3. Historia de un pescador

image001rase un pescador viejísimo y tan pobre que apenas ganaba para mantener a su esposa y sus tres hijos.
Cierto día, después de haber echado sus redes inútilmente por dos veces, sintió gran placer al notar que, a la tercera, pesaba de tal modo la red que a duras penas podía tirar de ella hasta la orilla. ¡Pero cuál no sería su desencanto viendo que solo había pescado cascajo, piedras y el esqueleto de un asno!
Rezó, empero, una fervorosa plegaria, echó las redes por cuarta vez y, cuando las hubo sacado a la playa, observó, con sorpresa, que contenían una copa de bronce cuidadosamente cerrada y con un sello.
__Bueno se dijo__, la venderé al fundidor y con ese producto compraré una medida de trigo.
Tomó su cuchillo y tras no poco trabajo logró romper el sello y desatar la copa. La volvió boca abajo, pero no salió nada. Entonces se la acercó a los ojos y, mientras miraba atentamente a su fondo salió una columna de humo densísimo que se elevo hasta las nubes, y extendiéndose sobre el sobre el mar y las montañas formó un gran nubarrón.
Cuando todo el humo salió de la copa, apareció un Genio cuya estatura era dos o tres veces mayor que la de un gigante.
Al ver aquel monstruo, el pescador, horrorizado, quiso huir, pero el miedo le dejó como petrificado en la playa.
__¡Salomón! Gran Profeta de Dios __exclamó el Genio__, perdóname: jamás me opondré a tu voluntad, y tus órdenes Serán puntualmente obedecidas.
__¿Qué es lo que decís, espíritu soberbio? __replicó el pescador con extrañeza__. Hace más de mil ochocientos años que murió Salomón.
__Háblame con más cortesía, o te arranco la existencia repuso el Genio en tono de amenaza.
__¿Es decir que me mataréis en pago de haberos puesto en libertas? ¡Pues vaya una recompensa! ¡Pronto lo habéis olvidado.!.
__Eso no se opone a que mueras a mis manos, y la única gracia que te concedo es que elijas la clase de muerte que va a poner fin a tus días.
__Pero, ¿en qué he podido ofenderos? __Preguntó el infeliz pescador lleno de angustia?
__En nada, pero es forzoso que te trate así, y como prueba de ello escucha mi historia.
«Yo soy uno de esos espíritus malignos que se han rebelado contra la voluntad de Dios. Todos los genios, menos Sacar y yo, prestaron obediencia al gran profeta Salomón, y este rey, en venganza, me mandó aprisionar y conducir delante de su trono, como en efecto se verificó. A su intimidación expresa para que le jurase fidelidad, le respondí con una altanera negativa, y Salomón, en castigo, me encerró dentro de esa copas de cobre, cerrada y sellada por la mano del mismo monarca. Después fui arrojado al mar en mi estrecha cárcel: Durante el primer siglo de prisión juré hacer rico y feliz al hombre que me librase del tormento antes de transcurrir cien años. Pero nadie vino en mi auxilio. En el segundo siglo jure dar a mi libertador todos los tesoros de la tierra, y ninguno apareció. Al tercero, prometí convertir en rey al que me sacara de la copa y prolongar los días de su vida. Por último desesperado ya, el cuarto siglo de cautiverio juré matar al hombre que me devolviese la libertad y la luz del sol. Ese hombre has sido tú, y, por consiguiente, prepárate a morir, y dime cómo quieres que te mate. Debo cumplir mi juramento.
En vano le dijo el pescador que aquello era una injusticia que iba a pagar el bien con un crimen, y a dejar huérfanos a sus tres inocentes hijos; el Genio se mostró iracundo e inexorable.
La necesidad aguza el ingenio, y el pobre pescador se le ocurrió una ingeniosa estratagema.
__Ya que no puedo evitar la muerte __dijo__ , me someto a la voluntad de Dios, pero antes de morir quisiera que me dijeras la verdad sobre una duda que tengo.
__Pregunta lo que quieras, y despacha pronto __repuso el Genio.
__¿Es verdad que estabas dentro de esa copa?
__Si, lo juro.
__Pues no puedo creerte, porque es imposible que se encierre tu cuerpo en un sitio tan pequeño, que apenas es capaz de contener una de tus manos. No lo creeré sino viéndolo.
__Pues, para que te convenzas, lo vas a ver ahora mismo. Entonces se disolvió el cuerpo del Genio, que cambiando en humo, empezó a entrar poco a poco en la copa, hasta que no quedó fuera ni una sola partícula.
__Y bien ¿me creerás ahora incrédulo pescador? __exclamó la voz del Genio.
El pescador en vez de responder, se apresuro a cerrar la copa con la tapadera. Al verse encerrado nuevamente, el Genio se enfureció y se esforzó por salir de la copa; pero fue en vano porque se lo impedía el sello de Salomón, que el pescador había vuelto a ajustar. Recurrió entonces a las suplicas y a los ofrecimientos, asegurando que cuanto había dicho hasta entonces fue en chanza; mas el pescador lejos de ablandarse, replicó:
__Me guardaré muy mucho de dejarte salir, maldito Genio, que pagas con la muerte los beneficios que se te hacen. Voy a arrojar la copa al mar y a avisar a todos mis compañeros que no se vengan a echar sus redes en este sitio, y que si llegan a pescar algún día la copa, la vuelvan a arrojar en seguida, si no quieren morir. Y mientras la acabo de cerrar bien para que no puedas escaparte, voy a referirte la historia del Rey griego y de su médico Dubán , para que te sirva de enseñanza.


__Así murieron el Rey griego y el médico Dubán __ continuó el pescador dirigiéndose al Genio encerrado siempre en la copa__. Si el Rey hubiese perdonado la vida a Dubán, él mismo hubiese conservado la suya; pero desoyó sus ruegos y Dios le impuso su merecida pena. lo mismo ¡OH Genio! sucede contigo. Si tú antes re hubieses compadecido de mí concediéndome lo que te pedía, tendría lástima de ti; pero en recompensa e un beneficio quisiste matarme, y yo a mi vez debo ser inexorable. Voy, pues a vengarme arrojándote de nuevo al mar, a fin de que permanezcas aprisionado en la copa hasta la consumación de los siglos.
__Amigo mío __exclamó el Genio con voz dolorida__, te suplico que no me trates con tanta crueldad. Es mas noble desechar toda idea de venganza y pagar el mal con un bien. no hagas conmigo lo que Ioma hizo con Ateca.
¿Y que fue? respondió el pescador.
__Si deseas saberlo sácame de aquí, porque me es imposible hablar en tan estrecha cárcel. Haré todo lo que tú me ordenes cuando me vea libre.
__No, no __replicó el pescador__; he perdido la confianza en ti y voy a precipitarte en el fondo de los mares, de donde nunca debes salir.
__Por última vez __gritó el Genio__, no sólo te juro no hacerte daño alguno, sino que te  enseñare un medio infalible para que seas enormemente rico.
La dulce esperanza de salir de la pobreza decidió al fin al pescador a complacer al Genio, que al verse libre dió un puntapié a la copa haciéndola rodar hasta el mar. Asustado el pescador creyó que el Genio quería jugarle de nuevo una mala pasada, pero este último lo tranquilizó con una sonrisa, mandándole que tomase las redes y le siguiera, lo cual obedeció el pescador, no sin cierta desconfianza, natural después de lo que había sucedido.
Atravesaron la ciudad, llegando luego a lo alto de una gran montaña y enseguida a una llanura que les condujo a un estanque situado entre cuatro colinas.
Ya en la orilla, dijo el Genio al pescador:
__Echa las redes y coge pescado.
No era difícil, por cierto, toda vez que se veía una gran cantidad de peces en el estanque, pero lo que sorprendió mucho al pescador fue que los cuatro que había sacado eran de cuatro colores diferentes: blanco, encarnado, azul y amarillo.
__Llévale esos peces __dijo el Genio__ preséntalos al Sultán y éste te dará en cambio más dinero que el que puedes imaginarte.
Ven diariamente a pescar a este estanque, pero no eches las redes más que una sola vez cada día, pues de lo contrario te puede suceder alguna desgracia. Sigue con exactitud el consejo que te doy y serás feliz.
Al concluir de hablar, el Genio dió un golpe con el pie en el sitio en el que se hallaba, abrióse la tierra y desapareció en sus profundidades.
Al siguiente día fue el pescador muy gozoso al palacio del Sultán para presentarle los pescados, y el Príncipe, lleno de admiración y no dudando que serían tan gratos al paladar como hermosos a la vista, los mandó entregar a una cocinera muy hábil que le había enviado el emperador de los griegos. Luego dispuso que le diesen cuatrocientas monedas de oro al pescador, quien al verse tan rico, se entregó a los mayores transportes de alegría, creyendo al principio que la realidad no era más que un sueño de ambición y de ventura.
__Preciso es hablar ahora de la cocinera del Sultán__. Apenas limpió los pescados, comenzó a freírlos con aceite en una sartén, y al volverlos de un lado a otro para que saliesen dorados por igual, se abrió una pared de la cocina, presentándose una mujer joven de gran belleza y de alta y elegante estatura. Vestía un traje de raso con dibujo de flores a la moda egipcia, los pendientes, el collar y los brazaletes eran de oro, perlas y rubíes y llevaba en la mano una varita de mirto, con la cual, acercándose a la sartén, tocó a uno de los peces.
__Pescadito __dijo__, ¿cumples con tu obligación?
Nada respondió el pescado, y la dama repitió las mismas palabras. Entonces los cuatro peces levantaron juntos la cabeza y dijeron:
__Si, si, cumplimos; si cantáis, cantamos; si pagáis vuestras deudas pagamos las nuestras; si huís, vencemos y quedamos contentos.
La dama derramó el contenido de la sartén cuando los peces concluyeron de hablar, y desapareció por la abertura de la pared, que volvió a su primitivo estado.
Estupefacta la cocinera ante tantas maravillas, fue a dar vuelta a los peces que estaban sobre las brasas, y los halló negros como el carbón, de suerte que era imposible presentarlos al Sultán.
__¡Pobre de mi! __exclamó, consternada__. Cuando sepa mi augusto amo lo que ha sucedido, ¿cómo podré escapar a su cólera?
En aquel momento entró el Visir y preguntó si estaban preparados los peces.
Refirióle la cocinera lo que había ocurrido y, como es natural, el relato dejó asombrado al Visir.
__Es esto demasiado extraordinario para que pueda ocultárselo al Sultán __ dijo aquél.
Y, en efecto de la cocina se encaminó a los aposentos del soberano, a quien puso al corriente de todo cuanto había sucedido.
El Sultán mandó llamar al pescador, y cuando le tuvo delante le pregunto:
__Amigo mío, ¿podrías traerme otros cuatro peces, cada uno de distinto color?
Contestó el pescador que si su Majestad le concedía tres días de plazo, seguramente, podría complacerle.
Accedió el Sultán a lo que se le pedía, volvió el pescador al estanque y en cuanto tiró de la red halló otros cuatro peces de distintos colores.
Contento el Sultán, porque en realidad no esperaba que tan pronto satifacieran sus deseos, mandó que dieran otras cuatrocientas monedas de oro al pescador, cuando éste le hubo entregado los peces.
El Sultán hizo que le llevaran a su aposento los útiles necesarios para freír los peces,
Encerrado con el Visir, este ministro encendió el fuego, puso en éste una sartén, y cuando los peces estuvieron fritos de un lado volvió del otro.
Entonces se abrió la pared, pero en vez de la hermosa señora, apareció un negro.
Vestía éste a la usanza de los esclavos, era de estatura gigantesca, y llevaba en la mano un enorme garrote.
Se acercó a la sartén, y tocando con el palo a uno de los peces le preguntó con voz terrible:
__Pescadito ¿cumples con tu deber?
Los pescados respondieron, alzando la cabeza:
__Si, si cumplimos, si cantáis cantamos, si pagáis vuestras deudas, pagamos las nuestras, si huís vencemos y quedamos contentos.
El negro colosal derramó el contenido de la sartén y redujo a carbón los cuatro pescaditos, verificado lo cual desapareció de la misma manera que había venido.
__Esos pescados __dijo intranquilo el Sultán__ significan algún misterio y quiero aclararlo a toda costa.
Envió a buscar al pescador, a quien dirigió, apenas entró, las siguientes palabras:
__¿En que sitio has pescado los peces que trajiste al palacio?
__Señor __respondió el pescador__, en un estanque rodeado de cuatro colinas, próximo a la montaña que se ve desde aquí mismo.
¿Conocéis vos este estanque__.preguntó el Sultán al Visir.
__No, señor; no lo conozco ni he oído jamás hablar de él, a pesar de que hace sesenta años que voy de caza por esos parajes.
Dijo luego el pescador que desde el palacio al estanque había no había más que tres horas de camino, y como estaba muy distante la noche, mandó el Sultán que toda la Corte montase a caballo y le siguiera al estanque, sirviéndole el pescador de guía en la expedición.
Al bajar la montaña vieron con asombro los cortesanos una gran llanura, de la que hasta entonces no habían tenido noticias, y, pico después, el estanque tal como lo había descrito el pescador.
Las aguas de aquel estanque eran de tal limpidez y transparencia que parecían hermosos cristales, bajo los que corrían peces semejantes a los que había visto el Sultán.
Admirado éste de que ninguno de sus cortesanos supiese nada de la existencia del famoso estanque, determinó averiguar la razón del extraño color de los peces.
Así es que ordenó acampar y levantar tiendas a orillas del estanque.
Llegada la noche, retirase a su pabellón y habló en éstos términos, dirigiéndose a su Visir:
__Estoy sumamente preocupado e inquieto; ese estanque transportado a estos lugares, el negro que se apareció en mi aposento, los peces que hemos oído hablar, todo excita de tal modo mi curiosidad, que no puedo resistir el deseo de satisfacerla, Por lo tanto, he concebido un proyecto que estoy decidido a llevarlo a la práctica.
Yo me alejaré solo de este campo, y os recomiendo que no deis cuenta a nadie de mi ausencia; aquí, en mi pabellón, permaneceréis vos, y cuando por la mañana, vengan los emires, los despedís diciéndoles que estoy indispuesto. Lo mismo haréis los días sucesivos, hasta mi regreso.
El Sultán vistióse con un traje cómodo para viajar a pie, tomó su alfanje y abandonó el campamento, después de haberse asegurado de que todos dormían y de que, por consiguiente, no podía ser visto.
Camino por la llanura hasta la salida del sol, sin detenerse un momento, y a la luz de los primeros albores de la mañana distinguió un gran edificio donde esperaba saber algo de lo que iba a indagar.
Más cerca ya de dicho edificio, vió que era un magnífico palacio, o por mejor decir, una imponente fortaleza de mármol labrado y cubierto de una capa de acero fino, terso y reluciente como el cristal de los espejos.
Adelántose, y aunque la puerta estaba a medio cerrada el Sultán creyó de su deber llamar primeramente. Nadie acudió ni al primero, ni al segundo, ni al tercer golpe, y excitada aún más su curiosidad oír este raro silencio, se decidió al fin a penetrar en el edificio.
En el vestíbulo sólo respondió el eco de sus palabras, y pasó a un gran patio desierto, como todo lo que acababa de recorrer, y después de unos magníficos salones cuyas alfombras, muebles y colgaduras eran de riquísimas telas de seda de La Meca y de las India, bordadas de plata y oro.
Después entró el Sultán en otro departamento de más lujo todavía
En los cuatro extremos vio cuatro hermosos leones de oro macizo que arrojaban agua por la boca, agua que al caer se convertía en perlas y diamantes, juntándose con un surtidor situado en el centro del salón y que desde su taza de mármol se elevaba hasta la bóveda formada de primorosos arabescos.
Además, el alcázar estaba rodeado por tres ángulos de un vasto jardín lleno de bosques, fuentes, alamedas y florestas y por último, de una infinidad de pajarillos que daban al aire la cadencia y la armonía de sus cantos, sin poder abandonar aquellos lugares porque una gran red tendida por fuera de los árboles les impedía gozar de libertad completa.
El Sultán había caminado largo trecho cuando, de pronto, hirió sus oídos una voz plañidera seguida de varios gritos de angustia.
Escucho atentamente y escuchó estas tristes palabras:
《Fortuna que no has querido dejarme gozar tanto tiempo de una vida feliz y me haz hecho el más desgraciado de los hombres cesa de perseguirme y pon fin a mis tormentos con la muerte.
Conmovido el Sultán al oír esto, se levantó, dirigiéndose al lado de donde salía la voz, y vió a un joven ricamente vestido sobre un trono de pica altura. Tenía retratada la tristeza en su semblante y devolvió su saludo al Sultán con una inclinación de su cabeza.
__Señor __le dijo__, debería levantarme para recibiros como corresponde, pero hay una razón poderosa que me impide hacerlo.
__Señor __le contestó el Sultán__, os quedo agradecido por el buen concepto que os merezco. Atraído por vuestros lamentos, heme enterado de vuestros dolores y vengo a ofreceros mis servicios. Espero que no será una indiscreción que me contéis la historia de vuestras desventuras.
__¡Ah, señor! __respondió el joven__. ¿Cómo es posible que no me lamente y que mis ojos no sean dos fuentes de constantes lágrimas?
Diciendo esto se levantó su túnica, dejando ver que sólo era hombre desde la cabeza hasta la cintura y que el resto de su cuerpo era de mármol negro…
No es fácil imaginar el estupor del Sultán a la vista del deplorable estado del joven.
__¿Qué me habéis enseñado __exclamó__ que, a la vez de llenarme de horror, ha excitado mi curiosidad? Ardo en deseos de conocer vuestra historia, que sin duda será maravillosa y no ajena al estanque de los peces. Así, pues, os ruego que me la contéis.
No puedo negarme a complaceros __repuso el joven. y comenzó así:


Historia del joven rey de las islas negras
Refirió el Sultán a los cortesanos todo lo sucedido, dándoles parte de la adopción hecha a favor del Príncipe de la cuatro Islas Negras.
En cuanto al pescador, causa primitiva de la libertad y redención del Príncipe fue colmado, con su familia, de bienes y riquezas que le hicieron feliz durante el curso de su vida.

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