11.1. Aladino descubre el poder de la lámpara maravillosa

Supo luego el mágico, por medio de una operación nigromántica, que la lámpara existía en un lugar subterráneo de la China, y que le era indispensable el auxilio de una segunda persona para apoderarse del objeto precioso, supuesto que él nada conseguiría
Por eso eligió a Aladino con objeto de que le hiciese tan importante servicio, decidido, apenas tuviese la lámpara en sus manos, a pronunciar las palabras mágicas Y sepultar en el centro de la tierra al pobre joven, único testigo del suceso. Pero la suerte dispuso que no se apoderase de la lámpara, y viendo desvanecidas, con la obstinación del muchacho, sus hermosas esperanzas y las ilusiones que se había forjado en sus sueños de ambición, resolvió volver a África, como lo hizo en el mismo día sin pasar por la ciudad, .temiendo que le creyesen autor de la desaparición de Aladino.
Era casi seguro que no se sabrían jamás los pormenores del hecho ni se hablaría nunca de Aladino, pero el mágico no recordó que le había dado un anillo milagroso, que fue la salvación del infeliz enterrado en vida. Mil veces llamó a gritos a su tío al verse solo en aquella especie de sepulcro, aunque sus voces y sus lamentos no salían de las tinieblas que le rodeaban. Aladino tentó por todas partes con animo de volver al jardín y a la azotea ; pero no encontró salida ninguna, y redoblando sus quejas y su llanto, se echó al pie de la escalera privado de luz y decidido a esperar la muerte.
Dos días estuvo en aquella situación sin comer ni beber, hasta que al tercero y al dirigir una plegaria a Dios, frotó con una mano el anillo que el mágico le había puesto en la otra, sortija cuya virtud desconocía, y se le apareció de repente un Genio colosal que dirigió a Aladino estas palabras:
¿Qué es lo que deseas? Heme aquí dispuesto a obedecer tus órdenes como el mas humilde de los esclavos.
Aladino, en otras circunstancias hubiera tenido miedo ante la aparición sobrenatural, pero, preocupado con el peligro que corría, contestó sin vacilar que deseaba a todo trance salir de aquel obscuro y terrible recinto. Abrióse .la tierra en el instante, y el joven se vio fuera de la cueva, y justamente en el mismo sitio a donde el mágico le habrá conducido.
Escaso de fuerzas, y dando gracias al Cielo por verse libre de tan dura prisión, regresó penosamente a la ciudad y llegó al fin a la casa de su madre. La pobre mujer, que consideraba muerto a su hijo, se entregó a los transportes de la mayor alegría, y esto, unido a la debilidad del cuerpo, por falta de alimento, hizo que Aladino se desmayase en brazos de su madre. Siguiendo los consejos de ésta, se alimentó y bebió poco a poco para no perjudicar su salud en aquel estado de endeblez, ya algo repuesto de las impresiones recibidas durante los tres días, comenzó el relato de su aventura, de la que no omitió la mas mínima circunstancia, lamentándose de que su madre le hubiera entregado con tanta confianza en manos de un hombre infame y desconocido que había tratado de perderle. La viuda de Mustafa, en los arrebatos de su amor materno, se deshizo en injurias y denuestos contra el bárbaro impostor que quiso atentar contra la vida de su hijo, y después de dar este desahogo natural a su indignación, suplicó a Aladino que se acostase para descansar de las penalidades que había sufrido.
Así lo hizo, mientras la viuda colocó en un rincón del sofá las piedras preciosas, cuyo valor desconocía absolutamente lo mismo que su hijo, creyendo ambos que eran cristales de colores. Aladino se despertó muy tarde al día siguiente, .pidió de almorzar, y su madre le dijo que se habían agotado en la casa las provisiones, pero que iba a hilar un poco de algodón y a venderle al momento para procurarse algunas monedas. No, replicó Aladino, no quiero que trabajéis hoy, madre mía ; dadme la lámpara que traje ayer, la venderé, y con el .dinero que me den tendremos para comer hoy.
Aquí esta la lámpara, contestó la viuda, pero la veo muy sucia y si la limpio un poco me parece que podrás sacar mejor partido.
Y se puso a limpiarla con agua y arena, cuando de improviso apareció un Genio asqueroso y gigantesco, que exclamó con formidable acento: _ ¿ Qué es lo que deseáis? -Héme aquí dispuesto a obedecer como esclavo a todos los que tengan la lámpara en la mano.
La madre de Aladino, sobrecogida de terror, cayó al suelo desmayada, pero el joven, acostumbrado a .esta clase de espectáculos, se apoderó de la lámpara y dijo entono firme y re-suelto: Tengo hambre, dame de comer. Desapareció el Genio un momento, y volvió después con ricos manjares en platos y vasos de oro y plata que depositó sobre la mesa, huyendo después repentinamente como había venido.
Ocupóse Aladino, en primer término, en socorrer a su madre, y luego que lo hubo conseguido, rociándole el rostro con agua fría, la invitó a gozar de las ricas viandas. Apenas pudo comprender el milagro la viuda del sastre, admirada de ver aquellos platos, de los- que se exhalaba un delicioso perfume, e hizo varias preguntas a su hijo, que este prometió satisfacer al concluir el almuerzo.
Sin embargo, los manjares eran tan buenos y abundantes, y tan excelente el apetito de la madre y el hijo, que la hora de la comida les sorprendió sentados aún a la mesa, la cual abandonaron al fin, dejando. para otra ocasión los manjares a que no habían tocado siquiera. Hecho esto, Aladino refirió a su madre lo ocurrido con el Genio mientras estaba desmayada, y la buena mujer, que nada comprendía de Genios y apariciones, rogó a su hijo que él conservase la lámpara que no quería tocar, si era causa de que aquel monstruo se le presentase. Después, llena de terror, aconsejó a Aladino que vendiera la lámpara y el anillo para no tener trato ni comercio con unos Genios que eran demonios, según el dicho del Profeta. Opúsose a ello Aladino, fundado. en que los Genios podían proporcionarles cuanto quisiesen en el mundo ; dijo, y con razón, que el mágico no hubiera emprendido su viaje desde África sin saber de antemano el maravilloso poder de la lámpara, y que sin el anillo no le hubiese sido posible salir del obscuro subterráneo que se abrió delante de él como por encanto. Lo que si ofreció a su madre fue guardar cuidadosamente ambos objetos y no hacer uso de ellos sino en caso de perentoria necesidad.
Convencida de la fuerza de estas razones, se sometió la viuda al parecer de Aladino, determinada a no meterse en lo que pudiera ocurrir a consecuencia de la determinación de su hijo.
Y no volvió a hablar una palabra mas del asunto.
Se acabaron, como concluyen todas las cosas de este mundo, los manjares proporcionados por el Genio, y Aladino no quiso esperar a que el hambre les atormentara. Tomó una de las fuentes de plata para venderla, proponiendo la comprado ella a un judío que se encontró en la calle.
__A primera vista conoció el usurero el valor positivo de la alhaja y preguntó el precio, pero Aladino no quiso decirlo, porque en realidad no lo sabia, encomendándose a la buena fe del comprador, admirado de la candidez del joven. Por si acaso era ignorancia, sacó el judío, para probarlo, una moneda de oro de su bolsillo, moneda que representaba la sexagésima parte del valor de la fuente. Aladino, al verla, se apoderó de ella y echó a correr tan gozoso y con tal rapidez , que el judío, convencido de que no sabía el vendedor el mérito de la alhaja, comenzó también a correr tras él para ofrecerle menos aun de lo que le había dado. Pero le fue imposible alcanzarlo, y Aladino, loco de alegría, entregó el dinero a su madre, quien compró abundantes provisiones para seis o siete días.
Los platos fueron vendidos unos después de otros, a medida que lo exigían las necesidades de la casa, y el judío, temeroso de perder tan buen negocio, los pagó todos al mismo precio que el primero, y así transcurrió algún tiempo, durante el cual, Aladino, acostumbrado a una vida ociosa, se paseó por el pueblo, y contrajo relaciones de amistad con algunas personas de distinción.
Pero los recursos se agotaron, y entonces el hijo del sastre frotó la lámpara con menos fuerza que su madre lo había hecho, así es que el Genio se le apareció, repitiendo sus primeras palabras con mas dulzura: Tengo hambre, dame de comer.
El Genio se desvaneció y volvió a presentársele nuevo con manjares y un servicio de mesa parecido al de la vez primera. Avisada la madre de Aladino de que éste pensaba evocar al demonio como le decía, salió de la casa, y regresó a ella cuando el Genio hubo huido a su misterioso retiro.
Pasaron algunos días, y apurados los manjares, recurrió Aladino a la venta de los platos y de la fuente, y ya se dirigía a la tienda del antiguo judío, cuando un platero respetable por su ancianidad y su honradez, llamó al joven al verle pasar por la calle, le preguntó qué iba a hacer con aquellas alhajas, y Aladino le refiriólo acontecido con el judío, y el precio a que había comprado los platos anteriores. El platero, indignado, pesó uno de ellos delante de Aladino, le enseñó lo que era el marco de plata, y pagó al joven el justo valor del precioso metal, o sea una cantidad sesenta veces mayor que la satisfecha por el viejo usurero. Aladino dio las gracias de todo corazón. al buen platero. y se retiró con su tesoro.
A pesar de que tanto Aladino como su madre comprendieron lo inagotable y rico del manantial de prosperidades que la lámpara les suministraba, vivieron siempre sin apariencias de riqueza, y sin permitirse mas gastos en público que los proporcionados al trabajo de la viuda. Dos años transcurrieron en esta vida apacible y tranquila ; Aladino iba con mucha frecuencia a las tiendas de los mejores y mas opulentos joyeros de la ciudad, donde, no sólo adquirió la costumbre de tratar a las personas de distinción, imitando sus maneras, sino que al cabo de pocos meses, y en fuerza de ver comprar y vender piedras preciosas, comprendió el inmenso valor de las que había cogido en el jardín del subterráneo, y supo que poseía con ellas un tesoro inestimable. A nadie, ni aun a su madre, reveló el secreto, y esta prudencia fue causa de que la fortuna le elevase a la altura que veremos después.
_ Paseábase un día Aladino por las calles de la ciudad, cuando oyó publicar en alta voz un bando del Sultán, en el que ordenaba cerrar las tiendas y que los habitantes todos permaneciesen dentro de su. casas, mientras la princesa Brudulbudura, hija de Sultán, fuese y regresara del baño.
Esto excitó la curiosidad de Aladino hasta tal punto que, para conocer a la Princesa, tuvo la audacia de colocarse a la puerta misma del baño, en cuyo sitio le seria fácil contemplarla frente a frente. La hermosura y regularidad de las facciones de Brudulbudura, la elegancia del talle y el aire majestuoso de su persona, hicieron gran impresión en el animo de Aladino el cual se retiró a su casa triste y pensativo. Apenas comió ni habló una sola palabra, y su madre, inquieta y afiigida, creyéndole enfermo, le hizo diversas preguntas que quedaron sin contestación.
El joven no pudo dormir aquella noche, hasta que a la mañana siguiente confesó a su madre lo que viera la víspera, diciéndole que estaba enamorado de la Princesa y resuelto a pedirla en matrimonio a su padre el Sultán.
Al oír la madre de Aladino la última parte del discurso de su hijo, prorrumpió en una carcajada, asegurándole que el amor le había trastornado el juicio.
Os equivocáis, madre mía, replicó Aladino; no sólo conservo la razón, sino que he previsto las observaciones que ibais a hacerme-.. Bien comprendo que soy el hijo de un pobre sastre sin nombre y sin fortuna, que es un atrevimiento en mi el poner los ojos en la Princesa, que los sultanes no se dignan conceder la mano de sus hijas sino a príncipes herederos de un trono ; pero mi resolución es invariable, y os ruego que vayáis vos misma a pedir al Sultán, para vuestro hijo, la mano de La hermosa Brudulbudura.
El asombro de la buena mujer creció de punto al enterarse de la extraña pretensión de Aladino.
Hijo mío, le dijo, soy tu madre, y no hay en el mundo sacrificio que no esté dispuesta a hacer en obsequio de tu felicidad. Si se tratase de una joven de nuestra clase, trabajaría de corazón hasta conseguir el verla enlazada contigo, pero de esto a lograr la mano de la Princesa, hay una distancia inmensa que tu madre no podrá. nunca recorrer. Supongamos que tengo la insolencia de presentarme en Palacio para hablar a Su Majestad: ¿a quién me dirijo diciéndole el objeto de mi conferencia que no me califique de loca y me mande expulsar de Palacio? Supongamos también que pueda llegar a presencia del Sultán: ¿qué méritos tienes tú para aspirar a la mano de su hija? ¿De qué palabras me salgo para hacer una petición tan absurda y extravagante? Además, es costumbre llevar algún presente al Sultán, a fin de que escuche con alguna benevolencia las reclamaciones de sus súbditos, y nosotros no tenemos posibilidad de adquirir un objeto digno de la grandeza del soberano, y sobre todo que le haga perdonar lo disparatado de mi demanda. Reflexiona con calma y comprenderás que me es imposible acceder a tus locos deseos.
No os inquiete la dificultad del regalo respondió Aladino, porque soy poseedor de una gran cantidad de piedras preciosas de inestimable valor, y que hasta ahora habíamos tornado por cristales de colores. Hablo de los frutos que traje del jardín
subterráneo, joyas cuyo precio he conocido después de frecuentar por algún tiempo las tiendas de la ciudad, y no hay en el mundo ningunas que puedan igualarse en tamaño, riqueza y calidad, con las que nosotros tenemos. Estoy convencido que este regalo agradará. al Sultán, y para ver el efecto, traed una bandeja de porcelana, y vamos a colocarlas según sus diferentes colores. . así se hizo, y Aladino y su madre, que hasta entonces sólo habían visto las piedras a los resplandores opacos de una lámpara, y no a los rayos del sol del día, quedaron deslumbrados al ver las luces y cambiantes de aquellas piedras, dignas de enriquecer la corona del rey más poderoso del Universo.
Sin embargo, la viuda empleó parte de la noche en disuadir a su hijo del proyecto, pero Aladino le contestaba que si la empresa era difícil, con el auxilio de la lámpara maravillosa saldrían felizmente del paso, aunque sobre este talismán debía guardarse siempre el mayor secreto.
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