16.2. Historia de Aboulhassan Ali Ebn Becar y de Schesnselnihar (Parte 2/11)

La favorita del califa Schesnselnihar invita al Príncipe de Persia

La esclava llegó a la tienda de Ebn Thaher en ocasión en que éste hablaba todavía con el Príncipe y trataba de disuadirle de amar a la favorita del Califa.
Como ella les viera juntos: Señores __les dijo__, mi honorable dueña Schesnselnihar la primera favorita del Comendador de los creyentes, os ruega que vayáis a su palacio, donde os espera.
Ebn Thaher, para demostrar cuán pronto se hallaba a obedecer se levantó en seguida sin decir palabra a la esclava y avanzó para seguirla, no sin repugnancia.
El príncipe le siguió igualmente; la presencia de Ebn Thaher, que tenía libre acceso junto a la favorita, le ponía al abrigo de toda su inquietud Siguieron, pues, a la esclava, que caminaba un poco distanciada de ellos.
Entraron detrás de ella en el palacio del Califa, y mi encaminaron a la puerta del pequeño palacio de Schesnselnihar, que estaba abierta.
Ella les hizo entrar en una cámara espaciosa y los rogó que se sentasen.
El príncipe de Persia creyó encontrarse en uno de aquellos palacios deliciosos prometidos a los musulmanes en el otro mundo.
Nada había visto hasta entonces que se pareciese a la magnificencia del sitio en que se encontraba.
Las alfombras para los pies, las almohadas para apoyarse y los demás adornos del sofá, con las fruslerías, los muebles y la arquitectura, eran de un lujo y de una belleza sorprendentes.
Poco después que él y Ebn Thaher se hubieron sentado, una esclava negra les sirvió una mesa cubierta de diversos y delicadísimos manjares, cuyo exquisito perfume hacía presentir la suculencia.
Mientras comían, la esclava que les había guiado no les abandonó un solo instante.
Tuvo gran cuidado de convidarles a que comiesen de algunos guisados que sabía eran de los más exquisitos.
Otras esclavas ofrecieron los mas excelentes vinos al final de la comida.
Acabada ésta, les fue ofrecido a cada uno de los dos, por separado, una palangana y un vaso de oro lleno de agua para lavarse las manos; después de lo cual les fue presentado un perfume de olores en un cofrecillo de mano, también de oro, y se perfumaron la barba y los vestidos.
El agua perfumada no fue echada en olvido; un vaso de oro destinado expresamente a este uso, y enriquecido de diamantes y rubíes, la contenía, y con ella se lavaron cumplidamente las manos y la cara.
Después de esto volvieron a su sitio; mas apenas estaban en él, cuando la esclava les invitó a levantarse en seguida.
Abrió una puerta de la cámara en que se hallaban, y les hizo entrar en otra más espaciosa y de una estructura maravillosa.
Era una cúpula sostenida por cien columnas de mármol, blanco como alabastro.
Los zócalos y capiteles de aquellas columnas estaban adornados de cuadrúpedos y pájaros dorados de distinta especie.
La alfombra para los pies de aquella cámara, hecha de una sola pieza, con el fondo de oro recamado con macetas de flores de seda roja y blanca, y la cúpula primorosamente de corada ofrecían a la mirada un espectáculo encantador.
Al pie de cada columna había un pequeño sofá adornado del mismo modo, con grandes jarrones de porcelana, cristal, malaquita, pórfido, ágata y otras piedras preciosas guarnecidas de oro y de joyeles.
En los intercolumnios había grandes ventanas con antepecho a la altura adecuada para apoyarse, adornadas como los sofás y abriendo a un jardín extraordinariamente agradable, cuyos senderos estaban pavimentados con piedrezuelas de distintos colores semejantes a los del tapiz de la sala, de tal modo que, viendo la alfombra interior y la campestre, parecía que la cúpula y el jardín, con todos sus adornos, se hallasen sobre el mismo tapiz.
La vista estaba limitada alrededor, en perspectiva- de los senderos, entre dos canales de agua cristalina como la de un manantial, los cuales tenían la misma forma circular de la cúpula, dejando el mas elevado caer el agua en el cauce del otro; hermosos jarrones de bronce dorado, adornados con arbustos y flores, se velan a lo largo de los senderos, separados unos de otros por grandes espacios plantados de árboles, elevados y frondosos, en los cuales millares de pajarillos formaban un concierto delicioso y deleitaban la vista con su diversidad de colores.
El príncipe de Persia y Ebn Thaher emplearon largo espacio de tempo examinando tal magnificencia.
Por cada una de esas cosas expresaban su admiración, particularmente el príncipe de Persia, que no había visto jamás nada comparable a lo que entonces veía.
Ebn Thaher, por mas que hubiese entrado distintas veces en aquel lugar, no dejaba de apreciar sus bellezas, como si aquella la primera vez.
En fin, no se cansaba nadie de admirar tantas cosas singulares y se hallaban todavía agradablemente ocupados en ello, cuando descubrieron una tropa de mujeres ricamente vestidas.
Todas ellas estaban sentadas a la parte de afuera y a alguna distancia de la cúpula, cada una en su silla de madera de plátano de las indias enriquecida con hilos de plata a trechos, y tenían un instrumento de música en las manos, esperando el momento de tañerlo.
Corrieron ambos a ponerse en la ventana de enfrente, y mirando a la derecha vieron un grandísimo patio, desde donde podía irse por varias escaleras al jardín, rodeado de bellísimos aposentos.
La esclava les había dejado y se pusieron a conversar entre sí.
Para vos que sois un hombre sabio, dijo el príncipe de Persia, no puedo creer que no miréis con gran satisfacción estás muestras de grandeza y poderío.
En cuanto a mi, no creo que haya en el mundo cosa mas sorprendente; pero cuando reflexiono que ésta es la espléndida morada de la hermosísima Schesnselnihar, y que el primero de los monarcas de la tierra la posee, os confieso que me tengo por el hombre más desdichado de todos. Paréceme que no hay una suerte más cruel que la mía, amando un objeto sometido a un rival mío y encontrándome en un sitio donde no me hallo seguro en este momento ni siquiera de mi existencia.
Ebn Thaher, oyendo al príncipe de Persia hablar de esta manera, le contestó: -Señor, pluguiese al Cielo que pudiera yo estar cierto del feliz éxito de vuestras aspiraciones como puedo estarlo de vuestra vida.
Aun cuando este soberbio palacio pertenezca al Califa, que lo ha mandado construir exprofeso para Schesnselnihar, con el nombre del Palacio de los Eternos Placeres, y que forme parte del suyo, sabed que ésta vive aquí en completa libertad.
No está vigilada por eunucos que espíen sus acciones.
Tiene su casa particular, donde dispone de todo como mejor le agrada.
Va a la ciudad sin pedir permiso a nadie, se retira cuando le place, y el Califa no viene a visitarla sin haber hecho antes que la prevenga Mesrour, jefe de sus eunucos, para que se prepare a recibirle.
Por lo tanto, tranquilizaos y atended al concierto con el que veo que Schesnselnihar quiere obsequiaros.
En esto llegó la esclava confidente de la favorita, que dio orden de dar principio al concierto.
Inmediatamente empezó a oírse una especie de preludio, y después cantó una sola mujer, acompañándose de un laúd que tañía admirablemente.
Las palabras del canto iban tan al unísono con los sentimientos del príncipe de Persia, que éste no pudo menos de aplaudir hasta la última estrofa.
¿Será posible ? __exc1amó__ que el don de penetrar en los corazones y el conocimiento de lo que pasa en el mío os haya movido a ofrecemos un ensayo de vuestra voz encantadora con esas palabras? La mujer nada contestó: continuó sus cantos con entusiasmo, y en cuanto terminó, ella y sus compañeras se pusieron de pie y cantaron juntas diciendo: La luna, llena está por aparecer en todo su esplendor, y dentro de poco se la verá acercarse al sol.
Esto significaba que Schesnselnihar estaba a punto de comparecer y que el príncipe de Persia tendría muy pronto el placer de verla.
En efecto, mirando por la parte del patio, Ebn Thaher y el Príncipe observaron que se aproximaba la esclava confidente seguida de diecinueve mujeres negras, las cuales traían con mucho trabajo un gran trono de plata maciza, admirablemente construido, que fueron a colocarlo enfrente de ellos a cierta distancia; después que las esclavas negras se retiraron hacia los árboles, a la entrada de uno de los senderos, veinte mujeres, todas hermosas y ricamente adornadas, avanzaron del mismo modo, en dos filas,  tañendo los instrumentos de que estaban provistas, y se colocaron alrededor del trono.
Todas estas cosas fatigaban la atención del Príncipe y de su compañero.
Por último, aparecieron otras diez mujeres igualmente bellas y bien vestidas, en medio de las cuales estaba la favorita.
Era fácil conocerla, tanto por su talle y majestuoso continente, como por una especie de manto de tela muy ligera de oro y turquesa celeste que pendía de sus hombros.
Las perlas, diamantes y rubíes que le adornaban, no estaban dispuestos sino con mucho arte; todo ello aparecía en pequeño número, más era de un valor inestimable.
Avanzo con una majestad semejante al sol en su curso por entre las nubes, y fue a sentarse en el trono de plata, preparado para ella.
Apenas el príncipe de Persia vio a Schesnselnihar, no tuvo ojos sino para ella.
No piden noticias de aquel a quien se busca -dijo él a Ebn Thaher, cuando se le ve, y no se abrigan dudas cuando la verdad se manifiesta.
¿Veis aquella soberana hermosura? Es el origen de mis males, que bendigo y no dejaré de bendecir por largos y rigurosos que sean.
En este momento, ya no soy dueño de mi; mi ánimo se turba, se rebela y siento que quiero abandonarme.
Parte, pues, alma mía, te lo permito; habéis creído proporcionarme un gran placer trayéndome aquí, y yo creo que he acabado de perderme.
Perdonadme -prosiguió serenándose, soy yo que he querido venir; no puedo quejarme sino de mi mismo.
Y prorrumpió en lágrimas al decir estas palabras.
Os agradezco, le dijo Ebn Thaher que me hagáis justicia.
Cuando os he informado de que Schesnselnihar era la primera favorita del Califa, lo he hecho a propósito para sofocar la pasión fatal que vuestro corazón se complacía en alimentar.
Todo lo que veis aquí debería desengañaros, no conservando sino sentimientos de gratitud por el honor que Schesnselnihar se ha dignado haceros mandándome que os trajese aquí.
Serenaos y disponeos a comparecer en su presencia como el deber lo impone.
Vedla, ella se acerca.
Debo advertiros, además, añadió, que el amor es un perverso traidor que puede arrojaros en un precipicio del que no podáis salir jamás.
Ebn Thaher no pudo decir mas porque Schesnselnihar llegó.
Sentóse en el trono y saludó a los dos con una inclinación.
Después miró al príncipe de Persia y se hablaron el uno al otro en lenguaje mudo lleno de suspiros, con el que en pocos instantes se dijeron infinidad de cosas.
Cuanto mas se miraban, mayor era su certeza de que no eran indiferentes el uno al otro, y se creían los seres más felices del universo.
Finalmente, ella volvió los ojos para mandar a las mujeres que habían cantado antes que se acercasen.
Aquellas se pusieron de pie, y mientras avanzaban, las negras llevaban las sillas que colocaron junto a la ventana ocupada por Ebn Thaher y el Príncipe, de modo que formasen junto con el trono de la favorita un semicírculo delante de ella.
Cuando estuvieron terminados estos preparativos, Schesnselnihar escogió a una de las mujeres para que cantase.
Después de templar su laúd, la escogida cantó una canción cuyo tema era el de dos amantes que se querían sinceramente con una ternura sin límites, de suerte que sus cuerpos no formaban más que uno, y que, cuando algún obstáculo se oponía a su felicidad, decíanse con lágrimas en los ojos: «N os amamos porque nos encontramos amables; ¿somos culpables por eso? El destino no tiene culpa».
Schesnselnihar dejó entender con sus miradas y sus ademanes que se aplicaba estas palabras a si propia y al Príncipe, de modo que éste no pudo contenerse.
Se levantó a medias y pidió a una de las compañeras que aquélla que cantaba que le acompañase con su laúd.
Entonces cantó un aria, cuyas palabras tiernas y apasionadas expresaron perfectamente la violencia de su amor.
Apenas terminó, Schesnselnihar, siguiendo su ejemplo, dijo a una de sus damas.
Estad atenta y acompañad mi canto.
Y cantó en aquel momento, inflamando aún más el corazón del Príncipe, quien contestó con una nueva aria mas apasionada que la primera.
Habiéndose declarado con sus cantos esos dos amantes su recíproca ternura, Schesnselnihar cedió a la fuerza de la suya; descendió de su trono fuera de sí, y avanzó hacia la puerta de la cámara El Príncipe, adivinando su designio, se levantó también y siguió presuroso a su encuentro.
Se juntaron en la puerta, y allí se dieron las manos y se las estrecharon con tanto placer que se desmayaron.
Habrían caído al suelo, si las mujeres que hablan seguido a Schesnelnihar no lo hubieran impedido.
Les sostuvieron, y les hicieron volver en si a fuerza de agua aromática y otras cosas.
Al recuperar los sentidos, lo primero que hizo la favorita fue mirar en torno suyo y no viendo a Ebn Thaher, preguntó con premura dónde estaba.
Este se presentó delante de ella Schesnelnihar gustaba mucho de ver a Ebn Thaher y le mostró alegría con estas palabras: Amable y cortés Ebn Thaher, no sé cómo poder demostrate mi gratitud por tantas obligaciones como es debo.
Sin vos, jamás habría conocido al príncipe de Persia, ni amado, esto que es lo más digno de ser amado en el mundo quedad persuadido de que no seré ingrata y que mi reconocimiento igualará, si es posible el beneficio recibido.
Ebn Thaher respondió con una profunda, inclinación y auguró a la favorita los más prósperos acontecimientos.
Schesnselnihar se volvió hacia, el Príncipe, que estaba sentado a su lado y, lo miró con una especie de ruborosa confusión después de lo ocurrido entre los dos.
Señor, le dijo-, estoy segura de que me amáis ardientemente, y vos no podéis dudar de que mi amor no sea tan intenso como el vuestro.
Pero no nos precipitemos; por más quo nuestros sentimientos sean los mismos, yo no veo para vos ni para mi sino penas, sufrimientos y desgracias mortales.
No hay otro remedio a nuestros males sino amarse siempre, resignarse a la voluntad del Cielo y esperar lo que nos imponga el destino.
__Señora, __respondió el Príncipe__, me haríais la mayor de las injusticias si dudéis de la duración de mi amor.
Os he entregado mi alma, de modo que puedo asegurar que está identificada con vos y se conservará así hasta después de la muerte.
Penas, tormentos, obstáculos, nada podrá impedir que os ame.
Esto dicho, dejó correr abundantes lágrimas, y Schesnselnihar no pudo contener las suyas.
Ebn Thaher aprovechó esta ocasión pera, hablar a la favorita.
__Señora, __le dijo__, permitid que os diga que, en vez de abandonaros al llanto, deberíais estar alegres por veros juntos.
No entiendo nada, de ese vuestro dolor.
__¡Ah! ¡Qué cruel sois! __contestó Schesnselnihar__ ¿Conocéis la causa de mis lágrimas y no tenéis piedad del infeliz estado en que me veis ? ¿Qué he hecho yo para que me encuentre en tan infeliz posición? Como estaba persuadida, de que Ebn Thaher, no le había hablado sino por amistad, no se ofendió de lo que le había dicho; antes bien, se aprovechó de ello.
En efecto, hizo una señal a, la esclava, confidente, y ésta salió de prisa, y trajo poco después una colección de frutas sobre una pequeña mesa de plata.
Schesnselnihar escogió lo mejor de ella y lo presentó al Príncipe para que lo comiera por amor suyo.
El lo tomó y lo llevo a la boca por el mismo sitio en que ella lo había tocado.
Luego presentó a su vez otra fruta a Schesnselnihar, que ella cogió y comió del mismo modo.
No se olvidó de invitar a Ebn Thaher a comer con ellos, quien, viéndose en un lugar no del todo seguro, hubiera deseado mejor hallarse en su casa, y que comió sólo por cumplido.
Después trajeron una palangana de plata con agua fresca y un jarro de oro y se lavaron las manos los dos esta vez.
Se trasladaron de nuevo a su sitio y entonces tres esclavas negras trajeron cada una de ellas una taza de cristal de roca, llena de un vino exquisito, en una bandejita de oro, que colocaron delante de Schesnselnihar, el Príncipe y Ebn Thaher.
Para estar más en libertad, Schesnselnihar retuvo sólo a su lado las diez negras y otras diez mujeres que sabían de música, y después de haber despedido al resto, tomó una taza y cantó acompañada al laúd por una de sus damas.
Al terminar presentó al Príncipe otra taza, y le rogó que bebiese por amor suyo, como ella.
bebía por amor a él.
El Príncipe la recibió con transportes de amor y de alegría, pero antes de beber cantó una canción que una de las mujeres acompañó con su instrumento. Schesnselnihar presentó, por último, la tercera copa a Ebn Thaher, que le dió las gracias de todo corazón. La favorita cantó de nuevo, y el Príncipe, embelesado, fijos en ella los ojos, permanecía inmóvil como si hubiese estado encantado.
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