4.4. Historia de Zobeida

Comendador de los creyentes! La historia que voy a referir a Vuestra Majestad es de las más sorprendentes que existen. Las dos perras negras y yo somos hermanas de madre y padre, y os diré porque circunstancias viven hoy bajo forma tan extraña.

Las dos jóvenes que viven conmigo, y están aquí presentes, son hermanas mías también, pero de otra madre. La que tiene las cicatrices se llama Amina, la otra Sofía, y yo Zobeida. Luego que murió nuestro padre, dividimos por partes iguales la herencia; mis dos hermanas fueron a vivir con su madre, y nosotras tres nos quedamos en compañía de la nuestra, que al morir nos dejó mil cequíes a cada una. Las dos mayores, pues yo soy la menor, se casaron y me quedé sola

El marido de la primera se fue con ella a África y no tardó en morir casi en la miseria.

La viuda volvió a Bagdad y se refugió en mi casa; al verla yo en tan horrible estado, le abrí mis brazos y mi corazón, y así vivimos en tan buena inteligencia hasta que llegó mi segunda hermana en situación igual a la de la mayor, pues su difunto esposo la había dejado reducida a pedir limosna. Poco tiempo después me dijeron ambas que para no serme tan gravosas pensaban contraer segundas nupcias. Las disuadí con trabajo de tan absurdo plan, exponiéndoles las amarguras del primer matrimonio, y continuamos juntas como antes, y pasado un año fuí con ellas a Bassora con objeto de emprender un negocio comercial, y dándonos a la vela con un viento favorable salimos pronto al Golfo Pérsico. A los veinte días de navegación echamos el ancla frente a una gran ciudad de las Indias, y mi impaciencia desembarqué sola, dejando a bordo a mis hermanas. Vi a muchas personas sentadas y a otras de pie, pero todas de repugnante apariencia e inmóviles por completo. Me acerqué y noté con asombro que estaban petrificadas, de la misma manera que los hombres, las mujeres y los niños que encontraba por calles y plazas. En el centro de la ciudad vi un soberbio palacio que, va juzgar por su magnificencia, debía ser la residencia del soberano. Los patios, las antecámaras y los salones, todo estaba lleno de cortesanos, de oficiales y de servidores convertidos en estatuas de piedra, y, movida por la curiosidad, recorrí las habitaciones, incluso un espléndido gabinete en el que ví una dama adornada de joyas, con una corona de oro en la cabeza y recostada en un magnífico sofá. Pero lo que más me llamó la atención fue la sala del trono, dispuesta con un lujo imponderable. En el sitio del trono distinguí un gran lecho rodeado de una luz vivísima producida por dos candelabros de oro puestos a la cabecera y por uno pequeño formado de un solo diamante, el más puro y hermoso que quizás haya en el mundo. Extraviada y sin saber por dónde salir de aquel laberinto, resolví pasar allí la noche, no sin ciertas dudas y temores.

Alas doce en punto oí a un hombre leer el Alcorán, como se lee en nuestros templos, y gozosa por encontrar, al fin a un ser viviente en medio de tanta soledad y tristeza, fuí hasta el sitio de donde partía la voz , y vi en una especie de oratorio a un joven de buen aspecto que, sentado sobre un tapiz, recitaba los versículos del gran libro. Como las puerta estaba entornada, la acabé de abrir y desde el umbral hice esta oración: 《Gracias sean dadas a Dios que nos ha favorecido con tal feliz navegación. Plegue a El protegernos hasta que lleguemos a nuestro país. Escuchad, Señor, escuchad mi plegaria》. El joven al verme entrar en el oratorio, me dijo con dulzura:

__Os ruego señora, que me digáis quien sois y la causa que os ha traído a esta ciudad, donde reinan la desolación y el espanto. En recompensa os contaré quien soy y por qué están petrificados todos los seres que me rodean.

Hízome sentar a su lado, y antes de que comenzase su discurso no pude por menos que decirle.:

__Hablad, os lo ruego; explicadme por qué sois vos el único que conserva la vida en medio de tantas personas muertas de un modo tan inaudito. el Príncipe me relato la historia del reino petrificado.

Descansaba de mis fatigas al amanecer bajo la sombra de un árbol, cuando vi una enorme serpiente alada que se dirigía hacia mi sacando una lengua semejante a la hoja del más puntiagudo puñal. La serpiente iba seguida de otra más grande que hacia esfuerzos sobrenaturales para devorarla por la cola. En vez de huir, tuve el valor suficiente para arrojar una piedra a la serpiente mayor, y le aplasté en el acto la cabeza. La otra al verse libre, echó a volar, y yo dormí tranquilamente, viéndome fuera de peligro.

Juzgad cuál sería mi sorpresa cuando al despertar encontré a un lado a una mujer negra con dos perras del mismo color.

__Yo soy  __me dijo__ la serpiente a la que acabáis de libertar de su más cruel enemigo, y en recompensa os traigo convertida en perras a vuestras traidoras hermanas, con la condición de que todas las noches habéis de dar a cada una cien latigazos para castigarlas por su infame conducta. Si faltáis a esta condición. vos misma seréis convertida en perra y sufriréis grandes martirios.

Ofrecí cumplir lo que me imponía aquella mujer, que eras un hada, y en el acto nos trasladó a nuestra casa en Bagdad.

Desde entonces trato a mis hermanas de la manera que habéis visto, y les manifiesto con mi llanto la pena que me causa el obedecer la orden cruel de que antes os he hablado. Esta es mi historia. regresar a la ha. de los tres calenda y las 5 damas de bagdag        volver a índice

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