El sueño de Icaro

«en: L. Lectura Alvaro Marín»

Refiere la leyenda que Ícaro fué un joven griego que gastaba largas horas mirando el vuelo de las aves, envidiándolas desde el fondo de su corazón.
_¿por qué, se preguntaba, pueden, extendiendo sus alas, trasladarse de un lugar a otro, elevarse por encima de las montañas,, cruzar los mares a su antojo? ¿qué hado maligno pegó los pies del hombre sobre la tierra, colocándolo en situación de inferioridad con respecto a los seres alados? Nosotros construímos hermosos edificios, esculpimos bellísimas estatuas, fabricamos armas y barcos y escribimos sobre el papel ¿pueden las aves hacer lo mismo?. Los reclamos de Ícaro llegaron a oídos de los dioses y un día súbitamente, concibió la idea de pegarse un par de alas grandes y fuertes. Realizó muchos ensayos; estudió detenidamente las de las aves; fracasó volvió a insistir y al fin tuvo éxito.
Se impulsó hacia arriba y las alas empezaron a llevarlo por los aires, suave y rápidamente. Iba por sobre ciudades, cordilleras y mares. Ya había conseguido lo que quería: volar.
Pero la ambición humana no se detiene tan fácilmente: lograda una cosa, desea algo mas, en muchas ocasiones inútil. No se sacia con lo que tiene. Es esta una de las fuerzas de su mejoramiento pero en ocasiones, la causa de su perdición. Y fué así como Ícaro, cansado de recorrer la tierra resolvió ir al sol. Quería verlo de cerca y descifrar el secreto de la luz y el calor. Era una empresa para la cual no estaba preparado.
Y un día, al amanecer, Ícaro se remontó hacia el espacio. Y empezó a ascender confiado, alegre y orgulloso. Pero al acercarse al sol, se le chamuscaron las alas y cayó  tierra muerto.
El símbolo de la leyenda es doble: por un aspecto el deseo de superación, de progreso, hasta conseguir volar y, por el otro, el castigo inexorable a la ambición desenfrenada.
La existencia de Ícaro es pura ficción, pues nunca existió. Sin embargo, muchos hombres de ciencia nos recuerdas este héroe griego de leyenda, en su afán de dominar lo desconocido; de investigar. Como a él, principia a obsesionarlos un invento, o tratan de descubrir la causa de un fenómeno raro.
Desde la lejana época de la leyenda, el hombre siguió preocupado con la idea de dominar el espacio. Anhelaba viajar por el aire, rápida y cómodamente. Y así durante siglos estuvo tratando de diseñar máquinas de construir globos y elevarse.
Tal fue el caso Lillenthal de nacionalidad  alemana, quien, una tarde del siglo XIX, descendió en un sitió público ante el asombro de los ahí presentes, debajo de un aparato, algo así como alas, que el mismo se había colocado y con las cuales pensaba ir de un sitio a otro y, probablemente, hasta la luna o el sol.
Lillenthal se subía a una colina y desde allí se arrojaba por el aire, debajo del armazón rígida, recubierta con lino y reforzada con varillas de madera. Metía los brazos entre la malla y se lanzaba. El viento lo llevaba o lo traía independientemente de su voluntad.
Lillenthal no pudo realizar sus deseos e igual que Icaro, también se mató. Pero, ¿no sería posible que algún día cada ser humano dispusiera de un par de alas para volar a su antojo.
No parece probable, aunque vivimos en una época en que las maravillas científicas s suceden unas tras otras, sin darnos tiempo a pensar cual es más extraordinaria.

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