19.1. Historia del ciego Abdalá

Señor continuó Abdalá, yo nací en Bagdad, y, joven todavía, tuve la desgracia de perder a mis padres, quienes me dejaron en herencia una decente fortuna. No la malgasté, como quizá hubiera hecho otro en mi lugar, sino que aumenté el capital a fuerza de afanes y de trabajo, y llegué a poseer ochenta camellos, que alquilaba para las caravanas y me producían cuantiosas sumas. En medio de mi dicha, regresaba un día de Basora con mis camellos y me detuve en un sitio agreste y solitario para que pastasen los animales, cuando se acercó a mi un derviche que iba a pie a la referida ciudad. Juntamos nuestras provisiones y nos pusimos a comer, después de decirnos mutuamente quiénes éramos y adónde íbamos. Terminada la comida, me dijo el derviche que no lejos del sitio donde estábamos existía, un tesoro tan abundante que aun cuando cargase mis ochenta camellos de oro y pedrería, todavía quedarían sin tocar inmensas riquezas. Rogué al derviche que me revelase el lugar del tesoro, ofreciéndole en recompensa un camello cargado de perlas y diamantes. Este era poco, y a mí me pareció mucho en el exceso de avaricia que devoraba mi alma.
No, respondió el derviche, que conoció al punto mi defecto; el ofrecimiento no es proporcionado, y voy a haceros, otra proposición más aceptable. Decís que tenéis ochenta camellos; pues bien, os conduciré al sitio del tesoro y los cargaremos de oro y pedrería, a condición de que me cedáis la mitad justa con su carga, pues si vos me dais cuarenta camellos, yo, en recompensa, os hago dueño de riquezas con las cuales podéis comprar más de diez mil.
Acepto la condición, respondí yo, no sin titubear, porque no me acordaba en mi afán del interés más que de los cuarenta camellos, y nada del rico tesoro.
Anduvimos juntos largo rato, hasta llegar a un valle espacioso, pero de entrada muy angosta. Las dos tierras que constituían la cañada, de forma semicircular, eran tan pendientes y escabrosas que, seguramente, ningún mortal aventurado en ella podía estar allí mirándonos.
Que se tiendan los camellos, dijo el derviche, para poder cargarlos con facilidad, y os diré después dónde esta el tesoro.
Hice lo que el derviche me mandó, y al reunirme con él le vi. encendiendo lumbre a fin de pegar fuego a un haz de madera seca que allí había. En seguida pronunció unas palabras misteriosas que no pude comprender, se levantó una densa humareda y, apenas se disipó, noté que una roca se alzaba perpendicularmente, abriéndose en forma de puerta. de dos hojas, trabajada en la misma peña con primoroso arte. La abertura nos dio entrada a un palacio, suntuoso como no puede existir en parte alguna de la tierra, y yo, sin detenerme, a examinar sus preciosidades de arquitectura, como el águila o el tigre que se abalanza a su presa, me arroje sobre el primer montón de oro que encontré, llenando precipitadamente los sacos, que eran muy grandes. El derviche se dedicó a la pedrería, y concluida la faena, nos dispusimos a abandonar aquel recinto, pero antes de salir se acercó mi compañero a. una jarra de plata, tomó una caja llena de una especie de mantequilla. y se la puso en el pecho.
Hizo el derviche la misma ceremonia para cerrar el tesoro que empleó para abrirlo, y todo quedó en la misma situación que antes; repartimos los camellos, y al llegar a cierto paraje del camino, él se volvía a Bassora, y yo me dispuse a regresar a Bagdad, no sin darle mil y mil gracias a aquel hombre por el insigne favor que me había dispensado.
Apenas dic solo algunos pasos en mi camino, sentí el influjo perverso de la ingratitud, llorando interiormente la pérdida de mis cuarenta camellos cargados de riquezas, y determine apoderarme de ellos con sus tesoros respectivos. Detuve a los animales que
yo llevaba y corrí desolado tras el derviche, llamándole a gritos hasta que, por fin, me oyó y se detuvo.
Hermano mío, le dije, poco después de separamos se me ha ocurrido la idea de que vos sois un buen derviche acostumbrado a vivir lejos del mundo y exento de sus muchas necesidades.
Además, y ésta es la principal razón que me mueve a deteneros, no sabréis, quizá, gobernar a tantos camellos a la par. Dadme diez, y ya treinta los podréis tal vez manejar mejor.
Tenéis razón exclamó el derviche, y ya empezaba a disgustarme el trabajo de manejar a tantos animales; llevaos diez, y que Dios os guarde y os de larga vida.
Separé diez camellos, y la facilidad con que el derviche accedió a mis deseos no hizo más que aumentar mi codicia; así es que, en vez de darle las gracias, me propuse conseguir otros diez camellos más con el mismo pretexto que antes. También accedió el derviche a mi segunda demanda, y me vi en posesión de sesenta camellos, cuyas cargas constituían una riqueza mayor que las de muchos soberanos y príncipes de la tierra.
Parecía: natural que yo estuviese satisfecho, pero, semejante el ambicioso a un hidrópico, que cuanto mas bebe tiene mas sed, me sentí con mayor afán aun de hacerme dueño de los veinte camellos restantes. Tanto rogué y supliqué al derviche, que este al fin me los cedió todos, diciéndome:
Haced buen uso de ellos, y acordaos de que Dios puede privamos de las riquezas si no empleamos una parte en socorrer a los pobres, porque éste es uno de los principales deberes de los ricos.
Era tal mi ceguedad, que no me hallaba en estado de utilizar sus consejos, y en lugar de manifestarle gratitud, me acordé de la pequeña caja de pomada. que el derviche había guardado; supuse que tenia alguna particularidad o virtud aun más preciosa que las riquezas, y me decidí a pedírselos también. El buen derviche me le presentó con la mejor voluntad del mundo, diciéndome:
Tomad, hermano mío, y que no sea. esto causa de que quedéis descontento de mí.
Cuando tuve en mi poder le caja, pregunté el objeto de la pomada y los efectos de su aplicación.
Su virtud es maravillosa, contestó el derviche; si os untáis con esta pomada, alrededor del ojo izquierdo, se os presentarán todos los tesoros ocultos en las entrañas de le tierra, pero si hacéis lo mismo en el derecho, quedareis ciego instantáneamente.
Untadme, pues, en el ojo izquierdo, dije al derviche, cerrando el ojo, y al abrirle conocí que me había dicho la. verdad.
vi., en efecto, un número infinito de riquezas tan variadas, que me es imposible ni aun recordarlas. Pero como tenia, precisión de cerrar el ojo derecho con le mano, supliqué al derviche que me aplicase el otro a. fin de ver con más comodidad.
Acordaos de lo que os he dicho, exclamo, es decir, que quedaréis ciego inmediatamente.
Hermano, le contesté, creo que queréis engañarme, porque es imposible que la. pomada. produzca tan contrarios efectos.
Sin embargo, así es, y debéis dar crédito a. mis palabras, porque no sé disfrazar la verdad. `
No quise fiarme de su palabra, y aun me imaginé que la mantequilla, tendría. el poder de presentar a. mi vista todos los tesoros de la tierra, aplicándole al ojo izquierdo, y que haciéndolo al derecho pondría, tal vez esas riquezas a. mi disposición, así es que insté al derviche de un modo desesperado, pero éste se mantuvo inflexible hasta que, vencido por mis súplicas, me untó con le pomada, el ojo derecho. Cuando le abrí no distinguía más que sombras confusas, y a los pocos instantes me encontré sumido en la más negra oscuridad. ¡Estaba ciego!
No tuvieron límite mis gritos y lamentos al conocer lo horrible de mi situación, y como el náufrago que se agarra, a una tabla que es su última esperanza para poner a salvo la vida., yo me arrojé a los pies del derviche, rogándole me dijese algún secreto de los muchos que poseería con objeto de recobrar mi inestimable sentido de la vista.
¡Desventurado!, exclamó. Harto te lo había dicho, y la ceguedad de corazón es la que te ha arrancado la de la vista. Es cierto que poseo secretos para curar enfermedades, pero ninguno que sea capaz de devolver lo que has perdido. Dios te castiga por tu avaricia y te despoja de las riquezas que yo daré a personas más crédulas y dignas que tú.
El derviche me dejó solo en mi quebranto, reunió los ochenta, camellos y se los llevó a Bassora, y habría yo muerto de hambre y de pesadumbre si una caravana, compadecida de mí, no me hubiese llevado a Bassora y luego a Bagdad.
Quedéme reducido, desde la posición más ventajosa, a la triste clase de mendigo y a pedir limosna por las calles, y para expiar mi falta me impuse la obligación de recibir un bofetón de cada persona caritativa que se compadeciese de mi desamparo.
He aquí, señor, el motivo de lo que ayer pareció tan extraño a Vuestra Majestad, y por lo que he incurrido en su enojo. volver a Aventuras del Califa Haroun-al-Raschid
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