Archivo de la categoría: Alvaro Marin

Vivifácil

« en L. Lectura Alvaro Marín»

Su nombre es Plutarco pero sus compañeros lo llaman vivifácil.
vivifácil no se toma nunca el trabajo de hacer algo que requiera el menor esfuerzo dino que se aprovecha de el de los demás.
¿Tareas? vivifácil no hace nunca tareas. Espera que los demás las hagan y luégo, sin importarle nada, pide que se las dejen copiar, o las copia a hurtadillas. Sin embargo, es el primero en entregarlas no sin ponderar lo difícil y duro de su esfuerzo.
Vivifácil nunca estudia, pero es el primero en reclamar mejores calificaciones.
¿Dibujos y obras manuales? los dibujos los calca, y en cuanto a las obras manuales… consigue que se las hagan en casa.
Plutarco vivifácil es muy hábil para fingir. No concurre a gimnasia porque dizque está enfermo. Pero lo único que busca es un buen rincón donde dormir su pereza.
Vivifácil no es responsable de nada. Siempre encuentra a quién culpar y se declara inocente. Defiende su tranquilidad a todo trance.
Plutarco vivifácil está siempre de acuerdo con el que manda.
Vivifácil no se incomoda por nada. Lo único que le importa es pasarla bien: sin trabajar, sin afanes. Cuando los demás luchan tesoneramente por algo, él permanece con los brazos cruzados. Pero si la victoria corona los desvelos de los otros, vivifácil corre a apuntarse entre los ganadores.
A vivifácil todo le parece espléndido, admirable, interesante, inmejorable, aun cuando estas palabras no correspondan a lo que tiene ante sus ojos y esté pensando precisamente lo contrario.
Nadie le gana en el camino de la adulación y la lisonja y no es ajeno al chisme.
Plutarco vivifácil quiere ganar el año sin esfuerzo, robándose el trabajo de los demás, pero aparentando ser el más aprovechado de los escolares.
Vivifácil es un alumno detestable. cuando sea hombre querrá ganar también ganar honores y dinero sin esfuerzo.
Plutarco vivifácil será entonces también un abominable elemento social.


Hagamos a un lado a vivifácil y nunca nos parezcamos a él


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Un hombre pobremente vestido

«en: L. Lectura Alvaro Marín»


Hombres y mujeres se pusieron de pie cuando los reyes de España, Don Fernando y doña Isabel, hicieron su aparición en el amplio salón. Los soberanos subieron lentamente hacia el trono y tomaron asiento.
Un Hombre de capa, alto pobremente vestido, se inclinó. respetuosamente ante los monarcas y empezó a hablar así:
“La tierra es redonda. Por consiguiente, se puede encontrar un camino más corto para ir lejano país de la India. Navegaremos por un mar desconocido, es cierto pero todas las islas y territorios que a nuestro paso encontraremos pertenecerán a nuestros amadísimos monarcas españoles, a quienes acato y reverencio”.
Y al decir esto último, volvió a inclinarse reverente a los soberanos.
Quien así hablaba era Cristobal Colón. Colón continuó explicando su proyecto y al terminar, el rey don Fernando dijo con voz solemne.
_Yo el rey de España mando que se le entreguen a Colón tres caravelas para que con una tripulación escogida, vaya a descubrir esas nuevas tierras de que habla, a través del Océano.
_Si no hay dinero suficiente para armar esa expedición, agrego la reina, yo ofrezco mis propias joyas. Con el dinero que su venta produzca se pueden comprar y equipar cuantas naves sean necesarias.
Los presentes aplaudieron con gran entusiasmo.
Colón había nacido en Génova Italia en 1451 y desde muy niño se había dedicado al estudio de la geografía y las matemáticas. Sus investigaciones lo habían llevado a la conclusión de que la tierra es redonda, contrariamente a lo que afirmaban los sabios de su época: ellos sostenían que la tierra era plana.
Para cumplir las órdenes del rey se compraron tres caravelas; fueron bautizadas con los nombres de «La Pinta», «La Niña», y «La Santa María», Colón fue nombrado Almirante y el día 3 de Agosto de 1492 la expedición zarpó del puerto de español de Palo de Moguer y empezó a navegar por un mar desconocido.
Las ola levantaban las embarcaciones peligrosamente. Colón oteaba con su anteojo desde las primeras horas del día. Nada se divisaba en el horizonte: agua y cielo únicamente.
Dos meses habían transcurrido ta, la tripulación trato de amotinarse: exigía el inmediato regreso a España. “Antes de tres días encontraremos tierra” fue la respuesta de Colón.
Y, efectivamente, al amanecer del 12 de Octubre de 1492, “La Pinta” que iba adelante anuncio tierra.
Colón bajó dió gracias a Dios de rodillas y tomó posesión de la isla, a la cual puso el nombre de San Salvador, en nombre de los reyes de España.


¡La América había sido descubierta!.


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Pinocho convertido en perro

«en: L. Lectura Alvaro Marín»


Pinocho abandonó la ciudad para ir a correr aventuras por el campo. Caminó varios kilómetros. De vez en cuando se detenía a mirar las manzanas,las peras y las uvas de los huertos.
pinocho2Ya por la noche, acosado por el hambre, se metió en un cercado, con intención de coger unos cuantos racimos de uvas. Ojalá nunca se le hubiera ocurrido tal cosa!
Apenas tocó las uvas, ¡crac!, sintió que sus piernas quedaron agarradas entre dos pesados hierros. El pobre Pinocho quedó preso en la trampa que allí había puesto el dueño de finca para atrapar las raposas que estaban acabando con las gallinas.
A los gritos de Pinocho se levantó el dueño y, cuál no sería su sorpresa cuando, en vez de encontrar un raposa, lo que había caído era un muchacho.
_Conque eras tu, pillo, quien se llevaba mis gallinas, dijo enfurecido el campesino.
Yo no, yo no, respondía Pinocho, sollozando.Yo entré aquí únicamente a coger unas uvas.
_Quien roba uvas también roba gallinas. Espérate que te voy a dar una lección.
Y cogiéndolo de un brazo lo levantó y lo llevó hacia el corredor de la casa. Después le puso un pesado collar y se lo apretó de tal manera que era imposible quitárselo. Al collar iba unida una cadena atada a un poste.
_Y como hoy se murió el perro, tú harás ahora de perro guardián. Debes tener el oído muy listo y al primer ruido ladrar fuertemente.
Y dicho esto el campesino se entró y cerró la puerta con llave.
El pobre Pinocho atado a ala cadena decía llorando:
_Me lo merezco; me lo merezco.  He sido desobediente y por eso soy tan desgraciado.
En estas reflexiones estaba cuando sintió un ruido. De acuerdo con las instrucciones que el propietario de la finca le había dado, Pinocho empezó a ladrar tan fuertemente que casi se le salían los ojos.
El dueño al oírlo tomó una escopeta y acercándose a la ventana le preguntó a Pinocho:
¿Qué ocurre?
_Aquí están los ladrones. Venga, venga pronto, respondió Pinocho.
El hombre bajó rápidamente y mató a las raposas. Después regresó al sitio onde tenía amarrado a Pinocho. Pero ahora venía sonriente y alegre.
_Te has portado admirablemente, le dijo a Pinocho. Para probarte mi agradecimiento te dejo en libertad. Regresa a tu hogar y que nunca se te vuelva a ocurrir entrarte a un cercado ajeno.
Pinocho salió corriendo tan a la carrera que apenas se le veían los pies.

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Una compañía imposible

«en: L. Lectuta Alvaro Marín»

Una ardilla, un gatico, una tortuga, un perrito, una conejita y un pollito resolvieron vivir juntos y construir su casa en lo más escondido del bosque.
Cada uno tenia sunacomimpo-1u camita y su silla y se turnaban para hacer de comer. Al principio vivieron felices; pero poco a poco principiaron a presentarse dificultades por la comida, porque cuando le correspondía cocinar a la gatica servía pedazos de hígado fresco. Al perro le gustaba el hígado pero al resto de la familia no.
Fresca hojas de lechuga eran el desayuno, el almuerzo y la comida el día que le tocaba cocinar a la coneja. El único que, además de la coneja comía lechugas era el pollito. Pero al pollito tampoco le gustaban mucho.
La ardilla servía nueces en abundancia cuando tenía que hacer de comer. Pero, ¿quién tenía dientes tan afilado como ella para partir nueces?
Cuando tocaba el turno al pollito ofrecía deliciosas lombrices. Nadie comía lombrices de tierra con excepción del mismo pollito. La tortuga servía huevos e hormiga y cucarroncitos, pero estos extraños manjares tampoco eran del agrado de los demás.
Desesperados los socios, resolvieron reunirse para decidir lo que debían hacer.
_Yo, dijo el parro, viviré contento donde pueda roer huesos y comer carne en abundancia.
_Ami que me den leche e hígado, maulló la gata.
_Nueces, muchas nueces para mí chillo la ardilla
_:Ya saben ustedes, dijo con voz ronca la tortuga, que yo no cambio los los huevos de hormiga, los cucarrones y los caracoles por nada del mundo.
_Gusanitos para mí pidió el pollito.
_Ya lo veo, interrumpió la conejita. Lo que necesitamos es una casa para cada uno de nosotros. Propongo, pues, que nos dispersemos en busca de lo que cada uno desee.
_Es muy triste, dijo el perrito, que nos tengamos que despedir, porque después de todo hemos vivido felices.
_Así es, dijo la gatica. Pero no hay más remedio ¡Qué tristeza!
Y amigablemente se despidieron. La única que se quedó fue la ardilla.
_Díganmeles a mis camaradas que se encuentren en el camino, les dijo la ardilla al despedirse que aquí las espero.

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Ni por una corona!

« en L. Lectura Alvaro Marín»

Andrés estaba muy orgulloso del gorro de lana que su mamá había tejido para él. Con las manos en los bolsillos, la cabeza levantada y la mirada como perdida en el horizonte, iba y venía por todos los rincones de su casa. Esto ocurrió hace varios siglos, pero todavía se recuerda como si hubiera sucedió ayer.
Andrés salió a la calle. La primera  persona con quien se encontró fue un campesino que iba hacia el mercado. El campesino , al verlo, dió un grito de admiración. Andrés siguió su camino orgulloso.
La segunda persona fue un muchacho que hacía los mandados y que vivía cerca de su casa. cuando vió a Andrés se detuvo sorprendido:
_Te cambio le dijo mi navaja por tu gorro.
Nada había en el mundo que Andrés deseara más que un navaja, pero resueltamente respondió:
_No, y siguió su camino.
Más adelante lo detuvo una señora. ¡Qué lindo gorro! exclamó. Me parece que vas ataviado como para concurrir al baile del rey.
_Pienso ir, respondió Andrés.
Y así fue. Andrés se despidió cortésmente de la dama y se dirigió al palacio del rey.
_¿Adónde vas muchacho?, le preguntaron los guardias, a la entrada.
_A la fiesta que ofrece el rey respondió Andrés.
_¡No puedes entrar sin vestido de gala!
_Llevo el gorro que mí mamá tejió especialmente para mi.
Los soldados se miraron y lo dejaron pasar.
Andrés entró.
La persona mejor vestida de la Corte era la princesa; cuando vió a Andrés, se vino hacia él y, tomándolo de la mano lo condujo al fondo del salón.
Los invitado todos de gran uniforme, presenciaban admirados lo que estaba ocurriendo.
La princesa lo invitó luego a la mesa donde mas tarde debía de servirse el banquete. Platos de oro y finísimos vasos de cristal brillaban, iluminados por la luz de las lámparas. Ella ocupó una silla y su lado tomó asiento Andrés. Había ricos postres y delicioso sorbetes.
_Puedes tu comer con la cabeza cubierta, Andrés?
_Si, puedo, Alteza, contesto él, mientras se aseguraba el gorro con ambas manos.
La princesa sonrió.
_Cambiarías tu gorro por todo lo que hay en esta mesa?, le pregunto la princesa.
Andrés movió la cabeza para un lado y otro, en señal de negativa, La princesa lo abrazó y llenó sus bolsillos de dulces y chocolates.
_Me ragalarías ahora tu lindo gorro. Andrés?
_No puedo, siento mucho no hacerlo, princesa, contestó Andrés y volvió a sujetarse el gorro, como si alguien quisiera arrebatárselo.
Justo en ese momento los criados abrieron una gran puerta y apareció el rey. Llevaba una gran capa…. y pesada corona en la cabeza, llena de esmeraldas diamantes y rubíes
Saludo a su hija, con un beso y estrechó la mano de Andrés. Qué hermoso gorro tienes le dijo. ¿Lo cambiarías por mi corona?
Al decir esto, el rey tomo la corona en una mano alcansándosela, y con la otra trataba de alcanzar la cabeza de Andrés.
Andrés se dió cuenta de que él no podía discutir con el rey. Lleno de temor, empezó a mirar las puertas de escape. Luego súbitamente corrió hacia la calla, sin mirar hacia atrás. Atravesó el salón, llegó a la puerta y pasó por en medio ce los soldados, más rápido que el viento. En la carrera, Andrés perdió dulces, chocolates y cuanto llevaba en los bolsillos.
Y al final observando nerviosamente hacia atrás y sin parar un segundo, todavía se estiraba el gorro contra las orejas.
Al llegar a su casa fue a parar directamente a la sala. Sus padres y hermanos lo rodearon y le preguntaron que había ocurrido. Andrés les contó  punto por punto cómo había llegado hasta el palacio real y en qué forma lo había obsequiado la princesa.
Después refirió que el rey le había ofrecido cambiar su corona por el gorro y que él no había aceptado.
Una de sus hermanas le dijo mal humorada:
_Andrés tu eres bobo. El más bobo de cuantos muchachos existen en la tierra!
Esto enojó a Andrés. No soy bobo afirmó,
porque nada hay en el mundo mejor que el gorro que mi mamá tejió para mi. Ni la corona del rey.
Al oír decir esto, su mamá lo beso y lo estrechó contra su corazón.
_

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Vamos a instruírnos dijo el león

« en L. Lectura Alvaro Marín»

El León reunió a los animales y, levantando el cetro dijo:
_Ordeno que mis súbditos aprendan a leer. No quiero que los hombres sigan pensando que todos nosotros somos unos burros.
El burro, ahí presente, sacudió las orejas e iba a protestar, pero prefirió quedarse callado.
El León continuó:
_Mañana se abrirá una escuela para que los pequeños aprendan a leer.
Toda la animalía escuchaba en silencio. De pronto el burro rebuzno para preguntar:
_¿Y quién les va a enseñar?
_Eso pregunto yo, rugió el león. ¿Quién les va a enseñar si todos ustedes son unos animales?
_¡El mono!, maulló por allá lejos el gato.
_Si, el mono, gritaron los ahí presentes.
_¡Silencio, estúpidos! interrumpió el león.
Yo, el león, rey de los animales, no acepto consejos de nadie. ¡A callar y a obedecer imbéciles!
Después de un rato de absoluto silencio el león prosiguió:
_Nombro a la lora directora de la escuela.
La lora empezó a pasearse de un lado a otro, muy orgullosa e iba a pronunciar un discurso de agradecimiento cuando el león, dando un violento manotazo sobre la mesa, al mismo tiempo ensordecía a todo el mundo con su rugido ordenó:
_Y ahora retirénse de mi presencia!
Todos obedecieron sin decir una palabra.
Al día siguiente la lora llego muy temprano a ala escuela. Allí estaban ya el cordero, el osito, el hijo del tigre y el de la rana, el burrito el pato, el pollito, el perro y el gato.
La lora empezó la clase diciendo:
_Buenos días, niños
Como respuesta se escucho un chillido general.
_Niños, digan “a” dijo, con voz solemne la lora.
_Y el cordero dijo: bee… y el osito grom… y el hijo del tigre guan… y el renacuajo cro… y el burrito rebuzno… y el pato cua… y el pollito pío,pío… y el perro guau guau y el gato miau miau!
Son muy animalitos estos discípulos míos, murmuró la lora. Volvamos a empezar. Digan todos “a”.
Y otra vez se volvió a escuchar una horrible algarabía .
Pasaron los meses, el zorro golpeó a la puerta de la escuela.
_Vengo de parte del rey, dijo, a examinar a estos alumnos. Principiemos señorita lora por la “a”.
Y el cordero dijo: bee… y el osito grom… y el hijo del tigre guan… y el renacuajo cro… y el burrito rebuzno… y el pato cua… y el pollito pío,pío… y el perro guau guagua y el gato miau miau…!
Estos no conocen ni la letra “a”, gritó enfurecido el zorro. Y le tiró con el bastón a la lora. La lora salió volando por la ventana.
Enseguida el zorro dijo con voz ronca:
_Nadie puede salir de aquí. Yo voy a enseñarles. Sé que todos ustedes son muy inteligentes. La lora es la única responsable de que no hallan aprendido nada.
Los alumnos temblaban de miedo ante la presencia de tan peligrosos visitante.
Después de un momento el zorro continuó:
_¡Ay! pero me siento fatigado. hace muchos días que tengo el estómago vacío. Acérquese el pollito; le quiero dar algunas instrucciones para que aprenda a leer y a escribir pronto.
Ya el zorro se iba a comer al pollito cuando el oso, que había ido a la escuela por su hijo, abrió la puerta, alcanzo a ver al zorro, se abalanzó sobre él y lo mató.
El león nunca supo que pasó con la escuela, pues jamás volvió a reunir a los animales. Y en cuanto a la lora, se sabe que todavía grita de miedo cuando ve a un zorro.

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¡Ah demonio de ofidio!

L. lecturas Alvaro Marin. 5to. año.


Una mañana al recorrer el potrero, empezó don Ambrosio su historia, encontré mi mejor vaca muerta. Quise explicarme la causa, pero no la encontré. ¿Rayo? ¿Enferemedad fulminante? ¿Malas artes de algún vecino perverso? todas las deseche por absurdas.


__ Y de ahí en adelante, casi a diario otro animal muerto. Quince días después, de veinticinco reses sólo me quedaban trece. Mi pequeño hato iba camino de extinguirse. Alguien me dijo:


__Mire Ambrosio, su caso no es nuevo. En esta región una sola víbora ha matado a más de cuarenta reses. Entre los matorrales de su finca debe haber una y, o usted da con ella y la mata o en poco tiempo de su ganado no quedará sino el recuerdo.


__Confundido e indeciso, resolví  consultar con un campesino legítimo; yo por aquella época, no era más que un pobre aficionado, metido a ganadero por fuerza de las circunstancias.


__No lo dude, me dijo él. Desde la primera hasta la última, a todas las ha venido matando la culebra. Y acabará con el resto si usted no hace algo pronto; y le sobrará veneno. Debe ser una taya; ah¡ demonio de ofidio: donde clava sus diminutos colmillos inyecta la muerte. No es muy grande, mas bien gruesa y espera, particularmente en la noche, con el mismo cálculo y malicia que un bandido. Como casi todas ellas, huye y se esconde al sentir la presencia del hombre, pero si logra hacer la primera víctima en un determinado sitio, ahí vuelve, a la misma hora, para continuar atacando.


__Debo confesar, continuó don Ambrosio, que cuanto acababa de oír era nuevo para mí. En la ciudad donde nací, y fuí a la escuela, las únicas serpientes que había visto eran las de los libros y por cierto que me horrorizaban tánto que frecuentemente me despertaba en la noche gritando porque me parecía percibir su alargado, frío y blando cuerpo junto a mí. Y ahora, ¿cómo acabar con tan terrible y traicionero enemigo?. Esa fue la pregunta que le hice al viejo campesino.


__No es difícil matarla, me respondió él, si usted no se deja llevar de la impaciencia y obra como debe ser, es decir, emplea la astucia y el engaño, tal como ella lo hace, en vez de la fuerza. Pero antes que todo hay que determinar el lugar preciso donde aparecen las muertas las reses.

__Lo sé, contesté yo. Cerca del bebedero, a donde el ganado va en busca de agua.


__Magnífico dato exclamó él. Tenga usted la seguridad de que ahí acecha la culebra. Puedo, inclusive darle una idea de cómo ocurren las cosas. Escúcheme con atención:


__Las vacas en busca de agua; alargan el cuello para beber y la culebra, que está lista, las muerde en la trompa. Como si lo viera! El veneno ahí es peor que en ninguna parte porque son tejidos blandos. Claro que si la picara en otro sitio también morirían. Mire usted que tamaño tiene una vaca y qué pequeña es una víbora y, sin embargo, no hay remedio: la mole cae a tierra agonizante.

 

__Y qué debo hacer? pregunte yo nerviosamente.

__Crin de caballo. amigo.

__¿Crin de caballo? repetí al instante. No entiendo.

__Si; es lo único aconsejable en estos casos. Cualquier otro procedimiento es inútil. Podría usted quemar íntegramente el potrero, hasta la última brizna, con la esperanza de librarse del bicho ese. Y no le daría resultado.

__Consígase una vasija de barro, un poco plana, llénela de leche fresca, corte pedacitos de crin de caballo, tan pequeños como le sea posible , y echéselos a la leche. Colóquela medio escondida, al atardecer, en el lugar donde usted piensa que la víbora muerde al ganado y espere a la mañana siguiente. A las culebras les gusta la leche y su olfato las lleva hasta el recipiente. Con el líquido, la taya ingiere también los trocitos de crin y pago uno contra ciento que al día siguiente usted la encontrará muerta, casi ahí mismo; o mucho me equivoco.

__Y cómo, o por qué causa ocurre la muerte de la culebra? pregunte yo, un tanto dudoso.

__Me imagine que se lo supondría, respondió él con cierta impaciencia. Es muy fácil la explicación: las partículas de crin le rompen los intestinos a la víbora y muere.

__Ah! sí. comente yo, disfrazando mi ignorancia. Y me despedí después de haberle expresado mis agradecimientos.

__Cuando al día siguiente llegué al potrero con la vasija de leche, sentía la misma confusa emoción, creo yo, del soldado que en una guerra recibe una bomba y la orden de volar un puente. Coloqué sigilosamente la mortífera trampa entre los matorrales, muy cerquita de donde le rastro de las vacas me indicaba el pozo en el cual se inclinaban a beber. Empezaba ya a oscurecer y aligeré el paso.

__Aquella noche no dormí. Madrugué a mirar los resultados. Ahí estaba la leche intacta. Trate de desesperarme pero me acordé que me habían recomendado tener paciencia. Sin embargo después de ocho días tampoco apareció la culebra muerta; en cambio perdí otro de mis animales. Terminé por pensar que mi amigo era un charlatán de pies a cabeza.

__Nuevos comentarios en torno a la misma cuestión, determinó que alguien me preguntara con cierta prevención:

__¿Y qué clase de vasija uso usted?

__¿Vasija? respondí yo; pues una de cobre; la primera que encontré.

__¡Absurdo! exclamó él. Es indispensable utilizar una de barro porque una culebra no se acerca a las metálicas. Así debió advertírselo nuestro amigo. Usted no siguió sus instrucciones tal como se las dieron.

__Creí que no tenía importancia, manifesté yo.

__Escuche replicó él, nosotros los campesinos poseemos fórmulas exactas, frutos de la experiencia de siglos y si se deja de cumplir algún requisito o detalle , no se logra el resultado que se busca. No lo olvide, si aspira permanecer entre gentes que viven en contacto con la naturaleza.

__Como estudiante a quien le califican con dos su tarea, empece al otro día a rehacer las cosas correctamente. Conseguí la vasija de barro aconsejada y, esa misma noche, exactamente pereció la culebra.

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Un enfermo. ¡Doctor!

«Vital Aza en L. Lectura Alvaro Marín»

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Un doctor muy afamado que jamás cazado había, salió una vez invitado a una alegre cacería.
Con cara muy lastimera confeso el hombre ser lego, diciendo: es la vez primera que cojo un arma de fuego.
Como mi impericia noto me vais a tener en vilo. y dijo el dueño del coto: __doctor, este usted tranquilo; __Guillermo, el guarda estará colocado junto a usted: él es práctico y sabrá indicarle……… Así lo haré, dijo el guarda, pues si de conejos se trata ya verá, usted, doctor, las cantidades que mata. __Siga en todo mi consejo ¿Que el animal se presenta? pues yo digo: ahí va el conejo y usted tira y lo revienta. __Bueno, bueno, siendo así,,… __Nada, nada, tema usted; quietecito junto a mi, chitón y avisaré.
Colocóse tembloroso el buen doctor a la espera, cuando un conejo precioso salió de la gazapera.
__Ahí va un conejo, le grita el guarda. No vacilar! y el doctor se precipita, y pum! disparó al azar.
Y es claro; como falló diez metros de puntería, el conejo se escapó; con más vida que tenía.
El guarda puso mal gesto y rascóse la cabeza. Hubo una pausa y en esto saltó de pronto otra pieza.
__Ahí va una liebre, doctor, tire usted pronto o se esconde! Y pum! el pobre señor disparó … Dios sabe adónde!
Gasto en salvas sin piedad, los menos diez tiros, diez. Sin que por casualidad acertara ni una vez,
Guillermo que no era un bruto, sino un guarda muy astuto, dijo para su capote: __este doctor es un zote, al revés como un cangrejo;  mas ya sé lo que he de hacer! y al ver pasar un conejo corriendo a todo correr,
__doctor, exclamó Guillermo con rabia mal reprimida; ¡ ahí va un enfermo! ¡Un enfermo! y, ¡pum! lo mató enseguida.

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Un curioso testamento

« en L. Lectura Alvaro Marín»

hand-325321_1280Cuando el envejecido don Justiniano Leal entró en la notaria,
los empleados y las gentes que en ese momento estaban ahí suspendieron sus gestiones y lo miraron de arriba a abajo, con gran curiosidad. Se sabía que era un hombre rico, solitario y un tanto excéntrico en su manera de pensar.

__Vengo a dictar mi testamento, dijo con voz fuerte con intenciones de ser oído por todos.

El notario lo miró, tomó un lápiz y calmadamente le respondió:

_Estoy para servirlo, señor Leal. Puede principiar cuando quiera.

__Advierto, replicó don Justiniano, que mis únicos herederos son cinco virtudes.

__¿Virtudes dice usted?, comentó el notario. Las virtudes no son personas y por lo tanto no pueden ser designadas como herederas.

__¡Ah, Y un perro, agregó don Justiniano, sin tomar en cuenta la observación del notario.

__Cinco virtudes y un perro.? exclamó el notario. Ahora entiendo menos, don Justiniano.

__Me explicaré mejor, señor notario. Yo sé que las virtudes no son personas y por lo tanto….

__Y por lo tanto no podrán figurar en su última voluntad señor Leal.

__Así es. ¿Pero si esas virtudes están encarnadas en personas?

__¡Ah! Eso es otra cosa don Justiniano. ¿Pero el perro?.

__A su tiempo se enterará mejor de lo del perro, si usted tiene paciencia de copiar con exactitud lo que le voy a dictar.

__Puede usted empezar, don Justiniano, Dícteme despacio y muy claro, por favor.

Y don Justiniano le dictó al notario el siguiente testamento.

__Yo, Justiniano Leal, comerciante retirado, habiendo cumplido con todos los requisitos legales que se necesitan para otorgar testamento y estando en pleno uso de mis facultades mentales, declaro que la totalidad de mi fortuna que consiste en la suma de un millón de pesos, depositados en los bancos de la ciudad, se distribuya entre las siguientes virtudes.

__Virtudes nó don Justiniano

__Insisto en que lo que trato de premiar son virtudes, manifestó impacientemente don Justiniano.

__Está bien. Puede continuar, replicó el notario.

__Decía que entre las siguientes virtudes, encarnadas en las personas que a continuación expreso

__Un cuarto de millón o sea la suma de doscientos cincuenta mil pesos, debe entregársele a la señorita Irene Rosillo porque cuando hace muchos años fuí detenido injustamente por la policía acusado de un delito que no había cometido, creyó en mi inocencia,, no me abandono y estuvo lista a presentarme cuantos servicios fueran necesarios. Me hizo conocer la bondad.

El notario levantó la cabeza un momento, le dió una rápida mirada a don Justiniano y volvió a agacharse.

__Deseo que el segundo cuarto de millón sea puesto en manos de Lisandro Martínez, albañil de profesión, porque la mañana de un domingo, en un parque, dónde él paseaba con sus hijos pequeños, me dió un síncope y el corrió a socorrerme, después de que le encargó sus niños a una señora; me condujo a una droguería cercana, pago de su bolsillo los remedios y luego me llevo en un taxi hasta mi casa: supe qué es la confraternidad.

__Le parece que voy bien señor notario? pregunto don Justiniano, después de un breve acceso de tos.

__No tengo ninguna objeción que hacer hasta ahora, señor Leal. Figuran en su testamento dos herederos la señorita Irene Rosillo y el señor Lisandro Martínez.

__Y dos virtudes señor notario: bondad y confraternidad.

__Muy bien, don Justiniano. Le ruego continuar.

__Debe entregársele igual suma, es decir, doscientos cincuenta mil pesos, a la señora María Carmen Garnica, propietaria de una fonda en la plaza de mercado, porque una vez que me acerqué a su modesto y popular establecimiento le pedí un caldo; ella me tomó por un mendigo y no me quiso cobrar, hecho que repitió siempre que, ocasionalmente, fuí hasta allá. Entendí qué es la caridad.

__El último cuarto de millón debe entregársele al señor Basilio Eduardo Torres, porque en mi última enfermedad, en el hospital, nos correspondió compartir el mismo cuarto y él olvidándose de sus propias dolencias, se levantaba a atenderme. Me dió una clara lección de lo que es la generosidad.

__Completamos así el millón, ¿no es verdad señor notario?

__Efectivamente señor Leal. Queda distribuido entre cuatro personas exactamente, pues cada una de ellas recibe doscientos cincuenta mil pesos.

__Entre cuatro virtudes, expresó con voz firme don Justino: bondad, confraternidad, caridad y generosidad. Y ahora, continuó, deseo completar mi testamento.

__Lo oigo con mucha atención, manifestó el notario.

En este momento don Justiniano asumió una dramática actitud, tratando de llamar aún más la atención de quienes ahí estaban.

__Por último, es mi voluntad que estas cuatro personas recojan y cuiden, por turnos, un perro sin dueño que diariamente recorre lis alrededores de la carnicería, cerca de mi casa, donde pueden, identificarlo por el nombre de 《chacho》. Me acompañaba en mis pasos de enfermo y por él conocí lo que es la verdadera amistad.

__Vuelvo a preguntar: ¿esta todo correcto señor notario?

__Creo que sí, don Justiniano, pues nada le impide legalmente disponer de su fortuna como le parezca. Mi obligación es guardar este documento en su respectivo sitio para que, llegado el momento, se proceda de acuerdo con sus deseos. Pero quería hacerle una pregunta y sus parientes?

__¿Parientes? No los tengo, Mis padre y hermanos murieron hace ya bastante tiempo!
Y dicho esto, solemne y satisfecho, don Justiniano se despidió del notario y se alejo.

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El hombre que se arrepintió de su invento


« en L. Lectura Alvaro Marín»

cartoon-145337_1280Destrucción, muerte, guerra! En alguna de estas cosas, o en todas pensamos cuando llega a nuestros oídos la palabra dinamita.
      Y es probable que al mencionarla o leerla no nos acordemos, ni aún sepamos, el nombre del químico genial que puso en manos de la humanidad el más terrible elemento de destrucción conocido, hasta antes de la actual era atómica.
Alfredo Nóbel, industrial sueco, fué el inventor de la dinamita cuando tenía treinta tres años de edad., en 1886.
      Nóbel odiaba la violencia en todas las formas. Decía que las únicas batallas que era preciso ganar debían ser contra la ignorancia y la miseria y las enfermedades. Y sin embargo, sin así quererlo, suministró a los hombres un elemento brutalmente destructivo.
      La pasión por los inventos y el deseo de llegar a ser un líder en el mundo de los negocios, impulsaron asidua y permanentemente a Nóbel al estudio de las ciencias experimentales. Era hijo de un hombre de reconocido mérito científico y había crecido al igual que sus hermanos, en ambiente de laboratorios, ensayando sustancias, muchas de ellas terriblemente peligrosas.
      Pero Nóbel no tuvo otro pensamiento, cuando afanosamente trataba de encontrar la fórmula de la dinamita, que descubrir algo que facilitara la construcción de ferrocarriles puentes, carreteras y grandes obras de ingeniería. Al mismo tiempo se aliviaría pensaba, la tarea de los obreros cuya vida se agotaba, al tratar de abrir brechas en las duras rocas. La pólvora servía a medias pues su fuerza expansiva resultaba débil. Es verdad que ya la familia Nóbel tenía la patente industrial de la nitroglicerina, pero su uso práctico era casi imposible, pues se aplicaba en forma líquida y estallaba al menor choque.
      En el curso de un experimento, su hermano menor Oscar y otras cuatro personad quedaron destrozadas. Y como resultado del espanto que le produjo una explosión, su padre quedó paralítico. Pero estas desgracias, que con seguridad hubieran desalentado a otro, no desanimaron al joven inventor sueco. Estaba él llamado a iniciar una nueva etapa en el desarrollo científico de la humanidad.
      Un día de 1886, Alfredo Nóbel notó, al entrar en su laboratorio, que un poco de nitroglicerina goteaba de un recipiente averiado y caía sobre una especie de greda espesa que había al pie. La greda absorbía la nitroglicerina y formaba una sustancia pastosa. Por el cerebro e Nóbel pasó como un rayo a idea de que esa podría ser la fórmula que él buscaba, es decir que la nitroglicerina fuera absorbida y retenida por otra sustancia para que, en esta forma, solamente estallara al recibir el fogonazo de un fulminante, Así su poder destructivo se aumentaría como jamás se había pensado, y se podría manejar sin peligro.
      Nóbel perfeccionó el experimento y lanzó al mercado el nuevo producto. Recibió el nombre de dinamita.
      Fundó poderosas fábricas y el dinero empezó a acumularse en sus manos en forma gigantesca. Se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo.
      Pero al darse cuenta que el producto comenzaba a utilizarse para destruir la propia humanidad, en espantosas batallas y de que los gobiernos seguían almacenando fabulosas cantidades con fines agresivos, la tristeza se apoderó de su espíritu. 《Yo debí morir en la cuna》exclamó un día, lleno de amargura. Y de ahí en adelante, melancólico y solitario, iba de país en país, en busca de repiso para su atormentado espíritu.
      Lo embargaba la idea de cómo, en que firma, podría reparar, siquiera en parte, el daño involuntario causado por él a la especie humana.
      Y al final de sus días creó una gran recompensa en dinero que se conoce con el nombre de “Premio Nóbel”, en favor del estadista o intelectual que en ese año haya luchado más por la paz. Quiso demostrar así, una vez más, su odio a la guerra. También estableció premios para los mejores trabajos en química, física, medicina y literatura.
      El nombre de Nóbel se repite todos los años, no tanto en relación con la dinamita sino asociado a las extraordinarias personalidades que afanosamente luchan por la paz, en todo el mundo.

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