Las hazañas de pulgarcito

«en L. Lectura Felix Antonio Soler»

__Pues, señor, érase una vez un matrimonio de campesinos a quienes Dios solo había concedido un hijo. Y éste era tan chiquitín, que, no obstante haber cumplido ya los trece años, sólo medía unos centímetros muy escasos y no era ni más grueso ni más alto que uno de mis dedos pulgares. Por eso todo el mundo le llamaba “Pulgarcito”.
Realmente jamás se había visto un chiquillo tan menudo e insignificante.
Pulgarcito, a pesar de ser tan pequeño, tenía un corazón muy grande y era muy bueno, muy trabajador y de muy buenos sentimientos. Ayudaba a su padre en las faenas del campo y a su madre en las de la casa y del estabpulgarcitolo, y aunque por su pequeñez tenía poca fuerza, poseía en cambio la ventaja de que, al ser tan chiquitín, se metía en sitios donde las personas normales no podían meterse y hacía cosas que ellas no podían hacer. Así, cuando volvía con su padre del campo y la caballería cansada de trabajar todo el día, iba despacio o se paraba y no quería seguir el camino, Pulgarcito se metía en la oreja del caballo y le decía:
-¡Arre, Lucero, que vamos a casa, y cuando lleguemos descansarás
y te daré doble ración de pien
so!
Y el caballo, al oír la promesa de Pulgarcito, realizaba un esfuerzo y emprendía un trote acompasado y vivo, consiguiendo llegar a la casa de campo en poco tiempo.
Los padres y parientes de Pulgarcito estaban muy afligidos debido a la insignificancia física del muchacho; pero, poco a poco, fueron acostumbrándose y consolándose al ver que pasaban los años y Pulgarcito se mantenía vivo y fuerte y realizaba tales proezas, que todo el mundo se extrañaba.
Cierto: muchas de dichas hazañas no las hubieran realizado ni los hombres más valientes, más altos, más forzudos y más audaces. Con que sus padres sentíanse cada vez más satisfechos y orgulloso de su hijo, y no envidiaban a los padres que tenían hijos fuertes, pues sabían que ninguno de aquellos mozalbetes podía compararse en inteligencia; destreza con el pequeño Pulgarcito. Y en todo el pueblo no podría encontrarse un hijo que tuviera un corazón tan bueno.
Como era tan pequeño, le compraron una cama, unas sillas y una mesa de juguete. Cuando sus padres comían, ponían sobre la mesa grande la diminuta mesa y la silla de Pulgarcito y le servían la comida en platos del tamaño de un botón de camisa, y comía y bebía con cubiertos y vasos tan pequeños que apenas se veían a simple vista.

Una vez entró a servir en casa de Pulgar
cito una nueva criada llamada Fortunata; era alta, gruesa y muy avariciosa y glotona. Ya el primer día se guardó el dinero que la madre de Pulgarcito había dejado sobre la mesa; y, sin darse cuenta de que Pulgarcito la estaba mirando desde dentro de un vaso de cristal de los que había en la alacena, se comió toda la carne que *estaba dispuesta para la comida. En el momento de servirla presentó sólo las patatas, y dijo que la carne se la había comido
El gato.
Entonces, Pulgarcito, que estaba ya sentado ante su mesita, oculto detrás de la botella del vino, cantó:
Fortunata es mi criada,
mujer de mucho aparato,
se come la carne asada
y echa las culpas al gato.

La criada, que no sabía de dónde salía aquella voz acusador
a, se volvió muy encarnada, sintió miedo y se marchó de la casa.

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