16. Historia de Aboulhassan Ali Ebn Becar y de Schesnselnihar (Parte 1/11)

Bajo el reinado del califa Haroun-al-Raschid, había en Bagdad un afamado droguero llamado Ebn Thaher, hombre riquísimo, de buena figura y agradable trato.
Estaba dotado de mucho ingenio, y porque era íntegro, sincero y de buen humor, se hacía querer y estimar de todos.
El Califa, que conocía su mérito, tenía depositada en él una confianza ciega.
Le estimaba hasta tal punto, que le había dado el encargo de suministrar a sus favoritas todo aquello de que tenían necesidad.
Escogía sus vestidos, sus fruslerías y sus joyas con admirable buen gusto.
Sus buenas cualidades y el favor del Califa hacían que fuesen a su casa los hijos de los eunucos y de los oficiales de los más altos grados.
Entre los jóvenes señores que iban todos los días a visitarle, había uno a quien consideraba mas que a todos los otros, con el cual había contraído una amistad popular.
Se llamaba Aboulhassan Ali Ebn Becar, y era originario de una antigua familia real de Persia que subsistía en Bagdad aun después de que los musulmanes, con la fuerza de las armas, habían conquistado aquel reino.
La naturaleza parecía haberse complacido en amontonar en aquel joven Príncipe las más raras dotes del cuerpo y del espíritu. Su rostro era de una belleza acabada, el talle esbelto, el porte suelto, y, en fin, su fisonomía era tan atractiva que no podía vérsele sin amarle en seguida. Cuando hablaba, se conducía siempre en términos adecuados y escogidos, con un modo de decir agradable y nuevo, con una voz que tenía algo de encantador y, como poseía mucho ingenio y discernimiento, pensaba y trataba de todos los asuntos con una precisión admirable.
Tenía tan buen talante y tanta modestia, que nunca proponía cosa en la que no hubiese tomado de antemano todas las precauciones posibles, Pera no hacer suponer preferible su sentir al de los otros.
No era, pues, de maravillar a nadie que Ebn Thaher le distinguiese sobre los demás que en su mayor parte los vicios opuestos a las virtudes que campeaban en el.
Un día en que este Príncipe estaba junto con Ebn Thaher se vio llegar a una señora, montada sobre una mula blanca y negra, en medio de diez esclavos.
Aquella señora tenía un cintillo de color de rosa, de cuatro dedos de largo, sobre el cual relucían perlas y diamantes de grosor extraordinario.
Venia a hacer compras, y teniendo que hablar a Ebn Thaher entró en su espaciosa tienda, donde él la recibió con todas las señales del más profundo respeto, rogándole que se sentara e indicándole con la mano un sitio de honor.
El príncipe de Persia, en tanto, que no quería dejar escapar una ocasión tan propicia de lucir su gentileza y galantería, presento el almohadón de tela con fondo de oro que había de servir a aquella señora.
Presentó el almohadón a la señora para que se sentase.
Después, la saludó, extendió la alfombra sobre la que ella tenía los pies y, levantándose, permaneció de pie junto al sofá que estaba inmediato a ella.
Como lo tenia por costumbre con Ebn Thaher, quitóse el velo y dejo ver al príncipe de Persia una belleza tan extraordinaria que quedó grabadas en el- fondo de su corazón; Por su parte, la señora no pudo librarse de mirar al Príncipe, cuya vista.
en ella la misma impresión, tanto que le dijo con amabilidad:
Señor os ruego que os sentéis.
El príncipe de Persia obedeció y se sentó en el sofá, teniendo siempre fijos los ojos en ella, ingiriendo a grandes sorbos el dulce veneno del amor.
Ella se dio cuenta al instante de cuanto pasaba en el corazón del joven, y esto acabó de infiamarla por él.
Levantándose después, se acercó a Ebn Thaher y habiéndole manifestado en voz baja el objeto de su visita, le preguntó el nombre y la patria-del príncipe de Persia.
__Señora _contestó Ebn Thaher__, el joven señor de quien me habláis se llama Aboulhassán Alí Ebn Becar y es un príncipe de estirpe real.
La señora se exaltó más al saber que la persona a, quien amaba ya con pasión era de elevada alcurnia.
__¿ Queréis significar, sin duda __añadió__, que desciende del rey de Persia? __Sí, ¡oh señora l __respondió Ebn Thaher__, los últimos reyes de Persia fueron sus antepasados, y después de la conquista de este reino, los príncipes de su casa han sido siempre personajes notables en la corte de muchos califas.
__Me causáis un placer muy señalado __dijo ella__ haciéndome conocer ese señor.
Cuando os envié esta mujer __añadió mostrándole una esclava suya__, para rogaros que vengáis a mi casa, os ruego que vengáis con él.
Deseo que vea la magnificencia de mi casa, para que se dé cuenta de que la avaricia no reina en Bagdad entre personas de calidad.
Penetrad bien cuanto os digo.
No faltéis, porque de otra manera, me enfadaré con vos y no vendré jamás aquí.
Ebn Thaher tenía mucho discernimiento para no conocer qué clase de sentimientos se encerraban en estas palabras, y contestó a la señora:, __Princesa mía, mi reina, el Cielo me preserva de daros motivos de cólera ante mí.
Siempre será para mi una ley cumplir vuestras indicaciones.
Dicho esto, la señora se despidió de Ebn Thaher, saludándolo con una inclinación de cabeza, y después de haber echado al príncipe de Persia una mirada muy lisonjera, montó de nuevo en su mula y partió.
El príncipe de Persia, perdidamente enamorado de ella, la siguió con sus ojos mientras pudo verla, y hacia ya largo tiempo que había desaparecido sin que él se moviese de su actitud.
__¡ Ay de mi __le dijo el Príncipe__.
El universo y vos tendrían compasión de mi si supierais que la hermosa señora que acaba de salir de aquí, lleva consigo la mejor parte de mi ser y que el resto clama por reunirse con ella.
Decidme, os conjuro, ¿quién es aquella linda tirana que obliga a las gentes a amarla, sin concederles el tiempo de editarlo? __Señor -le respondió Ebn Thaher__, es la famosa Schesnselnihar, la primera favorita del Califa nuestro señor.
__Con justicia se llama así __interrumpió el Príncipe__, puesto que es más hermosa que el sol en un día sin nubes.
__Verdad es eso __replicó Ebn Thaher__, pero el Comendador de los creyentes la ama, mejor dicho, la adora.
El mismo me ha ordenado suministrarle cuanto me pida y aun aconsejarle, en cuanto me sea posible, en todo aquello que pueda desear.
Le hablaba de esta suerte a fin de impedirle que se empeñase en un amor que no podía ser sino desgraciado.
Pero todo esto sólo sirvió para excitarle más.
__Bien claramente conocía, linda Schesnselnihar __exclamo__, que no me sería permitido elevar hasta vos mi pensamiento.
Me doy cuenta, sin embargo, de que vos me amáis aunque sin esperanza, y de que no me será posible dejar de amaros.
Os amaré, pues, y bendeciré mi destino de ser el esclavo del objeto más bello que el sol alumbra.
Mientras el príncipe de Persia consagraba de tal modo su corazón a la bella Schesnselnihar, ésta, de camino para su casa, discurría de qué manera podía ver al Príncipe y hablar con él con toda libertad.
Apenas hubo entrado en su palacio, envió a Ebn Thaher la mujer que le había mostrado, en la que tenia plena confianza, para decirle que viniese a visitarla en seguida con el príncipe de Persia.
La esclava llegó a la tienda de Ebn Thaher en ocasión en que éste hablaba todavía con el Príncipe y trataba de disuadirle de amar a la favorita del Califa.
Ir a historia La favorita del califa Schesnselnihar invita al Príncipe de Persia (parte 2)
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