4.1. Historia del primer calenda hijo de rey

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eñora, el Rey mi padre, tenía un hermano monarca de un Estado inmediato al nuestro, y padre de dos hijos, un Príncipe y una Princesa, siendo de advertir que el Príncipe y yo contábamos casi los mismos años de edad.

Concluidos mis estudios, iba todos los años a visitar al Rey, mi tío, con quien permanecía siempre uno o dos meses, viajes que dieron por resultado el fomentar el tierno cariño que nos profesábamos el Príncipe mi primo y yo.

La última vez que le vi me hizo las mayores demostraciones de afecto, y una noche, después de cenar, me dijo con cierto misterio:

__Es imposible que adivines en lo que me he ocupado desde tu anterior viaje.
__No puedo calcularlo __ respondí.
__Espérame aquí __añadió__, pues vengo enseguida.
Y, en efecto, volvió a poco rato con una magníficamente vestida, acerca de la cual no creí oportuno preguntar el nombre ni tampoco la calidad, para que el Príncipe no me tachase de indiscreto.
Obedecí con puntualidad, y apenas habíamos llegado al lugar referido apareció el Príncipe con un cántaro lleno de agua, trulla de albañil y un saco de yeso.
Quitó la losa del sepulcro vacío que ocupara el centro de la bóveda, y por la abertura apareció a nuestros ojos una
escalera en forma de espiral.
__Señora __dijo mi primo__, por aquí podemos ir al sitio de que os he hablado.
La dama se dirigió a la escalera, el Príncipe la siguió, y antes se volvió hacia mí para darme gracias por el favor que le había hecho.
¿Qué significa esto? __le pregunté asombrado.
__Ni una palabra te puedo decir__ me contestó__; vuelve a emprender el mismo camino por donde gas venido.
Y desapareció, dejándome en la mayor incertidumbre. Al da siguiente creí haber soñado, quise ver al Príncipe, pero me dijeron que desde la víspera no había vuelto a Palacio, y ya me persuadí de que la escena del sepulcro era, por desgracia, una realidad.
Fui cuatro días consecutivos al cementerio por si podía descubrir el sepulcro, y mis tentativas resultaron vanas. Afligidos y cansado de esperar al Rey mi tío, que estaba de caza, determiné regresar a los dominios de mi padre. Llegué a la capital y al entrar en Palacio vi. a la puerta muchos soldados que me rodearon en seguida.
Pregunté la causa de ello, y el oficial de guardia me contestó que el gran Visir había destronado a mi padre con el auxilio del ejército, y que yo, de orden del nuevo soberano, quedaba como prisionero.
Sin pérdida de tiempo fui conducido a presencia del pérfido usurpador, el cual me dió la infausta nueva de que mi querido padre no existía.
El rebelde Visir me odiaba de muerte desde que un día, en mis primeros años, ejercitándome en el tiro de la ballesta, a que era muy aficionado, apunté a un pájaro, pero erré el golpe y la flecha fue a parar a un ojo del Visir, que se quedó tuerto. Yo estaba en la azotea del palacio y él paseándose en la de su casa.

Grande fue mi aflicción al saber tal desgracia, pero a pesar de mi pena y del arrepentimiento que mostré, guardó siempre hacia mí un odio inextinguible que desahogó cruelmente al verse dueño del poder supremo. Furioso, se abalanzó a mi cuello, y me arrancó con sus propias manos el ojo derecho, y este es el origen de mi perfección.
Luego me hizo encerrar en una jaula y ordenó al verdugo que en un sitio apartado de la ciudad me dejase a merced de las aves de rapiña después de cortarme la cabeza. Durante el camino lloré y supliqué tanto, que el verdugo movido a compasión se abstuvo de ejecutar la bárbara sentencia., invitándome a salir del reino si quería salvar su vida y la mía. Le dí gracias por su generosidad y llegué con mil trabajos y contratiempos a la capital del Rey mi tío, quien se afligió sinceramente al verme en aquel estado y saber la muerte de su hermano. Después me refirió con tan vivos colores la pena que le desgarraba el corazón por ignorar la suerte del Príncipe su hijo, que no pude resistir, y olvidando mi juramento le referí todo lo que sabía de la aventura del sepulcro.
__Esa revelación me da alguna esperanza de encontrar al Príncipe mi hijo __. Supe que había mandado construir esa tumba, pero no el objeto de ella, y ya que te exigió el secreto iremos tú y yo reservadamente a hacer nuestras pesquisas sin que nadie las trasluzca. Además, hay para ella una razón importante que te diré a su tiempo.
Fuimos disfrazados a la bóveda, que me costo dificultad en encontrar y a pesar de que el Príncipe había tapiado la abertura con el agua y el yeso de que fue provisto aquél día, pudimos levantar la losa no sin grandes esfuerzos, Bajamos mi tío y yo cincuenta escalones al final de los cuales vimos una especie de antecámara mal iluminada, llena de humo espeso y de mal olor.
Desde allí pasamos a otra habitación espaciosa y sostenida por columnas, con una cisterna en el centro. Veíanse restos de provisiones de boca esparcidos por todos lados, y en el izquierdo un gran sofá sobre una alta gradería. Subió por ella el Rey, y reconoció al Príncipe su hijo y a una mujer a cierta distancia, pero cubiertos de quemaduras y casi carbonizados.
Lejos de entregarse a los accesos de dolor, el Rey escupió indignado al rostro de su hijo, y al ver el asombro pintado e n mi por aquella extraña conducta, me dijo:
__Ha sufrido el castigo que merecen sus maldades.
_Señor __le dije__, aunque tan triste hecho me ha conmovido hondamente, no puedo por menos de preguntaros qué delito cometió el Príncipe mi primo, para que habléis en esos términos ante su cadáver.
__Sobrino querido me contestó el Rey__, sabed que mi hijo, indigno de este nombre, amó a su hermana desde su niñez y ella le correspondió. Esta ternura aumentó de modo tal que con el correr de los años, que llegué a temer sus consecuencias. Traté, pues, de poner el remedio que creía más apropiado, y llamando aparte a mi hijo lo reprendí severamente y procuré hacerle ver el horror de la pasión que sentía y la vergüenza que haría recaer sobre la familia si persistían en sus criminales sentimientos. Asimismo advertí a mi hija que debía procurar alejarse cuanto pudiera de su hermano. Persuadido mi hijo de que su hermana seguía amándole como él a ella, so pretexto de construir una tumba, se preparó este asilo subterráneo, con la esperanza de hallar un día ocasión de robar el objeto de su amor culpable y conducirlo aquí.
Dicho este, el Rey prorrumpió en sollozos, y salimos de aquel lugar funesto.
Poco rato hacía que estábamos de vuelta en el Palacio, cuando percibimos un confuso ruido de trompetas, tambores, timbales y otros instrumentos guerreros.
Era que el mismo Visir que había depuesto a mi padre y usurpado su trino, venía a apoderarse también de mi tío, acompañado de numeroso ejército.
Como el Rey, mi tío sólo disponía de su guardia ordinaria, no pudo resistir a tantos enemigos.
Oprimido por el dolor y perseguido por la fortuna, recurrí a una estratagema, único medio de salvar mi vida: me hice afeitar la barba y las cejas, y, vestido de calenda, salí de la ciudad sin ser reconocido.
Finalmente, después de muchos meses de viaje, he llegado hoy a la puerta de esta ciudad, y habiéndome detenido al caer de la tarde para reponer mis fuerzas con un breve descanso, encontré a este calenda que esta a mi lado y nos saludamos mutuamente.
Al verle le dije que parecía extranjero como yo, y me contestó que no me había engañado.
En aquel momento llegó el otro calenda. Vinimos aquí y nos habéis tratado con tanta bondad, que no encuentro frases para significaros nuestra gratitud.

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