19.2. Historia de Sidi Noman

No hablaré de mi nacimiento, continuó el joven, porque no es de elevada alcurnia, ni hay en él nada que merezca llamar la atención de nadie. En cuanto a bienes de fortuna, tenía lo suficiente para vivir con honradez e independencia. Busqué una mujer buena a quien dar la mano de esposo, pero Dios no quiso concedérmela; muy al contrario: al día siguiente de la boda comenzó a exasperar mi paciencia de un modo inconcebible.
La ceremonia de nuestro casamiento se celebró con un banquete, como de costumbre, y mi mujer, en lugar de servirse de la cuchara, como hace toda persona bien educada, sacó una especie de estuche, y de éste un instrumento parecido a un alfiler, con el que se puso a comer el arroz grano a grano.
Amina, le pregunté, ¿por qué comes así? ¿Es por economía o para contar los granos de arroz y consumir diariamente un mismo número?
A pesar de lo cariñoso y afable de mi acento y de mis maneras, Amina continuó comiendo del mismo modo, sin responder una sola palabra, y para mortificarme más, no quiso probar de otras viandas, sino un poco de pan hecho migajas, como si hubiera sido para gorriones. Creí que aquel día no tendría apetito y me marche, dejándola sola y sin decir nada del disgusto que me había causado su extraña conducta. Lo mismo sucedió en la cena, y en todas las comidas de los días siguientes y para mi era un arcano impenetrable el que Amina pudiese vivir con tan poco alimento. Disimulé sin embargo, hasta que el tiempo viniese a darme la clave del misterio. Por desgracia, no se hizo esperar.
Una noche en que mi esposa me creía profundamente dormido, se levantó muy despacio, y noté que se vestía con tiento para no hacer el menor ruido. Acabo de vestirse y salió del cuarto, mientras yo fingía el sueño con objeto de observar mejor.
Apenas hubo marchado, salté del lecho, me aproximé a una ventana que daba al patio y vi a Amina que salía a la calle por una puerta excusada. Corrí tras ella, y a la claridad de la luna y la seguí hasta que entró en un cementerio que estaba cerca de casa; subí a la tapia, que era bastante baja, y vi a mi mujer en compañía de una bruja de repugnante figura, de ésas que van por la noche al campo santo a alimentarse con los cadáveres que desentierran.
Apenas daba yo crédito al horrible espectáculo que tenia delante de mis ojos. Desenterraron ambas un muerto que había sido sepultado aquella misma tarde; la bruja le arrancó grandes pedazos de carne con sus tremendas uñas, y las dos mujeres comieron juntas y sentadas al borde de la huesa. No pude entender ninguna de las palabras que pronunciaron, porque estaba muy lejos de ellas; y acabado el asqueroso banquete, echaron en la fosa los restos del cadáver, cubriéndole de tierra. Yo salté del muro, volví a casa con precipitación y me acosté fingiendo que dormía. Amina entró después y se dispuso también a dormir, muy satisfecha al creer que no me había dado cuenta de nada.
Lleno de terror al recuerdo de lo que vi en el cementerio, no pude conciliar el sueño en toda la noche, y apenas despuntó la luz del alba, me vestí y fui a la mezquita a rezar las oraciones de la mañana. Luego pasee por los alrededores de la ciudad, reflexionando acerca del partido que debería tomar, y volví a mi casa resuelto a emplear el agrado y no la violencia para retraer a mi esposa de su malvada costumbre. Sentámonos a la mesa y mi mujer repitió la operación de comer el arroz grano a grano.
Amina, le dije con el comedimiento posible, ya sabes desde el primer día de nuestra boda, el disgusto que me causa verte comer de esa manera y sin embargo insistes en apesadumbrarme Hasta aquí he guardado silencio por evitar discordias, y hoy te ruego me digas si la comida que nos dan no es mejor que la carne de muerto.
Al oír estas palabras, conoció Amina que estaba descubierta y se encolerizó de un modo imposible de definir. Sus ojos parecían dos carbones encendidos, de sus venas hinchadas brotaba sangre y de la boca le salían espumarajos de rabia y de cólera.
Asustado con aquellos síntomas; me quedé inmóvil y mudo de espanto, y Amina, en su arrebato, se apoderó de un vaso de agua, mojó en él los dedos y, pronunciando palabras ininteligibles, me roció el rostro, diciéndome con furia
¡Infame! Recibe el castigo de tu curiosidad y conviértete ahora mismo en perro. Y en perro quedé transformado instantáneamente.
En seguida cogió un palo y me maltrato con tanta, crueldad que no sé cómo no quedé muerto en el acto bajo tan feroces y repetidos golpes. Me persiguió por toda la casa, y al fin pude salir a la calle dando aullidos de dolor, lo cual contribuyó a que muchos perros me siguieran dándome terribles dentelladas mientras yo corría a escape. Me refugié en la tienda de un carnicero que me defendió de mis perseguidores, y mi primer cuidado fue meterme en un rinconcito de la casa, donde no halle, sin embargo, el asilo que en un principio me había figurado, porque el carnicero, a la mañana siguiente, se opuso a que yo entrase en la tienda. Me dirigí a la de un panadero vecino, y éste, que estaba almorzando, me. acogió muy bien, me hizo repetidas caricias y me arrojó dos hermosos pedazos de pan; y así es que desde entonces quedé instalado en casa de mi nuevo amo, a quien demostré fidelidad y cariño. Le acompañaba siempre a todas partes, dando gritos y saltos de alegría, y el panadero me puso por nombre Colorado. Un día fue a la tienda una mujer a comprar pan, y entre las monedas que dio había una falsa. Echóla de ver mi amo, y se
la devolvió pidiéndole otra, pero la mujer insistió en que era buena, y el panadero entonces dijo:
La moneda es tan falsa que estoy seguro de que mi perro, que es un animal irracional, la va a conocer al punto. Ven acá, Colorado.
Al oír voz, salte sobre el mostrador; el panadero extendió las monedas. delante de mi, las miré todas, y en seguida puse la pata encima de la falsa mostrándola a mi amo, que se quedo absorto, ya que sólo había apelado a mi discernimiento para probar lo convencido que estaba de que la moneda era mala
La mujer no supo qué contestar y se retiró confusa y avergonzada. La noticia de mi habilidad cundió por el barrio y por todo el pueblo, que, mañana y tarde, acudía en tropel a presentarme monedas buenas y falsas para que yo las separase con la pata, y llegué a convertirme en un tesoro en casa de mi amo, quien no podía dar abasto a los compradores, que con pretexto de verme iban a comprar pan a la tienda.
Algunos quisieron robarme, y el panadero tuvo que guardarme con mil precauciones para que los criminales no lograsen su intento.
Cierto día fue a la tienda una mujer a comprar pan; yo estaba echado en el mostrador, como de costumbre, y la recién llegada puso delante de mi seis piezas de plata, entre las que había una falsa. Al instante la separe, y la mujer, mirándome fijamente, me dijo que, en efecto, no me había engañado. Continuó largo rato contemplándome, pagó el pan, y al retirarse me hizo una seña de que la siguiese sin que mi amo lo notara. Pensando yo siempre en los medios de librarme de una transformación tan extraña, creí que aquella mujer habría maliciado algo de mi desventura, y no me engañaba; así es que salté del mostrador, mientras el panadero limpiaba el horno, y seguí a la desconocida, que se mostró muy contenta y satisfecha.
Después de cruzar por varias calles, Llegamos a su casa, y me dijo:
Entra y no te arrepentirás de haber venido conmigo.
En seguida cerró la puerta y me condujo a su cuarto, en donde vi a una joven de extraordinaria belleza, que estaba bordando.
Era la hija de aquella mujer, diestrísima en el arte mágico, según
tuve ocasión de conocer muy pronto.
Hija mía, dijo la madre, aquí te traigo al célebre perro del panadero que tan bien conoce la moneda falsa. Siempre creí que seria un hombre transformado en perro, y hoy le he hecho venir para que me digas si son ciertas mis conjeturas.
No os habéis engañado, madre mía, respondió la joven, y ahora mismo voy a probároslo. Si has nacido perro, añadió rociándome la cara con agua, quédate como estás, pero si, naciste hombre, recobra tu forma natural por la virtud de esta agua.
En el acto mismo quedó deshecho el encanto y recobré mi primitiva hechura, arrojándome en acción de gracias a los pies de mi libertadora, a quien referí mi desgraciada historia.
Sidi Noman, me dijo la joven cuando ya hube acabado, no hablemos del favor que me debéis, porque en hacer el bien está cifrada mi felicidad y mi recompensa. Hablemos, sí, de Amina, a quien conocí mucho antes de vuestro casamiento con ella, pues es maga como yo, y ambas tuvimos la misma maestra.
Quiero concluir la obra empezada y que Amina sufra el castigo que merece. Tomad esta botella, añadió presentándome una, Amina no estará en vuestra casa, pero esperadla, porque no tardará en volver. Luego que llegue a la puerta, bajad al patio y poneos delante de ella. Asombrada al veros, volverá la espalda para huir, y entonces arrojadle esta agua, diciendo: Recibe el castigo de tu perfidia. Ya veréis el efecto que produce.
Con estas instrucciones, y no sin dar nuevas gracias a la madre y a la hija, me dirigí a mi casa, y todo sucedió como la maga lo había predicho. Mi mujer, apenas sintió el agua sobre el cuerpo, dio un horrible alarido y quedó transformada en yegua, que es la que ayer vio Vuestra Majestad. La cogí por la crin, y a pesar de su resistencia la llevé a la cuadra, dándole latigazos hasta que me faltaron las fuerzas, pero con ánimo de renovar diariamente
el castigo. Volver a Aventuras del Califa Haroun-al-Raschid 
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