20.2. Historia del Príncipe Amed y el hada (parte 1/2)

El príncipe Amed, fue a la llanura, o sea el punto de partida, y registrándolo todos derecha e izquierda, tropezó con unos peñascos muy elevados en un paraje estéril y escabroso, a cuatro leguas del camino. Cerca de las peñas vio Amed una flecha, la reconoció y vio al punto que era la que él había tirado, pero no pudo comprender la razón de por que estaba a tan enorme distancia, y, en vez de clavada, tendida en el suelo..
Aquellos peñascos presentaban muchas excavaciones; el Príncipe entró en una de ellas, y advirtió una puerta. de hierro sin cerrojo aparente; empujó y vio una bajada suave y sin gradas, por la cual se fue internando con la flecha en la mano. Marchó al principio en tinieblas, pero luego se aclaró poco a poco la atmósfera, y vio Amed un magnifico palacio situado en una gran plaza, y una dama de notable hermosura y de majestuoso porte, que se adelantó hacia el pórtico seguida de brillante comitiva.
El Príncipe Amed aceleró el paso para presentarle sus respetos, y la dama le dijo antes de que el joven hablara:
¡Príncipe Amed, acercaos y sed bien venido!
Mucho fue el asombro del Príncipe al oír su nombro en un país del que nunca había oído hablar, aunque estuviese tan inmediato a la capital del reino de su padre.
Señora, respondió postrándose a los pies de la dama, os doy las gracias por vuestro recibimiento, y desearía saber por que causa conocéis mi nombre y mi clase. Príncipe, entremos en el palacio y allí satisfaré vuestra justa curiosidad.
El joven entró en un salón cuya asombrosa arquitectura, el oro y plata con que estaba adornada la cúpula y la riqueza inestimable de los muebles, le agradaron tanto, que no pudo por menos de manifestárselo a la dama.
Sin embargo, repuso ésta, el salón en que nos hallamos ahora es el departamento menos lujoso del palacio, como veréis cuando los hayáis examinado todos.
Tomaron asiento en un sofá., y la hermosa dama continuó de esta manera:
No extrañaréis, Príncipe, que yo conozca vuestro nombre luego que sepáis quién soy. El mundo está habitado por Genios y por hombres, como. sabéis, y yo soy hija de uno de esos Genios, y quizá el mas célebre y poderoso de todos, y me llamo Pari Banu. Estoy, pues, bien enterada acerca de vuestra familia, de vuestros amores y viaje, y yo fui quien puse a la venta en Samarcanda la manzana artificial que allí comprasteis, en Bisnagar la alfombra que adquirió Husán, y en Chiraz el canuto de marfil
comprado por Alí. Desde luego me parecisteis digno de suerte mas encumbrada que la de ser esposo de la princesa Nuruniar, y a ese efecto, hallándome presente en el momento en que disparasteis la flecha que tenéis en la mano, La cogí en el aire y la hice llegar hasta los peñascos para que vinieseis en busca de ella aquí, donde os espera la felicidad si queréis aprovecharla.
Amed, enajenado de gozo, besó la mano de Parí Banu, ofreciéndola su mano de esposo; aceptó el hada con júbilo, y las bodas se celebraron en el palacio aquella misma noche, en un salón cuyas paredes eran de mármol de diversos colores incrustado de perlas, esmeraldas y rubíes. Luego tuvo lugar el banquete servido en vajillas de oro y plata, y en seguida pasaron los esposos a otro departamento iluminado por mil bujías perfumadas con ámbar; allí, al compás de melódicos instrumentos, danzaron diversos grupos de hadas y de Genios en honor de los recién casados. Los festejos duraron muchos días, y al cabo de seis meses pidió el Príncipe permiso a Parí Banu para ir a ver al Sultán su padre, y el hada; creyendo que sería un pretexto, a fin de abandonarla, se afligió de tal modo, que el Príncipe se vio obligado a, renunciar por entonces a su proyecto.
Entretanto el Sultán, apesadumbrado primero con la resolución de Husán, su hijo mayor, y luego con la desaparición de Amed, envió correos y emisarios a todas partes para que buscasen al Príncipe; pero fueron inútiles sus esfuerzos, y Lleno de pesar mandó llamar a. una maga, por consejos del Visir, con objeto de interrogarla sobre la suerte de su hijo. La hechicera contestó que lo único que le constaba era que el Príncipe no había muerto, pero que no sabia el lugar de su residencia. El sultán de las Indias tuvo que contentarse con esta respuesta, que consoló a medias las angustias de su paternal corazón. El príncipe Amed, por su parte, habló tanto al hada del cariño que profesaba a su padre y del anhelo que por verle tenia, que Parí Banu le concedió al fin el permiso de ir a la Corte, jurándole antes que su ausencia no sería larga y que volvería cuanto antes. Además, le rogó que nada dijese al Sultán de su casamiento, contentándose con asegurarle que vivía dichoso y tranquilo. El Príncipe juró obedecerla, y montado en un caballo se puso en camino seguido de seis jinetes.
Poco tardó Amed en llegar a la capital de las Indias; el pueblo le recibió alborozado, y el Sultán derramó lágrimas de alegría al abrazar de nuevo al hijo a quien creía perdido para siempre. El Príncipe refirió a su buen padre la aventura de la flecha, su viaje para buscarla, y el encuentro de los peñascos, aunque, en cuanto a lo demás, le suplicó que le permitiera guardar silencio porque así lo había jurado, debiendo saber, sin embargo, que era dichoso y que vivía en medio de la comodidad y del lujo. Por último, aseguró al Sultán que iría a verle de vez en cuando; pero que no le hiciese preguntas acerca del misterio de su existencia. ¡Hijo mío! respondió el Sultán, no intento penetrar tu secreto, pero, te ruego que vengas con frecuencia a mi capital, ya. que tu hermano Husán ha abandonado el mundo, dejándome en la mayor soledad.
Amed no permaneció más que tres días en la Corte, y marchóse en seguida al palacio de Parí Banu, quien le recibió un mil demostraciones de alegría, y pasado un mes, ella fue la que le recordó el deber en que estaba de volver otra voz a visitar a su padre.
Estas visitas se verificaron de treinta en treinta días, y el príncipe se presentaba siempre con un traje de tal riqueza, que los visires del Sultán comenzaron a murmurar, y aun dijeron su señor que el príncipe Amed trataba de deslumbrar a los pueblos con su lujo para sublevarlos después contra el Sultán y apoderarse de la corona. El Sultán no dio crédito alguno a tamañas calumnias, y aun prohibió a los visires que hablasen mal de su hijo; pero interiormente no dejaron de hacerle impresión las pérfidas palabras de sus consejeros. Resuelto a averiguar el sitio en que Amed residía, llamó a la maga, y ofreciéndole una buena recompensa., le ordenó que en uno de sus viajes mensuales siguiese al Príncipe hasta el lugar en que se detuviese, llevándole en seguida la respuesta.
Hizo la maga lo que se le ordenaba; vio llegar al Príncipe a los peñascos, pero como éstos formaban una valla insuperable para las gentes de a pie o de a caballo, la maga juzgó, o que el Príncipe y los suyos entraban en el subterráneo, o en un sitio habitado por hadas y Genios. así es que entró en la quebradura, miró hacia todas partes, pero no le fue posible descubrir ni la entrada ni la puerta de hierro. Dio al momento noticia de sus gestiones al Sultán, pidiéndole tiempo y paciencia para proseguirlas hasta lograr lo que se deseaba. El Sultán regaló a la maga un anillo de gran valor y le recomendó que continuase sus diligencias sin tregua ni descanso.
Púsose la maga al acecho dos o tres días antes, de que Amed repitiese su visita de costumbre, con ánimo de ejecutar el plan que había concebido, y el Príncipe, que salió por la puerta de hierro, al ver a aquella mujer recostada contra los peñascos, con
aspecto miserable y quejándose como si estuviese atacada de una gran dolencia, se acercó a ella para preguntarle lo que le sucedía.
La astuta maga respondió, alzando apenas la cabeza y con la respiración entrecortada, que padecía de una fuerte calentura y que,
sorprendida en el campo por el mal, se hallaba próxima a morir, falta. de esperanza de socorro. El compasivo Amed le dirigió palabras de consuelo, mandó a los hombres de su séquito que subiesen a la mujer a la grupa de un caballo, y volvió a entrar por la puerta. de hierro a la gran plaza y al palacio donde vivía Pari Banu, a. quien le recomendó eficazmente que cuidase de la infeliz enferma. Parí Banu dispuso que trasladasen la maga a un aposento, asistiéndola con todo esmero, y cuando hubo desaparecido la mujer, se acercó al Príncipe y le dijo en voz baja: Alabo, esposo mío, vuestro caritativo rasgo, pero me parece que esa mujer no esta tan enferma como aparenta, y que se ha introducido en el palacio para vuestro daño. Mas, por mucho que maquinen y conspiren contra vos, yo os libraré siempre de los lazos que puedan tenderos.
El Príncipe dio las gracias al hada por sus buenos propósitos, y, sin preocuparse mucho por aquel incidente, prosiguió su interrumpido viaje.
Entretanto las mujeres encargadas por Pari Banu de cuidar a la maga, la llevaron a un aposento magnífico, prodigándola las más cariñosas atenciones, a fin de que se restableciese cuanto antes. Diéronle un específico muy bueno para la calentura, y la mujer, que ningún interés tenía ya en fingirse enferma, expuso a las dos horas que estaba completamente curada y que quería ver a Parí Banu a fin de manifestarle su profundo reconocimiento.
Las dos servidoras enseñaron a la maga todos los departamentos del palacio, y por último entraron en el salón de mármol, donde, sentada en un trono, la esperaba Parí Banu. Arrojóse la mujer a los pies del hada en señal de despedida, pero sin atreverse a pronunciar ni una sola palabra, y luego fue acompañada hasta la puerta de hierro por las servidoras, que la abrazaron, deseándole feliz viaje.
La maga dio algunos pasos y quiso volver atrás para reconocer la puerta, pero ésta se había hecho invisible y en vano la buscó con afán por todas partes. Volvió a la ciudad muy satisfecha del éxito de su expedición, y se encaminó a Palacio a ver al Sultán, a quien encontró solo; le refirió todo lo que había visto, sin ocultar ni el pormenor más insignificante; pintó con vivos colores la esplendidez y magnificencia del palacio, dijo que su juicio estaba habitado por Genios y hadas, y que serian grandes las desgracias que al Príncipe podían sobrevenirle de tan peligrosa compañía..
Recompensó el Sultán generosamente los servicios de la maga y le mandó que le siguiese al Consejo que iba a celebrar con los grandes visires. Enterados éstos del caso, opinaron que el príncipe fuese encerrado en perpetua prisión para que el hada no le infundiese el deseo de apoderarse de la corona de las Indias. la maga fue de distinto modo de pensar, creyendo inútil la prisión, puesto que los Genios sabrían sacar al Príncipe de ella, y el hecho recaería siempre en desdoro del Sultán, porque había mandado encarcelar a. un hijo sin prueba ninguna de su culpabilidad. así es que aconsejó únicamente que se sacase todo el partido posible del trato de Amed con las hadas, exigiendo al Príncipe cosas y empresas imposibles, con lo que el joven, que no podría realizarlas, se retiraría avergonzado a su palacio, sin cuidarse, ni mucho menos, de destronar al Sultán su padre.
Este y todos sus consejeros aprobaron el proyecto de la maga, y aquella misma noche el Sultán habló al Príncipe en estos términos:
A pesar de que me lo has ocultado, acabo de saber en lo que consiste tu felicidad, y apruebo el partido que has tomado de casarte con un hada tan rica y poderosa. Encumbrado a esa gloria, no sólo te pido que continúes viviendo conmigo en la misma armonía que hasta aquí, sino que emplees tu influjo con el hada para que me auxilio en mis apuros.. Hoy justamente voy a poner a prueba tu cariño. No ignoras el excesivo gasto que me produce el mantenimiento del ejército y sobre todo ponerle en campaña cuando se emprende una guerra. Desearía que consiguieses del hada una tienda de campaña que se pueda llevar en la mano, provista de todo lo necesario, y donde, sin gasto alguno, puede acampar mi ejército en tiempo de guerra. El asunto es difícil, pero no imposible, si se tiene en cuenta el poder de las hadas ir a   Historia del Príncipe Amed y el hada (parte 2)
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