20.2. Historia del Príncipe Amed y el hada (parte 2/2)

Confuso el príncipe Amed, no sólo al ver descubierto el secreto de su casamiento, si no ante la exigencia tan ardua del Sultán, le contestó en términos respetuosos, pero dudando de que Parí Banu pudiese complacerle. De vuelta al palacio de su esposa, conoció esta en el semblante del Príncipe la preocupación de su animo; le interrogó varias veces con cariñosas palabras, hasta que Amed le reveló el deseo del Sultán su padre. Pari Banu prorrumpió en una gran carcajada al ver que el Príncipe se afligía por cosa tan insignificante, puesto que otras empresas, aun mas arduas, eran sencillísimas para ella, y entregó a Amed una tienda de campaña que podía, no ya llevarse en la mano, sino ser escondida en el puño, y que además tenia la virtud de hacerse mas grande o mas pequeña, según la gente que debiera contener en el campo. El Príncipe, lleno de gozo, se apresuró a ir a la capital del Rey su
padre, quien quedó atónito el día de la experiencia, ante la prodigiosa tienda que le había llevado su hijo. Dióle gracias repetidas en presencia de la Corte y de los generales, y acto continuo, de acuerdo siempre con la maga, suplicó a Amed que le presentase un vaso de agua de la fuente de los Leones, situada en el palacio del hada, y cuyo liquido era un especifico para curar toda clase de fiebres y enfermedades.
Creyó Amed que su padre se contentaría con la exigencia de la tienda de campaña, y no muy contento dio la vuelta a su palacio, temeroso de que Pari Banu no pudiera acceder a sus deseos.
El hada, al saber la noticia, atribuyó a la maga, y con harto fundamento, el origen de las peticiones del Sultán, y dijo al Príncipe:
Quiero contentar a vuestro padre, aunque su exigencia de hoy os proporciona un grave peligro, porque la fuente de que se trata está en un alcázar guardado por cuatro fieros leones, de los cuales dos duermen mientras los otros vigilan, pero os diré los medios de que podáis escapar a la muerte. Tomad una botella, cuatro pedazos de carne y este ovillo, y mañana de madrugada, montado a caballo, saldréis por la puerta de hierro, arrojando el ovillo que se detendrá en la entrada misma del alcázar de la fuente; los dos leones que duermen se despertarán a los rugidos que los otros dos lancen al veros; pero no os intimidéis, echadles la carne sin apearos, y en seguida llenad a escape la botella. Los leones, ocupados en comer, os dejarán la salida expedita.
Así lo ejecutó puntualmente Amed, y ya salía sano y salvo del alcázar cuando vio que los leones iban a. su alcance. Metió espuelas al caballo y no cesó de correr, siempre con la botella en la mano, hasta la puerta del palacio de su padre, desde cuyo punto se volvieron atrás los leones, moviendo la cola y como demostrando que su intención había sido la de escoltar al Príncipe sin causarle daño alguno.
Amed presentó al Sultán el agua salutífera de la fuente y el soberano, que sabia bien los peligros a que se exponía el que se acercaba al patio del alcázar, le preguntó a su hijo por los medios de que se valió para conseguir el agua. Amed se los refirió y el Sultán, muy satisfecho en la apariencia, se retiró u. las habitaciones. interiores palacio e hizo llamar a la maga inmediatamente a fin de celebrar con ella una larga conferencia. El resultado de la entrevista fue que el Sultán dijo al Príncipe Amed al siguiente día:
Hijo mío; ya no me queda más que una petición que hacerte, como última prueba de tu obediencia y del infiujo sobre tu esposa. Deseo que me traigas un hombre que no tenga más que pie y medio de alto, con una barba de treinta pies de larga, que lleve sobre el hombro una barra de hierro de quinientas libras de peso, de la que se sirva como de bastón, y que sepa hablar.
El Príncipe, inconsolable con la nueva pretensión, que creía imposible de realizar, fue al palacio de Parí Banu, a quien dio cuenta de los deseos del Sultán.
No os aflijáis, Príncipe mío, exclamó la hermosa joven; había riesgo en ir a buscar el agua a la fuente de los Leones, pero no sucede lo mismo respecto al hombre que se pide. Este es mi hermano Chaibar, quien, muy lejos de parecérseme a mí, aunque somos hijos de un mismo padre, tiene una índole tan violenta, que hiere y mata a la persona que le ofende. Sin embargo, en el fondo es bondadoso y esta siempre dispuesto a servir a los demás
La barra, que, en efecto, pesa quinientas libras, es el armar de que se vale para hacerse respetar, y para que le conozcáis voy a llamarle al momento. Parí Banu mandó que le trajesen un braserillo de oro con fuego y una caja del mismo metal; sacó de ella un perfume, y al arrojarlo sobre el fuego se levantó una densa humareda, de la cual salió Chaibar, que no tenia mas que un pie y medio de altura.
Apareció con su barra de hierro, la barba muy espesa, el bigote poblado y retorcido hasta las orejas, los ojos hundidos, la cabeza de enorme tamaño y cubierta con un gorro puntiagudo. Además, era jorobado por delante y por detrás.
¿Quién es este hombre?, preguntó Chaibar mirando al Príncipe de un modo capaz de helar la sangre en las venas.
Mi esposo, respondió Parí Banu; se llama Amed y es hijo del sultán de las Indias; en nombre de mi marido, me he tomado la libertad de llamarte.
Hermana mía, replicó Chaibar con mas dulzura, si en algo puedo serle útil, no tiene más que hablar; basta que sea tu esposo para que yo me apresure a. complacerle.
El Sultán su padre, replicó Parí Banu, desea conocerte y quiero que le acompañes a la capital de las Indias.
Estoy dispuesto a seguirle, contestó Chaibar, a quien su hermana. refirió minuciosamente lo sucedido entre el Sultán y su hijo.
A la mañana siguiente se pusieron Amed y Chaibar en marcha, y al llegar a la capital, se aterrorizaron de tal modo los habitantes a la vista de Chaibar, que huían despavoridos, y los viajeros encontraron desiertas las plazas y las calles. Entraron en el palacio del Sultán, que estaba sentado en su trono, y Chaibar, con la cabeza erguida, sin esperar a que el soberano hablase, le dijo:
Has deseado verme, y ya estoy aquí. ¿Qué es lo que quieres?
El Sultán, en vez de responderle, se había cubierto el rostro con las manos, lleno de horror a la vista del monstruo, y ofendido Chaibar con aquel recibimiento tan ofensivo, levantó la barra de hierro diciéndole:
Habla, pues. Y se la descargó sobre la cabeza, dejándole muerto en el acto. Fue tan rápido el movimiento, que el Príncipe no pudo evitarlo, ni menos que el monstruo quitase la vida con su barra a la mayor parte de los cortesanos que allí había y que eran los enemigos más encarnizados del príncipe Amed. A cada golpe caía uno, y los pocos que se salvaron debieron su existencia. a la fuga.
Después de esta horrible ejecución, salió Chaibar al patio, siempre con la barra al hombro, y dijo al gran Visir, que acompañaba al Príncipe: Sé que hay aquí una maga que es la enemiga acérrima del príncipe Amed y deseo verla.
El gran Visir la envió a buscar; apareció la hechicera y Chaibar le dio muerte exclamando: ¡Aprende a fingirte enferma y a dar perniciosos consejos! dijo, y añadió: Esto no es bastante, sino que voy al punto destruir la ciudad y a hacer que perezcan todos sus habitantes si no reconocen al príncipe Amed por sultán de las Indias.
Los que oyeron estas amenazadoras palabras prorrumpieron al punto en gritos de ¡Viva el príncipe Amed e igual aclamación resonó al poco rato por toda la ciudad. Chaibar le hizo revestir del traje de Sultán; le instaló en el trono, obligando a todos a que le prestasen juramento de fidelidad; luego fue en busca de su hermana Parí Banu, la trajo con gran pompa y la dio también a conocer como sultana de las Indias.
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