11.2. Aladino pide la mano de la Princesa Brudulbudura

Aladino convence a su madre de ir a hablar con el sultán y al siguiente día después de envolver la bandeja en un lienzo de extraordinaria blancura, se dirigió temblando de miedo y de incertidumbre al palacio del Sultán, donde estaban ya reunidos los visires, los señores de la corte y gran número de personas que tenían negocios pendientes en el Diván. La pobre mujer se colocó enfrente del Soberano para ser vista de Su Majestad; pero la audiencia terminó, nadie le dijo una sola palabra, y la mujer salió de Palacio con todas las demás personas, fatigada de haber permanecido en pie cerca de dos horas.
Aladino, al ver a su madre regresar con el presente en la mano, creyó que el Sultán había rechazado sus pretensiones, y ya, prometiéndole volver a Palacio al otro día.
Así lo verificó, pero obtuvo el mismo resultado, y durante seis días consecutivos repitió su silenciosa visita hasta que el Sultán, al ver siempre delante del trono a aquella mujer que no prefería una sola palabra, le preguntó, lleno de curiosidad, al gran Visir, quién era y, lo que solicitaba de la Corte; pero el Visir supuso que sería alguna mujer de las que iban a Palacio a molestar al soberano con quejas de los vendedores de comestibles, y que probablemente llevaba bajo el lienzo la muestra del articulo y la prueba de la culpabilidad del mercader.
No satisfizo al Sultán esta respuesta, y así es que al séptimo día ordenó, en la hora de audiencia, que condujesen a las gradas del trono a la madre de Aladino, a la cual dirigió la palabra con bondadoso acento,.preguntándole el motivo que la llevaba diariamente a. su palacio. La viuda se prosternó dos veces, y luego dijo: Monarca superior a todos los soberanos del mundo: antes de exponer a Vuestra Majestad el objeto extraordinario que me conduce hasta aquí, le suplico me perdone el atrevimiento y la audacia de la demanda que voy a hacerle. Sólo al recordarla siento que mis mejillas se tiñen con el color de la vergüenza.
El Sultán ordenó que saliesen todos sus servidores del salón para que hablase con más desahogo Y libertad la madre de Aladino.
Luego que se quedaron solos, y que el Sultán prometió a la viuda que ningún mal le sobrevendría por ofensivas o injuriosas que le pareciesen al pronto sus palabras, la buena mujer, algo mas tranquila, refirió al Sultán desde el principio hasta el fin los proyectos de Aladino, su amor hacia la Princesa, las reflexiones que le había hecho como madre cariñosa, para que desistiese de sus descabellados planes, y por último la obstinación del joven que se empeñaba a todo trance en ser esposo de la bella y encantadora Brudulbudura.
Oyó el Sultán las palabras de la madre de Aladino sin dar señales de cólera ni de burla, y antes de responder le preguntó que era lo que guardaba con tanto esmero debajo del lienzo blanco.
La viuda presentó entonces las piedras preciosas al Soberano quien permaneció inmóvil de sorpresa ante el maravilloso espectáculo que a sus ojos se ofrecía. Al cabo de un rato exclamó enajenado de gozo:
¡Oh! Es imposible que haya en el mundo una colección de piedras mas ricas, y el presente que me hacéis es digno de la Princesa mi hija, y digno también de ser dueño de su mano el poseedor de tantos tesoros. Hoy nada os digo, buena mujer, pero venid a verme dentro de tres meses, contados desde hoy.
La madre de Aladino, que ni en sueños esperaba tan favorable acogida’ volvió a su casa loca de alegría con la esperanza que le había dejado entrever el Sultán. Aladino la aguardaba con la mayor ansiedad, y al oír de labios de su madre los pormenores de la entrevista, se creyó el mas dichoso entre todos los mortales, dándole gracias por el interés y el cariño con que había desempeñado su difícil comisión.
Pasaron los tres meses. del plazo; la madre de Aladino fue a Palacio puntualmente, y se colocó en el mismo sitio que el primer día.
Apenas la vio el Sultán, dejó a un lado el despacho de los asuntos del reino, y mandó a la viuda que se acercase.
Señor exclamó la madre de Aladino, hoy concluye el plazo de tres meses que se sirvió fijar Vuestra Majestad, y me tomo la libertad de venir a recordarlo al soberano mas poderoso en la tierra.
El Sultán había diferido tres meses su respuesta, en la confianza de que pasado este tiempo no volvería a oír hablar más de un casamiento que juzgaba desigual y poco conveniente para su hija, así es que no supo que contestar a la viuda; consultó al efecto con su giran Visir, sin ocultarle la repugnancia que sentía en dar la mano de la Princesa a un desconocido, y el gran Visir, para eludir el compromiso, aconsejó al Sultán que pusiese a su hija a. tan alto precio, es decir, que exigiera tantas riquezas al aspirante, que ningún hombre, por opulento que fuese, pudiera alcanzar la mano de Brudulbudura.
Siguió el Sultán el consejo del gran Visir, y volviéndose a la viuda, le dijo:
Los soberanos deben tener palabra, y yo estoy pronto a cumplir con la mía siempre que vuestro hijo me presente cuarenta grandes fuentes de oro macizo llenas de piedras iguales a las de su primer regalo. Esta riqueza deberá ser traída, a Palacio por cuarenta esclavos negros y cuarenta blancos, que sean hermosos, de buena estatura y vestidos con lujosa magnificencia. Sólo a este precio podrá. obtener la mano de la Princesa mi hija.
La madre de Aladino se prosternó y salió de Palacio, riéndose por el camino de la locura de su hijo y de la imposibilidad en que se vería de salir triunfante de las exigencias del Sultán. Cuando llegó a su casa, y después de enterar a Aladino del éxito de su embajada, quiso persuadirle de que debía abandonar su temeraria empresa.
Nada de eso, madre mía replicó el joven; confieso que esperaba mayores dificultades aun por parte del Sultán, pero lo que pide es demasiado poco y muy pronto quedara satisfecho. Dejadme obrar en libertad.
Salió a la calle la viuda en busca de provisiones, y Aladino, apenas se vio solo frotó la lámpara maravillosa.
Presentóse el Genio y el enamorado mancebo le dirigió, estas palabras: Acabo de obtener en matrimonio a la hija del Sultán, pero éste me pide que antes le lleve cuarenta fuentes de oro macizo llenas de frutos del jardín donde me apoderé de la lámpara. También exige cuarenta esclavos negros e igual número de blancos., de buena figura v ricamente vestidos. Anda y tráeme todo esto para llevarlo al Sultán antes de que acabe el día.
Desapareció el Genio, no sin prometer a Aladino que serian cumplidos sus deseos, y volvió pocos momentos después con ochenta hermosos esclavos blancos y negros. Cada uno tenía en sus manos una fuente de oro cincelado llena de perlas, rubios, brillantes y esmeraldas, y cubierta con un paño de tisú de plata bordado de florones de oro. Los trajes de los esclavos deslumbraban por su elegante magnificencia. Preguntó el Genio a Aladino si estaba contento y si deseaba algo más, pero el joven dijo que no, y desapareció de repente con igual misterio que vino.
Volvió la madre de Aladino, y al ver a la brillante comitiva no pudo ,articular ni una palabra ; tal fue su estupor, su admiración ; pero el impaciente joven le rogó que se dirigiera inmediatamente seguida de los esclavos al palacio del Sultán para que este comprendiese por la exactitud en enviarle el dote de su hija el anhelo de que estaba poseído el corazón del amante de la Princesa.
Desfilaron los esclavos, y Aladino esperó tranquilo que el Sultán se dignase, al fin, admitirle como yerno.
Apenas salieron los esclavos a la calle, se agolpó a su paso una inmensa muchedumbre, absorta ante el magnifico espectáculo que presentaban con sus ricas vestiduras, que valían cada una mas de un millón, y con las fuentes de oro sobre la cabeza, dejando ver el tesoro esplendente que contenían, Llegada la comitiva a Palacio en medio del pueblo que la seguía, creyeron los soldados que aquellos hombres eran reyes y se apresuraron a besar el borde de sus vestiduras, pero el primero de los negros les dijo:
Nosotros no somos mas que esclavos, y nuestro Señor vendrá cuando sea tiempo.
El lujo de los departamentos del. palacio y de los trajes de los servidores del Sultán, todo se eclipsó ante la riqueza de los recién llegados, los .cuales entraron por su orden en el salón del trono, depositando a los pies del Sultán las fuentes de que eran fieles portadores.
Luego, blancos y negros, cruzaron las manos sobre el pecho con la mayor modestia.
Señor exclamó entonces la viuda, mi hijo Aladino sabe muy bien que estos dones valen menos que la hermosa princesa Brudulbudura, pero confía en que Vuestra Majestad se dignará concederle su mano después de haber cumplido con la condición que tuvo a bien imponerle su soberano.
El Sultán no oyó siquiera las frases de la madre de Aladino, trastornado como estaba en presencia de aquellas riquezas y de aquellos esclavos, que parecían reyes poderosos por su aspecto, su hermosura y su magnificencia. Al fin, preguntó en alta voz al gran Visir si creía digno esposo de su hija al hombre que le enviaba tan soberano presente.
El gran Visir, aunque lleno de celos al considerar que la Princesa iba a desposarse con un desconocido, cuando él aspiraba a unirla con su hijo, no pudo menos de contestar:
Señor, lejos de creer a Aladino indigno de poseer la mano de la Princesa, diría que merece mas aun, si no estuviese persuadido de que no hay en el mundo tesoro que iguale a la hija de Vuestra Majestad.
Los señores de la Corte demostraron con entusiastas aplausos que participaban de la opinión del gran Visir, y ya el Sultán. sin informarse de las cualidades de Aladino, y subyugado ante el prestigio de su opulencia, dijo a la viuda de Mustafa:
Id y decid a vuestro hijo que le espero con los brazos abiertos para recibirle, y que cuanto mayor sea su diligencia, mas grande será. mi placer en otorgarle la mano de la Princesa.
Concluida la audiencia, quiso el Sultán que su hija viera a través de las celosías los regalos y los esclavos que le ofrecía su prometido esposo, como así se ejecutó, desfilando la comitiva por delante de los ajimeces de la habitación de Brudulbudura.
Voló a su casa la madre de Aladino para dar a su hijo la buena nueva, recomendándole, terminado su relato, que se presentase en la Corte rodeado de la pompa y del esplendor posible.
_Aladino, enajenado de gozo, se retiró a su cuarto y frotó con fuerza la lámpara. El Genio se le apareció inmediatamente.
Quiero le dijo darme un baño perfumado, y cuya agua proporcione a mi tez la mayor hermosura. Después necesito un vestido que no tenga igual en el mundo, superior a los de los más poderosos reyes; luego me darás un caballo por el mismo estilo y cuyos arneses valgan mas de un millón cuarenta esclavos, aún mejor vestidos que los que te pedí ayer, seis esclavas, cada una de las cuales traiga un traje suntuoso para mi madre, y por último deseo diez mil monedas de oro repartidas en diez diferentes bolsillos. Ve y vuelve pronto.
A los pocos momentos, Aladino era dueño de todo lo que quería; tomó cuatro bolsillos, o sea cuatro mil monedas de oro, dando los otros seis a su madre, con los trajes y las esclavas que destinaba a su servicio.
Dispuesto el plan, dijo Aladino al Genio que podía retirarse y que le llamaría cuando tuviese necesidad de sus servicios. El Genio desapareció. Después hizo preguntar al Sultán si estaba dispuesto a recibirle, y este contestó que le aguardaba con impaciencia.
Aladino montó a caballo; iban delante veinte esclavos arrojando al pueblo puñados de monedas de oro, y otros .veinte detrás que servían de rica y vistosa escolta al brillante jinete, que en un momento se atrajo las miradas y las bendiciones de toda la ciudad, asombrada de tanta magnificencia. Nadie reconoció en Aladino al joven vagabundo que poco antes había jugado por calles y plazas, y la noticia de que iba a casarse con la princesa Brudulbudura dio a su persona un encanto y un prestigio que deslumbró a todos cuantos se apresuraban a presenciar la marcha de la comitiva.
Llegado que fue a Palacio, quiso Aladino dejar a la puerta su caballo, según lo exigía la etiqueta de la Corte; pero el gran Visir se opuso a ello en nombre de su señor, y Aladino obtuvo el favor insigne de ir cabalgando hasta el pórtico del salón del trono entre dos filas de soldados que se inclinaban a su paso.
El continente y la gallardía de Aladino agradaron tanto al Sultán, que bajó los escalones del trono para recibirle e impedir que se prosternase. Lejos de esto, abrazó al joven en testimonio de amistad sentándole después a su lado.
Aladino describió, con gran elocuencia, lo humilde de su posición, su escaso mérito para aspirar a la mano de la Princesa y su atrevimiento en poner los ojos a tanta altura, por lo cual pidió perdón al Sultán, dándole las gracias al mismo tiempo, toda vez que de aquel enlace dependía la felicidad eterna de su vida.
Hijo mío respondió el monarca abrazándole por segunda vez, no hay para mi honra mayor que la de conceder la mano de mi hija a tan cumplido caballero, y no cambiaria este placer por la posesión de todos mis tesoros unidos con los vuestros.
En seguida, y a los acordes de una música melodiosa, pasaron a otro salón, donde el Sultán comió solo con Aladino en presencia de los señores y dignatarios de la Corte, admirados, a semejanza del Sultán, de ver el talento con que el joven sostenía la conversación de su soberano. Este ordenó al primer Cadi de su reino que extendiese el contrato de boda de la Princesa con Aladino para que el casamiento se verificara aquel mismo día; pero el afortunado joven rogó al monarca con el mayor respeto que aplazase la ceremonia algunos días, de que necesitaba para construir un palacio digno de la belleza de Brudulburuda. Accedió a ello el Sultán, otorgándole los terrenos que necesitase frente a su propio palacio, con lo cual terminó la conferencia de aquel memorable día.
Aladino regresó a su casa con la misma ostentación y entre iguales aclamaciones que había salido de ella, y cuando se vio solo en su habitación, llamó al Genio por el medio conocido. Genio le dijo al verle aparecer, ante todo te doy las gracias por el celo y la exactitud con que has obedecido hasta aquí mis mandatos, y hoy reclamo mas que nunca tu interés y tu diligencia. Quiero que en el menor tiempo posible me construyas frente al palacio del Sultán, otro palacio que le supere en magnificencia para recibir en él a la princesa Brudulbudura, mi esposa. Dejo a tu capricho la elección de los materiales, pero desearía que en lo mas alto del palacio fabricases un gran salón con su cúpula de cuatro faces iguales, cimentadas en plata y oro macizo, y en cada una de ellas. tres ventanas, cuyas celosías, a excepción de una que deberá ser imperfecta, ostentaran transparentes y dibujos hechos con piedras preciosas, de tal suerte y con tanto arte que sean la admiración de cuantos las contemplen. Quiero, además, que el palacio tenga patios extensos, frondosos jardines, y sobre todo, un sitio, que me indicaras, lleno de monedas de oro y plata. No te olvides de ningún departamento, de los trenes de caza, palafreneros, y de cuanta servidumbre se necesite para que corresponda a la suntuosidad del edificio. Vete y vuelve cuando hayas rematado la obra.
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