4.5 Historia de Amina

Me casó mi madre con uno de los más ricos propietarios de esta ciudad, entregándome a la vez los bienes que me había dejado mi padre.

No había transcurrido aUn el primer año de nuestro matrimonio, cuando me quedé viuda y en posesión de toda la fortuna de mi marido, que ascendía a noventa mil cequíes. Sólo la renta de este capital bastaba para que llevase yo una vida muy regalada.

Un día que estaba yo sola, me anunciaron que una mujer deseaba hablarme, y mandé que la hiciesen pasar enseguida.

Era mujer de edad avanzada, la cual me saludo tocando el suelo con la frente, y me dijo, permaneciendo arrodillada:

__Mi buena señora, os ruego que me perdonéis la libertad que me temo venir a importunaros; la confianza que tengo en vuestros buenos sentimientos me ha animado a ello. Tengo una hija, la cual se casará hoy. Ella y yo somos extranjeras y no tenemos, por consiguiente, ninguna amiga en esta ciudad. Así, pues mi buena señora, si os dignáis honrar con vuestra presencia esa boda, nuestra gratitud hacia vosotros será eterna.

__Buena anciana __le respondí conmovida__, no os aflijáis; haré gustosa lo que me pedís.

No pude impedir que la vieja, enajenada de alegría, me besase los pies.

__Señora __dijo luego, poniéndose en pie__, Dios recompensará por la bondad que dispensáis a su sierva y llenará de gozo vuestro corazón, como lo está el mío. No es preciso __añadió__ que os molestéis todavía; basta que os dignéis acompañarme cuando, al anochecer, vuelva por vos.

En efecto, al caer de la noche se me presentó nuevamente con aire placentero, y besándome la mano me dijo:

__Señora, los parientes de mi yerno, que son  las principales familias de la ciudad, están ya reunidos; si os place seguirme yo os serviré de guía.

Salimos enseguida y al poco rato nos detuvimos ante una puerta iluminada por un fanal a cuya luz pude leer la siguiente inscripción en letras de oro: «Esta es la eterna mansión de los placeres y de la alegría».

La vieja llamó y al punto se abrió la puerta.

Conducida, atravesando un gran patio, me encontré con una joven de incomparable belleza, la cual después de haberme besado hízome sentar a su lado en un diván junto a un trono de maderas preciosas y adornado de diamantes.

__Señora __me dijo__, habéis sido invitada para asistir a una boda, y espero que será diferente de lo que imagináis. Tengo un hermano que es el mas bello y cumplido de los hombres, y entusiasmado por el retrato que de vuestros encantos se le ha hecho, se ha enamorado perdidamente de vos y  si no tenéis compasión de él , será el más desgraciado del mundo.

Desde que enviude no había pensado jamás en volver a casarme; pero, en aquel momento, no pude resistir a los ruegos de dama tan hermosa y amable. Accedí, pues, con una inclinación de cabeza, dio mi interlocutora una palmada y abrióse inmediatamente la puerta de un aposento para dar paso a un joven tan majestuosos y extraordinariamente bello, que me felicité, entusiasmada, por haber consentido en ser su esposa.

Sentóse a mi lado y comprendí, por su conversación, que mi marido era muy superior a los elogios que de él había hecho su hermana.

Cuando vio ésta que estábamos contentos el uno del otro , dio una nueva palmada y al punto apareció un cadí que extendió nuestro contrato de matrimonio, lo firmó e hizo que lo subscribieran cuatro testigos que lo acompañaban.

La única cosa que mi nuevo esposo exigía era que, excepto con él, no debía hablar con ningún otro hombre.

Un mes después de mi casamiento, teniendo necesidad de comprar algunas telas, pedí permiso a mi marido para salir a adquirirlas, y él me lo concedió.

__Mi buena señora __dijo la vieja que me acompañaba, en cuanto estuvimos en la calle__; puesto que deseáis magníficas telas, deberíamos ir a casa de un joven mercader a quien yo conozco.

Me dejé conducir por ella, y cuando estuvimos en la tienda pedí al hermoso mercader, por conducto de la vieja, que me enseñase las mejores telas que tuviera.

Mostróme el mercader una que me gustó sobremanera, y mandé a la vieja que le preguntara el precio.

__No la vendo; pero la regalaré gustoso a la señora si le permite que la bese en las mejilla.

Tan caprichosa estaba yo de aquella tela, que seguí el consejo de la vieja.

Pero el mercader, en lugar de besarme, dióme un tremendo mordisco que hizo brotar la sangre de mi mejilla.

El dolor y la sorpresa hiciéronme caer desvanecida, y cuando volví en mi noté que tenía la cara ensangrentada. La vieja que me acompañaba, sumamente afligida por mi desgracia, trató de consolarme y me dijo:

__Mi buena señora, perdonadme: yo tengo la culpa de lo que ha sucedido. Os conduje a casa de ese mercader  porque es de mi país y no podía sospechar que fuese capaz de semejante maldad. Pero yo os daré un remedio que os curará por completo al cabo de tres días, sin que quede ni huella del mordisco.

En cuanto estuve en casa volví a desmayarme. La vieja, entretanto, me aplico su remedio y cuando me recobré me metí en la cama.

A la noche volvió mi marido, y viendo que yo tenía la cabeza vendada me preguntó la causa. Le respondí que era jaqueca, pero no le convenció mi excusa: encendió una luz, y al ver que estaba herida en la mejilla, me dijo:

__¿Quién te ha hecho esto?

No me atreví a confesarle la verdad y le contesté que venía detrás de mi un hombre conduciendo un borrico cargado de escobas y que al volverme distraídamente me cause yo misma la herida al chocar con la carga y caer al suelo.

__Antes de que salga el sol __dijo entonces mi marido__ el gran visir Giafar tendrá conocimiento de este atropello, y estoy seguro de que hará morir a todos los vendedores de escobas que haya en la ciudad.

__En nombre de Dios, señor, os suplico que no hagáis eso; ellos no son culpables…

__¿Cómo se entiende? __me interrumpió__. ¿Qué debo creer?  Vamos, explicaos.

__Pues bien, la verdad es que sentí un desvanecimiento y caí…

__¡Ah, basta ya de mentiras!

Dicho esto, dio unas palmadas y entraron tres esclavos.

__Sacadla del lecho __les dijo__  y tendedla en medio del aposento.

Obedecieron los esclavos, y mientras uno ,e sujetaba por la cabeza y otro por los pies, mando al tercero que fuera por un alfanje.

Y cuando éste estuvo de vuelta, añadió:

__Córtale la cabeza y arrójala al tigris, para que sirva de pasto a los peces. Este es el castigo que impongo a las personas a quienes entrego mi corazón y me son infieles.

En aquel momento entró la anciana , que había sido nodriza de mi esposo, y arrojándose a sus pies para aplacarlo, le dijo:

__En recompensa de haberte nutrido de mis pechos, te pido gracia para esta mujer. Piensa que sólo se debe matar al que mata.

__Pues bien __repuso él_, por el cariño que os tengo le hago la merced de la vida: pero quiero señalarla para que siempre recuerde su falta.

Y acto continuo ordenó a un esclavo que me azotase con una caña flexible, sobre todo el pecho, pero con tanta crueldad que me arrancase jirones de piel.

Yo perdí el conocimiento, y cuando me recobré me encontré en casa de la vieja, la cual me asistió con los más solícitos cuidados y a los tres meses estuve curada, pero me quedaron las cicatrices.

En cuanto pude caminar, volví a casa de mi marido: pero habiéndola encontrado destruida, recurrí a mi  hermana Zobeida, la cual me acogió con su bondad habitual. regresar a la
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