16.3. Historia de Aboulhassan Ali Ebn Becar y de Schesnselnihar (Parte 3/11)

El califa viene a visitar a su favorita

En este momento, la esclava confidente llegó presa de ansiedad, y hablando a su dueña: __Señora __le dijo__, Mosrour y dos oficiales, con algunos eunucos, están en la puerta y quieren hablaros de parte del Califa.
Cuando el príncipe de Persia y Ebn Thaher oyeron estas palabras, cambiaron el color y empezaron a, temblar, seguros de su perdición. Pero Schesnselnihar les tranquilizó con una sonrisa. Encargó a la esclava que se marchase a entretener a Mosrour y a los dos oficiales del Califa, hasta que ella se hubiera puesto en estado de recibirle y le mandase recado de introducirles.
Además, ordenó que se cerrasen todas las ventanas de la cámara y que se bajaran las telas pintadas por la parte del jardín; y después de haber asegurado al príncipe de Persia y a Ebn Thaher que podían permanecer allí sin temor, salió por la parte del jardín, cerrándole detrás de sí.
Pero a pesar de las seguridades de tener buen ánimo y no temer cosa alguna no dejaron de experimentar grande inquietud por todo el tiempo en que quedaron solos.
En el jardín, la favorita hizo quitar las sillas y, cuando tuvo las cosas en la forma que deseaba, se sentó sobre su trono de plata.
Mandó entonces a su esclava confidente que hiciese entrar al jefe de los eunucos y a los dos oficiales subalternos.
Estos se presentaron seguidos por veinte eunucos negros elegantemente vestidos, con los sables al cinto pendientes de un cinturón de oro de cuatro dedos de ancho.
Al ver a la favorita, le hicieron una profunda reverencia, que ella devolvió desde lo alto del trono.
Cuando estuvieron más cerca de ella se levantó y marchó al encuentro de Mesrour, que iba delante, y le preguntó de qué nuevas era portador.
_ El contestó: __Señora, el Comendador de los creyentes, que me envía, me ha encargado que os diga que no puede vivir por más tiempo sin veros.
Ha resuelto venir a visitaros esta noche: vengo a prevenirlo para que os preparéis a recibirle. Espera que le veáis con tanto gusto cuanta es la impaciencia que tiene por entrevistarse con vos. A ese discurso de Mesrour la favorita postró el rostro en tierra para demostrar la sumisión con que recibía las órdenes del Califa.
Al levantarse dijo: __Os ruego que digáis al Comendador de los creyentes que tendré siempre por una gloria el obedecer las órdenes de Su Majestad, y que su esclava se esforzará en recibirlo con todo el respeto que le es debido.
Dicho esto, ordenó a su esclava confidente que hiciese poner el palacio en estado de recibir al Califa por las esclavas negras destinadas a ese ministerio.
Luego, despidiendo al jefe de los eunucos, le dijo: __Ya lo veis, se necesita algún tiempo para prepararlo todo; haced de manera, os lo suplico, que tenga un poco de paciencia; no sea que a su llegada encuentre algo en desorden.
Habiéndose retirado el jefe de los eunucos y su séquito Schesnselnihar volvió al salón, extremadamente afligida por la necesidad en ‘que se veía de despedir al príncipe de Persia antes de lo que ella creía.
Llegó a él con lágrimas en los ojos, lo que aumentó el espanto de Ebn Thaher, que pensó se trataba de algo siniestro.
__Señora, __le dijo el Príncipe__, ya veo que venís a anunciarme que es necesario que nos separemos.
Espero que el Cielo me dará la fuerza suficiente para soportar vuestra ausencia.
-¡ Ay de mí! Querido corazón mío, alma mía querida -interrumpió la demasiado tierna Schesnselnihar, ¡cuan feliz os encuentro al comparar con la mía vuestra suerte! Vos sufriréis sin duda por no poder verme, pero podréis consolaros con la esperanza de verme otra vez.
En cuanto a mí, ¡justo Cielo, a qué rigurosa prueba estoy sometida! No sólo estaré privada de la vista de lo que amo únicamente, sino que me será preciso sostener la de un objeto que me resultará odioso.
¡La llegada del Califa me recordará vuestra partida! ¿Y de qué manera, pensando en vuestra querida imagen, podré mostrar a ese príncipe la alegría que he observado en mis ojos siempre, en todas las ocasiones que ha venido a visitarme? Tendré el espíritu distraído al hablarle, y las menores complacencias con que corresponda a sus pruebas de amor, serán otras tantas puñaladas para mi corazón.
¿Podrán serme gratas sus palabras, precursoras de sus caricias? juzgad ¡oh Príncipe! a qué tormentos quedaré expuesta cuando ya no os vea.
Las lágrimas corrían abundantes y sus sollozos no la dejaron proseguir.
El príncipe de Persia quería contestarle, pero no tenía la fuerza necesaria para ello; su dolor y el que le demostraba su amante le privaban de hablar.
Ebn Thaher, que no veía la hora de poder salir del palacio, se vio obligado a consolarles, exhortando a uno y a otro a tener paciencia.
Pero la esclava confidente vino a interrumpirle.
__Señora __dijo a Schesnselnihar-, no hay tiempo que perder Los eunucos comienzan a llegar y ya sabéis que el Califa estará pronto aquí.
¡ Oh Cielo! ¡Qué cruel es esta separación! exclamó la favorita; y añadió a su confidente-: Apresuraos, conducidles si entrambos a la galería que cae al jardín de una y otra parte del Tiquí; y cuando la noche este bien obscura, hacedles salir por la puerta de enfrente para que se retiren en seguida.
Diciendo esto, abrazó tiernamente al príncipe de Persia sin que pudiese decirle ni una palabra, y después se dirigió al encuentro del Califa en el desorden en que se hallaba.
Entretanto la esclava confidente condujo al Príncipe y Ebn Thaher a la galería indicada por Schesnselnihar; allí les dejó, cerrando por fuera la puerta, después de haberles asegurado que no había nada que temer y que les facilitaría la salida cuando fuera preciso.
Habiéndose marchado la esclava confidente, el príncipe de Persia y Ebn Thaher olvidaron las seguridades de que nada tenían que temer.Examinaron toda la galería y quedaron sobre cogidos por un gran espanto cuando conocieron que no podían huir de ningún modo en caso de que el Califa o alguno de los suyos quisiera ir allí.
Un intenso resplandor que vieron de pronto por la parte del jardín, a través de las celosías, llamó su atención por no saber a qué era debido Lo producían cien antorchas de cera blanca que otros tantos jóvenes eunucos llevaban en sus manos.
A éstos seguían otros cien, mas viejos, todos de la guardia de las mujeres del palacio del Califa, armados de sables y vestidos como aquellos de que ya hemos hablado.
El Califa seguía detrás con Mesrour, su jefe y Vassif, su lugarteniente.
Schesnselnihar esperaba al Califa al principio de uno de los senderos, acompañada de mujeres de una belleza sorprendente y adornadas con collares y pendientes de gruesos diamantes.
Estas cantaban al son de sus instrumentos y formaban un deleitoso concierto.
La favorita, en cuanto vio aparecer al Califa, marchó a su encuentro y se postró delante de él Pero al hacer eso, decía entre sí: Príncipe de Persia, si vuestros ojos tienen la desgracia de ver lo que hago, juzgad del rigor de mi suerte Sólo delante de vos querría.
humillarme de este modo, y entonces mi corazón no sentiría repugnancia alguna.
El Califa se alegró al ver a Schesnselnihar.
Levantaos, señora, le dijo, y acercaos.
Estoy descontento de mí mismo por haberme privado del placer de veros.
La tomó por la mano al decir esto, y sin cesar de prodigarle frases interesantes, se dirigió a sentarse en el trono que Schesnselnihar había hecho preparar.
Ella se sentó en una silla junto a él, y las veinte mujeres formaron un círculo a su alrededor con otras sillas, mientras que los jóvenes eunucos se distribuyeron por el jardín a cierta distancia uno de otro, a, fin de que el Califa gozase del fresco de la noche con más comodidad.
Cuando se hubo sentado, el Califa echó una mirada en torno suyo, y vio con gran satisfacción todo el jardín iluminado; pero extrañó ver cerrada la cámara e inquirió el porqué Se había hecho ex profeso para sorprenderle.
En efecto, tan pronto acabó de hablar, se abrieron las ventanas y vio iluminado el exterior y el interior de un modo mucho más completo que antes.
Hermosa Schesnselnihar, exclamó a la vista de ese espectáculo, os comprendo: habéis querido hacerme conocer que sois tan bella de noche como hermosa de día.
Volvamos al príncipe de Persia y a Ebn Thaher, que dejamos en la galería.
Ebn Thaher no se cansaba de admirar todo cuanto veía.
Soy joven, decía, y he visto en mi vida grandes fiestas, pero no creo que pueda ver otras más sorprendentes y grandiosas.
Todo lo que se cuenta de los palacios encantados no se puede comparar con el prodigiosísimo espectáculo que ahora presenciamos.
¡Cuanta riqueza y cuanta magnificencia reunidas! El príncipe de Persia, por el contrario, no se hallaba conmovido por tales esplendentes objetos que tanto placer causaban a Ebn Thaher. No tenía ojos sino para mirar a Schesnselnihar, y la presencia del Califa le sumergía en un dolor inconcebible.
Querido Ebn Thaher, dijo, pluguiese a Dios que yo tuviese el espíritu tan libre que me permitiese contemplar eso que debiera causarme admiración como a vos.
Pero ¡ay de mi! me en un estado muy distinto: todos estos objetos no sirven sino para aumentar mis tormentos.
¿Puedo ver al Califa a solas con la que amo y no morir de desesperación? ¿Es acaso posible que un amor tan tierno como el mío se vea turbado por un rival tan poderoso? ¡Cielos, cuan duro y cruel es mi destino ! Hace un momento me tenía por el amante más dichoso del mundo ahora me siento herido por un golpe mortal.
No puedo resistir, mi querido Ebn Thaher; mi paciencia ha llegado al colmo, mis males me abruman y mi valor sucumbe.
Dicho esto, algo que ocurría en el jardín le hizo callarse y prestar atención.
En tanto, el Califa había mandado a una esclava que estaba allí que cantase acompañándose con el laúd, y así se hizo.
Las palabras del canto eran apasionadísimas, y el Califa.
persuadido de que las cantaba por orden de Schesnselnihar, que le daba con frecuencia.
semejantes demostraciones de su ternura, creyó ser el objeto de ellas.
Pero esta vez era distinta la intención de Schesnselnihar.
Las aplicaba a su amado Ali Ebn Becar, y sintió tal dolor por tener delante un objeto cuya presencia no podía sostener, que perdió el conocimiento.
Habría caído al suelo si algunas esclavas no hubiesen acudido pronto a socorrerla, cogiéndola en brazos y llevándola a otra habitación.
Ebn Thaher, que estaba en la galería, sorprendido por este accidente, se volvió al príncipe de Persia, y, en vez de verle apoyado en la celosía como él, se maravilló al verle tendido a sus pies, sin movimiento.
Por esta señal juzgó cuanto era el amor que el Príncipe tenía a Schesnselnihar, y admiró ese extraño afecto de simpatía que le causaba una pena mortal, con motivo del lugar en que se encontraban.
Con todo, hizo cuanto estuvo en su mano para hacer volver en sí al Príncipe, pero inútilmente.
Ir a  parte 4  El príncipe de Persia y su amigo Ebn Thaher salen del palacio de la favorita
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