Archivo de la categoría: Cuentos y leyendas

Vivifácil

« en L. Lectura Alvaro Marín»

Su nombre es Plutarco pero sus compañeros lo llaman vivifácil.
vivifácil no se toma nunca el trabajo de hacer algo que requiera el menor esfuerzo dino que se aprovecha de el de los demás.
¿Tareas? vivifácil no hace nunca tareas. Espera que los demás las hagan y luégo, sin importarle nada, pide que se las dejen copiar, o las copia a hurtadillas. Sin embargo, es el primero en entregarlas no sin ponderar lo difícil y duro de su esfuerzo.
Vivifácil nunca estudia, pero es el primero en reclamar mejores calificaciones.
¿Dibujos y obras manuales? los dibujos los calca, y en cuanto a las obras manuales… consigue que se las hagan en casa.
Plutarco vivifácil es muy hábil para fingir. No concurre a gimnasia porque dizque está enfermo. Pero lo único que busca es un buen rincón donde dormir su pereza.
Vivifácil no es responsable de nada. Siempre encuentra a quién culpar y se declara inocente. Defiende su tranquilidad a todo trance.
Plutarco vivifácil está siempre de acuerdo con el que manda.
Vivifácil no se incomoda por nada. Lo único que le importa es pasarla bien: sin trabajar, sin afanes. Cuando los demás luchan tesoneramente por algo, él permanece con los brazos cruzados. Pero si la victoria corona los desvelos de los otros, vivifácil corre a apuntarse entre los ganadores.
A vivifácil todo le parece espléndido, admirable, interesante, inmejorable, aun cuando estas palabras no correspondan a lo que tiene ante sus ojos y esté pensando precisamente lo contrario.
Nadie le gana en el camino de la adulación y la lisonja y no es ajeno al chisme.
Plutarco vivifácil quiere ganar el año sin esfuerzo, robándose el trabajo de los demás, pero aparentando ser el más aprovechado de los escolares.
Vivifácil es un alumno detestable. cuando sea hombre querrá ganar también ganar honores y dinero sin esfuerzo.
Plutarco vivifácil será entonces también un abominable elemento social.


Hagamos a un lado a vivifácil y nunca nos parezcamos a él


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Un hombre pobremente vestido

«en: L. Lectura Alvaro Marín»


Hombres y mujeres se pusieron de pie cuando los reyes de España, Don Fernando y doña Isabel, hicieron su aparición en el amplio salón. Los soberanos subieron lentamente hacia el trono y tomaron asiento.
Un Hombre de capa, alto pobremente vestido, se inclinó. respetuosamente ante los monarcas y empezó a hablar así:
“La tierra es redonda. Por consiguiente, se puede encontrar un camino más corto para ir lejano país de la India. Navegaremos por un mar desconocido, es cierto pero todas las islas y territorios que a nuestro paso encontraremos pertenecerán a nuestros amadísimos monarcas españoles, a quienes acato y reverencio”.
Y al decir esto último, volvió a inclinarse reverente a los soberanos.
Quien así hablaba era Cristobal Colón. Colón continuó explicando su proyecto y al terminar, el rey don Fernando dijo con voz solemne.
_Yo el rey de España mando que se le entreguen a Colón tres caravelas para que con una tripulación escogida, vaya a descubrir esas nuevas tierras de que habla, a través del Océano.
_Si no hay dinero suficiente para armar esa expedición, agrego la reina, yo ofrezco mis propias joyas. Con el dinero que su venta produzca se pueden comprar y equipar cuantas naves sean necesarias.
Los presentes aplaudieron con gran entusiasmo.
Colón había nacido en Génova Italia en 1451 y desde muy niño se había dedicado al estudio de la geografía y las matemáticas. Sus investigaciones lo habían llevado a la conclusión de que la tierra es redonda, contrariamente a lo que afirmaban los sabios de su época: ellos sostenían que la tierra era plana.
Para cumplir las órdenes del rey se compraron tres caravelas; fueron bautizadas con los nombres de «La Pinta», «La Niña», y «La Santa María», Colón fue nombrado Almirante y el día 3 de Agosto de 1492 la expedición zarpó del puerto de español de Palo de Moguer y empezó a navegar por un mar desconocido.
Las ola levantaban las embarcaciones peligrosamente. Colón oteaba con su anteojo desde las primeras horas del día. Nada se divisaba en el horizonte: agua y cielo únicamente.
Dos meses habían transcurrido ta, la tripulación trato de amotinarse: exigía el inmediato regreso a España. “Antes de tres días encontraremos tierra” fue la respuesta de Colón.
Y, efectivamente, al amanecer del 12 de Octubre de 1492, “La Pinta” que iba adelante anuncio tierra.
Colón bajó dió gracias a Dios de rodillas y tomó posesión de la isla, a la cual puso el nombre de San Salvador, en nombre de los reyes de España.


¡La América había sido descubierta!.


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Pinocho convertido en perro

«en: L. Lectura Alvaro Marín»


Pinocho abandonó la ciudad para ir a correr aventuras por el campo. Caminó varios kilómetros. De vez en cuando se detenía a mirar las manzanas,las peras y las uvas de los huertos.
pinocho2Ya por la noche, acosado por el hambre, se metió en un cercado, con intención de coger unos cuantos racimos de uvas. Ojalá nunca se le hubiera ocurrido tal cosa!
Apenas tocó las uvas, ¡crac!, sintió que sus piernas quedaron agarradas entre dos pesados hierros. El pobre Pinocho quedó preso en la trampa que allí había puesto el dueño de finca para atrapar las raposas que estaban acabando con las gallinas.
A los gritos de Pinocho se levantó el dueño y, cuál no sería su sorpresa cuando, en vez de encontrar un raposa, lo que había caído era un muchacho.
_Conque eras tu, pillo, quien se llevaba mis gallinas, dijo enfurecido el campesino.
Yo no, yo no, respondía Pinocho, sollozando.Yo entré aquí únicamente a coger unas uvas.
_Quien roba uvas también roba gallinas. Espérate que te voy a dar una lección.
Y cogiéndolo de un brazo lo levantó y lo llevó hacia el corredor de la casa. Después le puso un pesado collar y se lo apretó de tal manera que era imposible quitárselo. Al collar iba unida una cadena atada a un poste.
_Y como hoy se murió el perro, tú harás ahora de perro guardián. Debes tener el oído muy listo y al primer ruido ladrar fuertemente.
Y dicho esto el campesino se entró y cerró la puerta con llave.
El pobre Pinocho atado a ala cadena decía llorando:
_Me lo merezco; me lo merezco.  He sido desobediente y por eso soy tan desgraciado.
En estas reflexiones estaba cuando sintió un ruido. De acuerdo con las instrucciones que el propietario de la finca le había dado, Pinocho empezó a ladrar tan fuertemente que casi se le salían los ojos.
El dueño al oírlo tomó una escopeta y acercándose a la ventana le preguntó a Pinocho:
¿Qué ocurre?
_Aquí están los ladrones. Venga, venga pronto, respondió Pinocho.
El hombre bajó rápidamente y mató a las raposas. Después regresó al sitio onde tenía amarrado a Pinocho. Pero ahora venía sonriente y alegre.
_Te has portado admirablemente, le dijo a Pinocho. Para probarte mi agradecimiento te dejo en libertad. Regresa a tu hogar y que nunca se te vuelva a ocurrir entrarte a un cercado ajeno.
Pinocho salió corriendo tan a la carrera que apenas se le veían los pies.

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Una compañía imposible

«en: L. Lectuta Alvaro Marín»

Una ardilla, un gatico, una tortuga, un perrito, una conejita y un pollito resolvieron vivir juntos y construir su casa en lo más escondido del bosque.
Cada uno tenia sunacomimpo-1u camita y su silla y se turnaban para hacer de comer. Al principio vivieron felices; pero poco a poco principiaron a presentarse dificultades por la comida, porque cuando le correspondía cocinar a la gatica servía pedazos de hígado fresco. Al perro le gustaba el hígado pero al resto de la familia no.
Fresca hojas de lechuga eran el desayuno, el almuerzo y la comida el día que le tocaba cocinar a la coneja. El único que, además de la coneja comía lechugas era el pollito. Pero al pollito tampoco le gustaban mucho.
La ardilla servía nueces en abundancia cuando tenía que hacer de comer. Pero, ¿quién tenía dientes tan afilado como ella para partir nueces?
Cuando tocaba el turno al pollito ofrecía deliciosas lombrices. Nadie comía lombrices de tierra con excepción del mismo pollito. La tortuga servía huevos e hormiga y cucarroncitos, pero estos extraños manjares tampoco eran del agrado de los demás.
Desesperados los socios, resolvieron reunirse para decidir lo que debían hacer.
_Yo, dijo el parro, viviré contento donde pueda roer huesos y comer carne en abundancia.
_Ami que me den leche e hígado, maulló la gata.
_Nueces, muchas nueces para mí chillo la ardilla
_:Ya saben ustedes, dijo con voz ronca la tortuga, que yo no cambio los los huevos de hormiga, los cucarrones y los caracoles por nada del mundo.
_Gusanitos para mí pidió el pollito.
_Ya lo veo, interrumpió la conejita. Lo que necesitamos es una casa para cada uno de nosotros. Propongo, pues, que nos dispersemos en busca de lo que cada uno desee.
_Es muy triste, dijo el perrito, que nos tengamos que despedir, porque después de todo hemos vivido felices.
_Así es, dijo la gatica. Pero no hay más remedio ¡Qué tristeza!
Y amigablemente se despidieron. La única que se quedó fue la ardilla.
_Díganmeles a mis camaradas que se encuentren en el camino, les dijo la ardilla al despedirse que aquí las espero.

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Ni por una corona!

« en L. Lectura Alvaro Marín»

Andrés estaba muy orgulloso del gorro de lana que su mamá había tejido para él. Con las manos en los bolsillos, la cabeza levantada y la mirada como perdida en el horizonte, iba y venía por todos los rincones de su casa. Esto ocurrió hace varios siglos, pero todavía se recuerda como si hubiera sucedió ayer.
Andrés salió a la calle. La primera  persona con quien se encontró fue un campesino que iba hacia el mercado. El campesino , al verlo, dió un grito de admiración. Andrés siguió su camino orgulloso.
La segunda persona fue un muchacho que hacía los mandados y que vivía cerca de su casa. cuando vió a Andrés se detuvo sorprendido:
_Te cambio le dijo mi navaja por tu gorro.
Nada había en el mundo que Andrés deseara más que un navaja, pero resueltamente respondió:
_No, y siguió su camino.
Más adelante lo detuvo una señora. ¡Qué lindo gorro! exclamó. Me parece que vas ataviado como para concurrir al baile del rey.
_Pienso ir, respondió Andrés.
Y así fue. Andrés se despidió cortésmente de la dama y se dirigió al palacio del rey.
_¿Adónde vas muchacho?, le preguntaron los guardias, a la entrada.
_A la fiesta que ofrece el rey respondió Andrés.
_¡No puedes entrar sin vestido de gala!
_Llevo el gorro que mí mamá tejió especialmente para mi.
Los soldados se miraron y lo dejaron pasar.
Andrés entró.
La persona mejor vestida de la Corte era la princesa; cuando vió a Andrés, se vino hacia él y, tomándolo de la mano lo condujo al fondo del salón.
Los invitado todos de gran uniforme, presenciaban admirados lo que estaba ocurriendo.
La princesa lo invitó luego a la mesa donde mas tarde debía de servirse el banquete. Platos de oro y finísimos vasos de cristal brillaban, iluminados por la luz de las lámparas. Ella ocupó una silla y su lado tomó asiento Andrés. Había ricos postres y delicioso sorbetes.
_Puedes tu comer con la cabeza cubierta, Andrés?
_Si, puedo, Alteza, contesto él, mientras se aseguraba el gorro con ambas manos.
La princesa sonrió.
_Cambiarías tu gorro por todo lo que hay en esta mesa?, le pregunto la princesa.
Andrés movió la cabeza para un lado y otro, en señal de negativa, La princesa lo abrazó y llenó sus bolsillos de dulces y chocolates.
_Me ragalarías ahora tu lindo gorro. Andrés?
_No puedo, siento mucho no hacerlo, princesa, contestó Andrés y volvió a sujetarse el gorro, como si alguien quisiera arrebatárselo.
Justo en ese momento los criados abrieron una gran puerta y apareció el rey. Llevaba una gran capa…. y pesada corona en la cabeza, llena de esmeraldas diamantes y rubíes
Saludo a su hija, con un beso y estrechó la mano de Andrés. Qué hermoso gorro tienes le dijo. ¿Lo cambiarías por mi corona?
Al decir esto, el rey tomo la corona en una mano alcansándosela, y con la otra trataba de alcanzar la cabeza de Andrés.
Andrés se dió cuenta de que él no podía discutir con el rey. Lleno de temor, empezó a mirar las puertas de escape. Luego súbitamente corrió hacia la calla, sin mirar hacia atrás. Atravesó el salón, llegó a la puerta y pasó por en medio ce los soldados, más rápido que el viento. En la carrera, Andrés perdió dulces, chocolates y cuanto llevaba en los bolsillos.
Y al final observando nerviosamente hacia atrás y sin parar un segundo, todavía se estiraba el gorro contra las orejas.
Al llegar a su casa fue a parar directamente a la sala. Sus padres y hermanos lo rodearon y le preguntaron que había ocurrido. Andrés les contó  punto por punto cómo había llegado hasta el palacio real y en qué forma lo había obsequiado la princesa.
Después refirió que el rey le había ofrecido cambiar su corona por el gorro y que él no había aceptado.
Una de sus hermanas le dijo mal humorada:
_Andrés tu eres bobo. El más bobo de cuantos muchachos existen en la tierra!
Esto enojó a Andrés. No soy bobo afirmó,
porque nada hay en el mundo mejor que el gorro que mi mamá tejió para mi. Ni la corona del rey.
Al oír decir esto, su mamá lo beso y lo estrechó contra su corazón.
_

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Vamos a instruírnos dijo el león

« en L. Lectura Alvaro Marín»

El León reunió a los animales y, levantando el cetro dijo:
_Ordeno que mis súbditos aprendan a leer. No quiero que los hombres sigan pensando que todos nosotros somos unos burros.
El burro, ahí presente, sacudió las orejas e iba a protestar, pero prefirió quedarse callado.
El León continuó:
_Mañana se abrirá una escuela para que los pequeños aprendan a leer.
Toda la animalía escuchaba en silencio. De pronto el burro rebuzno para preguntar:
_¿Y quién les va a enseñar?
_Eso pregunto yo, rugió el león. ¿Quién les va a enseñar si todos ustedes son unos animales?
_¡El mono!, maulló por allá lejos el gato.
_Si, el mono, gritaron los ahí presentes.
_¡Silencio, estúpidos! interrumpió el león.
Yo, el león, rey de los animales, no acepto consejos de nadie. ¡A callar y a obedecer imbéciles!
Después de un rato de absoluto silencio el león prosiguió:
_Nombro a la lora directora de la escuela.
La lora empezó a pasearse de un lado a otro, muy orgullosa e iba a pronunciar un discurso de agradecimiento cuando el león, dando un violento manotazo sobre la mesa, al mismo tiempo ensordecía a todo el mundo con su rugido ordenó:
_Y ahora retirénse de mi presencia!
Todos obedecieron sin decir una palabra.
Al día siguiente la lora llego muy temprano a ala escuela. Allí estaban ya el cordero, el osito, el hijo del tigre y el de la rana, el burrito el pato, el pollito, el perro y el gato.
La lora empezó la clase diciendo:
_Buenos días, niños
Como respuesta se escucho un chillido general.
_Niños, digan “a” dijo, con voz solemne la lora.
_Y el cordero dijo: bee… y el osito grom… y el hijo del tigre guan… y el renacuajo cro… y el burrito rebuzno… y el pato cua… y el pollito pío,pío… y el perro guau guau y el gato miau miau!
Son muy animalitos estos discípulos míos, murmuró la lora. Volvamos a empezar. Digan todos “a”.
Y otra vez se volvió a escuchar una horrible algarabía .
Pasaron los meses, el zorro golpeó a la puerta de la escuela.
_Vengo de parte del rey, dijo, a examinar a estos alumnos. Principiemos señorita lora por la “a”.
Y el cordero dijo: bee… y el osito grom… y el hijo del tigre guan… y el renacuajo cro… y el burrito rebuzno… y el pato cua… y el pollito pío,pío… y el perro guau guagua y el gato miau miau…!
Estos no conocen ni la letra “a”, gritó enfurecido el zorro. Y le tiró con el bastón a la lora. La lora salió volando por la ventana.
Enseguida el zorro dijo con voz ronca:
_Nadie puede salir de aquí. Yo voy a enseñarles. Sé que todos ustedes son muy inteligentes. La lora es la única responsable de que no hallan aprendido nada.
Los alumnos temblaban de miedo ante la presencia de tan peligrosos visitante.
Después de un momento el zorro continuó:
_¡Ay! pero me siento fatigado. hace muchos días que tengo el estómago vacío. Acérquese el pollito; le quiero dar algunas instrucciones para que aprenda a leer y a escribir pronto.
Ya el zorro se iba a comer al pollito cuando el oso, que había ido a la escuela por su hijo, abrió la puerta, alcanzo a ver al zorro, se abalanzó sobre él y lo mató.
El león nunca supo que pasó con la escuela, pues jamás volvió a reunir a los animales. Y en cuanto a la lora, se sabe que todavía grita de miedo cuando ve a un zorro.

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El León enfermo

«Cuento Árabe»

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Al león le había dado una indigestión y llamo a los médicos de la selva.
La cebra exclamó
¡Cómo os huele el aliento!
¡Cómo te atreves! Dijo el león indignado; y de un zarpazo la mató.
La hiena, instruida por la experiencia, dijo:
¡Que perfume tan agradable!
¿Te burlas de mi? Dijo el León ofendido, y también la mato.
¿Y tu que dices le pregunto a la zorra.
Desgraciadamente majestad estoy resfriada y no ¡huelo nada nada!

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Los duendes y el zapatero

«Hermanos Grimm»

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Había una vez un zapatero que sin que el tuviera la culpa, era pobre, tan pobre, que ya ni le quedaba más que el cuero necesario para hacer un par de zapatos, Llegada la noche, corto los zapatos que había de hacer en la mañana siguiente, preparo la labor y se fue a dormir. Rezó sus oraciones, y como tenía limpia la conciencia, pronto se quedo dormido.
Por la mañana después de rezar de nuevo, y cuando se preparaba a sentarse al trabajo, se encontró, encima de la mesa, el par de zapatos perfectamente acabados y tanto se asombró, que no sabia que le pasaba.
Por fin, tomo en sus manos los zapatos, los miró de cerca, estaban tan bien cosidos, que cada punto estaba e su sitio, y todo el trabajo era una verdadera obra maestra.
No tardó en entrar en la tienda un comprador y vió los zapatos y le gustaron tanto y tanto que pagó por ellos más del precio ordinario, y así el zapatero pudo comprar cuero para dos pares de zapatos más
Por la noche, los cortó y los preparó, y, al día siguiente, animado de nuevo valor, fue a ponerse al trabajo; pero no necesito dar ni un punto pues allí estaban terminados los cuatro zapatitos y no tardaron en entrar comparadores, y llevárselos. Y tanto dinero dieron por ellos, que el zapatero puedo comprar cuero para cuatro zapatos.
Y a la mañana siguiente los cuatro pares estaban terminados, y así sucedió todos los días, cuanta labor cortaba el zapatero por la noche, por la mañana la encontraba acabada, y, como se la pagaban muy bien, no tarso en convertirse en un hombre de buena posición.
Y he aquí que, una noche poco antes de navidad, cuando el zapatero hubo cortado los zapatos, como de costumbre, se le ocurrió decir a su mujer: ¿Qué te parece si esta noche nos quedamos a observar quién es la persona generosa que así nos ha ayudado.
La mujer del zapatero asintió y se escondieron en un rincón del cuarto, detrás de unas ropas que allí había colgadas.
A la media noche vieron llegar los hombrecillos desnuditos, que subiéndose a la mesa del zapatero, cogieron la labor entre sus dedillos, y empezaron a coser, y enceras, y trabajar tan de prisa y también que el zapatero no podía creer lo que veían sus ojos .Los duendecillos no pararon un minuto, hasta que tuvieron todos los zapatos terminados sobre la mesa; desaparecieron rápidamente.
Al día siguiente, dijo la mujer del zapatero: Los duendecillos nos han hecho ricos , y deberíamos de mostrarles nuestra gratitud. Se ponen a trabajar desnuditos y deben de tener frío, Voy a ser para ellos calzones, chaquetas, chalecos, y dos pares de medias, tu les harás un par de zapatos para cada uno.
Al zapatero le pareció de perla la idea de su mujer, y, por la noche, cuando los presentes estuvieron terminados, los dejaron sobre la mesa, y se escondieron para observar que harían los duendecillos al encontrar los regalos.
A media noche, aparecieron los pequeños zapateros, saltando y brincando y fueron a ponerse al trabajo, pero, en vez de encontrar, el cuero cortado encontraron las lindas ropitas. Al principio de sorprendieron mucho; luego se pusieron muy contentos. De prisa, se vistieron y calzaron, cantando: Ahora que vamos calzados nosotros: ¿quién trabaja para los pies de otros?
Y saltaron, brincaron, gozosos, sobre sillas y mesas; y, al fin, se marcharon, siempre contentos. No volvieron nunca mas. , pero el zapatero les quedo siempre agradecido, y vivió hasta el fin dichoso y rico

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La historia de la niña que quería tener su propio mar

Leopoldo Berdella de la Espriella.

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Triste, acongojada, la niña le había dicho varias veces a su padre que quería tener su propio mar.
Te llevaré de nuevo un día de estos a la playa- le decía su padre, tratando de consolarla.
No!- replicaba ella, furiosa -:¡Yo quiero que me traigas el mar hasta aquí! ¡Quiero tener un lindo mar para mi sola, en el jardín de la casa!
El hombre no sabía qué hacer. Por mucho que pensaba y no encontraba la manera de explicarle a su hija que el mar no tiene dueños, y menos la idea de traerle uno para ella sola. “Se regala una flor, un mango de corazón, un banano o una sarta de huevos de iguana… pero ¿un mar? eso es imposible pensaba.
Una tarde un azulejo lo vió cabizbajo, sentado sobre un tronco. se llevaba las manos a la cabeza y dejaba escapar y dejaba escapar una que otra queja en voz alta, Lloraba.
Curioso el azulejo se le acercó
¿por qué tan triste, le pregunto, posándose en las ramas mas bajas de un arbusto cercano.
Mi hijita Irene quiere un mar para ella sola contesto el hombre, desconcertado
¡Eso es todo inquirió el azulejo.
Todo… musito el hombre metiendo la cabeza entre las manos. ¡Pero yo no se como traerle un mar hasta aquí.
Espérame un momento le ordeno el azulejo ¡trataré de conseguir a alguien que quiera traerle un mar a tu hija!
y se fue al rato, el hombre oyó un intenso aleteo, miro hacia el cielo y vió al azulejo y a tres gaviotas bajar hasta el arbusto.
Te traemos el mar que deseas para tu hija, dijo una de las gaviotas: Azulejo nos contó de tu pena y del deseo de ella de tener su propio mar, y hemos decidido complacerla.; agregó.
¿Mar? exclamó el hombre decepcionado.: Pero si eso no es un mar es un simple caracol!…
Escucha… le porfió una gaviota blanca de copete negro que había permanecido silenciosa: ¡Aquí esta está el mar! ¿Lo oyes?. y le extendió el caracol.
Incrédulo, el hombre tomó el caracol y lo acercó a su oído.
Si, lo oigi, respondió. Pero mi hija no lo quiere allí, dentro de un caracol, Lo quiere en su jardín, para bañarse en sus aguas, para corretear en sus arenas blancas.
¡Tu hija es muy exigente! chillo la gaviota más joven: si lo merecerá?
Y voló hacia un cámbulo florecido. Las otras gaviotas y el azulejo la siguieron.
Un buen rato duraron cavilando. ¡Es una niña muy exigente; insistió la gaviota más joven.
Todos los niños lo son, aclaró la del copete negro; pensemos en una solución….
¡Ya….! ¡Ya…! la tengo grazno la más veterana de las gaviotas: su hija…¡Irene …! exclamó el azulejo frotándose las alas
… su hija Irene tendrá su propio mar, porque así lo ha deseado y volvieron donde el hombre. Tu hija tendrá un mar; dijo la mas veterana de las gaviotas, pero habrá una condición. ¿cuál, preguntó el hombre.
Tendrá que con los días empezar a compartirlo con todas las aves de contorno
¡Lo hará!, aseguró el hombre radiante. Y no sólo con las aves, sino también con los insectos y las plantas, ¡y con sus vecinos!.
Bien, dijo la más veterana de las gaviotas; toma el caracol que te hemos dado y llévalo a tu cada, y siémbralo en el jardín.
¿Sembrarlo en el jard{in? objeto el hombre confundido.
¡Claro! insistió la gaviota – ¿Acaso no hay que sembrar para recoger?
Y levantó el vuelo, las dos y el azulejo levantaron también el vuelo, siguiéndola de cerca.
Desconcertado, el hombre se llevó el caracol para su casa. Pero una vez allá, comenzó a dudar. No sabía si colocarlo de adorno en su mesita de noche, si usarlo para que las puertas no se cerraran de golpe, o sembrarlo en el jardín, conforme se lo había aconsejado la gaviota. “Sembrarlo en el jardín?” Pensaba: “Nunca había escuchado tanta necedad…”
-¡Yo quiero un mar! ¡Yo quiero un mar! -gritaba su hija, inconsolable.
-Lo sembraré en el jardín -decidió el hombre-: Al fin y al cabo, nada se pierde con probar.
Y lo sembró en todo el centro del jardín, marcando el sitio de siembra con una estaca.
Pasaban los días, y la tristeza de Irene aumentaba. A pesar de sus exigencias, su padre guardaba silencio. A veces se le veía intranquilo, sobre todo cuando por las tardes se dirigía al jardín.
Una noche, un ruido extraño despertó al hombre. Rápidamente se dirigió al jardín. El ruido lo ocasionaba un topo que, escarbando, había dado con el caracol, y se disponía a hacerlo trizas.
-¡Ea! ¡Deja eso ahí! ¡Es mío! – le gritó el hombre, visiblemente alterado
Asustado, el topo se alejo por entre los matorrales, dejando el caracol al lado de un rosal, de donde el hombre lo rescató para volverlo a sembrar.
-Esta vez lo sembraré bien hondo -dijo el hombre. Y lo sembró.
Otro día, fueron las hormigas. Presurosas, llevaban el caracol en andas, buscando la manera de meterlo en uno de los tantos agujeros que tenían en el jardín.
-iVáyanse a otro lado! -les ordenó el hombre arrebatándoles el caracol: ¡Conténtense con las hojitas y los tallos tiernos!
Desde entonces, decidió montar vigilancia en el jardín, sobre todo en las noches, que era cuando más peligro corría el caracol de desaparecer.
Pero nada sucedía en el jardín. Salvo el desplazarse sigiloso de una ardilla, el vuelo de una torcaza, el canto de las cigarras al atardecer o el ruido imperceptible de una flor abriéndose a la vida, nada extraordinario sucedía en el jardín. Aquella siembra parecía condenada al fracaso.
Una mañana, cuando ya Irene había perdido las esperanzas de tener su propio mar, un aleteo intenso la despertó bien temprano. La niña saltó de la cama, se frotó los ojos y se encontró con que tres bellas gaviotas – una de ellas con un copete negro, se habían posado suavemente en el alféizar de su ventana. Una brisa ligera movía las cortinas y llenaba la estancia de un olor a trópico.
¡Levántate. Irene! -le ordenaron las gaviotas en coro-: ¡El mar que deseabas ya está aquí !
¿El mar…? preguntó la niña intrigada.
¡Sí! ¡El mar! -respondieron en coro las gaviotas-: ¿Acaso no lo pedías? ¿No querías tener un mar para ti sola, en el jardín de tu casa?
Irene no pudo responder. Emocionada, se dirigió al jardín: ¡Todo su jardín se había convertido en un inmenso oleaje azul, con palmeras y arenas blancas, alcatraces, cangrejos y corales, y, a lo lejos, la vela blanca de un barquillo se recortaba contra el cielo!
¡Allí estaba el mar, su mar!
Presurosa, la niña corrió a la habitación de su padre, que dormía profundamente en su catre, después de otra noche de vela en el jardín.
-¡Padre! ¡Padre! -llamó-: ¡El mar! ¡El mar! ¡Por fin tengo un mar para mi sola, en el jardín de la casa!
Y con una alegría que le salía por todo el cuerpo, agradeció a su atónito padre el que le hubiese permitido tener su propio mar, allí mismo, en el jardín de su casa.
¡Tendrás que compartirlo con las aves del contorno, los insectos, las plantas y tus vecinos alcanzó a decirle el hombre.
Irene ya no oía. Descalza, con el cabello suelto, corría por la tibia arena detrás de un cangrejo ermitaño que, presuroso, volvía a su guarida en el brote rojizo de un hermoso coral.

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El mohan

«Misael Devia en  L. Lectura Felix A. Soler»

Es el más legendario, conocido y respetado mito del Tolima. Se puede decir que es el personaje más importante de la mitología tolimense. Su figura varía de un lugar a otro: en Ambalema es un hombre pequeño, muy musculoso de pelo “candelo”, ágil vivaracho tan social ue muchas veces salía a mercar en compañia de los demas. En Chenque, en cambio, es un hombre de mediana edad, alto, de nariz aguileña, ojos negrísímos, larga y espesa
barba, largos y abundantes cabellos, boca grande bien formada y dentadura toda de oro. Tenía muchas alhajas en los dedos, de puro oro, y con piedras preciosas que brillaban en la inmensidad de las aguas. Habitaba un magnífico palacio construido de oro puro en las moyas profundas, en los remolinos.
Se le ve, por ejemplo, pescar por la playa, río arriba en medio de la oscuridad, y cuando amenaza lluvia, se oye a intervalos regulares el chapoteo de la atarraya cada vez que hace un lance; también lo han visto bajar por la playa, con una sartada de bocachicos anudada a la cintura; lo han encontrado sobre una roca peinándose los largos cabellos, robándose los anzuelos, hoguereando un “viudo enterrado”, haciendo café en la playa o cantando muy quedo a la orilla de los grandes ríos; se escuchan también, sus risas ante las imprecaciones de algún pescador que lucha por desenredar la red que él mismo le ha enredado.
Persigue el Mohán a los hombres que pescan en jueves santo o a los que en el viernes echan más lances de los autorizados; a los que por pescar en día de fiesta no oyen la Santa Misa; a los que maldicen y son inconformes con la pesca. A estos les enreda o ahoga las redes, les roba el pescado o ahuyenta los peces; les roba los anzuelos, las camadas o los enseres de pesca; los desorienta en el río, recoge los anzuelos y destruye las estacadas; hace crecer el río misteriosamente y cuando está muy colérico hace ahogar a los pescadores.
Para alejar las influencias y molestias del Mohán, por parte de los pescadores, hay que bautizar la atarraya; este bautizo consiste en soltar el primer pez que se pesque en su seno; pescar con paciencia y sin protestar por la mala suerte de las pesquerías; no pescar en los días santos, no abusar de la pesca, ni renegar en los ríos; ser bondadoso y regalar parte del pescado entre los vecinos, llevar siempre un escapulario al cuello; y en fin ser honrado y buen pescador.

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