11.3. Aladino desposa a la princesa Brudulbudura y son perseguidos por el mágico

Al despuntar la aurora del siguiente día se presentó de nuevo el Genio, y le dijo a Aladino:
Señor, el palacio esta concluido; venid a ver si estáis contento de mi trabajo.
Fue Aladino al lugar designado, y no pudo menos de confesar al Genio que había excedido a sus mayores esperanzas. Luego que recorrió admirado todos los departamentos Y que supo el sitio donde se ocultaba el tesoro, que era inmenso, pidió al Genio que colocase una alfombra de terciopelo desde la habitación de la Princesa .hasta la puerta del palacio del Sultán, su padre. El Genio obedeció la orden con la rapidez de un relámpago, y desapareció después de acompañar a Aladino a su casa.
Fueron saliendo poco a poco a la calle las gentes de la ciudad, y al momento se extendió por toda ella y llegó a Palacio la noticia de la maravilla hecha por Aladino. El gran Visir atribuyó el palacio al arte de encantamiento y de hechicería ; pero el Sultán no opinó lo mismo, creyendo que un hombre tan poderoso como su futuro yerno se había valido nada mas que del auxilio del dinero, que en todos los tiempos y en todos los países del mundo ha hecho siempre verdaderos milagros.
Cuando Aladino volvió a su casa y despidió al Genio, hizo que su madre vistiese un rico traje para ir al palacio del Sultán y acompañar aquella noche a la Princesa luego que estuviera en disposición de trasladarse al nuevo palacio. Hijo y madre dieron un adiós a la casa que iban a dejar para siempre y, sin olvidar, por supuesto, la lámpara maravillosa, se dirigieron, seguidos de esclavos y servidores, a la residencia del Sultán.
El sonido de las trompetas y las armonías de las músicas anunciaron su llegada, y la viuda fue introducida en el departamento de la Princesa por el jefe de los eunucos. Brudulbudura la obsequió de una manera espléndida, y cuando llegó la noche se despidió la Princesa del Sultán su padre en medio de lágrimas y de sollozos que no permitieron a uno ni a otro proferir una sola palabra.
La joven se puso en marcha con la madre de Aladino, seguida de cien esclavos cuyos trajes eran de sorprendente magnificencia. Iban las músicas delante, y a los lados cuatrocientos pajes del Sultán con antorchas en las manos, lo cual, unido a la iluminación del palacio de Aladino, casi reemplazaba a la claridad del día. Una inmensa muchedumbre acudió a aclamar a la Princesa, que fué recibida en el pórtico por el enamorado galán.
Princesa, le dijo, en nombre del amor que os profeso, perdonadme la osadía de haber aspirado a vuestra mano, pues en ello consiste toda mi felicidad.
Príncipe, respondió la Princesa, no he hecho mas que cumplir con la voluntad de mi padre, y después de haberos visto, confieso que le he obedecido sin repugnancia.
Gozoso Aladino al oír respuesta tan lisonjera, condujo a su esposa a la sala del festín, dispuesto por el Genio con el lujo que él sabia hacerlo, y esta dicho todo.
Durante el banquete se oyó un concierto de voces e instrumentos, tan delicioso, que Brudulbudura aseguró que jamás había oído cosa parecida. Y es que las cantantes eran hadas elegidas por el Genio esclavo de la lámpara. Luego dio principio el baile, que, al concluir a una hora avanzada de la noche. puso fin a los festejos preparados por Aladino para festejar sus bodas.
Al día siguiente fue a comer el Sultán en compañía de los Príncipes, sus hijos, y consagró casi todo el tiempo a examinar el palacio, que calificó, por la riqueza y el buen gusto, una de las mayores maravillas de la tierra. Mucho le llamó la atención al entrar en el .salón de las celosías, que una de ellas estuviese sin acabar cuando las demás eran un modelo de primor y de arte. No podía comprender la causa, y Aladino entonces le dijo:
Señor, no he querido ex profeso que se perfeccione esa celosía para que Vuestra Majestad tenga la gloria y me dispensa la honra de concluir por si mismo este palacio.
Y lo haré altamente complacido, respondió el Sultán. Aquel día dio orden a los joyeros mas hábiles de su reino para que, sin levantar la mano, .terminasen la celosía, incrustándola de piedras preciosas, pero los joyeros y los diamantistas, después de examinar la riqueza del salón, declararon que no tenían piedras que igualasen siquiera a las otras celosías. El Sultán entonces les dio todas las que constituían los presentes de Aladino, el Visir y los señores de la Corte suministraron las suyas, y sin embargo los artífices no podían llegar ni aun a la mitad de la obra. Viendo Aladino que el Sultán y todos se esforzaban en vano, frotó una noche la lámpara maravillosa y ordenó al Genio que pusiera la celosía idéntica a las demás, como así se verificó en un abrir y cerrar de ojos.
El asombro y la admiración del Sultán no tuvo limites al convencerse mas y mas del extraordinario poder de Aladino, a quien confió, pasado algún tiempo, el mando de las tropas que iban a castigar a los súbditos que se habían sublevado en los confines del reino;
Aladino se condujo como buen soldado y experto general, y la victoria militar aumentó el prestigio de que ya gozaba por su generosidad, su nobleza y su magnificencia.
A pesar del tiempo transcurrido, el mágico africano no se había olvidado de Aladino, y aunque estaba en la íntima convicción de que este habría muerto en el fondo del subterráneo, consultó sin embargo sus signos nigromanticos, y supo con rabia por el horóscopo que el joven vivía rico, feliz, unido a una princesa y respetado de todos. Ya no tuvo duda el infame de que su victima había hecho uso de la lámpara maravillosa, y, resuelto a perder a Aladino, se puso en marcha, y sin reposar un instante y lleno el corazón de odio y de venganza, entró al fin una noche en la capital donde Aladino residía. La vista del palacio y las noticias que en todas partes le dieron del esplendor del Príncipe y de la magia de su poderío confirmó las sospechas del mágico, y ya no pensó en otra cosa que en apoderarse por cualquier medio de la lámpara, poderoso talismán que operaba tantas maravillas.
Hizo la fatalidad que Aladino estuviese ausente en una partida de caza, y el africano se aprovechó de esta circunstancia para obrar sin demora. Compró en una tienda una docena de lámparas de cobre bruñido, las puso en una cesta, y con ellas debajo del brazo, se dirigió al palacio de Aladino, gritando en la puerta: ¿Quién quiere cambiar lámparas viejas por lámparas nuevas? La gente del pueblo, al oír la extraña proposición, creyó que aquel hombre estaba loco rematado, pero el mágico siguió gritando con tal fuerza, que las esclavas de la Princesa le oyeron también y propusieron a su señora cambiar por una nueva la lámpara vieja ya y usada que Aladino tenia colgada en su habitación, y que dejó allí imprudentemente sin confiar a nadie el precioso secreto.
Así es que Brudulbudura no tuvo inconveniente en acceder a ello, creyendo complacer a su esposo, y un eunuco bajó en seguida a buscar el cambio. El mágico se apresuró a darle la lámpara mejor que tenía, y temblando de placer porque no dudaba que era dueño al fin del talismán, se alejó del palacio con la lámpara maravillosa, y por calles excusadas se dirigió al campo a esperar a que la noche cubriese la tierra con su manto. Cuando la obscuridad fue completa, frotó la lámpara, y en el acto se le apareció el Genio.
¿Qué quieres? le pregunto. Heme aquí -dispuesto a obedecerte. Te mando replicó el mágico que transportes el palacio de Aladino con todo lo que contiene, y que me lleves también a África, colocándonos en el lugar de mi residencia.
En el acto se cumplieron los deseos del mágico, y notan sólo desapareció el palacio, sino que no quedó ni la señal mas leve de que hubiese nunca existido. Fácil es comprender el asombro, el estupor del Sultán y de la población entera al darse cuenta del hecho. Todos se frotaban los ojos, creyendo que eran juguete de una pesadilla, y el celoso Visir aprovechó la ocasión para decir a su soberano que siempre calificó a Aladino de mágico hechicero, y que por su opinión jamás se hubiese casado con la Princesa un hombre de tan incomprensible conducta y misterioso proceder. Irritado el Sultán, y lleno de pena por la desaparición de su querida hija, mandó a los oficiales de Palacio que fuesen en busca de Aladino para cortarle la cabeza como impostor y reo de Estado.
Salieron las tropas y a poca distancia de la ciudad encontraron a Aladino dedicado a los placeres de la caza; el Príncipe protestó de su inocencia al saber el motivo de la prisión; pero los oficiales, cumpliendo con la orden que tenían, la ataron con una cadena por los brazos y por la cintura, y a pie y en tan humillante situación fue conducido a la ciudad.
Las gentes del pueblo, que tanto le amaban por los beneficios sin cuento que a todos había dispensado, se amotinaron al verle prisionero, trataron de sacarle de manos de la fuerza armada, y fue preciso que el oficial de la escolta usase de grandes precauciones para evitar que le arrebatasen a Aladino, que compareció al fin ante el Sultán. Éste no quiso oírle, y mandó al verdugo que le diese muerte en el mismo patio del palacio, y ya iba a ser descargado el golpe terrible, cuando el pueblo echó abajo las puertas, derribó a los centinelas, y con gritos amenazadores pidió el perdón de su querido Príncipe. Acobardado el Sultán al ver la actitud de la plebe, hizo al reo gracia de la vida, dejándolo en completa libertad. Sólo entonces se retiraron las masas pacíficamente, y Aladino, con mas tranquilidad de espíritu, preguntó al Sultán cual era la causa repentina de su enojo. El soberano le refirió la desaparición del palacio y la de su adorada hija, y Aladino, inocente del suceso, pidió cuarenta días de plazo para encontrar a la Princesa, consintiendo en morir si no lo conseguía dentro de dicho término. Loco de dolor, de incertidumbre, y sobre todo, sin esperanzas de lograr su objeto, salió de la ciudad, y al cabo de tres días de vagar errante por los campos, se retorcía una noche con desesperación las manos, donde llevaba el anillo que le dio el mágico a la entrada del subterráneo, cuando de repente se le aparece el Genio diciéndole:
¡Qué me quieres? Soy el esclavo del anillo, y estoy dispuesto a obedecer tus mandatos.
Aladino, que ni siquiera se acordaba de aquel talismán, quedó agradablemente sorprendido y pidió ser transportado en el acto al sitio en que se encontrase la Princesa, Al momento le llevó a África, colocándole en los mismos jardines de su palacio. Reconociólo al punto a pesar de la obscuridad, y no dudó de que aquel milagro era obra exclusiva de la lámpara maravillosa, echándose en cara su descuido de haberla dejado a la vista y no guardada como otras veces. Sin embargo, ni sospechó siquiera que el mágico africano fuese la causa de sus desventuras.
Poco después de amanecer se levantó la Princesa, y desde las ventanas de su habitación vio a Aladino paseando por los jardines.
imposible describir la alegría que experimentaron los esposos al verse, cuando se creían separados por una eternidad; pero después de los primeros transportes, Aladino se apresuró a preguntar a la Princesa lo que había sido de la lámpara vieja que en su departamento dejó colgada. Brudulbudura le contó la historia, desgarrando el velo de lo que hasta entonces era un misterio para su esposo, y le dijo que el mágico africano llevaba siempre en el seno la lámpara cuidadosamente oculta.
Es preciso librarnos a toda costa de ese hombre infame exclamó Aladino, y cuento con tu auxilio para llevar a cabo el plan que he concebido. ¿El mágico africano viene a verte a este palacio?
Si, antes no me libraba ningún día de su visita, pero la repugnancia que mostraba al recibirle ha hecho que sólo venga una vez cada semana. ‘ Pues bien, vas a vestir tus mejores trajes, y adornada con las joyas de mas mérito le admitirás a tu presencia, invitándole a una cena espléndida. Sin que él lo note, arrojarás en su copa de vino estos polvos, que siempre llevo conmigo, cuyo efecto es el de privar instantáneamente del conocimiento a la persona que los toma.. Yo estaré escondido en el departamento inmediato, y apenas caiga al suelo el infame, te aseguro que seremos libres y poderosos como en otro tiempo.
La princesa Brudulbudura, que aborrecía al africano y que deseaba naturalmente volver contenta y feliz al lado de su buen padre, accedió gustosa a cuanto Aladino le propuso , y, en efecto, a los dos días invitó al mágico a cenar con ella. El nigromántico, acostumbrado a los rigores de la Princesa, no cabía en si de puro gozo, y aceptó el convite sin demora. La Princesa había preparado de antemano la botella de que el mágico debía servirse, y, en efecto, apenas vació la primera copa, cayó al suelo como herido del rayo, a causa de los polvos vertidos en el vino. Salió entonces Aladino por una puerta secreta que abrió instantáneamente Brudulbudura, y rogó a esta que fuese a esperarle a una habitación inmediata mientras él trabajaba para regresar a China.
así lo hizo la Princesa, y Aladino, al verse solo, se lanzó hacia el mágico africano que yacía exánime en el suelo, y se apoderó con ansia de la lámpara oculta bajo el traje del hechicero. La frotó como de costumbre, y se presentó el Genio.
Te llamo le dijo Aladino para que transportes este palacio a la China sin pérdida de momento, y lo coloques en el mismo lugar de que fue arrancado.
Dos ligeros estremecimientos, uno al partir y otro al llegar demostraron a Aladino que su orden había sido fielmente cumplida.
El Sultán, inconsolable por la pérdida de su hija, que era lo que mas adoraba en el mundo, no dejó ningún día de asomarse al amanecer a las ventanas de su habitación con la vana esperanza de ver de nuevo al ídolo de su corazón. Así es que, apenas despuntó la aurora de la mañana en que fue vuelto a su sitio el palacio de Aladino, ya contemplaba el Sultán tristemente el paraje que era la tumba de su felicidad y de sus ilusiones, cuando le pareció ver el palacio que surgía entre nubes del centro de la tierra. En un principio creyó que soñaba, y al convencerse de la realidad no tuvo limites su alegría, y en alas del amor paternal corrió a abrazar a la Princesa. No fue menor el gozo de ésta al ver a su padre, a quien refirió con la voz entrecortada por las lagrimas todo lo sucedido, para demostrarle la inocencia de Aladino, y que ella era la única culpable, puesto que cometió la imprudencia de cambiar la lámpara maravillosa, cuyo poder ignoraba, sin consentimiento de su esposo. El Sultán, enternecido, abrazó a Aladino, el cual, con objeto de persuadirle de la verdad, le llevó al salón donde estaba el cadáver del africano, causa de sus infortunios, cadáver que fue arrojado a un muladar para que sirviese de pasto a los animales inmundos.
Diez días duraron en la ciudad las magníficas fiestas que ordenó el Sultán en celebración del regreso de los Príncipes ; pero la suerte implacable reservaba Aladino una nueva desgracia que debía poner en peligro su existencia.
Aladino se enfrenta al hermano de mágico      volver a índice

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