20.1 El Viaje de los tres príncipes

El príncipe Husán, que tenia noticia de la grandeza y esplendor del reino de Bisnagar, se encaminó hacia el mar de las Indias, y al cabo de tres meses, con diferentes caravanas, ya por inmensos desiertos y áridos peñascos, ya atravesando países poblados y fértiles, llegó a Bisnagar, magnifica ciudad que da nombre al reino de que es capital, y por lo tanto residencia ordinaria de sus reyes. Detúvose Husán en un parador frecuentado por los mercaderes extranjeros, y luego se trasladó a uno de los cuatro barrios principales que rodean el castillo o alcázar de los soberanos, situado en el centro mismo de la ciudad.
Cuando el Príncipe visitó la parte de la capital en donde vivía, no daba crédito a sus ojos, lleno de asombro al ver aquellas magníficas tiendas y bazares, surtidos de las telas mas ricas del mundo, y las suntuosas joyerías, en cuyos escaparates brillaban el oro y la plata, los rubíes, las esmeraldas, las perlas, los zafiros y los diamantes. No había, indio ni india que no fuesen adornados de hermosas joyas, o sean collares y brazaletes en todo el cuerpo, lo cual daba una alta idea del lujo y de la opulencia del reino en general. También llamó mucho la atención del Príncipe el gran número de vendedores de rosas que circulaban por las calles, y comprendió que los indios eran muy aficionados a dicha flor, porque todos llevaban un ramillete en la mano o en la cabeza, y las tiendas estaban llenas de jarrones con rosas que perfumaban el aire con su delicioso aroma.
Fatigado Husan de recorrer las calles, entró a descansar en casa de un mercader, y estando sentado allí vio pasar a un corredor con una alfombra en el brazo, y por la cual pedía treinta bolsas, aunque sólo tenía unos seis pies cuadrados. El Príncipe llamó al corredor, y no comprendía el motivo de un precio tan exorbitante, siendo así que la alfombra no lo merecía, ni por su extensión, ni por su calidad.
Señor, dijo el corredor, tengo orden de no dar la alfombra por menos de cuarenta bolsas, cantidad que no es excesiva, y vos mismo lo confesaréis cuando sepáis que sentándose en esta alfombra se ve uno trasladado inmediatamente adonde quiera ir, colocándose en el paraje que haya ideado, sin que le detenga ningún género de obstáculos.
El príncipe Husan recordó que el principal motivo de su viaje era llevar al Sultán un objeto raro, del que no se hubiese oído hablar en las Indias, así es que resolvió comprar la preciosidad que tenia ante sus ojos.
Si la alfombra, -dijo al corredor, tuviese la virtud especial que le atribuyes, no sólo me parecería muy barata, sino que además de darle las cuarenta bolsas te haría un magnifico regalo.
Señor, replicó el hombre, estoy pronto a demostraros con la experiencia la verdad de mis palabras. Supongo que no tendréis ahí el dinero; vamos al parador donde vivís; en el patio nos sentaremos los dos sobre la alfombra, y si no nos subo en el acto mismo a vuestra habitación; será. nulo el contrato, y yo os daré en cambio las cuarenta bolsas.
El Príncipe aceptó la oferta, hizo el ajuste con dicha condición, fue al parador, sentóse en la alfombra con el corredor, e instantáneamente se vieron trasladados a la habitación que Husan ocupaba en el primer piso. Ya no necesitó de más pruebas para convencerse de la virtud de la alfombra, de modo que dio por ella, no sólo cuarenta bolsas, sino además veinte monedas de oro en concepto de gratificación.
Gozoso el Príncipe con ser dueño de tal preciosidad, se creyó esposo ya de Nuruniar, pues, según calculaba, era imposible que sus hermanos encontrasen prenda de igual valía. De buena gana se hubiera sentado en la alfombra para trasladarse al punto de la cita; pero reflexionó que tendría necesidad de esperar a los Príncipes mucho tiempo, y por tanto, determinó permanecer en Bisnagar algunos meses, a fin de estudiar las costumbres y el estado general del país.
Entre las particularidades dignas de atención, vio un templo de ídolos construido todo de bronce, y su particular magnificencia consistía en un ídolo de oro macizo del tamaño de un hombre, cuyos ojos eran dos rubíes trabajados con tal arte, que parecían naturales a cuantas personas los contemplaban. El Príncipe presenció también una fiesta solemne que se celebraba todos los años en Bisnagar, con asistencia de los altos funcionarios del reino; la reunión, compuesta de un sinnúmero de indios, tenía lugar en una inmensa Llanura, cuyo centro lo formaba una plaza cerrada por un lado con un soberbio edificio de nueve pisos,
sostenido por cuarenta columnas y destinado al Rey y a la Corte.
El interior estaba adornado de suntuosos muebles, y otros cuatro o cinco edificios pintados caprichosamente constituían los demás costados de la plaza. Los edificios giraban y mudaban de decoración cada hora.
A uno y otro lado de la plaza se veían escuadronados mil elefantes con espléndidos arneses, llevando cada uno una torre de madera dorada llena de músicos lujosamente vestidos. Lo que admiro al Príncipe fue ver al mayor de aquellos elefantes con las cuatro patas en el extremo de una viga clavada perpendicular mente y que sobresalía unos dos pies del suelo, llevando el compás con la trompa mientras los músicos tocaban los instrumentos.
Otro elefante, colocado en el extremo de otra viga, a diez pies de altura, y al que servía de contrapeso una piedra de colosal tamaño, se columpiaba en presencia del Rey y de la Corte, también al compás de los armoniosos instrumentos.
Satisfecho el Príncipe con lo que había visto, y preocupado siempre con el deseo de regresar a la capital del Rey su padre, tendió un día la; alfombra en la habitación, hizo que se sentase el oficial que le acompañaba, deseó verse en el punto de cita dado a sus hermanos y a los pocos minutos de marcha notó que, en efecto, había llegado.
Detúvose allí, y, sin darse a conocer sino como mercader, se decidió a aguardar a los Príncipes
Alí, el segundo hermano de Husán, que había ido a viajar por Persia, llegó por fin a Chiraz después de cuatro meses de camino en una caravana, haciéndose pasar por joyero. Así es que al entrar en la capital se hospedó en el parador con los mercaderes compañeros de expedición.
Al día siguiente, el príncipe Alí se vistió su mejor traje y empleó toda la mañana en recorrer los sitios principales de la población y el barrio del comercio, donde había. tiendas magníficas.
Entre los vendedores vio pasar a uno que llevaba en la mano un canuto de marfil de un pie de largo y de una pulgada de grueso por el que pedía treinta bolsas. El Príncipe creyó que aquel hombre se había vuelto loco y le llamó para preguntarle la causa del precio tan excesivo en comparación del que aparentaba el objeto que vendía.
Señor, dijo el vendedor, no sois el primero que ha creído que no estoy en mi juicio, pero no sucede así, porque treinta bolsas es poco todavía si se tiene en cuenta el mérito del canuto, en cuyos extremos hay un vidrio y mirando por ellos se Ve cuanto se quiera.
Examinó el Príncipe el canuto, púsose a mirar, y deseando ver a su padre el Sultán, le contempló en perfecta salud sentado en el trono y en medio de su corte; luego quiso ver a. la princesa Nuruniar y la miró en su tocador, rodeada de las doncellas. risueña y placentera.
El príncipe Alí no necesitó de mas pruebas para convencerse de que el canuto era. la prenda más preciosa que podía encontrar, no sólo en Chiraz, sino en todo el Universo, así es que se apresuro a dar al vendedor treinta bolsas de monedas de oro y diez mas en concepto de regalo.
Gozoso el príncipe Alí con el canuto y persuadido de que sus hermanos no habrían hallado un objeto tan precioso e inestimable, no pensó mas que en regresar a su país, creyéndose ya el protegido de la fortuna, y esposo, por consiguiente, de la princesa Nuruniar. Vio lo principal del país y volvió a las Indias con la primera caravana que se puso en marcha, encontrando a Husan que ya le aguardaba en el punto convenido.
El príncipe Amed había tomado el rumbo de Samarcanda, y apenas entró en la capital, se le presentó un hombre con una manzana artificial en la mano por la que pedía treinta y cinco bolsas. El Príncipe le preguntó de qué provenía el alto precio que fijaba a la mercancía, y el hombre le dijo entonces que no había enfermo, por grave que fuese, ni moribundo, a quien la manzana no devolviera instantáneamente la salud, para lo cual bastaba con hacerla olfatear a la persona paciente.
Es el fruto, añadió, del estudio y los desvelos de un filósofo célebre de esta ciudad, que se ha dedicado toda su vida al conocimiento de la virtud de las plantas y de los minerales, y, por fin, ha podido inventar este específico que ha hecho curas tan asombrosas. Murió el sabio, y su viuda, que gime hoy en el mayor desamparo con cinco hijos, se ha decidido, al fin, a vender la manzana para procurarse los socorros de que tanto necesita.
Mientras el hombre enteraba al Príncipe de las virtudes de la manzana, se agrupaban en tomo de ambos varias persona que confirmaron la verdad de las palabras del vendedor. Uno de los circunstantes dijo que tenía un amigo suyo enfermo de mucho peligro, y que era buena ocasión para que el príncipe Amed presenciara el experimento. Si éste salía bien, ofreció el joven dar cuarenta bolsas de oro por la manzana.
Tuvo feliz éxito la prueba, y Amed, después de hacerse dueño de la famosa manzana mediante la suma estipulada, se apresuró con suma impaciencia a regresara las Indias con la primera caravana.
Cuando llegó al punto de cita, ya le esperaban los príncipes Husan y Alí.
Abrazaronse los tres, encareciendo la dicha de volver a. verse en el mismo paraje, y el príncipe Husán tomó la palabra, como hermano mayor, y dijo:
Creo que tenemos tiempo de referir las particularidades de nuestros viajes; hablemos ahora de lo que interesa, y como no dudo que os habréis acordado del objeto de nuestra expedición, no nos ocultemos lo que cada cual haya traído, para juzgar de antemano a quién de los tres puede dar la preferencia el Sultán nuestro padre. Yo he adquirido en mi viaje a Bisnagar la alfombra sobre que estoy sentado; como veis, es sencilla y de poquísimo valor material, pero una vez puesto encima y deseando ser trasladado a un paraje, por remoto que sea, al instante se encuentra uno en él. Hice la experiencia antes de dar las cuarenta bolsas que me costó, y en ella he venido desde Bisnagar hasta aquí en pocos minutos, por lo cual creo que nada hay en el mundo que pueda compararse con mi alfombra.
Hermano mío, replicó Ali, preciso es confesar que la alfombra es una alhaja si tiene la virtud que tú aseguras, pero yo traigo un tubo de marfil, que también me ha costado cuarenta bolsas, y mirando por uno de sus extremos se ve el objeto que se apetece. Mira y dime si te engaño.
El príncipe Husán toma el tubo con intención de ver a la princesa Nuruniar, y sus hermanos, que tenían la vista fija en él, se quedaron atónitos al ver pintados en su semblante la desesperación y el desconsuelo.
Hermanos míos, exclamó Husan, es inútil de todo punto que hayamos emprendido tan penosos viajes para recibir en galardón la mano de nuestro hermosa prima, porque ésta, dentro de pocos instantes, habrá dejado de existir. Acabo de verla en su lecho rodeada de las doncellas que lloran, esperando de un momento a otro que expire. Tomad, ved vosotros, y unid después vuestras lágrimas a las mías.
Alí y Amed se convencieron de la verdad de lo que decía Husán, y éste les hizo presente que no había tiempo que perder para preservar a la Princesa de tan funesto trance. Entonces Amed sacó la manzana, y mostrándola a los Príncipes les dijo:
Esta manzana que aquí veis y que me costó cuarenta. bolsas, atesora la virtud de que oliéndola un enfermo, por grave que sea su estado, recobra al punto la salud, y no dudo de que la Princesa se pondrá buena si acudimos a auxiliarla con presteza.
Si es así, exclamó Husán, nuestra alfombra nos trasladará al momento a la habitación misma de la enferma. Vamos, pues, y no perdamos tiempo.
Sentáronse, en efecto, los tres Príncipes, y en dos o tres minutos se vieron en el Palacio del rey su padre, quien, como todos los cortesanos, se quedaron mudos de asombro ante aquel verdadero prodigio. El príncipe Amed, apenas entró en el aposento de Nuruniar, le puso la portentosa manzana junto a. la nariz, y la joven abrió los ojos de repente, se incorporó mirando a uno y otro lado y pidió sus vestidos, como si acabara de despertar de un sueño profundo. Los Príncipes, Amed especialmente, le manifestaron su júbilo por haberla salvado de la muerte, y se retiraron de la habitación. En seguida fueron al aposento de su padre a contarle lo sucedido y a presentarle los objetos de que eran portadores, es decir, la alfombra, el tubo y la manzana., ponderando las virtudes de cada uno de ellos.
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