7.4.2. Historia del barbero

En el reino del califa Mostaser Billah __prosiguió__, príncipe tan famoso por sus inmensas liberalidades con los pobres, diez salteadores atajaban los caminos en los alrededores de Bagdad y cometian muchos robos y crueldades inauditas. Enterado el Califa, hizo llamar al Juez de policía pocos días antes de la fiesta del Bairan, y le mandó, so pena de la vida, que se los trajera.
El Juez de policía practicó sus diligencias y puso tanta gente en campaña, que los diez salteadores fueron cogidos el día mismo del Bairán. Casualmente me estaba yo paseando entonces por la orilla del Tigris, y vi diez hombres, bastante bien vestidos, que se embarcaban en una lancha. Si hubiese reparado en la guardia que los escoltaba, fácilmente hubiera conocido que eran malhechores; pero tan sólo reparé en sus personas, y embargado con la aprensión de que eran gentes que iban a divertirse y a pasar la fiesta en algún banquete, entré en la barca con ellos sin decir palabra, esperanzado de alternar con ellos en aquel paseo, por el Tigris y desembarcamos delante del alcázar del Califa. Tuve tiempo para volver en mi y advertir que me había equivocado. Al salir de la barca nos vimos rodeados por una nueva escuadra de guardias, que nos ataron y llevaron a la presencia de Califa. Me dejé atar como los demás sin decir palabra; y, en efecto, ¿de que me hubíera servido hablar y oponer resistencia? Esto no hubiera conducido sino a que los guardias me maltrataran sin escucharme, porque son unos bárbaros que en nada reparan. Yo -me hallaban con los salteadores, y bastaba esto para que creyesen que yo debía ser uno de tantos.
Luego que estuvimos delante del Califa, mandó que se castigara a los diez facinerosos. __Que les corten la cabeza a esos diez malvados __dijo.
A1 punto el verdugo nos puso en línea al alcance de su mano, y felizmente me hallé colocado el último. Decapitó a los diez empezando por el primero, y cuando llegó a mí, se paró. El Califa viendo que el verdugo no me tocaba, se enojó.
__¿No he te he mandado __le dijo__ que cortes la cabeza a diez ladrones? ¿por qué no la cortas sino a nueve?
__Comendador de los creyentes __respondió el verdugo__, guárdeme Dios de no haber ejecutado__la orden de Vuestra Majestad__ aquí están. en el suelo diez cadáveres y otras tantas cabezas cortadas, como puede ver.
Cuando el Califa hubo verificado por si mismo que el verdugo decía la verdad, me miró con extrañeza, y no advirtiéndome fisonomía de salteador: V –Buen anciano –me dijo-, ¿por qué casualidad os halláis envuelto con esos desastrados, dignos de mil muertes? Yo le respondí:
__Comendador de los creyentes, voy a deciros la verdad: he visto esta mañana que entraban en una barca esos diez hombres, cuyo castigo acaba de hacer patente la justicia de Vuestra Majestad, y embarqué con ellos, persuadido de que iban a celebrar este día, que es el mas grande de nuestra religión. El Califa no pudo menos de reírse de mi aventura, y obrando de muy diferente modo que ese joven cojo que me, trata de. hablador, admiro mi discreción y constancia en guardar silencio.
__Comendador de los creyentes __le dije-, no extraña Vuestra Majestad que haya callado en un trance en que cualquier otro hubiera tenido ganas de hablar. Hago una profesión particular de callar, y por esta virtud he merecido el glorioso titulo de silencioso, pues así me llaman para distinguirme de los seis hermanos que he tenido. Este es el fruto que he sacado de mi filosofia: en una palabra, esta virtud. constituye toda mi gloria y felicidad. __Mucho me alegro __me dijo riéndose el Califa__ que os hayan dado un dictado del que tan buen uso estáis haciendo; pero decidme ¿qué clase de hombres eran vuestros hermanos? ¿Se os parecian en algo?
__De -ningún modo __le repliqué__; eran todos a cual más parlanchín; y en cuanto a su persona, había también una gran diferencia entre ellos y yo: el primero era jorobado; el segundo.,desdentado; el tercero, ciego; el cuarto, tuerto; el quinto, desorejado, y el sexto tenía los labios hendidos. Les han sucedido lances que os harían formar concepto de sus índoles, si Vuestra Majestad me permitiera referírselas.
Como me pareció que el Califa se mostraba deseosos de oírlos,
proseguí sin aguardar sus órdenes.
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