19.3. Historia de Cojía Hassan

Señor, dijo, para la mejor inteligencia de los hechos que voy a tener la honra de referir a Vuestra Majestad, debo hablar ante todo de los íntimos amigos que viven en esta misma ciudad de Bagdad, llamados el uno Saadí y el otro Saad. El primero, que es riquísimo, cree que la única felicidad consiste en poseer grandes riquezas, mientras el segundo las considera necesarias a la materialidad de la vida únicamente, y sostiene que la dicha del hombre se cifra en la práctica de las virtudes y el ejercicio constante del bien.
Disputaban ambos un día sobre si un pobre podía o-no prosperar y hacerse opulento, y Saadí, en el calor de la contienda, dijo que, en apoyo de su opinión particular, estaba dispuesto a dar a un artesano cualquiera cierta cantidad de su bolsillo, en la firme inteligencia de que, a pesar del donativo, el artesano moriría pobre y miserable como había nacido. Pasaban a la sazón por delante de mi tienda, me vieron trabajar afanosamente, y Saad dijo a su amigo que era llegada la ocasión de poner por obra su proyecto. Se informan de mi nombre, de las fatigas de mi tarea, que apenas me producía lo bastante para mantener a mi mujer y a mis cinco hijos, y el generoso Saadí sacó al punto una bolsa con doscientas monedas de oro para que, provisto de tan inesperado auxilio, montara en mayor escala mi tienda y llegara a ser pronto uno de los mas ricos del oficio.
Enajenado de gozo, quise besar la mano de mi bienhechor al tomar la bolsa, pero no lo permitió y los dos amigos continuaron su interrumpido paseo, desapareciendo de mi vista. El primer pensamiento que me asaltó fue el de esconder la bolsa para tenerla segura, y después de muchas reflexiones y planes imaginé esconderla entre los pliegues de mi turbante; subí a mi habitación, y sin que la familia se enterase, metí el tesoro en la tela del turbante, después de separar diez monedas para los gastos más perentorios. Compré gran provisión de cáñamo y una cena excelente con que regalar a mi mujer y a mis hijos. A la vuelta traía un pedazo de carne en la mano, cuando un milano hambriento se lanzó sobre mí con ánimo de arrebatarme la comida; hice resistencia para que no se llevase su presa, y por mi desgracia, con los movimientos de la lucha se me cayó el turbante al suelo. El milano soltó la carne, se arrojó encima de él y se lo llevó antes de que yo hubiera. tenido tiempo de arrebatárselo. Los gritos que dic no espantaron al pájaro, que prosiguió en el aire su
rápido vuelo, así es que entré en mi casa acongojado con la triste aventura.
Compré un turbante nuevo y apenas me quedó dinero, no ya para realizar las ilusiones que me había forjado, sino ni aun para lo más necesario de la vida. Lo que me causaba más desconsuelo era que mi bienhechor no daría crédito quizá a lo sucedido, tomándolo por un cuento inventado a propósito para justificar mi mala conducta. Volví, pues, a mi antigua situación de escasez y pobreza; mi familia, a la que referí la pérdida y el origen de
las riquezas que ya no poseía, se afligió mucho, pero los vecinos, al saberlo, se echaron a reír creyendo que era farsa.
A los seis meses justos del percance del milano, volvieron a pasar los amigos por mi casa, se acercaron a informarse de la situación de mis asuntos, y les referí la pura verdad, la historia exacta con todos sus pormenores, asegurándoles que no mentía bajo palabra de hombre honrado.
Saadí, conforme yo lo había previsto, no dio crédito ninguno a mi narración; dijo que los milanos no roban nunca turbantes, y que el dinero lo habría gastado en diversiones y placeres en vez de ahorrarlo y trabajar para ser hombre de fortuna y de provecho. Saad tomó mi defensa; contó una porción de casos e historias de milanos que arrebataban dinero y alhajas, y por último Saad, convencido, me dio doscientas monedas de oro, que coloque en el pecho por falta de bolsa, recomendándome que las guardara en un sitio seguro para no volverlas a perder como la vez primera.
Luego, y sin darme tiempo a manifestarle mi gratitud, se alejó en compañía de su amigo Saad.
Cuando se fueron, entré en mi vivienda, donde no estaba entonces la familia, puse aparte diez monedas de oro, y envolví las ciento noventa restantes en un pedazo de paño que até fuertemente, colocando el paquete en el fondo de una vasija llena de salvado que estaba en un rincón, sin suponer que ni mi mujer, ni mis hijos habrían de ir a buscarlo allí. Volvió mi familia; yo fui a comprar un poco de cáñamo que me hacía falta, y durante mi ausencia pasó por la calle un vendedor de tierra para los tiestos de flores. A mi mujer le dio deseo de comprarla, pero como no tenía dinero, propuso al hombre cambiar un poco de tierra por la vasija de salvado. Convínose en ello, y el vendedor se llevó la
vasija, y con ella las ciento noventa monedas de oro.
Volví a mi casa cargado con el cáñamo, y mientras estaba descansando noté con horror que el salvado y el cantarillo habían desaparecido de su sitio; pregunté con afán a mi esposa, y ésta, inocentemente, me refirió el negocio hecho, en el cual creía haber salido gananciosa. Entonces le confesé la verdad, y la infeliz se entregó a la mayor desesperación, arrancándose el cabello, y reconviniéndome con harta razón por no haberla puesto antes al
corriente del secreto para evitar lo que estaba sucediendo.
No cansaré a Vuestra Majestad con repetir las refiexiones que hice a mi mujer a fin de que moderase su dolor; el tiempo, ese gran bálsamo de consuelo que cura las heridas del alma, fue poco a poco mitigando nuestra pena, y yo volví a mis tareas habituales casi sereno y tranquilo, como si no hubiese sufrido dos desgracias en tan corto tiempo.
Sin embargo, de vez en cuando me asaltaba el temor de ver entrar a los dos amigos en mi casa a pedirme cuentas de la segunda cantidad que Saadí me entregó, hasta que al cabo, no de seis meses, sino de un año, fueron un día a la tienda y me sorprendieron en medio de mi trabajo. Si los hubiera visto antes, me habría escondido para evitar la conversación. ¡Tan confuso y avergonzado estaba!
Me hicieron las preguntas de costumbre y yo les referí temblando las particularidades de mi segundo infortunio, el cual, a mi juicio, probaba que Dios quería que yo fuese pobre y no rico, a pesar de las liberalidades de Saadí, que le agradecía con toda la sinceridad de mi corazón.
No siento la pérdida de las cuatrocientas monedas de oro me dijo Saadí, lo hice sólo con intento de socorreros y sin interés de ninguna clase. Si de algo me arrepiento, es de haber dado dinero a un hombre tan poco previsor, y que ningún partido sabe sacar de la fortuna. Saad continuó dirigiéndose a su amigo:
A pesar de esto, no doy aún por perdida mi causa, y sois libre de hacer la experiencia que sostenéis siempre, demostrándome que existen otros medios que no sean dinero para labrar la fortuna de un hombre menesteroso.
Cualquiera que sea el objeto que deis a Hassan, no puedo persuadirme de que se enriquezca mas que hubiera podido hacerlo con las cuatrocientas monedas de oro.
Saad entonces me dió un pedazo de plomo que acababa de encontrarse en la calle, y me dijo que lo guardara, y que alguna vez sabría la suerte que me había proporcionado. Mucho se rió Saadí de la ocurrencia de su amigo, y yo, para no desairarle, me guarde el pedazo de plomo en la chaquetilla.
Los dos amigos se despidieron y yo continué mi trabajo.
Sucedió aquella misma noche que un pescador vecino mío, arreglando sus redes, vio que le faltaba un pedazo de plomo, cuando justamente no era hora de comprarlo, porque las tiendas estaban todas cerradas. Sin embargo, para alimentarse tenía que ir a pescar antes de amanecer, y su esposa fue a recorrer las casas inmediatas por si alguien le proporcionaba el pedazo de plomo.
Llegó a. mi habitación después de haber recorrido todo el barrio sin encontrar lo que buscaba; abrí la puerta, y enterado de lo que pedía, le dije a mi mujer que entregase a la del pescador el pedazo de plomo que aquella misma tarde me había dado Saad. El contento de la buena. mujer fue tan grande, que me prometió todo el pescado que su marido sacase de la primera redada.
El pescador concluyó de arreglar sus redes y se marchó dos horas antes de que amaneciese, según su costumbre. Sólo sacó un pez de la primera redada, pero de un tamaño enorme, y como jamás había visto. Luego que regresó a la ciudad, fue su afán el de cumplir la promesa conmigo, y quedé admirado al ver un pez tan hermoso. El pescador me lo ofreció de buena voluntad y yo lo acepté, aunque valía mucho más que el pedazo insignificante de plomo que le había facilitado al buen hombre. Mi mujer, al presentarle yo aquel pescado tan grande, no sabia cómo aderezarlo, pues las sartenes de la casa eran todas chicas, pero lo dije que se arreglara como pudiese, y me volví a mi trabajo.
Limpiando mi esposa el pescado, encontró en las entrañas un grueso diamante que tomó por un pedazo de vidrio, sin apreciar su verdadero valor, de modo que se lo dio, para que jugasen, a nuestros hijos, los cuales no se cansaban de admirar sus luces y colores, y sobre todo la claridad que despedía al llegar la noche.
Metidos en una habitación a obscuras, disputábanse los muchachos el placer de ver relucir de cerca el diamante, y era tal el alboroto que movían, que subí allá para saber la causa del ruido. Mi admiración fue inmensa así que supe el origen de la piedra, y la viva claridad que despedía me sugirió la idea de que podríamos ahorramos luz de la casa, segunda ventaja que nos proporcionaba el pedacito de plomo.
Al lado de mi casa vivía un rico judío, joyero de profesión, el cual oyó los gritos y el estruendo que hicieron mis hijos mientras jugaban con el diamante. La mujer del judío, que se llamaba
Raquel, preguntó al día siguiente a mi esposa la causa de aquellas voces, y ésta la hizo entrar en casa para que viese el pedazo de vidrio, origen de la algazara. La judía, que tenía muchos conocimientos en joyas y piedras preciosas, comprendió el inmenso valor del diamante, se enteró de que había sido sacado del vientre del pez, y dijo devolviéndolo a mi mujer:
Esto, en efecto, no pasa de ser un pedazo de vidrio, pero como yo tengo un pedazo parecido, lo necesitaría para que hiciese juego con él, y os lo compraré si queréis vendérmelo.
Mis hijos comenzaron a dar gritos espantosos al oír que se trataba de la venta de su juguete favorito, y su madre, para aquietarlos, les prometió que la piedra no se vendería. Raquel, precisada a retirarse, dijo en voz baja a mi esposa que si tenia intención alguna vez de deshacerse del vidrio, le rogaba. no lo verificase sin avisárselo antes. Luego refirió a su marido el descubrimiento que había hecho, la clase del diamante, sus dimensiones y la preciosa claridad que despedía en la oscuridad, ponderándole tanto su mérito, que el judío le dijo que volviese a negociar con mi mujer la compra del diamante a toda costa. Raquel ofreció primero veinte monedas de oro, y mi esposa contestó que no decidía nada sin consultarlo antes conmigo, cuando justamente entraba yo de regreso del trabajo. No respondí al pronto, pensando en las palabras de Saad al decirme que el pedazo de plomo iba a labrar mi fortuna, y Raquel, tomando mi silencio por una negativa, aumentó la oferta hasta cincuenta monedas de oro.
No, eso es poco todavía. respondí al ver la decisión de la judía.
Os daré ciento, entonces, me dijo Raquel, y es mucho mas de lo que vale la piedra.
A no ser que me paguéis cien mil monedas de oro, no doy el diamante, y eso por consideración a vuestro marido, porque estoy seguro de que si me presento a otros joyeros, de fijo me darán mayor suma.
La judía no pasó de cincuenta mil monedas de oro, porque, según dijo, no tenía autorización de su marido para dar mas; pero me rogó que no vendiese el diamante hasta que el judío fuese a hablarle aquella noche, y así lo prometí.
Llegó la noche, el joyero vino a. mi casa, reconoció la piedra sin poder ocultar su asombro ante las luces que sus facetas despedían, y me ofreció setenta mil monedas de oro; yo me obstiné en no recibir menos de cien mil, y después de regatear mucho, se decidió el judío a dármelas por miedo de que llevase el diamante a otra parte y me dejó en señal de contrato dos mil monedas de oro; Al día siguiente completó la suma convenida, y le entregué
la joya.
No sabía qué hacer con tan enorme cantidad; mi mujer propuso que le comprase ricos trajes y además una casa bien alhajada; le prometí que así lo haría mas adelante, y tomé en primer término el partido de buscar a todos los cordeleros de Bagdad
para que trabajasen por mi cuenta, ofreciéndoles puntual y generoso pago, como lo cumplo fielmente. Alquilé grandes almacenes, monté la industria en mayor escala, y de todo ello recogí magníficos productos y utilidades. Después hice construir una casa, que es la que ayer vio Vuestra Majestad, y en ella centralicé los almacenes y me traslade a vivir con mi familia.
Entretanto Saadí y Saad fueron a buscarme a mi antigua morada, y los vecinos le dijeron el cambio de mi fortuna y que habitaba ya en un verdadero palacio, al cual se dirigieron ansiosos sin saber si el pedazo de plomo era la causa de mi repentina elevación, aunque Saadí lo dudaba siempre, no obstante las afirmaciones de Saad. Al ver a los dos amigos entrar por mi jardín, corrí a ellos a abrazarles; se sentaron y les conté la aventura del, plomo el pescado y el diamante; historia a la que dio Saadí el mismo crédito que al robo del turbante y al cambio de la vasija llena de salvado, si bien se alegró mucho de mi elevación y prosperidades.
Iban a marchar ya cuando les rogué que cenaran y durmiesen en mi casa, para conducirlos al día. siguiente a una quinta de recreo que había comprado en los alrededores de la ciudad. Aceptaron con gran contento mío, les hice servir a, mis bienhechores una espléndida cena, que alabaron mucho; luego les obsequié con un concierto vocal e instrumental, y por último, al otro día, antes de que saliese el sol, fuimos a mi quinta. por el río, embarcados en una preciosa barca con seis robustos remeros. A la hora y media de navegación, estaba terminado el viaje.
Los dos amigos quedaron absortos ante el aspecto de mi casa de campo, situada en el sitio mas pintoresco del paraje.
Les enseñe todos los departamentos de la casa, y en seguida fuimos al jardín, donde les llamó mucho la atención un bosque de naranjos y limoneros, cuyas flores embalsamaban el ambiente con su exquisita fragancia.
Mis dos hijos, a quienes había enviado a la quinta para que se robusteciesen, andaban entre la arboleda en busca de nidos de pájaros y descubrieron de repente uno en las ramas de un árbol altísimo; el esclavo que les acompañaba subió al punto para bajarles el nido, que estaba labrado en un turbante. Mi hijo mayor, lleno de asombro, me lo trajo para que lo viese, y los dos amigos se quedaron atónitos al observar una cosa tan extraña; pero ¡cuál no sería mi admiración al reconocer el turbante mismo que me había robado el milano! El peso me demostró que allí estaban todavía las ciento noventa monedas de oro que me dio Saadí, y éste reconoció la bolsa que saqué de entre los pliegues del turbante.
Saadí se convenció de que yo no falté s. la verdad cuando le referí el robo hecho por el ave de rapiña, pero aún dudaba del cambio de la cantarilla de salvado, a pesar de las reflexiones del buen Saad, el cual siempre tomaba mi defensa.
Pusímonos a la mesa hasta que se ocultó el sol, y entonces regresamos a caballo, seguidos de un esclavo, entrando en Bagdad dos horas después de anochecer y ala claridad de la luna.
Por una casualidad no había en casa cebada que dar de comer a los caballos, y los almacenes estaban cerrados a aquella hora; uno de los esclavos compró en una tienda de la vecindad una vasija pequeña llena de salvado, a condición de devolver la pequeña tinaja al día siguiente; la volcó en la artesa para que los animales tomasen su ración, y encontró un trapito atado que me presentó al momento sin haberlo desenvuelto. Lo abrí, y contenía ciento noventa monedas de oro.
Señores, dije rebosando de alegría a Saadí y Saad, Dios no quiere que hoy nos separemos sin que queden demostradas plenamente mi veracidad y mi honradez. He aquí las otras monedas que por segunda vez recibí de vuestra mano, Saadí, y ésta es la tinaja que mi mujer cambió por la tierra que necesitaba para sus flores.
Saadí quedó persuadido, no sólo de mi inocencia, sino de que el dinero no siempre es un medio seguro para juntar más y enriquecerse. Al otro día, y con autorización de Saadí, fueron distribuidas las trescientas ochenta monedas a los pobres de la ciudad, y los dos amigos se retiraron muy satisfechos de mi inocencia y de la cariñosa acogida que les había dispensado. Ellos son las dos personas a quienes más aprecio en Bagdad, y de vez en cuando me permiten que vaya a visitarles y a cultivar su buena amistad, a la que debo mi opulenta fortuna., . Volver a Aventuras del Califa Haroun-al-Raschid
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