3.2. Historia del joven Rey de las Islas Negras

image002 i padre, llamado Mahmud, era Rey de estos Estados de las Islas Negras, nombre que se deriva de las cuatro montañas o colinas inmediatas que antes eran islas, hallándose situada la capital en el sitio que ocupa hoy el estanque que habéis visto. La historia de mi vida os instruirá de los cambio ocurridos.
A la edad de 70 años murió el Rey, mi padre, y apenas le subsistí en el trono me case con una Princesa, prima mía, unión que
me hizo feliz muchos años. Pero poco a poco se transformó su carácter, convirtiéndose en una furia que quiso rebelarse contra mi doble autoridad de rey y de esposo.
Una noche que ella estaba en el baño experimenté deseos de dormir y me tendí en el diván. Dos de sus mujeres, que se hallaban en mi aposento, sentarónse una a la cabecera y la otra a los pies de mi lecho, provistas de abanicos. Creyendo que estaba dormido, hablaban en voz baja entre ellas, pero yo no perdía palabra de la conversación.
__¿No es cierto __decía una de ellas__ que hace muy mal a la Reina en no querer como debiera a un Príncipe tan amable como es éste?
__Ciertamente, y no se por qué sale la Reina todas las noches, dejándolo solo, sin que él lo eche de ver.
__¿Cómo quieres que lo note si cada noche le suministra un brebaje de hierbas que le hace dormir profundamente, sin que pueda despertarse hasta que ella vuelve y le acerca a su nariz un frasco de esencias?
Imaginaos, señor, la impresión Que me producirían estas palabras; sin embargo, hice un esfuerzo para dominarme, y fingí que me despertaba sin oír aquella horrible revelación.
La Reina volvió del baño, y antes de acostarnos me presentó ella misma la taza de agua que yo acostumbraba beber; pero en vez de llevármela a la boca, me acerqué a la ventana, que estaba abierta, y la vertí disimuladamente en el jardín, devolviéndole la taza para no hacerla entrar en sospechas.
Nos acostamos acto seguido, y suponiendo que yo dormía levantase ella y dijo en voz alta:
__¡Duerme, y ojalá no te despertaras jamás!
Se vistió apresuradamente y salió del aposento.
Apenas se hubo marchado, salté del lecho, me vestí en un abrir y cerrar de ojos, tome mi alfanje y la seguí tan cerca que oía el rumor de sus pasos.
Pasó mi esposa a través de muchas puertas, que se abrían por si solas en virtud de ciertas palabras mágicas que ella pronunciaba, y entro en el jardín.
Yo me oculté tras de la última puerta para que no me descubriese.
Escuché atentamente. He aquí lo que pude oír:
__No merezco __decía la Reina a su compañero__ que me recriminéis por mi tardanza; ya sabéis a que obedece.
Entretanto habían llegado al final de una alameda y entraron en otra, seguidos de cerca por mi. No pudiendo contenerme más, desenvaine mi alfanje y herí en el cuello al amante de mi esposa, que cayó al suelo.
Suponiendo que le había matado, huí precipitadamente sin darme a conocer a la Reina, a la que no maté también por ser pariente mía.
La herida que causé a su amante era mortal, pero ella le salvo por medio de un encantamiento, de suerte que se puede decir de él que no esta viví ni muerto.
Mientras corría yo por el jardín, oí los gritos que lanzaba la Reina, y creyendo que eran de dolor me alegre de haberla dejado con vida.
Volví a la alcoba, me acosté satisfecho por haber castigado debidamente a mi temerario rival, no tardé en dormirme.
Al despertarme por la mañana ví a la Reina acostada en mi lecho.
Me levanté sin hacer ruido, pasé al aposento contiguo para acabar de vestirme, luego asistí, al Consejo y, terminado éste, me dirigí a las habitaciones de la Reina, la cual salió a mi encuentro vestida de luto, con los cabellos sueltos y en parte cortados.
__Señor __me dijo__, vengo a suplicar a Vuestra Majestad que no se sorprenda de hallarme en este estado. He recibido al mismo tiempo tres noticias a cual más dolorosa.
__¿Qué noticias son ésas, señora? __ le pregunté.
__La muerte de la Reina, mi madre; la del Rey, mi padre, matado en el campo de batalla, y la de uno de mis hermanos, que se ha caído de un precipicio._
__Señora __repuse__, tomo parte muy viva en vuestro justo dolor.
Retiróse ella a sus aposentos, donde pasó todo un año llorando y entregada a su pena, y transcurrido este tiempo me pidió permiso para hacer construir un sepulcro en el palacio donde, según dijo, quería pasar el resto de sus días.
Yo la autoricé.
Cuando el mausoleo estuvo terminado, hizo trasladar allí a su amante, que aún vivía gracias a las bebidas que le hacía tomar.
Sin embargo todos los encantamientos fueron inútiles para entrar a aquel desdichado que, además de no poder caminar ni sostenerse en pie había perdido el uso de la palabra.
Un día fui al Palacio de las Lágrimas, llevado por la curiosidad de saber en qué se ocupaba la Reina, y, desde un sitio en que no podía ser visto, la oí hablar en estos términos con su amante:
__Hace tres años que no me has dicho una sola palabra ni correspondes a las pruebas de amor que te doy con mis lágrimas y mis frases de ternura. ¿Es acaso porque no me amas o porque me desprecias? ¡Oh tumba! ¿Habrás extinguido tú la ternura que por mí sentía? ¿Habrás cerrado tu los ojos que con tanta pasión me miraban y eran mi alegría? ¡Ah, no, no puedo creerlo! Di ,más bien porque has llegado a ser depositario del mayor tesoro de la tierra
Estas palabras, no dirigidas a un apuesto joven, sino a un negro horroroso, originario de este país, me indignaron de tal modo que no pudiendo contenerme, salí de m i atisbadero y, apostrofando a mi vez a la tumba, exclamé:
__¿Oh tumba! ¿Por qué no te tragas a este monstruo del que se espanta la naturaleza misma? O más bien ¿por qué no aniquilas al amante y a la manceba?
La Reina se levantó entonces hecha una furia.
__¡Ah cruel! __rugió__. ¡Tú eres el causante de mi dolor! No creas que lo ignoro; bastante he disimulado ya. Fue tu mano bárbara la que redujo a este horrible estado al objeto de mi amor, ¡y aún tienes la avilantez de de venir a insultar a la amante desesperada!
__Si, yo fui __la interrumpí ciego por la ira__; yo fui el que dí a este monstruo el castigo que se merecía, y hubiera debido hacer contigo lo mismo. Ahora me arrepiento de mi compasión excesiva, pues hace mucho tiempo que estás abusando de mi bondad.
Levante mi alfanje para matarla; pero ella, mirándome fijamente exclamó:
__¡En virtud de mi poder, convertido quedas en mitas hombre y mitad mármol negro!
Al mismo tiempo que la cruel hechicera me transformaba de esta suerte, destruía también, por arte de encantamiento la capital de mi reino, que era muy populosa y floreciente, y sobre sus ruinas formó ele estanque que habéis visto: Los peces de colores que en él visteis pertenecen a las cuatro clase de habitantes, de diferentes religiones, que formaban la población: los blancos representan a los musulmanes; los encarnados, a los persa, que adoran el fuego; los azules, a los cristianos, y los amarillos a los hebreos.
Las cuatro colinas eran cuatro islas que daban su nombre a este reino.
Esto lo supe por la hechicera, la cual para colmo de mi aflicción, vino a anunciarme los efectos de su cólera.
Pero no fue esto solo; no se contentó con metamorfosearme, sino que cada día viene a descargar cien vergajazos sobre mis espaldas desnudas, y cuando acaba el tormento me cubre con pelo de cabra y me pone encima esta túnica bordada para escarnecerme más aún recordándome mi pasada grandeza.
Al decir esto, el Rey de las Islas Negras prorrumpió en llanto. El Sultán lo consoló lo mejor que pudo, manifestándole que había imaginado un plan para vengarlo, cuya ejecución difería para el día siguiente.
Aprobó el Rey el proyecto; y como era ya noche muy avanzada, el Sultán se retiró.
Levántose éste muy de mañana para poner en obra sus designios, y ocultando sus vestidos en un lugar conveniente, se dirigió al Palacio de las Lágrimas, que halló iluminado con velas de cera blanca que despedían un delicioso olor.
Acercóse al lecho en que reposaba el negro, le mató con el alfanje que llevaba en la diestra y arrastrando el cuerpo hasta el patio, le arrojo en un pozo.
Acto continuo echóse en la cama que el ocupara, y ocultando el alfanje bajo las mantas, espero a la hechicera, que no tardo en llegar.
__¡Ah, mi sol, mi vida! __comenzó diciendo__, ¿Todavía guardas silencio? ¿Permites en tu propósito de dejarme morir sin el consuelo de oírte decir que me amas? ¡Alma mía, dime algo, aunque sólo sea una palabra, te lo suplico!
Entonces el Sultán, fingiendo despertar de un sueño profundo, dijo con voz opaca:
__Todo el poder reside en Alá que es omnipotente.
Al oír estas palabras la hechicera no se esperaba, exclamó.
Mi querido señor, ¿no me engaño? ¿Es cierto que me habéis hablado y que yo os he oído?
__¡Desgraciada! __repuso el Sultán__, ¿Eres acaso, digna de que yo te conteste?
__¿Qué os he hecho para que así me tratéis?
__Los gritos, los lamentos y los gemidos de tu marido, a quien maltratas tan cruelmente, me impiden conciliar el sueño de día y de noche. Mucho tiempo ha que estaría yo curado y habría recobrado el uso de la palabra, si hubieses roto su encantamiento. Ya sabes, pues la causa de mi silencio, de que tanto te quejas.
__Pues bien __repuso la hechicera__, para contentaros, estoy dispuesta a hacer todo lo que mandéis: ¿Queréis que le vuelva a su estado primitivo?
__Sí contestó el Sultán__;; así no turbará mi sueño. La hechicera salió enseguida del Palacio de las Lágrimas tomó una taza de agua y pronunció sobre ella ciertas palabras mágicas, después de lo cual fue al aposento donde se hallaba u esposo y la derramo sobre él.
El Príncipe se levantó entonces, tal como era antes de su encantamiento y, lleno de júbilo, se postro en tierra para dar gracias a Dios.
La hechicera volvió al Palacio de las Lágrimas, y en la creencia de que era el negro a quien hablaba exclamó:
__Amado mío, ya he hecho lo que deseabas. ¿Me negarías ahora el consuelo de que durante tanto tiempo me has tenido privada?
El Sultán replicó:
__Todavía falta algo para que me cure por completo: hasta ahora sólo he recobrado el habla y la seguridad de poder dormir. Ve, pues, a poner la ciudad en su prístino estado, y cuando vuelvas ,hecho esto, me darás la mano y, con tu ayuda, me levantaré enteramente sano.
Llena de esperanza, salió la hechicera. Cuando estuvo a la orilla del estanque, tomó un poco de agua en el hueco de la mano profirió las palabras mágicas, hizo una aspersión, y y al punto reapareció la ciudad en todo si esplendor, trocándose los peces en hombres, mujeres y niños ,mahometanos.
Apenas operado el cambio maravilloso, se apresuró la hechicera a ir al palacio a alcanzar el premio ofrecido.
__Acercaos __le dijo el Sultán.
La maga se acerco, en efecto.
__No es suficiente aún: acercaos más.
El Sultán entonces se levantó bruscamente de su asiento, y de un vigoroso sablazo le corto la cabeza antes que loa pérfida mujer tuviera tiempo de defenderse. El Sultán dejó allí el cadáver y fue en busca del Príncipe, a quien abrazándole, manifestó que nada tenía que temer porque su criminal esposa ya no existía.
__Podéis __añadió__ vivir tranquilo en vuestra capital, a menos que queráis venir a la mía que esta inmediata.
__¡Poderoso monarca __exclamó el Príncipe__, a quien soy deudor de tan inmensos beneficios! Vuestra capital no esta cerca como creéis; para llegar a ella se necesita un año entero de viaje, por más que vos hayáis venido hasta aquí en cuatro o cinco horas.
Desde que mi corte salió del desencanto, las cosas han cambiado mucho, lo cual no impedirá seguiros aunque sea hasta los confines de la tierra. Soís mi libertador, y con objeto de demostraros mi reconocimiento por toda la vida, os voy a acompañar, abandonando mi reino sin pesar alguno.
No comprendió el Sultán como podía hallarse tan lejos de sus Estados, pero dijo que lo largo y penoso del viaje estaba recompensado con ir en compañía del Príncipe.
__No tengo hijos __continuó__, os miro ya como tal, y desde ahora os nombro mi sucesor y heredero.
Comenzaron sobre la marcha los preparativos, que duraron tres semanas, al cabo de los cuales el Príncipe se puso en camino con gran pesar de sus vasallos, a quienes dio por Rey a un individuo de su familia.
El Sultán, y el Príncipe, su hijo adoptivo, iban seguidos de cien camellos bien armados y equipados con gran lujo. 
Fue muy feliz el viaje, y la ausencia del Sultán no produjo desórdenes ni accidentes en el Imperio. Por el contrario, sus súbditos salieron a recibirle en tropel y durante muchos días los festejos con que se celebró su llegada.
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