Regreso al valle `

Cornelio Hispanoo

Vuelvo a ver mi antigua casa
y mi valle y mi ciudad,
y el río que hablando pasa,
cerca del huerto natal
.
Recuerdo viejos amores
y alegrías y ternezas,
lleno está el huerto de flores,
mi corazón de tristezas.
.
Cuán presto se va el placer,
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.
De las grietas del ciruelo
mana fragante resina,
sube hacia el diáfano cielo
el humo de la cocina;
.
en tanto que en el ‘madroño
y entre las tostadas parras
sin un ,sarmiento en retoño o
cantan de sed las chicharras;
.
las chicharras, compañeras
del labrador, precursoras
de las cosechas primeras
y de las rústicas horas;
.
ellas que en sus toscas gamas
el verano nos predicen,
y, al pasar bajo sus ramas,
con’ sus aguas nos bendicen.
.
¡Las chicharrasl Yo las quiero
con el más dulce querer,
ellas, desde el limonero,
me hablan de un rosado ayer.
.
Cuando en noches de San Juan,
allá en la loca niñez,
cantaba, yo este cantar:
Mamá luna, dame pan,
que me voy a Santa Fe,
y entre la rueda infantil
cruzaba el gato ladrón
y dialogaba sutil
la borriquita mayor.
.
Por aquel tiempo, recuerdo,
un pájaro sabio había,
huésped de la vecindad,
que sin cesar repetía
esta canción singular:
Dios te dé, te dé, te dé.
.
Y era un pájaro tan cuerdo
que ya fuera pobre o rico
quien pasara cerca de él,
abriendo su largo pico
cortésmente le decía:
Dios te dé, te dé, te dé.
.
Todos, pasaban sin ver
a prójimo tan cabal,
que desde el amanecer
no cesaba en su cantar.
.
Y solo algún desdichado,
al oír frase tan cruel,
al pajarraco inspirado
alzaba su hosco mirar
y un torvo gesto de hiel
desarrugaba su faz;
o alguna vieja sin sal,
apolillada y trivial,
que al regresar de la misa,
con impertinente risa
y dejo chillón y amargo,
preguntaba al Diostedé:
¿Con ese pico tan largo
cómo canta sumercé?”
.
Y nunca podré olvidar,
de esas horas encantadas
las alegres madrugadas
en que con tanto fervor
mi abuela daba en rezar
las hermosas letanías
.
o el Trisagio que Isaías
escribió con grande celo
y oyó cantar en el cielo
a angélicas jerarquías,
mientras despertando al son,
y con acentos afines,
contestábamos al canto:
Ángeles y serafines
dicen, santo, santo, santo.
.
Ni las dulces Nochebuenas,
Inocentes, y verbenas,
cuando, a la luna de plata,
así, triste, se dolía
cadenciosa serenata
al pie de la celosía
de alguna adorada ingrata:
“Clavelito colorado,
de la mata te cogí,
la mata quedó llorando
como yo lloro por ti”.
.
Y con los trinos suaves
de la guitarra y bandolas,
alternaban voces graves
como en coloquios a solas:
“Clavelito rosicler
perfumado con romero,
cómo no te he de querer
si fuiste mi amor primero”.
.
Vuelvo a ver mi antigua casa
y mi Valle y mi ciudad,
y el río que hablando pasa
cerca del huerto natal. 

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