Archivo de la categoría: Alvaro Marin

El dormilón

«Miguel Agustín Príncipe»

Cuando  arguyas ve con tiento
Pues, aunque fuere novel
de tu adversario el talento
si te vuelve el argumento,
puede aplastarte con el.
Dormilón era sin par
el niño de don Gaspar,
y aqueste, tomando a pecho
hacerle saltar del lecho
así cómenosle a hablar:
Por madrugar Andresico
ya sabes que se encontró
un bolsillo de oro rico.
Más madrugó, dijo el chico
el dueño que lo perdió.

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El camino de la felicidad

Vivía en un lejano país, hace mucho tiempo, un hermosa y joven princesa quien a la muerte de su padre, debía heredar el trono.
Pero la princesa era muy poco feliz.      Preocupado el rey por la amarga suerte de su hija, llamó a los sabios de su Corte y les ordenó que escribiesen algunas cortas
reglas acerca de la felicidad, para que su atormentada hija las practicase y cesara así su angustia.
Los sabios, después de muchas deliberaciones, buscaron al rey y le manifestaron que  no podían escribir nada sobre la felicidad, pues ignoraban su recóndita esencia.
La princesita se entristeció aún más y lloró inconsolablemente.
Las lágrimas de su hija, impacientaron al rey hasta tal punto, que reunió de nuevo a los sabios y les manifestó que si no le entregaban en el término de pocos días la fórmula de la felicidad, los mandaría  ahorcar.
Era, sin duda, un hombre muy cruel.
Ellos, le pidieron diez días de plazo, pues habían oído decir que allá, en las altas montañas, vivía un ermitaño que conocía el secreto de la felicidad.
El rey accedió
Emprendieron la  marcha y ascendiendo trabajosamente, siempre ascendiendo, apoyados en sus bastones, con sus largas barbas y sus blancos cabellos al viento, iban en fila en busca del extraño eremita.
Sólo animales montaraces encontraban en el camino, y nieblacaminofe1s y rocas obstaculizaban su andar.
Al fin llegaron al pie de un inmenso peñasco. Dos rocas entreabiertas daban la impresión de una puerta, tan grande como la de una catedral. A su entrada estaba escrito u insólito letrero, en una extraña lengua. Uno de los sabios descifró su significado. Decía: “Nadie busque la felicidad…” -No entiendo dijo uno de los sabios; y otro, mesándose los cabellos exclamó: después de tan penoso viaje nos hemos venido a enterar que la felicidad no existe. -¿Quién nos contó que aquí vivía un ermitaño que sabia lo que nadie sabe, incluso el secreto de la felicidad?. – Leamos mejor dijo un tercero: Nadie busque la felicidad… Fuera de sí mismo, pues no existe.
-A mí me parece que la frase queda completa con lo que yo acabo de traducir, es decir que nadie encuentra la felicidad fuera de si mismo.
Los sabios estuvieron de acuerdo en que, evidentemente, tal como la leyenda lo indicaba, la felicidad la puede crear úno mismo, en donde quiera que viva, si así lo desea.
-Así es, dijo entonces una voz ronca y temblorosa que salía del fondo mismo de la caverna. La felicidad radica en el espíritu. Todo lo que de él se aparte no es felicidad. Y el espíritu es el hombre.
Apareció el ermitaño: alto, flaco, viejo, pero con aspecto de gran tranquilidad.
-Dínos, oír el amor de Dios, pidió con angustia uno de los visitantes, en qué radica la felicidad, pues estamos amenazados de muerte por la cólera del rey.
-La felicidad… (y el ermitaño sonrió bondadosamente) ya sabemos que no existe fuera del espíritu, es decir, del mismo hombre que la busca afanosamente. Si no la halla dentro de si mismo, es inútil que la busque por  tierra, mar o aire, ni aún dándole la vuelta al mundo siete veces.
Y poniendo sus manos en un pergamino envejecido por el tiempo dijo: Id y llevad a vuestro pueblo este mensaje; hacedlo conocer de todo el mundo; pedid a las gentes que lo practiquen.
Uno de los peregrinos leyó ahí mismo el mensaje. Decía:

CONSEJOS PARA SER FELIZ

Vivir contento con medios moderados; buscar la elegancia mas que el lujo, y el buen gusto mas que la moda; aspirar a ser respetable antes que a ser respetado; y acomodado antes que rico; estudiar con ahínco; pensar calladamente; hablar con tino y proceder con franqueza; oír lo que dicen las estrellas y las aves, los niños y los sabios, con el corazón abierto de par en par; soportarlo todo con una sonrisa en los labios; hacerlo todo con valor, ;aguardar las oportunidades; no precipitarse nunca; en una palabra, dejar que lo espiritual, lo espontáneo y lo inconsciente prosperen a través de lo común

Los sabios regresaron a su país, jubilosos  de haber escapado de la muerte.

Le entregaron al rey los consejos del ermitaño, tal como de, éste lo recibieron.

No se sabe si la princesa trató de seguir tan bellas fórmulas de conducta humana. Pero de lo que si hay seguridad, es de que el rey ordenó que ellas fueran grabadas con letras de oro en todas las escuelas de su vasto imperio.
Vivía en un lejano país, hace mucho tiempo, un hermosa y joven princesa quien a la muerte de su padre, debía heredar el trono.
Pero la princesa era muy poco feliz.
       Preocupado el rey por la amarga suerte de su hija, llamó a los sabios de su Corte y les ordenó que escribiesen algunas cortas reglas acerca de la felicidad, para que su atormentada hija las practicase y cesara así su angustia.
Los sabios, después de muchas deliberaciones, buscaron al rey y le manifestaron que  no podían escribir nada sobre la felicidad, pues ignoraban su recóndita esencia.
La princesita se entristeció aún más y lloró inconsolablemente.
Las lágrimas de su hija, impacientaron al rey hasta tal punto, que reunió de nuevo a los sabios y les manifestó que si no le entregaban en el término de pocos días la fórmula de la felicidad, los mandaría  ahorcar.

      Era, sin duda, un hombre muy cruel.

      Ellos, le pidieron diez días de plazo, pues habían oído decir que allá, en las altas montañas, vivía un ermitaño que conocía el secreto de la felicidad.

      El rey accedió

      Emprendieron la  marcha y ascendiendo trabajosamente, siempre ascendiendo, apoyados en sus bastones, con sus largas barbas y sus blancos cabellos al viento, iban en fila en busca del extraño eremita.
Sólo animales montaraces encontraban en el camino, y nieblas y rocas obstaculizaban su andar.
Al fin llegaron al pie de un inmenso peñasco. Dos rocas entreabiertas daban la impresión de una puerta, tan grande como la de una catedral. A su entrada estaba escrito u insólito letrero, en una extraña lengua. Uno de los sabios descifró su significado. Decía: “Nadie busque la felicidad…” -No entiendo dijo uno de los sabios; y otro, mesándose los cabellos exclamó: después de tan penoso viaje nos hemos venido a enterar que la felicidad no existe. -¿Quién nos contó que aquí vivía un ermitaño que sabia lo que nadie sabe, incluso el secreto de la felicidad?. – Leamos mejor dijo un tercero: Nadie busque la felicidad… Fuera de sí mismo, pues no existe.
-A mí me parece que la frase queda completa con lo que yo acabo de traducir, es decir que nadie encuentra la felicidad fuera de si mismo.
Los sabios estuvieron de acuerdo en que, evidentemente, tal como la leyenda lo indicaba, la felicidad la puede crear úno mismo, en donde quiera que viva, si así lo desea.
-Así es, dijo entonces una voz ronca y temblorosa que salía del fondo mismo de la caverna. La felicidad radica en el espíritu. Todo lo que de él se aparte no es felicidad. Y el espíritu es el hombre.
Apareció el ermitaño: alto, flaco, viejo, pero con aspecto de gran tranquilidad.
-Dínos, oír el amor de Dios, pidió con angustia uno de los visitantes, en qué radica la felicidad, pues estamos amenazados de muerte por la cólera del rey.
-La felicidad… (y el ermitaño sonrió bondadosamente) ya sabemos que no existe fuera del espíritu, es decir, del mismo hombre que la busca afanosamente. Si no la halla dentro de si mismo, es inútil que la busque por  tierra, mar o aire, ni aún dándole la vuelta al mundo siete veces.
Y poniendo sus manos en un pergamino envejecido por el tiempo dijo: Id y llevad a vuestro pueblo este mensaje; hacedlo conocer de todo el mundo; pedid a las gentes que lo practiquen.
Uno de los peregrinos leyó ahí mismo el mensaje. Decía:

CONSEJOS PARA SER FELIZ

Vivir contento con medios moderados; buscar la elegancia mas que el lujo, y el buen gusto mas que la moda; aspirar a ser respetable antes que a ser respetado; y acomodado antes que rico; estudiar con ahínco; pensar calladamente; hablar con tino y proceder con franqueza; oír lo que dicen las estrellas y las aves, los niños y los sabios, con el corazón abierto de par en par; soportarlo todo con una sonrisa en los labios; hacerlo todo con valor, ;aguardar las oportunidades; no precipitarse nunca; en una palabra, dejar que lo espiritual, lo espontáneo y lo inconsciente prosperen a través de lo común
Los sabios regresaron a su país, jubilosos  de haber escapado de la muerte.
Le entregaron al rey los consejos del ermitaño, tal como de, éste lo recibieron.
No se sabe si la princesa trató de seguir tan bellas fórmulas de conducta humana. Pero de lo que si hay seguridad, es de que el rey ordenó que ellas fueran grabadas con letras de oro en todas las escuelas de su vasto imperio.
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El sueño de Icaro

«en: L. Lectura Alvaro Marín»

Refiere la leyenda que Ícaro fué un joven griego que gastaba largas horas mirando el vuelo de las aves, envidiándolas desde el fondo de su corazón.
_¿por qué, se preguntaba, pueden, extendiendo sus alas, trasladarse de un lugar a otro, elevarse por encima de las montañas,, cruzar los mares a su antojo? ¿qué hado maligno pegó los pies del hombre sobre la tierra, colocándolo en situación de inferioridad con respecto a los seres alados? Nosotros construímos hermosos edificios, esculpimos bellísimas estatuas, fabricamos armas y barcos y escribimos sobre el papel ¿pueden las aves hacer lo mismo?. Los reclamos de Ícaro llegaron a oídos de los dioses y un día súbitamente, concibió la idea de pegarse un par de alas grandes y fuertes. Realizó muchos ensayos; estudió detenidamente las de las aves; fracasó volvió a insistir y al fin tuvo éxito.
Se impulsó hacia arriba y las alas empezaron a llevarlo por los aires, suave y rápidamente. Iba por sobre ciudades, cordilleras y mares. Ya había conseguido lo que quería: volar.
Pero la ambición humana no se detiene tan fácilmente: lograda una cosa, desea algo mas, en muchas ocasiones inútil. No se sacia con lo que tiene. Es esta una de las fuerzas de su mejoramiento pero en ocasiones, la causa de su perdición. Y fué así como Ícaro, cansado de recorrer la tierra resolvió ir al sol. Quería verlo de cerca y descifrar el secreto de la luz y el calor. Era una empresa para la cual no estaba preparado.
Y un día, al amanecer, Ícaro se remontó hacia el espacio. Y empezó a ascender confiado, alegre y orgulloso. Pero al acercarse al sol, se le chamuscaron las alas y cayó  tierra muerto.
El símbolo de la leyenda es doble: por un aspecto el deseo de superación, de progreso, hasta conseguir volar y, por el otro, el castigo inexorable a la ambición desenfrenada.
La existencia de Ícaro es pura ficción, pues nunca existió. Sin embargo, muchos hombres de ciencia nos recuerdas este héroe griego de leyenda, en su afán de dominar lo desconocido; de investigar. Como a él, principia a obsesionarlos un invento, o tratan de descubrir la causa de un fenómeno raro.
Desde la lejana época de la leyenda, el hombre siguió preocupado con la idea de dominar el espacio. Anhelaba viajar por el aire, rápida y cómodamente. Y así durante siglos estuvo tratando de diseñar máquinas de construir globos y elevarse.
Tal fue el caso Lillenthal de nacionalidad  alemana, quien, una tarde del siglo XIX, descendió en un sitió público ante el asombro de los ahí presentes, debajo de un aparato, algo así como alas, que el mismo se había colocado y con las cuales pensaba ir de un sitio a otro y, probablemente, hasta la luna o el sol.
Lillenthal se subía a una colina y desde allí se arrojaba por el aire, debajo del armazón rígida, recubierta con lino y reforzada con varillas de madera. Metía los brazos entre la malla y se lanzaba. El viento lo llevaba o lo traía independientemente de su voluntad.
Lillenthal no pudo realizar sus deseos e igual que Icaro, también se mató. Pero, ¿no sería posible que algún día cada ser humano dispusiera de un par de alas para volar a su antojo.
No parece probable, aunque vivimos en una época en que las maravillas científicas s suceden unas tras otras, sin darnos tiempo a pensar cual es más extraordinaria.

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Los cinco hermanos Liu

Cuenta una vieja leyenda china que la señora Liu vivía cerca del mar y era madre de cinco hijos tan parecidos entre sí que ella era la única persona capaz de distinguirlos.

Cada uno de los hermanos Liu había nacido con un don especial. Liu Nº 1 podía sorberse gran parte del mar de un solo trago: lo llamaban tragamares. Liu Nº 2 era inmune al fuego podían tenerlo tres días en medio de las llamas sin que se le chamuscara un solo cabello: lo llamaban incombustible. Liu Nº 3 podía estirar las piernas a su antojo, pues eran elásticas: le decían alcanzanubes. Liu Nº 4 era tan sólido como el más sólido metal: lo llamaban duroacero. Liu Nº 5 sabia el lenguaje que hablan los animales: lo llamaban linguofono.

Liu Nº 1, pescaba;  Liu Nº2, cocinaba;  Liu Nº3, pasabas cosas de un lugar a otro;  Liu Nº 4, cultivaba la tierra y Liu Nº 5, cuidaba de los animales domésticos y así pasaban los días felices.

Llegó un día a la playa donde ellos vivían, el Mandarín de la ciudad, acompañado de amigos y criados. Linguofono estaba  pastoreando su rebaño y observó que el  mandarín preparaba sus flechas para dispararlas.
¡Corran, corran! les grito en su idioma a los corderos. Ese hombre los va a matar. Ellos escaparon velozmente.
Liu Nº 5 Desapareció para prevenir a los otros animales del peligro, aconsejándoles que no salieran de sus escondites.

El mandarín no pudo cazar ni siquiera un gorrión  y, sospechando de Liu Nº 5, ordenó que lo detuviera. ¡Confiesa, confiesa! exclamó enfurecido el Mandarín, dirigiéndose a él. ¿Por qué  huyeron los animales? ¿Cómo voy a saberlo respondió Linguofono supongo que usted es el responsable, pues quería matarlos.
El Mandarín ordenó a sus hombres que llevaran a Liu Nº 5 a la ciudad y lo encerraran en la jaula del tigre. Linguofono  entro a la jaula y le hablo a la fiera. -Hermano tigre, le dijo, he venido con el fin de hacerte compañía.
El animal lo consideró su amigo y permaneció tranquilo a su lado.
Al darse cuenta el Mandarín de que el tigre no le hacia nada zapateó de furia:

_Sáquenlo, mañana, en las primeras y corténle la cabeza! gritó.

Aquella noche sus hermanos se enteraron de que Liu Nº 5 sería decapitado al día siguiente.
Liu Nº 4, es decir Duroacero , exclamó: Voy a remplazarlo. A mi  me tiene sin cuidado el sable. Corrió a la ciudad, se subió a la jaula, rompió la cerradura y le dijo a su hermano: _Puedes salir con el tigre. Yo me encargaré de todo. Dejemos la puerta abierta; así creerán que únicamente escapo el animal.
Tan idénticos eran los hermanos, que los gendarmes, al día siguiente, solo notaron la huída de la fiera, pero no descubrieron que un hermano había sustituido al otro.
Momentos después apareció el Mandarín.
_¡Corténlee la cabeza gritó.
Uno del los soldados desenvaino su sable y ¡crac! lo descargo sobre el cuello de Liu Nº 4. El sable voló partido en pedazos.
_Otro sable exclamó el Mandarín.
Y uno tras otro, todos salieron rotos por el aire. Liu Nº4, sin un rasguño en el cuello, sonrió a sus presuntos verdugos.
Al Mandarín se le desorbitaron los ojos de la ira, y casi sin poder hablar ordeno; _Enciérrenlo; y mañana precipítenlo desde lo alto de una roca. Por la noche supieron la noticia sus hermanos.
_Me corresponde el turno a mí manifesto Liu Nº 3, es decir Alcanzanubes. Vigilaré desde cual montaña pretenden arrojarlo.

Al día siguiente descubrió el sitio y cuando ya lo iban a lanzar, ordeno a sus piernas: _¡Crezcan!. Las piernas crecieron y, en el momento preciso, lo rescato en el aire.
Ambos salieron corriendo, pero Liu Nº 3, que había recobrado su tamaño natural, fué alcanzado por los agentes del Mandarín y llevado ante su presencia.
Los ojos del Mandarín lanzaban rayos de furia.
_Vigílenlo bien, idiotas, dijo, pues deseo que todo el mundo vea, mañana, como hago yo justicia. Será quemado en una hoguera en presencia del público, para escarmiento de cuantos pretendan burlarse de mi. En la mitad de la plaza amaneció la pira lista para quemar a Liu Nº 3.
Liu Nº 2, Incombustible. manifestó: _Ahora debo actuar yo.
Y cuando Liu Nº 3 caminaba ya hacia la hoguera, Liu Nº 2 dijo a los guardias que lo llevaban que su hermano era inocente, «Yo soy el culpable, agregó, y pido que me quemen vivo». Y en un momento, sorpresivamente, se cambio por Liu Nº 3. El cortejo siguió como si nada hubiera sucedido.
Precipiten a ese monstruo al fuego ordenó el Mandarín.
Liu Nº 2 se sentó tranquilamente en la hoguera. Las llamas lo envolvieron sin hacerle el menor daño.
Así que la ira del Mandarín subió a su más alto grado. Apretando los puños, como enloquecido ordenó: _¡Preparen una barca para tirarlo al mar!
Ahora le correspondía el turno a Liu Nº 1, es decir a Tragamares.

Efectivamente, cuando el Mandarín llego a la playa, ya Liu Nº 1 estaba ahí esperando. Lo vió entrar en el bote con sus secuaces, y se dió cuenta que llevaban a Liu Nº 2, Después dejo que la embarcación se alejara una cuadras y gritó: _¡Incombustible, tírate al agua! Incombustible, es decir Liu Nº 2, salto al agua y, en ese mismo instante, Liu Nº 1, Tragamares, absorbió gran parte del líquido de un solo trago. La barca quedo en seco.
Liu Nº 2, Incombustible, emprendió la carrera hacia la orilla, poniéndose a salvo. Y cuando el Mandarín y sus gendarmes quisieron hacer lo mismo, Tragamares devolvió el agua, arrojándola directamente contra ellos.
El Mandarín quedó sepultado para siembpre en el fondo del océano, en compañía de sus guardias.

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Juan Pereza


«Tomado de Lectura para 5 año Alvaro Marin 1.963»

El joven de esta historia  se tenía muy bien ganado su apellido: odiaba el trabajo. Su mayor deleite era la pereza. En cambio, gozaba de muy buen apetito. Frente a una mesa repleta de variadas comidas ninguno le ganaba. Alguien decía que si él hubiera empleado siquiera la quinta parte del ímpetu con que atacaba las cosas de comer para hacer algo, habría sido uno de los mejores trabajadores del mundo.
Llegó el momento en que Juan Pereza tuvo que abandonar el lugar donde vivía porque las gentes, principiando por sus familiares, se cansaron de sentarlo a la mesa, a cambio de nada.
Juan Pereza se echó al hombro un azadón y se fué. Claro que lo del azadón era para hacerse pasar como trabajador del campo. Y, probablemente, hacía parte de un plan premeditado.  Llegó a un lugar donde había muchos cultivos. Los habitantes se veían muy dedicados a sus labores hasta los gatos estaban cumpliendo con su deber, es decir, acabando cuanto ratón asomaba la cabeza.
A la entrada de la zona, Pereza alcanzó a ver un letrero muy grande. Se acercó a leerlo y decía: En esta bella y fértil región hay una norma sin excepción: quien la nariz por aquí asome si no trabaja, no come. El holgazán se rascó la cabeza, hizo un gesto de disgusto e iba a regresarse, cuando se le acerco un campesino.

♣ ¿Busca trabajo, joven? le preguntó

♦ ¡Oh, sí! contesto él; me gustaría mucho darle ocupación a esta azadón.
El campesino lo invitó a ir con él hasta su casa.
♣¿Y cuánto cobra usted por día?
♦ Bueno. Eso lo hablaremos después, respondió Juan Pereza. ¿Acostumbra usted dar la comida a sus peones?
♣Si, y muy buena.
♦Entonces. manifestó juan empecemos por el desayuno.
♣Naturalmente contesto el granjero. E inmediatamente después a trabajar!
La mujer del campesino le trajo a Juan un abundante desayuno. que él devoró en un instante.
♣¿Vamos insinuó el hombre.
♦Un momento, manifestó Juan. La verdad es que todavía tengo mucha hambre. ¿No podría anticiparme el almuerzo?
Al campesino le molestó la propuesta pero en ese momento su mujer le dijo al oído: Como el sitio a donde tiene que ir está lejos, es mejor que almuerce de una vez. Así no tendrá que regresar y trabajará más.
♣No hay inconveniente, manifestó el honrado granjero.
Juan Pereza desapareció en minutos el almuerzo, que no era poco. Después estiró las piernas, se tocó el estómago bostezó y exclamó:
♦¿Y, a qué horas es la comida aquí?
♣Comemos al anochecer; reposamos un poco y luego a dormir, contestó el  campesino.
♦Pues aún tengo apetito para la comida, expreso Juan Pereza.
El campesino estaba a punto de estallar pero su mujer se apresuró a servírsela. Cuando Juan terminó, el campesino dijo: ¡ahora sí, al trabajo.
♦Me gustaría hacerlo, murmuró Juan Pereza, pero no puedo violar la costumbre de mi sitio de origen. Allá, después de comer dormimos.
Y dicho esto, se salió al patio, se acostó y a los pocos minutos estaba roncando. Juan Pereza había conseguido comer un día más sin trabajar. Pero esta hazaña no la pudo repetir muchas veces, pues es verdad que hay campesinos ingenuos pero no tántos. Una semana después Juan Pereza fue capturado por las autoridades y condenado a trabajos forzados.

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