misericordia, señor! __exclamó el mercader__ Si he matado a vuestro hijo, lo hice inocentemente y soy digno del perdón.
El genio en vez de contestar, asió, al mercader y, derribándole al suelo, levantó la espada para cortarle la cabeza, sin enternecerse por los lamentos de su víctima, que se acordaba de su esposa y de sus hijos.
Cuando el mercader vió que el genio le iba a cortar la cabeza, dió un grito horrible y dijo.:
__Por favor, deteneos y oídme una palabra. Ya que vaís a quitarme la vida, concededme un plazo que necesito para despedirme de mi familia, hacer mi testamento y arreglar mis asuntos, y juro por Dios del cielo y de la tierra que volveré puntualmente para someterme a vuestra voluntad.
¿Y cuánto tiempo necesitas? __pregunto el Genio.
__Os pido un año, pasado el cual me encontrareís junto a este mismo árbol dispuesto a renunciar a la vida
__¿Pones a Dios por testigo de tu promesa?
__Sí __replico el mercader__, y podéis descansar en la fe de mi juramento.
El Genio, al oír estas palabras, desapareció, y el mercader, con el ánimo más tranquilo que al principio, monto a caballo y continuó su camino. Su mujer y sus hijos lo recibieron con grandes manifestaciones de alegría: pero el infeliz se echo a llorar al recordar tal juramento, y, para explicar la causa de su tristeza, refirió cuanto le había sucedido en el camino.
La esposa y los hijos del mercader prorrumpieron en gritos de desesperación, y la casa toda presentaba un espectáculo conmovedor.
El mercader pagó sus deudas, hizo regalos a sus amigos y limosnas a los pobres, dió libertad a sus esclavos de ambos sexos, dividió los bienes entre sus hijos, y como había transcurrido el año le fue preciso partir.
Es imposible describir la escena que tuvo lugar al despedirse el mercader de su familia, que quería morir con él y no separarse ni un momento de su lado.
Después de muchas reflexiones y de inútiles consuelos, se desprendió de los brazos de su amante esposa y de sus hijos, fue al sitio designado junto a la fuente, y allí espero al Genio con la tristeza que es fácil de adivinar y propia de un hombre que va a morir.

Scheznarda, al llegar a este punto, noto que era de día, y como sabía que el Sultán celebraba entonces el  Consejo, guardo silencio.

Diznarda exclamó:

__¡Qué cuento tan maravilloso!

__Lo que queda es mejor todavía __dijo su hermana__, y te convencerías de ello si el Sultán me dejase vivir hoy para continuar esta noche la interrumpida historia.

Schariar, lleno de curiosidad, accedió a la indicación, levantóse y fue a presidir el Consejo.

El Gran Visir, entretanto, presa de cruel inquietud, no había podido dormir pensando en la triste suerte que aguardaba a su hija.

Su asombro no tuvo límites cuando, al entrar no oyó de la boca del Sultán la fatal sentencia.

Al día siguiente, y a la hora convenida, dirigió Diznarda a su hermana las palabras del día anterior, y el Sultán añadió con impaciencia:

__Sí, termina el cuento, porque anhelo ya saber su desenlace.

Scheznarda continuó así:  El genio y los tres viejos

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2.1. El genio y los tres viejos

image002ientras aguardaba en situación tan cruel, apareció un anciano con una cierva. saludaron se el uno y el otro, y el viejo le pregunto::

__Hermano mío, ¿para qué habéis venido hasta lugar inseguro y desierto que sólo pueblan espíritus malignos?

El mercader entonces refirió su aventura, y el anciano exclamó:

__He aquí un suceso extraño y terrible, puesto que os halláis ligado por medio de juramento inviolable. Quisiera presenciar vuestra entrevista con el Genio.

Al decir estas palabras, llegó otro anciano seguido de dos perros negros, preguntó a los viajeros lo que hacían en aquel sitio, el viejo de la cierva satisfizo su curiosidad, y el recién venido resolvió quedarse también para ser testigo de lo que iba a suceder. Apareció a la sazón un tercer anciano; hizo las mismas preguntas que el segundo y el primero, y tomó asiento entre los dos con el objeto de ver el fin de la triste aventura.

De repente, vieron a lo lejos un vapor espeso parecido a un torbellino de polvo impulsado por el viento, vapor que al acercarse a ellos se disipó dejando ver la figura gigantesca del Genio. Este se aproximo con la espada en la mano al pobre mercader y le dijo: asiéndole de un brazo:

___Levántate, que voy a matarte del mismo modo que tu has matado a mi hijo.

Cuando el viejo de la cierva se convenció de que el mercader iba a morir infaliblemente, se arrojó a los pies del genio y le dijo:

__¡Príncipe de los Genios! Os ruego yo con la mayor humildad que me escuchéis antes de descargar todo el peso de vuestra cólera. Voy a contaros mi historia y la de esta cierva que veis aquí. Si la creéis más sorprendente y maravillosa que la aventura del mercader a quien queréis privar de la vida, ¿perdonaréis al desgraciado el crimen que ha cometido?.

Reflexionó el Genio algunos momentos, y dijo al fin:

__Esta bien , consiento en ello.

__Al ver clarear el día Scheznarda interrumpió su narración y dijo, dirigiéndose al Sultán:

__Señor,  hora es ya de que os levantéis para asistir al Consejo; si lo tenéis a bien, mañana os contaré la historia del anciano y la cierva historia del anciano y la cierva.

Esta es mi historia y la de la cierva no es maravillosa como os dije al principio


__Tienes razón __exclamo el genio__, y en recompensa te concedo la tercera parte de perdón que solicitas para el mercader..

El segundo anciano, que conducía los dos perros negros, se dirigió al genio y le dijo:

__Ahora voy a contar lo que me ha sucedido a mi, y a estos dos perros que me acompañan, y estoy seguro que me concederéis otra tercera parte del perdón para el mercader.

__Si te la concederé __ replico el genio__ , con tal que tu historia sea mas interesante aún que la de la cierva. Entonces el anciano comenzó de esta manera, Pero Scheznarda, al ver la luz del día, interrumpió su cuento

__¡Qué aventuras tan singulares, hermana mía! __exclamo Diznarda.

__pues no son comparables __dijo la Sultana__ con las que te referiré esta noche, si el  Sultán mi señor, me permite vivir unas cuantas horas más.

Schariar no respondió ni una sola palabra, pero fue a presidir el consejo sin dar orden ninguna sobre la vida de la Sultana. Por el contrario , el fue quien, a la mañana siguiente, pidió  la historia del segundo anciano y de los perros negros.

Tal es mi historia, ¡oh Príncipe de los genios!, y creo que os habrá parecido extraordinaria.



__Convengo en ello __dijo el Genio__, y te concedo la tercera parte del perdón que pido para el mercader.

El tercer anciano tomó la palabra y pidió al Genio la misma gracia que sus dos antecesores, esto es que perdonase al mercader la otra tercera parte de su pena, si la historia que iba a contar era mas extraordinaria y curiosa que las que hasta entonces había oído.

Accedió el Genio y el tercer anciano comenzó así

Historia del tercer anciano y la princesa Scirina.

El Genio, apenas hubo terminado el tercer anciano su historia, perdonó al mercader el resto de la pena y desapareció acto continuo.

El pobre mercader, enajenado de júbilo, dió las gracias a sus libertadores y volvió a su hogar, donde, al lado de su esposa y de sus  hijos, vivió tranquilamente muchos años.

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2.1.1. Historia del anciano y la cierva

« en las mil y una noche edic. universales Bogotá»

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ice el anciano os voy a contar una maravillosa historia, y refiere la siguiente:
Esta cierva, narra el anciano es prima mía y además mi esposa, contaba doce años cuando me casé con ella, y por lo tanto debió considerarme como padre, pariente y marido.
El deseo de tener sucesión me hizo comprar una esclava, que me dió un hijo; mi mujer llena de celos, concibió un odio profundo hacia la madre y el niño, y ocultó sus sentimientos de tal suerte, que cuando me dí cuenta de ello ya era demasiado tarde. Tenía mi hijo diez años de edad: me vi obligado a hacer un viaje y lo dejé recomendado con su madre a mi esposa, rogándole que los cuidase durante mi ausencia, que se prolongó un año entero; pero mi esposa que se había dedicado a la magia, para vengarse de aquéllos inocentes, transformó a mi hijo en becerro y en vaca a la esclava. entregándolos a un labrador para que los nutriera y los hiciese trabajar como a los animales de su especie. Al regresar me dijo que el niño se había perdido y que la esclava acababa de morir. Mucho me afligió la perdida de la madre, pero me consolaba la esperanza de encontrar al niño algún día. Pasaron ocho meses sin conseguirlo, hasta que llegada la fiesta del Bairam, ordené al labrador de mis tierras que me enviase la vaca más gorda para sacrificarla, y me trajo a la infeliz esclava. En el momento de ir a darle muerte comenzó a mugir de un modo lastimero, y noté que salían de sus ojos dos torrentes de lágrimas. Aquello me conmovió y dispuse que trajeran otra vaca, a lo cual se opuso mi mujer, que quería a todo trance satisfacer su cruel venganza. Ya me disponía a descargar el tremendo golpe, cuando la vaca principió a mugir de nuevo, y por segunda vez me sentí tan falto de valor que dí orden al labrador para que él consumara el sacrificio.
Aquel hombre, menos compasivo que yo, quitó la vida al animal, y vimos entonces que la vaca, a pesar de su robusta apariencia, no tenía más que los huesos y el pellejo. Poseído de gran pesadumbre, regalé la víctima al labrador y le dije que me trajera en su lugar un buen becerro, como en efecto, lo ejecutó enseguida. Aunque ignoraba que el becerro que me presentó fuese mi hijo, sentí al verlo que mi corazón palpitaba con violencia. El animalito rompió la cuerda para acercarse a mí, se echó a mis pies, me acarició las manos y me miró de tal modo que me sentí muy conmovido; así, pues, en lugar de sacrificarlo ordené que se lo llevasen al establo. Mi mujer se enfureció, pues quería a todo trance que lo inmolase como a la vaca; pero pudo en mí más la compasión que sus súplicas y su enojo, y no me dí por vencido, aunque, para apaciguarla, le ofrecí que sacrificaría al becerro al año siguiente.
A la otra mañana fue a verme el labrador, y me dijo reservadamente:
__Vengo a daros una noticia muy interesante. Tengo una hija que posee el arte de la magia, y ella me ha revelado que el be cerro es vuestro hijo y la vaca era la esclava, su desgraciada madre muerta ayer a mis manos. Estas dos metamorfosis han sido hechas por encantamiento de vuestra esposa, que aborrecía a la esclava y al pobre niño.
Juzgad, ¡oh Genio!, cual sería mi dolor y mi sorpresa al oír estas palabras. Fui corriendo al establo donde se hallaba mi hijo y aunque no pudo corresponder a mis caricias las recibió de modo que me persuadí hasta la evidencia de su identidad. Entonces llegó la hija del labrador, y le pregunté con el mayor anhelo si podía restituir a mi hijo su primitiva forma.
__Sí, puedo hacerlo __Me respondió
__Si lo consigues, serás dueña de toda mi fortuna.
__¡Oh! __replicó__; no puedo pedir tanto, pero si exijo dos condiciones: la primera que me deís a tu hijo por esposo, y la segunda que me permitáis castigar a la persona que lo ha transformado en becerro.
__Acepto con gusto la primera __le dije__, y también accedo a la segunda con tal de que no quitéis la vida a mi mujer,
La joven tomó un vaso lleno de agua, pronunció algunas palabras cabalísticas, y luego dirigiéndose al becerro, exclamó:
__Si tu has sido creado en la forma que hoy tienes por el Todopoderoso permanece en este estado; pero si eres hombre y te encuentras así por arte de hechicería, recobra tu primitivo ser por la voluntad del Creador Divino.
Derramo el vaso de agua sobre el becerro y en un momento ví entre mis brazos a mi adorado hijo, quien consintió en ser esposo de la joven que le había sacado de tan miserable situación, Mi mujer fue transformada en cierva y es la que veis aquí. Yo elegí esta especie para que su presencia no fuese repugnante en el seno de la familia.
mi hijo se quedo viudo y fue a viajar; pero como hace muchos años que no tengo noticias suyas, me he puesto en camino para buscarle en compañía de mi mujer. Esta es mi historia y la de la cierva ¿No es maravillosa, como os dije al principio?

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2.1.2. Historia del anciano y de los dos perros negros

las mil y una noche edic. universales Bogotá»

 

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Sabréis,  _dijo el viejo__ , que nosotros somos tres hermanos, estos dos perros que veis y yo, que soy el tercero, nuestro padre al morir nos dejo a cada uno mil cequíes, y con esa suma abrazamos los tres la misma profesión y nos hicimos mercaderes. Algún tiempo después de abrir la tienda mi hermano quiso comerciar en países extranjeros y emprendió un viaje, llevándose mucho género.
Un año duró su ausencia.
Al cabo de este tiempo se presentó un pobre pidiendo limosna a la puerta de mi tienda.
__Dios te perdone __ le dije.
__Y a ti también __me respondió el mendigo__, ¿Es posible que no me reconozcas?
Entonces le miré con atención y vi que era mi propio hermano.
Le abrace, le hice entrar a mi casa, y le pedí noticias de su viaje y de su situación.
__Nada me preguntes __ exclamó__, porque te afligirás al saber el cúmulo de desgracias que han caído sobre mí de un año a esta parte.
Compadecido de su triste suerte, le dí mis mejores trajes y, además, la cantidad de mil cequíes, o sea la mitad de la fortuna que yo poseía, con cuyo auxilio se dedicó de nuevo a los negocios y vivimos juntos como en otro tiempo.
Poco tiempo después quiso viajar también mi segundo hermano.
Hicimos cuanto fue posible para que desistiese de su proyecto, pero todo fue inútil, y al cabo de un año volvió en la misma situación que el hermano mayor.
Le dí otros mil cequíes que tuve de ganancia durante el período de su ausencia, abrió una tienda nueva y continuó el ejercicio de su profesión
Sin que les sirviese de escarmiento lo que les había sucedido, me propusieron mis hermanos que emprendiese con ellos un viaje para comerciar en el extranjero, a lo cual me negué resueltamente, hasta que, después de cinco años de continúas súplicas, accedí a sus deseos. Tratóse de comprar los géneros y mercancías que eran indispensables, y confesaron que no poseían ni un solo cequí.
Ni una palabra de recriminación salió de mis labios; ví que era dueño de seis mil cequíes, di mil a cada uno de mis hermanos, me reserve igual suma para mí, y enterré lo restante en un sitio seguro para prevenirme contra las eventualidades que pudieran sobrevenir a nuestro comercio. Fletamos un barco por cuenta propia, y con un viento favorable nos hicimos favorablemente a la vela.
Después de dos meses de navegación, llegamos con facilidad a un puerto donde vendíamos tan ventajosamente nuestras mercancías, que gané en ellas el mil por ciento. Allí compramos géneros y productos del país para llevarlas a otros. Pocos días faltaban ya para el embarque y regreso a la patria, cuando encontré a la orilla del mar a una dama hermosa, pero vestida con suma pobreza.
La dama se acerco a mí, me besó la mano, y me rogó con insistencia que le permitiera embarcarse en nuestro buque. Yo, no sólo consentí en ello, sino que, cautivado por su hermosura y su porte, me casé con ella, y a los pocos días nos hicimos a la mar.
Durante la travesía descubrí tan buenas cualidades en la esposa que acababa de elegir, que cada día se fue aumentando mi cariño hacia ella.
Mis hermanos, llenos de envidia al ver que la felicidad me sonreía por todos lados, llevaron sus celos hasta el punto de conspirar contra mi vida, y una noche mientras dormíamos nos arrojaron al mar.
Felizmente, mi mujer era hada, y me salvó de una muerte cierta.
__Ya ves __me dijo__ que salvándote la vida no he recompensado mal el bien que me hiciste. Soy hada, habito en las orillas del mar, y adopte aquel pobre disfraz para probar la bondad de tu corazón, del cual estoy satisfecha: pero ahora es preciso que castigue a tus crueles hermanos sumergiendo el barco en que navegan.
__Te suplico que los perdones _le dije entonces__, porque prefiero ser con ellos tan generoso como hasta aquí.
Conseguí aplacarla con mis ruegos, me transportó a mi casa, y desapareció en seguida. Desenterré el dinero, y abrí la tienda, que se lleno de parroquianos y de vecinos que fueron a felicitarme por mi regreso. Al entrar en el patio de la casa encontré a estos dos perros negros, que me miraron con sumisión y humildad.
Ignoraba de donde procedían aquellos animales cuando vino mi esposa a decirme que una de sus hermanas, hechicera como ella, había sumergido el buque en que iban mis ingratos hermanos y reducidolos a la forma de animales irracionales, en la cual vivirán diez años como justo castigo a su perfidia. retornar al genio y los 3 viejos         Volver a índice

2.1.3. Historia del anciano y la princesa Scirina (parte 1)

las mil y una noche edic. universales Bogotá»

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oy hijo único de un rico mercader de surate. Al poco tiempo de la muerte de mi padre, disipe la mayor parte de los muchos bienes que me había dejado, y estaba a punto derrochar el resto con mis amigos, cuando senté a mi mesa a un forastero que llegó a Surate de paso para Serendib. La conversación recayó sobre viajes.

__Si fuera posible __le dije sonriendo__ ir de un extremo a otro de la tierra sin tener ningún tropiezo desagradable, saldría hoy mismo de Surate.
__me contestó el forastero__, si queréis viajar, yo os enseñare el procedimiento de recorrer el mundo de una manera inmune.
Después de la comida me llevó aparte para decirme que a la mañana siguiente volvería a visitarme.
Así lo hizo, en efecto.
_Quiero cumplir mi palabra __me dijo; mandad a un esclavo a buscar un carpintero y que vengan aquí los dos cargados de tablas.
Cuando vinieron el carpintero y el esclavo, el extranjero dijo al primero que hiciese una caja de seis pues de largo por cuatro de ancho.
Mi huésped, entretanto, no permaneció ocioso, pues ayudó eficazmente al carpintero.
Al tercer día tuvo la caja terminada, y el extranjero, cubriéndola con un tapiz de Persia, mando que la llevasen al campo a dónde yo seguí a aquél.
__Decid a vuestros esclavos que se retiren __ me dijo.
Así lo hice, quedándome sólo con el forastero. De pronto, la caja se levantó y emprendió un vuelo rapidísimo, perdiéndose entre las nubes.
Al poco rato volvió a caer a mis pies.
__Ya veis __me dijo el forastero que es un vehículo bastante cómodo: os los regalo, y así podréis realizar cuanto os plazca un viaje por todos los reinos del mundo.
Dí las gracias al forastero, y, entregándole una bola llena de cequíes, le pregunte:
__¿Cómo se pone en movimiento esta caja?
__Pronto lo sabréis __me contestó.
Me hizo entrar con él en la caja, y en cuanto hubo tocado un tornillo nos remontamos en el aire.
__Dando vueltas a este tornillo __me explicaba, entretanto__, iréis hacia la derecha; girando este otro, tomaréis la dirección contraria; para remontaros, basta que toquéis este muelle, y si queréis descender tirad de este resorte.
Hechos diferentes experimentos, el forastero puso la caja en dirección a mi casa y descendimos felizmente en mi propio jardín.
Encerré la caja en mis habitaciones, y el forastero se despidió de mi.
Continué divirtiéndome en compañía de mis amigos, hasta que hube agotado todo mi patrimonio. Tomé luego dinero a préstamo, y en breve me vi agobiado de deudas y amenazado de las molestias consiguientes. Recurrí entonces a mi caja: coloqué en ella víveres y el dinero que me quedaba, la arrastré secretamente hasta el jardín, encerréme en ella, y tocando el muelle correspondiente me remonté en el aire, alejándome de mi patria y de mis acreedores.
Durante toda la noche volé con toda la rapidez posible, y al despuntar el alba miré por un agujero de la caja y sólo vi montañas, precipicios y campos yermos.
Continué, viajando por el aire todo el día con su noche, y al siguiente me encontré sobre un espeso bosque junto al cual se veía una hermosa ciudad.
Me detuve para contemplar la ciudad y, sobre todo, un magnífico palacio que ofrecía a mis ojos; y ví a un labriego que cultivaba la tierra. Descendí en el bosque y, dejando la caja, me acerqué al labriego para preguntarle cómo se llamaba aquella ciudad.
El labriego me contesto:
__Joven, se conoce a la legua que soís extranjero, puesto que ignoráis que esa ciudad es Gazna, residencia de el bueno y valeroso rey Bahaman.
__Y quién habita en aquel palacio? _ le pregunté.
__El rey de Gazna __ me contestó__ lo hizo construir para encerrar en él a la princesa Scirina, su hija, a quien el horóscopo ha anunciado que será engañada por un hombre.
Dí las gracias al campesino por las noticias que acababa de darme y me dirigí a la ciudad. Cerca ya de sus puertas, oí un gran ruido y a los pocos instantes ví salir a varios jinetes, magníficamente vestidos y montados en hermosísimos caballos enjaezados con magnificencia.
En medio de aquella espléndida comitiva iba un hombre de elevada estatura, que ostentaba una cadena de oro en la cabeza y un traje tan cubierto de pedrería que todo él parecía un diamante inmenso.
Supuse que era el rey de Gazna, y luego me enteré de que no me había engañado.
Recorría ensimismado la ciudad, cuando, de pronto, me acordé de mi caja, qué había dejado abandonada, y no pude recobrar la tranquilidad hasta que, de vuelta en el bosque, pude convencerme de que no me la habían robado.
Acabé de consumir las provisiones que me quedaban, y, como en esto cayó la noche, resolví pernoctar allí. Pero no pude conciliar el sueño: lo que el labriego habíame referido acerca de la princesa Scirina me preocupaba sobre manera.
A fuerza de pensar en Scirina, tal como yo me la representaba, este es, como la mujer más hermosa que jamás hubiera visto en mi vida, entraron me deseos de probar fortuna.
__Es preciso __me dije__ que me traslade a las azoteas del palacio y que entre en las habitaciones de la princesa. ¡Quién sabe si le gustaré!
Dicho y hecho: entré en la caja, toqué el muelle de ascensión, pasé, sin ser visto, sobre las cabezas de los soldados que custodiaban el edificio, y descendí, sin tropiezo, en una de las azoteas del palacio.
Procurando no hacer ruido, me deslicé por una ventana y alléme en una habitación, adornada con riquísimos tapices, en la que, recostada en un diván, estaba Scirina, deslumbrante de belleza.
Me acerqué cautelosamente.
Y caí de rodillas a sus pies, besando con pasión una de sus lindas manos.
La princesa se despertó sobresaltada, y al ver un hombre junto a ella dio un grito y al punto acudió su aya, que dormía en el aposento contiguo.
__Mahpeike __dijo Scirina__, ¿cómo ha podido este hombre llegar a entrar en mi cámara? ¿Eres tú, acaso, eres tú cómplice suyo?
__¿Yo? __exclamó el aya__. Esa sospecha me ofende. No estoy menos asombrada que vos de ver aquí a este joven temerario. Por otra parte, aunque yo hubiese querido favorecer su audacia inaudita, ¿cómo hubiera podido burlar la vigilancia de la guardia que rodea el castillo? Bien sabéis, además, que es preciso abrir veinte puertas de acero, sellados con las armas del rey, para llegar hasta aquí. Repito que no me explico cómo ha podido este joven vencer tantas dificultades.
Mientras el aya hablaba, yo discurría sobre lo que había de decir
Y se me ocurrió la idea de hacerme pasar por el profeta Mahoma.
__Hermosa princesa __ dije a Scirina __, no os asustéis, y vos tampoco, Mahpeiker, de verme aquí. Soy el profeta Mahoma y no he podido ver sin compadeceros que paséis los más bellos de vuestra existencia encerrada en esta cárcel. Vengo, pues, para desmentir la predicción que de tal modo espanta a Bahaman, vuestro padre. Tranquilizaos, pues, y regocijaos, porque vais hacer la esposa de Mahoma. En cuanto se divulgue la noticia de vuestro casamiento, todos los reyes temerán al suegro del Profeta y os envidiarán todas las princesas.
Scirina y Mahpeiker presentaron fe a lo que dije.
Pasé la mayor parte de la noche en compañía de la hija del rey de Gazna.
Cuando llegó el momento de abandonar su aposento, le prometí volver al día siguiente.
Regresé en mi caja al bosque, sin ser visto por los soldados, y cuando el sol estaba ya alto en el horizonte, me encaminé a la ciudad, donde compré trajes magníficos, un turbante de telas de las indias, con rayos de oro, un rico cinturón y esencias y perfumes, empleando en esto todo el dinero que me quedaba.
El resto del día lo pase en el bosque ataviándome y perfumándome.
En cuanto anocheció, metíme en la caja y volé al aposento de mi amada.
Scirina me aguardaba llena de impaciencia
__¡Oh gran profeta__ me dijo__, temía que hubiese olvidado a vuestra esposa! Más decidme, ¿por que tenéis ese aspecto tan joven? Yo me imaginaba que Mahoma era un venerable anciano de luenga blanca larga.
__Y no os engañáis _le conteste__, pues ése es el aspecto con que me aparezco a los creyentes que son merecedores de tanto bien; pero he creído que os agradaría más bajo las apariencias de un joven.
Al amanecer abandoné el palacio para volver a la noche, y continué mis visitas sin que por un momento sospechasen del engaño Scirina ni su aya.
Transcurridos varios días el rey de Gazna visitó al palacio, y, como halló todas las puertas cerrada y el sello intacto, dijo henchido de satisfacción, a los cortesanos que le acompañaban:
__¡Esto va a pedir de boca! Mientras todas las puertas del palacio como están, no tengo que temer la desgracia que amenaza a mi hija.
Subió el rey al aposento de Scirina, la cual no pudo mirarle sin turbarse.
Notó el rey la turbación de su hija, y le preguntó el motivo, aumentando así el malestar de la joven. Al fin, no pudo resistir la princesa la obstinación de su padre y le contó lo que ocurría.
¡Júzguese de la sorpresa del rey de Gazna al saber que sin esperarlo ni soñarlo siquiera, era nada menos que suegro de Mahoma.
__¡Qué absurdo, hija mía! __exclamó__, ¿Cómo es posible que seas tan crédula? ¡Ay, Cielos __añadió con voz lastimera__ está visto que es completamente inútil oponerse a tus designios! El horóscopo se ha cumplido: ¡un traidor ha seducido a Scirina!
Dicho esto salió furioso del aposento de su hija y no dejó de registrar hasta el último rincón del palacio; pero no pudo hallar rastro del seductor.
__Por dónde se preguntaba__, por dónde ha podido entrar ese atrevido en el palacio? A la verdad, esto me deja asombrado.
Bahaman resolvió pasar allí la noche, y sometiendo a la princesa a nuevo interrogatorio, le pregunto si había cenado alguna vez conmigo.
_No_repuso Scirina; jamás ha consentido en tomar alimento ni licores estando en mi compañía.
Entretanto llegó la noche, y el rey de Gazna, sentado en su diván, mandó que se encendiesen todas las luces del aposento de su hija y desenvainó el alfanje, dispuesto a lavar con sangre el ultraje hecho a su honor.
Un relámpago hirió los ojos de Bahaman, el cual se precipitó a la ventana por la que, según le había dicho Scirina, yo entraba todas las noches.
Miró el rey al cielo, y, como lo viera todo del color del fuego, apoderóse de él un espanto terrible. Esto ,eme favoreció, pues cuando yo parecí en la ventana, Bahama, que se hallaba aún dominado por el terror, lejos de abalanzarse a mi y decapitarme dejó caer el alfanje.
Luego, postrándose a mis pies, dijo, al mismo tiempo que besaba mis manos.
__¡Oh gran Profeta! ¿Que he hecho yo para merecer el honor de ser tu suegro.?
__Poderoso rey __le contesté, levantándole__, sois vos, de entre todos los musulmanes el que más fe tiene en mi y, polo tanto el que más quiero. En la tabla fatal estaba escrito, y nuestros astrólogos lo leyeron perfectamente, que vuestra hija había de ser seducida por un hombre; pero yo rogué al Altísimo Alá que os librase de semejante desgracia, y Alá me escuchó, pero a condición de que Scirina fuese mi esposa. Creyó el débil príncipe lo que yo le dije, y enajenado de gozo por haber emparentado con el Profeta, volvió a caer a mis pies para significarme su gratitud. Levántele de nuevo, asegurándole que no debía de faltarle mi protección mientras siguiese siendo merecedor de ella, y me dejó solo con su hija.
El mismo día ocurrió un accidente que acabó de confirmar al rey en la opinión que de mí tenía.
Al volver a la ciudad, desencadenóse una furiosa tempestad, y. espantado por el fulgor de los relámpagos, el caballo de uno de los cortesanos se encabritó, dando con el jinete a tierra.
El cortesano, que habíase burlado de lo que dijera el rey acerca del casamiento de su hija con el profeta, resulto con una pierna rota.
__¡Ah, desdichado! __exclamo el rey!. El profeta ha castigado tu incredulidad.!
Transportaron al herido a su domicilio, y en cuanto Bahaman se halló en su palacio, ordenó que se celebrasen grandes festejos en honor de Mahoma y de su esposa Scirina..
__¡Viva Bahama, suegro del Profeta¡ __exclamaba el pueblo entusiasmado..
Al anochecer abandoné la ciudad. ir a parte 2 de la historia      regresar al genio y los 3 viejos volver a indice

2.1.3. Historia del anciano y la princesa Scirina (parte 2)

Volví al bosque y, entrando en mi caja, me traslade al aposento de la princesa.
Hermosa Scirina __le dije apenas estuve a su lado__ , un cortesano de vuestro padre se ha permitido dudar de que os habéis casado con Mahoma, y, por castigarle, desencadené una tempestad fin de que su caballo se espantase y el incrédulo se rompiera una pierna al caer.
Al siguiente día, el rey de Gazna reunió a su Consejo y le propuso ir a todos juntos a pedir perdón a Mahoma y desagraviarlo por la incredulidad del cortesano que tan cara había pagado la falta.
Así lo hicieron, presentándose todos a la princesa.
__Scirina le dijo el rey__, venimos a suplicarte que intercedas con el Profeta por un hombre que se ha hecho merecedor de su justa cólera.
__Sé de lo que se trata, señor ___contestó la Princesa__, porque Mahoma me lo ha referido.
Todos los ministros quedaron convencidos de que Scirina era, realmente la esposa del Profeta, y, postrados a sus pies, le rogaron que intercediera por el desgraciado cortesano y por ellos.
La Princesa les ofreció que los complacería.
Entretanto avíanseme agotado las provisiones y, como además había gastado en trajes y perfumes todo el dinero de que disponía, no sabía cómo arreglármelas.
Ocurrióseme entonces una idea que puse en práctica aquella noche.
Cuando volví a reunirme con Scirina:
__Esposa mía __le dije__, nos hemos olvidado de una formalidad en nuestro casamiento: no me habéis entregado vuestra dote y esto me contraría. Pero como yo no deseo la dote, sino llenar esa formalidad, bastará con que me deis una de vuestras joyas.
La princesa quiso entregarme todo su tesoro, pero yo me contenté con dos diamantes de gran tamaño que al día siguiente vendí en la ciudad
Un mes había transcurrido ya desde que me convertí en el Profeta cuando llegó a Gazna un embajador.
Este embajador, en nombre de su soberano, iba a pedir en matrimonio a Scirina.
__Siento mucho __le contestó Bahaman__ no poder acceder a lo que vuestro Rey me pide, pues ya he dado a mi hija por esposa al profeta Mahoma.
Al oír estas palabras, el embajador creyó que el rey de Gazna ha perdido el juicio.
Despidióse, pues, del soberano y volvió a su país.
Al principio, el Rey fue del mismo parecer que su embajador acerca del estado mental de Bahaman; pero, reflexionándolo mejor, creyó que la negativa envolvía un desprecio imperdonable, y reuniendo al punto un poderoso ejército invadió el reino de Gazna.
Aquel Rey se llamaba Cacem, y Bahaman, que era menos fuerte que él, hizo, además sus preparativos guerreros, pero con tal lentitud, que no pudo impedir el avance del enemigo.
Sabedor el rey de Gazna del número y de las hazañas del ejército de Cacem, se consideró perdido, y reunido su Consejo, el cortesano que se había roto una pierna habló en estos términos:
__Me sorprende que el Rey demuestre tanto temor en la ocasión presente. ¿Qué daño pueden causar todos los príncipes reunidos al suegro del Profeta?
__Tenéis razón; a Mahoma debemos dirigirnos __repuso Bahaman.
Dicho esto fue a encontrar a Scirina y le dijo:
__Hija mía, apenas despunte el nuevo día, Cacem asaltará la ciudad, y temo no poder resistir el ataque; por lo tanto, he venido a rogarte para que intercedas en nuestro favor ante Mahoma.
__Señor __ repuso la Princesa__ no dudo que el Profeta estará de nuestra parte y que, deshaciendo el ejército enemigo, enseñará a los demás príncipes, con escarmiento de Cacem, cómo deben tratar al suegro de Mahoma.
__Entretanto__repuso el Rey__, la noche avanza y el Profeta no viene. ¿Nos habrá abandonado?
__No padre mío __contestó Scirina__; el ve desde el cielo al ejército que nos asedia y quizá en estos momentos lo ha deshecho ya sembrando el pánico entre nuestros enemigos.
Efectivamente, esto era lo que el supuesto Mahoma quería hacer.
Habiendo pues, observado durante todo el día el ejército de Cacem y las posiciones que ocupaban, y muy especialmente el cuartel general del Rey, llené de piedras grandes y pequeñas mi caja, me remonté por los aires y me detuve por encima de la tienda real.
Los soldados dormían a pierna suelta y esto me permitió descender hasta una abertura de la tienda, a través de la cual miré, y viendo a Cacem tendido sobre ricas pieles, le arrojé una piedra con tanta certera puntería que le herí gravemente en, medio de la frente.
El Rey lanzó un gritó que despertó a sus guardias, los cuales acudieron presurosos en auxilio de su soberano.
Yo aproveche la ocasión para remontarme en el aire, dejando caer una lluvia de piedras sobre la tienda y los que la rodeaban.
Entonces el pánico se apoderó de todo el ejército enemigo de Bahaman.
Presa del terror, emprendió tan precipitada fuga, que abandonó en su huída tiendas y bagajes.
__¡Mahoma nos extermina! ¡Estamos perdidos! exclamaban los infelices.
Bahaman, sorprendido al ver que el enemigo había levantado el cerco, lo persiguió con sus mejores tropas y, después de hacer con los fugitivos una horrible carnicería , hizo prisionero a Cacem.
__¿Por qué __le dijo__ has entrado a mis Estados contra toda razón y derecho? ¿Qué motivos te he dado para que me declares la guerra?
__Bahaman__repuso el Rey vencido__, supuse que me negabas por esposa a tu hija con ánimo de ofenderme. No podía creer que el Profeta fuese tu yerno y quise vengarme. Más ahora no tengo duda, pues todo lo que me sucede no puede ser sino obra suya.
Bahaman dejó de perseguir a sus enemigos y volvió a Gazna acompañado de Cacem, el cual murió a consecuencia de la herida que yo habíale producido.
En todas las mezquitas se celebraron fiestas para dar gracias al Profeta por haber confundido a los enemigos de Gazna, y el Rey se trasladó enseguida la palacio de la Princesa.
__Hija mía, vengo para expresar mi gratitud a Mahoma por los beneficios que me ha dispensado, y ojalá pudiera hacerlo personalmente.
Pronto pudo satisfacer ese deseo, pues a los pocos instantes aparecí en el aposento, entrando como de costumbre por la ventana.
En cuanto me vió el Rey postróse a mis plantas, y besando el suelo exclamó:
__¡Oh gran Profeta! ¡No se como expresarte lo que siento…!
Levanté a Bahamas amorosamente y besándole la frente le dije:
__Príncipe, ¿Podíais suponer que yo os abandonase en el terrible trance que por amor mío os encontrabais? He castigado el orgullo de Cacem, que pretendía apoderarse de vuestros Estados y robar a Scirina para encerrarla en su harén.
Dos días después del entierro de Cacem, el Rey de Gazna decretó grandes festejos para celebrar, no sólo la derrota de sus enemigos, sino también el matrimonio de Mahoma con su hija.
Creí conveniente dar señales de mi con algún nuevo prodigio, y, al efecto, compré en la ciudad buena cantidad de pez, torcidas de algodón, pedernal y eslabón.
Bañé el algodón en la pez, y así tuve pronto hechos unos fuegos artificiales.
Llegada la noche, volví a mi caja, y cerniéndome sobre la ciudad, cuando sus calles estaban mas concurridas y las fiestas en su mayor esplendor, pegué fuego a las mechas y el efecto superó a cuanto podía yo imaginarme.
Al ser de día, fui a la ciudad y oí las conversaciones más peregrinas acerca de lo que yo había hecho la noche anterior. Divertíame esto sobremanera cuando ¡ay! dirigí mi vista al bosque y vi que mi caja, el instrumento de mis prodigios, era presa de las llamas.
Alguna chispa de los fuegos artificiales había prendido en la madera sin que yo lo advirtiese y el fuego tomó incremento durante mi ausencia.
No podría expresar la angustia y desesperación que se apodero de mí.
Pero la cosa no tenía remedio y era preciso tomar una determinación, que no podía ser otra que la de ir a buscar fortuna en otra parte. Así, el profeta Mahoma vióse obligado a abandonar Gazna.
Al cabo de tres días de camino tropecé con una caravana de mercaderes del Cairo que volvía a su país y me uní a ellos. En el Cairo híceme mercader, recorrí muchos países y visite numerosas ciudades sin poder olvidar el pasado. retornar al genio y los 3 viejos    Volver a índice

3. Historia de un pescador

image001rase un pescador viejísimo y tan pobre que apenas ganaba para mantener a su esposa y sus tres hijos.
Cierto día, después de haber echado sus redes inútilmente por dos veces, sintió gran placer al notar que, a la tercera, pesaba de tal modo la red que a duras penas podía tirar de ella hasta la orilla. ¡Pero cuál no sería su desencanto viendo que solo había pescado cascajo, piedras y el esqueleto de un asno!
Rezó, empero, una fervorosa plegaria, echó las redes por cuarta vez y, cuando las hubo sacado a la playa, observó, con sorpresa, que contenían una copa de bronce cuidadosamente cerrada y con un sello.
__Bueno se dijo__, la venderé al fundidor y con ese producto compraré una medida de trigo.
Tomó su cuchillo y tras no poco trabajo logró romper el sello y desatar la copa. La volvió boca abajo, pero no salió nada. Entonces se la acercó a los ojos y, mientras miraba atentamente a su fondo salió una columna de humo densísimo que se elevo hasta las nubes, y extendiéndose sobre el sobre el mar y las montañas formó un gran nubarrón.
Cuando todo el humo salió de la copa, apareció un Genio cuya estatura era dos o tres veces mayor que la de un gigante.
Al ver aquel monstruo, el pescador, horrorizado, quiso huir, pero el miedo le dejó como petrificado en la playa.
__¡Salomón! Gran Profeta de Dios __exclamó el Genio__, perdóname: jamás me opondré a tu voluntad, y tus órdenes Serán puntualmente obedecidas.
__¿Qué es lo que decís, espíritu soberbio? __replicó el pescador con extrañeza__. Hace más de mil ochocientos años que murió Salomón.
__Háblame con más cortesía, o te arranco la existencia repuso el Genio en tono de amenaza.
__¿Es decir que me mataréis en pago de haberos puesto en libertas? ¡Pues vaya una recompensa! ¡Pronto lo habéis olvidado.!.
__Eso no se opone a que mueras a mis manos, y la única gracia que te concedo es que elijas la clase de muerte que va a poner fin a tus días.
__Pero, ¿en qué he podido ofenderos? __Preguntó el infeliz pescador lleno de angustia?
__En nada, pero es forzoso que te trate así, y como prueba de ello escucha mi historia.
«Yo soy uno de esos espíritus malignos que se han rebelado contra la voluntad de Dios. Todos los genios, menos Sacar y yo, prestaron obediencia al gran profeta Salomón, y este rey, en venganza, me mandó aprisionar y conducir delante de su trono, como en efecto se verificó. A su intimidación expresa para que le jurase fidelidad, le respondí con una altanera negativa, y Salomón, en castigo, me encerró dentro de esa copas de cobre, cerrada y sellada por la mano del mismo monarca. Después fui arrojado al mar en mi estrecha cárcel: Durante el primer siglo de prisión juré hacer rico y feliz al hombre que me librase del tormento antes de transcurrir cien años. Pero nadie vino en mi auxilio. En el segundo siglo jure dar a mi libertador todos los tesoros de la tierra, y ninguno apareció. Al tercero, prometí convertir en rey al que me sacara de la copa y prolongar los días de su vida. Por último desesperado ya, el cuarto siglo de cautiverio juré matar al hombre que me devolviese la libertad y la luz del sol. Ese hombre has sido tú, y, por consiguiente, prepárate a morir, y dime cómo quieres que te mate. Debo cumplir mi juramento.
En vano le dijo el pescador que aquello era una injusticia que iba a pagar el bien con un crimen, y a dejar huérfanos a sus tres inocentes hijos; el Genio se mostró iracundo e inexorable.
La necesidad aguza el ingenio, y el pobre pescador se le ocurrió una ingeniosa estratagema.
__Ya que no puedo evitar la muerte __dijo__ , me someto a la voluntad de Dios, pero antes de morir quisiera que me dijeras la verdad sobre una duda que tengo.
__Pregunta lo que quieras, y despacha pronto __repuso el Genio.
__¿Es verdad que estabas dentro de esa copa?
__Si, lo juro.
__Pues no puedo creerte, porque es imposible que se encierre tu cuerpo en un sitio tan pequeño, que apenas es capaz de contener una de tus manos. No lo creeré sino viéndolo.
__Pues, para que te convenzas, lo vas a ver ahora mismo. Entonces se disolvió el cuerpo del Genio, que cambiando en humo, empezó a entrar poco a poco en la copa, hasta que no quedó fuera ni una sola partícula.
__Y bien ¿me creerás ahora incrédulo pescador? __exclamó la voz del Genio.
El pescador en vez de responder, se apresuro a cerrar la copa con la tapadera. Al verse encerrado nuevamente, el Genio se enfureció y se esforzó por salir de la copa; pero fue en vano porque se lo impedía el sello de Salomón, que el pescador había vuelto a ajustar. Recurrió entonces a las suplicas y a los ofrecimientos, asegurando que cuanto había dicho hasta entonces fue en chanza; mas el pescador lejos de ablandarse, replicó:
__Me guardaré muy mucho de dejarte salir, maldito Genio, que pagas con la muerte los beneficios que se te hacen. Voy a arrojar la copa al mar y a avisar a todos mis compañeros que no se vengan a echar sus redes en este sitio, y que si llegan a pescar algún día la copa, la vuelvan a arrojar en seguida, si no quieren morir. Y mientras la acabo de cerrar bien para que no puedas escaparte, voy a referirte la historia del Rey griego y de su médico Dubán , para que te sirva de enseñanza.


__Así murieron el Rey griego y el médico Dubán __ continuó el pescador dirigiéndose al Genio encerrado siempre en la copa__. Si el Rey hubiese perdonado la vida a Dubán, él mismo hubiese conservado la suya; pero desoyó sus ruegos y Dios le impuso su merecida pena. lo mismo ¡OH Genio! sucede contigo. Si tú antes re hubieses compadecido de mí concediéndome lo que te pedía, tendría lástima de ti; pero en recompensa e un beneficio quisiste matarme, y yo a mi vez debo ser inexorable. Voy, pues a vengarme arrojándote de nuevo al mar, a fin de que permanezcas aprisionado en la copa hasta la consumación de los siglos.
__Amigo mío __exclamó el Genio con voz dolorida__, te suplico que no me trates con tanta crueldad. Es mas noble desechar toda idea de venganza y pagar el mal con un bien. no hagas conmigo lo que Ioma hizo con Ateca.
¿Y que fue? respondió el pescador.
__Si deseas saberlo sácame de aquí, porque me es imposible hablar en tan estrecha cárcel. Haré todo lo que tú me ordenes cuando me vea libre.
__No, no __replicó el pescador__; he perdido la confianza en ti y voy a precipitarte en el fondo de los mares, de donde nunca debes salir.
__Por última vez __gritó el Genio__, no sólo te juro no hacerte daño alguno, sino que te  enseñare un medio infalible para que seas enormemente rico.
La dulce esperanza de salir de la pobreza decidió al fin al pescador a complacer al Genio, que al verse libre dió un puntapié a la copa haciéndola rodar hasta el mar. Asustado el pescador creyó que el Genio quería jugarle de nuevo una mala pasada, pero este último lo tranquilizó con una sonrisa, mandándole que tomase las redes y le siguiera, lo cual obedeció el pescador, no sin cierta desconfianza, natural después de lo que había sucedido.
Atravesaron la ciudad, llegando luego a lo alto de una gran montaña y enseguida a una llanura que les condujo a un estanque situado entre cuatro colinas.
Ya en la orilla, dijo el Genio al pescador:
__Echa las redes y coge pescado.
No era difícil, por cierto, toda vez que se veía una gran cantidad de peces en el estanque, pero lo que sorprendió mucho al pescador fue que los cuatro que había sacado eran de cuatro colores diferentes: blanco, encarnado, azul y amarillo.
__Llévale esos peces __dijo el Genio__ preséntalos al Sultán y éste te dará en cambio más dinero que el que puedes imaginarte.
Ven diariamente a pescar a este estanque, pero no eches las redes más que una sola vez cada día, pues de lo contrario te puede suceder alguna desgracia. Sigue con exactitud el consejo que te doy y serás feliz.
Al concluir de hablar, el Genio dió un golpe con el pie en el sitio en el que se hallaba, abrióse la tierra y desapareció en sus profundidades.
Al siguiente día fue el pescador muy gozoso al palacio del Sultán para presentarle los pescados, y el Príncipe, lleno de admiración y no dudando que serían tan gratos al paladar como hermosos a la vista, los mandó entregar a una cocinera muy hábil que le había enviado el emperador de los griegos. Luego dispuso que le diesen cuatrocientas monedas de oro al pescador, quien al verse tan rico, se entregó a los mayores transportes de alegría, creyendo al principio que la realidad no era más que un sueño de ambición y de ventura.
__Preciso es hablar ahora de la cocinera del Sultán__. Apenas limpió los pescados, comenzó a freírlos con aceite en una sartén, y al volverlos de un lado a otro para que saliesen dorados por igual, se abrió una pared de la cocina, presentándose una mujer joven de gran belleza y de alta y elegante estatura. Vestía un traje de raso con dibujo de flores a la moda egipcia, los pendientes, el collar y los brazaletes eran de oro, perlas y rubíes y llevaba en la mano una varita de mirto, con la cual, acercándose a la sartén, tocó a uno de los peces.
__Pescadito __dijo__, ¿cumples con tu obligación?
Nada respondió el pescado, y la dama repitió las mismas palabras. Entonces los cuatro peces levantaron juntos la cabeza y dijeron:
__Si, si, cumplimos; si cantáis, cantamos; si pagáis vuestras deudas pagamos las nuestras; si huís, vencemos y quedamos contentos.
La dama derramó el contenido de la sartén cuando los peces concluyeron de hablar, y desapareció por la abertura de la pared, que volvió a su primitivo estado.
Estupefacta la cocinera ante tantas maravillas, fue a dar vuelta a los peces que estaban sobre las brasas, y los halló negros como el carbón, de suerte que era imposible presentarlos al Sultán.
__¡Pobre de mi! __exclamó, consternada__. Cuando sepa mi augusto amo lo que ha sucedido, ¿cómo podré escapar a su cólera?
En aquel momento entró el Visir y preguntó si estaban preparados los peces.
Refirióle la cocinera lo que había ocurrido y, como es natural, el relato dejó asombrado al Visir.
__Es esto demasiado extraordinario para que pueda ocultárselo al Sultán __ dijo aquél.
Y, en efecto de la cocina se encaminó a los aposentos del soberano, a quien puso al corriente de todo cuanto había sucedido.
El Sultán mandó llamar al pescador, y cuando le tuvo delante le pregunto:
__Amigo mío, ¿podrías traerme otros cuatro peces, cada uno de distinto color?
Contestó el pescador que si su Majestad le concedía tres días de plazo, seguramente, podría complacerle.
Accedió el Sultán a lo que se le pedía, volvió el pescador al estanque y en cuanto tiró de la red halló otros cuatro peces de distintos colores.
Contento el Sultán, porque en realidad no esperaba que tan pronto satifacieran sus deseos, mandó que dieran otras cuatrocientas monedas de oro al pescador, cuando éste le hubo entregado los peces.
El Sultán hizo que le llevaran a su aposento los útiles necesarios para freír los peces,
Encerrado con el Visir, este ministro encendió el fuego, puso en éste una sartén, y cuando los peces estuvieron fritos de un lado volvió del otro.
Entonces se abrió la pared, pero en vez de la hermosa señora, apareció un negro.
Vestía éste a la usanza de los esclavos, era de estatura gigantesca, y llevaba en la mano un enorme garrote.
Se acercó a la sartén, y tocando con el palo a uno de los peces le preguntó con voz terrible:
__Pescadito ¿cumples con tu deber?
Los pescados respondieron, alzando la cabeza:
__Si, si cumplimos, si cantáis cantamos, si pagáis vuestras deudas, pagamos las nuestras, si huís vencemos y quedamos contentos.
El negro colosal derramó el contenido de la sartén y redujo a carbón los cuatro pescaditos, verificado lo cual desapareció de la misma manera que había venido.
__Esos pescados __dijo intranquilo el Sultán__ significan algún misterio y quiero aclararlo a toda costa.
Envió a buscar al pescador, a quien dirigió, apenas entró, las siguientes palabras:
__¿En que sitio has pescado los peces que trajiste al palacio?
__Señor __respondió el pescador__, en un estanque rodeado de cuatro colinas, próximo a la montaña que se ve desde aquí mismo.
¿Conocéis vos este estanque__.preguntó el Sultán al Visir.
__No, señor; no lo conozco ni he oído jamás hablar de él, a pesar de que hace sesenta años que voy de caza por esos parajes.
Dijo luego el pescador que desde el palacio al estanque había no había más que tres horas de camino, y como estaba muy distante la noche, mandó el Sultán que toda la Corte montase a caballo y le siguiera al estanque, sirviéndole el pescador de guía en la expedición.
Al bajar la montaña vieron con asombro los cortesanos una gran llanura, de la que hasta entonces no habían tenido noticias, y, pico después, el estanque tal como lo había descrito el pescador.
Las aguas de aquel estanque eran de tal limpidez y transparencia que parecían hermosos cristales, bajo los que corrían peces semejantes a los que había visto el Sultán.
Admirado éste de que ninguno de sus cortesanos supiese nada de la existencia del famoso estanque, determinó averiguar la razón del extraño color de los peces.
Así es que ordenó acampar y levantar tiendas a orillas del estanque.
Llegada la noche, retirase a su pabellón y habló en éstos términos, dirigiéndose a su Visir:
__Estoy sumamente preocupado e inquieto; ese estanque transportado a estos lugares, el negro que se apareció en mi aposento, los peces que hemos oído hablar, todo excita de tal modo mi curiosidad, que no puedo resistir el deseo de satisfacerla, Por lo tanto, he concebido un proyecto que estoy decidido a llevarlo a la práctica.
Yo me alejaré solo de este campo, y os recomiendo que no deis cuenta a nadie de mi ausencia; aquí, en mi pabellón, permaneceréis vos, y cuando por la mañana, vengan los emires, los despedís diciéndoles que estoy indispuesto. Lo mismo haréis los días sucesivos, hasta mi regreso.
El Sultán vistióse con un traje cómodo para viajar a pie, tomó su alfanje y abandonó el campamento, después de haberse asegurado de que todos dormían y de que, por consiguiente, no podía ser visto.
Camino por la llanura hasta la salida del sol, sin detenerse un momento, y a la luz de los primeros albores de la mañana distinguió un gran edificio donde esperaba saber algo de lo que iba a indagar.
Más cerca ya de dicho edificio, vió que era un magnífico palacio, o por mejor decir, una imponente fortaleza de mármol labrado y cubierto de una capa de acero fino, terso y reluciente como el cristal de los espejos.
Adelántose, y aunque la puerta estaba a medio cerrada el Sultán creyó de su deber llamar primeramente. Nadie acudió ni al primero, ni al segundo, ni al tercer golpe, y excitada aún más su curiosidad oír este raro silencio, se decidió al fin a penetrar en el edificio.
En el vestíbulo sólo respondió el eco de sus palabras, y pasó a un gran patio desierto, como todo lo que acababa de recorrer, y después de unos magníficos salones cuyas alfombras, muebles y colgaduras eran de riquísimas telas de seda de La Meca y de las India, bordadas de plata y oro.
Después entró el Sultán en otro departamento de más lujo todavía
En los cuatro extremos vio cuatro hermosos leones de oro macizo que arrojaban agua por la boca, agua que al caer se convertía en perlas y diamantes, juntándose con un surtidor situado en el centro del salón y que desde su taza de mármol se elevaba hasta la bóveda formada de primorosos arabescos.
Además, el alcázar estaba rodeado por tres ángulos de un vasto jardín lleno de bosques, fuentes, alamedas y florestas y por último, de una infinidad de pajarillos que daban al aire la cadencia y la armonía de sus cantos, sin poder abandonar aquellos lugares porque una gran red tendida por fuera de los árboles les impedía gozar de libertad completa.
El Sultán había caminado largo trecho cuando, de pronto, hirió sus oídos una voz plañidera seguida de varios gritos de angustia.
Escucho atentamente y escuchó estas tristes palabras:
《Fortuna que no has querido dejarme gozar tanto tiempo de una vida feliz y me haz hecho el más desgraciado de los hombres cesa de perseguirme y pon fin a mis tormentos con la muerte.
Conmovido el Sultán al oír esto, se levantó, dirigiéndose al lado de donde salía la voz, y vió a un joven ricamente vestido sobre un trono de pica altura. Tenía retratada la tristeza en su semblante y devolvió su saludo al Sultán con una inclinación de su cabeza.
__Señor __le dijo__, debería levantarme para recibiros como corresponde, pero hay una razón poderosa que me impide hacerlo.
__Señor __le contestó el Sultán__, os quedo agradecido por el buen concepto que os merezco. Atraído por vuestros lamentos, heme enterado de vuestros dolores y vengo a ofreceros mis servicios. Espero que no será una indiscreción que me contéis la historia de vuestras desventuras.
__¡Ah, señor! __respondió el joven__. ¿Cómo es posible que no me lamente y que mis ojos no sean dos fuentes de constantes lágrimas?
Diciendo esto se levantó su túnica, dejando ver que sólo era hombre desde la cabeza hasta la cintura y que el resto de su cuerpo era de mármol negro…
No es fácil imaginar el estupor del Sultán a la vista del deplorable estado del joven.
__¿Qué me habéis enseñado __exclamó__ que, a la vez de llenarme de horror, ha excitado mi curiosidad? Ardo en deseos de conocer vuestra historia, que sin duda será maravillosa y no ajena al estanque de los peces. Así, pues, os ruego que me la contéis.
No puedo negarme a complaceros __repuso el joven. y comenzó así:


Historia del joven rey de las islas negras
Refirió el Sultán a los cortesanos todo lo sucedido, dándoles parte de la adopción hecha a favor del Príncipe de la cuatro Islas Negras.
En cuanto al pescador, causa primitiva de la libertad y redención del Príncipe fue colmado, con su familia, de bienes y riquezas que le hicieron feliz durante el curso de su vida.

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