4. Historia de los tres calendas hijos de reyes y de las cinco damas de Bagdad

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urante el reinado del califa Harun-al-Raschid, vivía en la corte de Bagdad un pobre   mandadero, que a pesar de lo humilde y penoso de su oficio, era hombre de ingenio y de excelente humor; Hallábase cierta mañana en la plaza del mercado esperando alguna persona le ocupase en algo, cuando vio acercarse a él una joven de talle elegante y esbelto, y cubierta con un velo. __Tomad vuestro canasto y seguidme, buen hombre __le dijo.
El mandadero, encantado al oír lo armonioso de aquella voz, se apresuro a obedecer a la joven.
Detúvose ésta primero delante de una puerta cerrada. Llamó, y un cristiano de aspecto venerable, de blanca y luenga barba, apareció en el umbral a recoger el dinero que le dio la dama, sin que ninguno de entrambos pronunciase la ,más mínima palabra. Pero el cristiano,, que sabía muy bien lo que la joven deseaba, sacó un cántaro lleno de excelente vino.
__Tomad ese cántaro __dijo la dama al mandadero__, y colocadlo en el canasto.
Entraron luego a una tienda de frutas y flores, donde ella compró gran cantidad de unas y de otras, y el mandadero las puso en el canasto. Pasaron de allí a casa de un carnicero, en la que adquirió la dama veinticinco libras de carne y, por último, al establecimiento de un droguero, en el que hizo gran provisión de aguad olorosas, nuez moscada, pimienta y muchas otras especias de las Indias, todo lo cual ponía el mandadero en su canasto.
El mandadero apenas podía caminar con el peso de su repleto canasto, y ya casi le faltaban las fuerzas, cuando llegaron a un hermoso palacio de espléndida arquitectura y adornado el frontispicio con columnas de mármol blanco. La dama se detuvo allí, y dio un golpe en una puerta de marfil ébano.
No podía explicarse el mandadero de que una dama de tan nobles y distinguidas maneras fuese por si misma a hacer las compras en el mercado, cual si fuese una simple esclava, y se dispuso a dirigirle algunas preguntas, que no llegó a formular, porque otra dama apareció en la puerta.
Entraron los tres en el interior del edificio, y después de atravesar un gran vestíbulo, fueron a un patio espacioso rodeado de una galería que daba comunicación a diversos departamentos amueblados con oriental magnificencia. En el fondo del patio se veía un trono ámbar sostenido por cuatro columnas de oro de las Indias con un primor y un gusto admirables. En el agua cristalina de una fuente cuya forma era la de un león de bronce plateado.
Lo que más me llamó la atención del pobre mandadero fue una tercera dama que estaba sentada en el trono y que al ver a las otras dos se adelantó hacia ellas. Conocíase en todo que era la principal y se llamaba Zobeida, Sofía la que abrió la puerta y Amina la que había ido al mercado por la mañana.
__Hermanas mías __dijo Zobeida__, ¿no veis que ese hombre no puede resistir el peso que trae? ¿A qué guardáis para quitárselo?
Amina y Sofía se apoderaron del canasto, y así que estuvo vació pagaron generosamente al mandadero. Muy satisfecho éste iba a retirarse, pero a su pesar, lo retenía allí el deseo de saber quiénes eran aquellas tres damas que vivían solas en el palacio.
¿Qué esperáis, buen hombre? __preguntó Zobeida al mandadero al ver que no se retiraba__. ¿No estáis contento con lo que os hemos dado?
__Señora __replicó el otro__, no es eso lo que me detiene, sino la curiosidad de averiguar quiénes sois y la extrañeza de no ver ningún hombre en esta casa.
Las tres hermanas prorrumpieron en una carcajada al oír al mandadero, a quien Zobeida dijo con gravedad:
__Lleváis muy lejos vuestra indiscreción, pero, a pesar de todo, os diré que somos tres hermanas que manejamos secretamente nuestros asuntos sin que nadie en el mundo se entere. Los secretos no deben ser confiados a persona alguna, porque el que no es capaz de guardarlos, dice un autor ‘cómo lo de hacer el pecho de un extraño?
__Señoras  __exclamó el mandadero __, veo que no me equivoqué al calificaros a primera vista de personas de mérito y de distinción. Aunque la ingrata fortuna me ha colocado en una posición humilde, he leído, sin embargo, muchos libros de ciencias y de historia y recuerdo una máxima que dice: «los secretos no deben ser revelados a los necios parlanchines, que abusarán de nuestra confianza, sino a los hombres de juicio y de discreción, porque éstos saben siempre guardarlos con fidelidad.
Conoció Zobeida por estas palabras que el mandadero no carecía de ingenio, y comprendiendo que tal vez deseaba tomar parte en el festín, le dijo:
__Sabéis que nos disponemos a divertirnos no ignoráis que con tal objeto hemos hecho gastos considerables; y no sería justo que, sin contribuir con algo, seáis de la partida.
El mandadero hizo ademán de entregarle el dinero que había recibido por su trabajo.
__No __repuso, Zobeida__, lo que de nuestras manos sale para recompensar los servicios que se nos hacen no lo recogemos jamás.
Y añadió, viendo la confusión del mandadero:
__Amigo mío, consiento en que os quedéis en nuestra compañía, pero con una condición: la de guardar absoluto secreto sobre todo lo que veáis y que no salgáis de los límites de la decencia y de la cortesía
Entretanto Amina habíase cambiado su traje de calle por otro de casa y disponía la mesa Preparo en un momento infinidad de ricos manjares y puso sobre una credencia los jarros de vino y los vasos de oro. Hecho esto, las mujeres sentáronse a la mesa, colocando entre ellas al mandadero.
Después del primer plato, Amina tomó un jarro, escancióse vino en una copa de oro, bebió y repitió la operación con sus hermanas. Por último, sirvió también al mandadero en la misma copa, y éste antes de cogerla y beber, besó la mano de Amina y cantó una canción.
Esto entusiasmo de tal modo a las jóvenes, que  a su vez, cantaron otras canciones, y así transcurrió la comida en medio de la mayor alegría.
Caía ya la noche cuando Zobeida dijo al mandadero que ya era hora de que se marchase.
__Señoras repuso éste__, a fuerza de vino y de veros, no soy dueño de mi… no puedo tenerme en pie. Os ruego, pues, que me permitáis pasar la noche aquí, en el rincón que tengáis a bien señalarme.
Amina se puso por segunda vez de parte del mandadero.
__Hermanas mías __dijo__, nos ha divertido mucho, y si me amáis tanto como supongo, no negaréis el placer de dejarle pasar la noche en nuestra compañía.
__Nada podemos negarte, hermana mía __repuso Zobeida. Y dirigiéndose al mandadero añadió:
__Podéis quedaros, pero os impongo otra condición: habéis de jurarnos que fuere lo que fuere lo que en vuestra presencia hagamos, no despegaréis  los labios para preguntar el motivo o hacer observación alguna, advirtiéndoos que, si faltaís a vuestro juramento, lo podréis  pasar muy mal
__Lo prometo __respondió el hombre__. No chistaré; mi lengua permanecerá inmóvil y mis ojos serán como el cristal de un espejo, que nada conserva de lo que reproduce.
__Esta bien __continuó Zobeida__; ahora id  a la puerta de esta habitación y leed el lema que en ella veréis escrito.
Fue el mandadero dando tropezones y leyó con algún trabajo lo siguiente:
«El que habla de cosas que no le importan, oye otras que no le agradan» hecho lo cual volvió a renovar su primer juramento de ser mudo y reservado como una tumba.
Amina trajo la cena; mientras, Sofía encendió bujías perfumadas que esparcieron por la estancia un aroma delicioso, y tanto las tres hermanas como su huésped cantaron y recitaron versos del mejor humor del mundo, cuando de repente oyeron llamar a la puerta. Sofía fue a abrir y volvió a poco diciendo:
__Hermanas mías, se nos presenta una buena ocasión de pasar agradablemente el resto de la noche. Hay a la puerta tres calendas, o sea tres religiosos persas según lo demuestran en su traje, y que además son tuertos todos del ojo derecho. Tiene la cabeza, la barba y las cejas afeitadas. acaban de llegar por primera vez a Bagdad y nos piden hospitalidad por esta noche, contentándose, en cambio, con dormir a cubierto en el sitio más humilde de la casa. Creo que debemos recibirlos para reír un rato, mucho más cuando prometen salir de aquí al clarear el día.
Zobeida y Amina consintieron de buen grado, y a los dos minutos apareció Sofía con los tres calendas, quienes al entrar hicieron una profunda reverencia, asombrados del lujo y de la cortesanía de las damas. En cuanto al mandadero, acalorado con el vino que había bebido aquella noche antes que desaparecieran los efectos de la mañana, contestó con un gruñido sordo al saludo de los recién llegados.
Las tres hermanas sirvieron de cenar y de beber a los tres calendas con exquisita finura, y, reconocidas, los extranjeros pidieron instrumentos para darles un concierto. Aceptaron las damas con alegría y Amina les presentó un tamboril y dos flautas. Las damas mezclaron sus voces a las de los calendas, y, en lo más bulliciosos de la fiesta, oyeron de nuevo llamar a la puerta. Sofía cesó de cantar y fue enterarse de quien era.
El Califa Haraoun-al-Raschid tenía la costumbre de salir disfrazado en la noche para averiguar por sí mismo el estado de la ciudad y evitar que se cometiesen desórdenes.
Aquella noche iba el Califa acompañado de Giafar su gran Visir, y del Mesrour, jefe de los eunucos de Palacio, disfrazados los tres de mercaderes. Oyeron el eco de los cantos y el Califa quiso saber el motivo de la fiesta, para lo cual ordenó a Giafar que llamase prontamente, pues el no le convenía ser reconocido. Gifar, al ver la elegancia de Sofía, se inclinó respetuosamente hasta el suelo.
__Señora __dijo con respetuoso acento__, somos tres mercaderes de Musul llegados a la ciudad hace pocos días. Nuestros géneros están en un almacén lejos de aquí, y habiéndonos entretenido en las cales no es imposible ir a nuestro alojamiento, cuya puerta no se abre a hora tan avanzada de la noche. Nuestra afición a la música nos ha hecho detenernos aquí y os rogamos nos permitáis permanecer en el vestíbulo hasta la aurora.
Sofía examinó con atención el aspecto de los tres hombres, y, satisfecha sin duda, les dijo cortésmente que ella no era la dueña de la casa, pero que esperasen un momento a que les llevase la respuesta. Zobeida y Amina, bondadosas por naturaleza, resolvieron concederles la misma gracia que a los tres calendas.
Introducidos el Califa, el gran Visir y el jefe de los eunucos por la bella Sofía, saludaron cortésmente a las damas y a los calendas Las jóvenes correspondieron de la misma manera, y Zobeida, creyéndoles mercaderes, les dijo gravemente:
__Bien venidos seáis, y os ruego que no toméis a mal que ante todo os pida un favor.
__¿De qué se trata? __preguntó el Visir. Y añadió con galantería__: ¿Se puede acaso, rehusar cosa alguna a damas tan bellas como vosotras?
__Lo que os pudo __ repuso Zobeida con la misma gravedad__ es que tengáis ojos para ver y no lengua para hablar; que no nos dirijáis ninguna pregunta sobre lo que veáis, ni digáis palabra acerca de lo que no os concierne, pues de lo contrario os daríamos que sentir.
__Seréis obedecida señora __contesto el Visir.
Dicho esto, tomaron todos asiento y continuaron bebiendo y comiendo, en honor de los recién llegados.
Habiendo recaído la conversación sobre las distracciones y los diferentes modos de divertirse, los calendas se pusieron de pie y bailaron las danzas de su país con tal gracia y maestría que confirmaron a las damas en la buena opinión que de ellos tenían y les captó la simpatía del Califa y de sus acompañantes.
Terminada la danza Zobeida se levanto, y tomando a Amina de una mano, le dijo:
__Vamos, hermana; nuestros huéspedes no tomarán a mal que conservemos nuestros usos y costumbres, a pesar de su presencia.
Comprendió Amina lo que Zobeida quería decir , y quitó en seguida la mesa mientras Sofía barría la sala, llevándose los instrumentos musicales y avivaba las luces y los pebeteros.
Hecho esto, rogó a los calendas y al Califa y a sus acompañantes que se sentasen en divanes fronteros.
__Levantaos y preparaos a ayudarnos en lo que vamos a hacer
__dijo luego al mandadero__. Sois ya casi familiar en nuestra casa y no debéis permanecer mano sobre mano.
El mandadero, a quien habíansele disipado un tanto los vapores del vino, repuso:
__Estoy a vuestras órdenes: ¿de qué se trata?
A los pocos instantes reapareció Amina con un escabel que colocó en medio de la sala, fue luego a la puerta de su aposento, la abrió, y haciendo seña al mandadero para que se le acercase, le dijo:
__Venid a ayudarme.
Obedeció aquél, y al cabo de un momento volvió a salir, conduciendo dos perras negras, atadas con finas cadenas.
Zobeida se acercó entonces al mandadero, y desnudándose el brazo hasta el codo, tomó el látigo que Sofía le presentaba, y dijo,
__Hagamos nuestro deber.
__Mandadero, entrega a Amina una de esas perras; tráeme aquí la otra.
El mandadero obedeció, y la perra, al verse junto a Zobeida, alzó la cabeza de una manera suplicante, pero la joven, a pesar de ello, la castigó con el látigo hasta que le faltaron las fuerzas, hecho lo cual, se miraron ella y el animal de un modo tan conmovedor, que prorrumpieron en amargo llanto. Zobeida limpió con su pañuelo las lágrimas de la perra, y ordenó al mandadero que se la llevase y trajera la otra. Sufrió ésta el mismo suplicio que la primera, enjugósele también su llanto, y Amina fue esta vez encargada e encerrar al pobre animal en el gabinete de donde habían salido.
Los tres calendas, el Califa y su séquito, no volvían en sí del asombro que aquel espectáculo les produjo, y aun empezaron a murmurar de que Zobeida hubiese acariciado a las perras, animales asquerosos e inmundos según la ley musulmana.
___Querida hermana __dijo al fin Sofía__, te ruego que vuelvas a tu sitio, y que me permitas ahora cumplir mi cometido.
__Sí __respondió Zobeida__. Y se retiro a un sofá, sentándose al lado del Califa, quien apenas podía contener los impulsos de su curiosidad.
Ha.  de los tres calendas hijos de reyes y de las cinco damas de Bagdad    (parte 2)
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