19. Aventuras del Califá Haroun-al-Raschid

El Califa de Bagdad se hallaba en cierta ocasión atacado de profunda, melancolía, cuando entró en Palacio el gran Visir, cuya. presencia no fue bastante a sacar al soberano de su tristeza y cavilaciones.
Al fin, se decidió a preguntarle respetuosamente de qué provenía aquella situación en que por desgracia le encontraba, y el Califa. le respondió que tenía mal humor, pero sin causa ninguna, y que inventase algo que le distrajese si no había asuntos de gran interés.
Señor, dijo el visir Giafar,.me parece oportuno que esta noche demos por la ciudad nuestro paseo de costumbre, y eso tal vez contribuya a disipar las nubes que empañan su frente contra su ordinaria alegría de carácter.
Apruebo tu pensamiento; vete a mudar de traje, -respondió el Califa, mientras por mi parte hago otro tanto para emprender juntos la correría.
Al anochecer salieron ambos disfrazados por una puerta reservada de Palacio que daba, al campo, dirigiéndose a las orillas del Eufrates, a gran distancia de la ciudad, sin advertir nada de particular en el camino.
Atravesaron el río sobre un barqnichuelo que encontraron, y después de dar un largo paseo fueron al puente que conducía a la ciudad.
Allí encontraron a un ciego, hombre de muchos años, que con la mano abierta pedía limosna a los transeúntes, y que como a todos, detuvo a Haroun y su acompañante.
El Califa le dio una moneda de oro, y el ciego le cogió al instante la mano. Señor, le dijo, quienquiera que seáis y a. quien Dios haya inspirado el darme una limosna, no me neguéis el favor que os pido de darme un bofetón, porque merezco ese castigo y aun mayor todavía.
Desentendióse el Califa, y entonces el ciego le asió por el vestido.
Atónito el soberano con la petición del hombre aquél, le dijo que no podía quitar el mérito a su limosna ultrajándole en el rostro de tal suerte.
Señor, perdonad mi inoportunidad, añadió el ciego,; o pegadme un bofetón o recobrad vuestra limosna, porque no puedo recibirla sin esa precisa condición, pues, de lo contrario, faltaría a un solemne juramento que hice ante Dios. Si supieseis el motivo, convendríais conmigo en que la pena es muy leve en comparación de la culpa.
El Califa, vencido al fin por tantas instancias, le dio un bofetoncillo, recibiendo en cambio las gracias y las bendiciones del ciego.
Continuó su camino, y a los pocos pasos dijo al Visir:
Preciso es que sea grave la causa que obliga a ese hombre a portarse así y a tener pretensión tan extraña y ridícula. Vuélvete, dile quién soy y que vaya mañana a Palacio, que quiero hablarle y descubrir el misterio.
El Visir le dio al ciego, con la limosna y el bofetón correspondiente, la orden expresa de que fuera a Palacio, incorporándose en seguida al Califa.
Entraron en la ciudad, y, al pasar por una plaza, vieron un enorme grupo de curiosos en derredor de cierto joven bien vestido y montado en una yegua, a la que maltrataba cruelmente a latigazos, espoleándola de tal modo que el pobre animal estaba cubierto de sangre y de espuma.
El Califa se detuvo a preguntar el origen de aquella. atroz inhumanidad.
Unos hombres le contestaron que lo ignoraban, pero que el joven iba. todos los días, y a la misma hora, a la plaza a castigar a la yegua con atroz barbarie.
El soberano mandó al Visir que intimase al joven la orden de presentarse al día siguiente en Palacio.
Siguieron su paseo, y antes de entrar en el Alcázar, notaron en una calle de poco transito un magnifico edificio recién construido.
Aquel edificio les sorprendió, pues no sabían a quién pertenecía de los grandes señores de la Corte.
Acuciados por la curiosidad, preguntaron a un vecino, el cual contestó que su dueño se llamaba Cojía Hassan, que había sido cordelero, pero que de la noche a la mañana abandonó su humilde oficio, viéndose poseedor de una inmensa fortuna, cuyo origen era
para todos un misterio.

Ve y di a Cojía Hassan que mañana se presente en Palacio la misma hora que las otras dos personas citadas ya, dijo el Califa dirigiéndose al Visir.
Obedeció éste, y al otro día presentó al soberano a los tres individuos de quienes acabamos de hablar.
Postráronse los tres ante el trono, y el Califa preguntó su nombre al ciego.
Este respondió: Me llamo Abdalá, señor.
Tu modo de pedir limosna me pareció ayer tan extraño, replicó el Califa, que, a no ser por ciertas consideraciones, no hubiese accedido a tu demanda. Quiero saber el motivo que
tienes para haber hecho ese juramento indiscreto, y así podré juzgar si has obrado bien y si mereces perdón o castigo por tu extravagancia.
Abdalá, lleno de miedo al notar el acento severo del Sultán, le pidió perdón por su atrevimiento de la víspera, implorando su justa clemencia.
Confieso que mi conducta es extravagante, añadió y extraño mi proceder a los ojos de los hombres, pero he cometido una falta tremenda, y aunque todo el mundo me abofetease, no seria tampoco mucha penitencia, que merezco por mi yerro. Si Vuestra Majestad lo permite, voy a referirle el pormenor de mis aventuras. Ir a Historia del ciego Abdalá.
Cuando el ciego hubo terminado su historia, le dijo el Califa: Abdala, tu pecado es grande, en efecto, y gracias a Dios que te has arrepentido. Continua tu penitencia, pero privadamente, y para que no tengas necesidad de pedir limosna, te señalo una pensión que te pagará mi tesorero durante toda tu vida.
Abdalá se postró ante el trono del Califa para darle las gracias en los términos más expresivos.


Contento el soberano con la historia del ciego, se dirigió al joven a quien había visto maltratar a la yegua, y le preguntó su nombre. El joven respondió que se llamaba Sidi Noman.
Toda mi vida -añadió el Califa, he visto amaestrar caballos, pero nunca del modo con que tú lo haces a tu yegua, escandalizando a la ciudad. Sin embargo, tu aspecto no es el de un hombre bárbaro y cruel, y supongo que no obraras así sin fundamento ninguno. Quiero saber lo que a ello te obliga, y te he hecho venir para que me lo refieras sin ocultarme absolutamente nada.
El joven se puso pálido al calcular el conflicto en que se hallaba, pero le fue preciso obedecer la orden de su soberano, aunque al principio no atinaba a proferir palabra según la turbación de su animo.
Sidi Noman, le dijo el Califa, serénate y hazte cargo de que no cuentas tu historia al monarca, sino a un amigo que te lo suplica. Habla sin zozobra, y franquéame los secretos de tu corazón
El joven, reanimado un poco con las últimas palabras del Califa, dijo:
Señor, no me atreveré a decir que sea el hombre mas virtuoso, pero no soy tan perverso que cometa voluntariamente una crueldad, y confío en que Vuestra Majestad me perdonará si en algo falto a mis deberes al conducirme. de tal suerte. Pero creo que soy mas digno de compasión que de castigo. He aquí el relato de mi vida. Historia de Sidi Noman

Esta es mi historia, añadió Sidi Noman, y creo que Vuestra Majestad opinara que he tratado a una mujer tan mala con más indulgencia todavía de la que se merece.
Tu historia es peregrina, y la infamia de tu mujer no admite disculpa, dijo el Califa; pero piensa que es bastante pena al verse reducida a yegua para que tú la aumentes con el castigo diario, el cual desearía yo que cesase inmediatamente. El joven lo prometió.



El Califa se dirigió entonces a Cojín. Hassan, rogándole le refiriese los, medios de que se había. valido para adquirir su brillante fortuna desde su humilde oficio de cordelero, Cojía Hassan, animado por las benévolas frases del soberano, se postró ante las gradas del trono, y después empezó de este modo su relato. Historia de Cojía Hassan


Concluida la historia, se manifestó muy contento el Califa de saber los medios portentosos de que Dios se había valido para hacer feliz al antiguo cordelero, el cual, en unión de Sidi Noman y del ciego Avíala, se postró ante el trono del soberano, que despidió a. los tres con afectuosas palabras.     volver a índice

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