7.4.1. Historia del joven cojo

Mi padre tenía en Bagdad una posición que le permitía aspirar a los mas elevados cargos; mas prefirió llevar una vida tranquila No tuvo más hijos que yo, y cuando murió, estaba ya para administrar las muchas riquezas que me lego. Cierto día hallándome en medio de la calle, vi avanzar hacia mi una turba de mujeres, y, para no tropezar con ellas, me subí en el escalón de una puerta. Frente a mi había una ventana, y en el alfeizar una maceta de preciosas fiores que yo contemplaba con curiosidad, cuando se. abrieron los postigos y apareció una joven cuya belleza me deslumbro
La encantadora joven se fijó en seguida mi y al tiempo que acariciaba las flores con una mano más blanca que el alabastro, me envolvió en una mirada, acompañada de una sonrisa, que me hizo sentir por ella tanto amor cuanta aversión había experimentado hasta entonces por todas las mujeres.
Cuando se hubo cansado de acariciar las flores, de abrasarme con sus miradas y de enloquecerme con sus sonrisas, cerró la ventana, pero yo continue largo rato como petrificado en el escalón sin acertar a explicarme lo que me pasaba. Volví a agitado y me acoste en seguida presa de una fiebre altísima que alarmo a mis familiares y parientes, los cuales me acosaron inútilmente a preguntas para saber la causa de mi repentina postración. Desesperaban ya de salvarme la vida cuando llegó; una vieja, me examinó detenidamente y adivino la causa de mi enfermedad Entonces mandó que se retirasen todos los presentes, y cuando hubieron salido se sentó a la cabecera de mi lecho y me dijo:
__Hijo mío, os habéis obstinado hasta ahora en ocultar la causa de vuestra dolencia, pero yo no necesito que me la manifestéis: tengo suficiente experiencia de la vida para penetrar vuestro secreto no lo negaréis, seguramente, cuando os diga que vuestra enfermedad es de. amor. Yo os puedo curar, si me decís el nombre de la afortunada que ha sabido adueñarse de un corazón tan insensible como el vuestro, pues es fama que no habéis amado nunca a las mujeres. Así, he venido con el exclusivo objeto. de curaros, y espero que no rehusaréis mis servicios. Tanto dijo la vieja y de tal modo insistió, que al fin rompí el silencio y Le expliqué circunstanciadamente lo que me había ocurrido.
__Hijo mío me contestó la anciana, conozco a la joven de quien me habláis. Es tal como la habéis juzgado: hija del primer Cadí de esta ciudad, No me sorprende que os hayáis enamorado de ella, pues es la mas bella y amable entre todas las mujeres de Bagdad; pero me disgusta que sea tan altiva e inaccesible. Emplearé, sin embargo, toda mi astucia, aunque os prevengo que necesitaré tiempo para lograr mi objeto; entretanto, no os desaniméis y procurad restableceros cuanto antes. La vieja volvió al día siguiente, pero comprendí, por la expresión de su rostro, que no tenía nada grato que comunicarme. __Hijo mío, no me había engañado; la vigilancia de su padre no es el menor obstáculo que he de remover: se trata de una mujer insensible que se goza haciendo sufrir a los que se enamoran de ella. Me escuchó con agrado mientras le hablé de vuestra enfermedad, más, apenas le insinué. que deseabais verla y hablar con ella, me contestó secamente:
__Sois demasiado atrevida para hacerme semejante proposición y os prohíbo que volváis a poner los pies en mi casa si con tales propósitos venís.
Pero yo no me desanimo tan fácilmente, y aunque preveo que me ha de costar mucho trabajo, acabare por conseguir mi objeto.
Para abreviar la narración, os diré que aquella buena mensajera hizo ¿diversas tentativas cerca de la cruel enemiga de mi reposo, pero todas en vano.
__Hijo mío __me dijo en cierta ocasión la vieja-, no moriréis de ésta y confio en que pronto os veré, completamente curado. Ayer volví a casa de vuestra dama y la encontré muy alegre; entonces yo fingí una profunda tristeza, lance suspiro tras suspiro y acabe por prorrumpir en llanto.
__¿Qué os pasa, abuela? __me preguntó__. ¿Por qué estáis tan afiigida?
__¡Ay, mi buena y respetable señora! __le contesté__. Vengo de casa del joven de quien, os he hablado, el pobrecito esta ya a puertas de la muerte. ¡Qué pena me produce pensar que vuestra crueldad es la causa de todo esto!…
__Pues bien me interrumpió suspirando.__, decidle que consentiré en que venga a verme; pero que no espere otros favores y que renuncie a sus esperanzas de ser mi esposo si mi padre se opone a nuestro matrimonio. Así, pues, que venga’ el viernes durante la oración del mediodía. Que aceche la ocasión para acercarse a mi puerta en cuanto salga mi padre; yo le veré desde la ventana y bajaré a abrirle.
Hoy es miércoles __prosiguió la vieja__; de aquí al viernes tenéis tiempo para recobrar vuestras fuerzas y disponeros para hacer esa visita.
A medida que la vieja hablaba, me sentía mejor, y al final de su largo discurso me encontré perfectamente curado.
__Tomad __le dije__, entregándole una bolsa llena de oro; a vos soy deudor de mi curación.
El viernes por la mañana llegó la vieja mientras yo me vestía.
__No os pregunto cómo estáis, pues la ocupación a que os veo entregado me lo dice claramente; ¿pero no os lavaréis antes de ir a la casa de.la hija del Cadi? __En eso se emplea mucho tiempo __contesté__; llamaré a un barbero para que me afeite y me corte los cabellos.
El esclavo a quien envié a buscarlo volvió acompañado del desgraciado barbero aquí presente, el cual, después de haberme saludado, comenzó diciendo:
__Señor, según vuestro aspecto, no gozáis de buena salud.
__En efecto __le respondí__; estoy convaleciente de una penosa enfermedad.
__Que Dios os libre de todo mal y que siempre os acompañe su protección.
__Muchas gracias.
__He traído las navajas y las lancetas, y espero me digais si se trata de sangraros o de afeitaros.
__De afeitarme nada mas, y despachaos pronto porque tengo que salir precisamente a las doce. El barbero sacó sus efectos con gran calma, luego un gran astrolabio, y provisto de este instrumento, se fue al centro del patio a consultar al sol., Después entró en mi habitación con la mayor tranquilidad, y me dijo: Sabed, señor, que hoy, el viernes decimoctavo de la luna de Safar, año 653 de la retirada de nuestro gran Profeta de la Meca a Medina, y la conjunción de Marte y de Mercurio, significa que no podéis haber elegido mejor día para haceros afeitar. Sin embargo, hay un signo que me demuestra corréis peligro, no de perder la vida, sino de contraer un defecto que os durará siempre No os he llamado para consultaros sobre astrología __exclame lleno de ira__, sino para que me afeitéis pronto. De lo contrario, mandare venir a otro barbero.
__Difícilmente encontraréis uno como yo que sea médico, astrólogo, alquimista, gramático, retórico, matemático, lógico, historiador, poeta y novelista. Además, soy filósofo, arquitecto y abogado, y todas estas prendas y circunstancias me valieron el aprecio de vuestro difunto padre, a quien siempre profesé sin igual estimación y respetuoso cariño.
__Pues todos estos títulos __le respondí- no impiden que seáis un charlatán insoportable, capaz de apurar la paciencia de un santo. __Tengo seis hermanos que hablan más que yo, y a ésos si podríais acusar de charlatanes; pero no a mi, que soy hombre callado y conciso en mis discursos y peroraciones.
__Dad a este barbero tres monedas de oro y que se marche __dije a mis esclavos en el colmo de la desesperación..
__Vos sois quien me ha mandado venir, y juro a fe de musulmán que no saldrá de esta casa sin haberos afeitado a mi gusto.
Y en seguida ensartó un nuevo discurso que duró más de media hora;
Entonces empleó las súplicas, que no surtieron efecto y luego las amenazas; al fin, se decidió a enjabonarme la cara; pero apenas me puso encima la navaja se detuvo:
__Convaleciente de una enfermedad __dijo__, no debierais entregaros a esos arrebatos, que os pueden costar caros y ocasionaros una fatal recaída. Tranquilizaos, pues; tened confianza en mí, y referidme que asunto os obliga a afeitaros y a salir hoy a las doce, para cuya hora, dicho sea de paso, falta todavía bastante tiempo. Y, a decir verdad, yo soy quien tiene prisa, porque he invitado a comer a varios amigos y no he hecho aún mis compras y preparativos.
Creyendo obligarle por este medio, mandé a mis esclavos que le trajesen de toda clase de frutos, vinos y viandas. Apenas vio los manjares, soltó la navaja y comenzó’ a examinarlos con una flema que me hizo perder la poca paciencia que me quedaba. Lejos de intimidarse con mis gritos e imprecaciones, se empeñó en que fuese a comer con el con los amigos que había convidado
Le respondí que me era imposible acceder a su deseo, pero que concluyese ante todo de afeitarme, lo cual hizo refunfuñando y de la peor gana posible. Sin lavarme la cara insistió de nuevo en que fuera con él a su casa, mientras recogía los víveres esparcidos por el suelo, y ya entonces, fuera de mi con el anhelo de verme libre de sus importunidades, di al barbero un soberbio puntapié que le obligó a bajar los escalones de cuatro en cuatro; Vestíme apresurado, y, al salir a la calle y llegar a la puerta del Cadi, vi al barbero, que me había acechado y me esperaba escondido en una puerta. No bien hubo entrado en el edificio y dirigido las primeras palabras a la hermosa hija del Cadi, entró éste dando de palos, a un esclavo infiel, el cual lanzaba gritos agudos arrancados por el dolor; creyó el maldito barbero que yo era quien me quejaba de tal suerte, y, llevado de un celo indiscreto, corrió a mi habitación, armó de garrotes a todos mis criados. y fueron en tumulto la casa del Cadí con, pretexto de libertarme del su furia. Asombrado el Cadí, salió al encuentro de aquella turba sin. comprender lo que decían, puesto que ignoraba mi presencia allí, y el barbero y mis criados le insultaron, llamándole embustero, lanzándose en mi busca por todas las habitaciones, como una horda de gentes desenfrenadas. Yo, que todo lo había oído, me oculte en un cofre vacío, pero el barbero registró hasta los últimos rincones al encontrarme en dicho escondite, cargo con el cofre y se dirigió a la calle seguido de la gran multitud atraída por el escándalo del suceso. Pero desgraciadamente se hundió el fondo del cofre con el peso de mi cuerpo, y caí al suelo, rompiéndome una pierna, origen de mi cojera. A pesar del horrible dolor que sentía, eché a correr como un gamo, y el barbero, siempre detrás de mi gritándome para que detuviese mis pasos y oyera sus fastidiosas protestas de amistad. Pude llegar a mi casa dos o tres minutos antes ¿que mi cruel perseguidor, y cerré la puerta con orden de que no le dejasen entrar a ninguna hora ni del día ni de la noche. Me cure en secreto, para librarme de sus inevitables visitas, y cuando me fue posible andar sin trabajo, realicé mis bienes y abandone mi familia, mi pueblo y mi patria, temeroso de que ese barbero, que es mi sombra y mi pesadilla, se me apareciese de nuevo a causarme mayores desgracias. Juzgad ahora, señores, el efecto que me habrá producido su presencia, y sino está justificado el horror que su vista me inspira.  regresar a
Historia contada por un sastre    **volver a índice

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