¡Ah demonio de ofidio!

L. lecturas Alvaro Marin. 5to. año.


Una mañana al recorrer el potrero, empezó don Ambrosio su historia, encontré mi mejor vaca muerta. Quise explicarme la causa, pero no la encontré. ¿Rayo? ¿Enferemedad fulminante? ¿Malas artes de algún vecino perverso? todas las deseche por absurdas.


__ Y de ahí en adelante, casi a diario otro animal muerto. Quince días después, de veinticinco reses sólo me quedaban trece. Mi pequeño hato iba camino de extinguirse. Alguien me dijo:


__Mire Ambrosio, su caso no es nuevo. En esta región una sola víbora ha matado a más de cuarenta reses. Entre los matorrales de su finca debe haber una y, o usted da con ella y la mata o en poco tiempo de su ganado no quedará sino el recuerdo.


__Confundido e indeciso, resolví  consultar con un campesino legítimo; yo por aquella época, no era más que un pobre aficionado, metido a ganadero por fuerza de las circunstancias.


__No lo dude, me dijo él. Desde la primera hasta la última, a todas las ha venido matando la culebra. Y acabará con el resto si usted no hace algo pronto; y le sobrará veneno. Debe ser una taya; ah¡ demonio de ofidio: donde clava sus diminutos colmillos inyecta la muerte. No es muy grande, mas bien gruesa y espera, particularmente en la noche, con el mismo cálculo y malicia que un bandido. Como casi todas ellas, huye y se esconde al sentir la presencia del hombre, pero si logra hacer la primera víctima en un determinado sitio, ahí vuelve, a la misma hora, para continuar atacando.


__Debo confesar, continuó don Ambrosio, que cuanto acababa de oír era nuevo para mí. En la ciudad donde nací, y fuí a la escuela, las únicas serpientes que había visto eran las de los libros y por cierto que me horrorizaban tánto que frecuentemente me despertaba en la noche gritando porque me parecía percibir su alargado, frío y blando cuerpo junto a mí. Y ahora, ¿cómo acabar con tan terrible y traicionero enemigo?. Esa fue la pregunta que le hice al viejo campesino.


__No es difícil matarla, me respondió él, si usted no se deja llevar de la impaciencia y obra como debe ser, es decir, emplea la astucia y el engaño, tal como ella lo hace, en vez de la fuerza. Pero antes que todo hay que determinar el lugar preciso donde aparecen las muertas las reses.

__Lo sé, contesté yo. Cerca del bebedero, a donde el ganado va en busca de agua.


__Magnífico dato exclamó él. Tenga usted la seguridad de que ahí acecha la culebra. Puedo, inclusive darle una idea de cómo ocurren las cosas. Escúcheme con atención:


__Las vacas en busca de agua; alargan el cuello para beber y la culebra, que está lista, las muerde en la trompa. Como si lo viera! El veneno ahí es peor que en ninguna parte porque son tejidos blandos. Claro que si la picara en otro sitio también morirían. Mire usted que tamaño tiene una vaca y qué pequeña es una víbora y, sin embargo, no hay remedio: la mole cae a tierra agonizante.

 

__Y qué debo hacer? pregunte yo nerviosamente.

__Crin de caballo. amigo.

__¿Crin de caballo? repetí al instante. No entiendo.

__Si; es lo único aconsejable en estos casos. Cualquier otro procedimiento es inútil. Podría usted quemar íntegramente el potrero, hasta la última brizna, con la esperanza de librarse del bicho ese. Y no le daría resultado.

__Consígase una vasija de barro, un poco plana, llénela de leche fresca, corte pedacitos de crin de caballo, tan pequeños como le sea posible , y echéselos a la leche. Colóquela medio escondida, al atardecer, en el lugar donde usted piensa que la víbora muerde al ganado y espere a la mañana siguiente. A las culebras les gusta la leche y su olfato las lleva hasta el recipiente. Con el líquido, la taya ingiere también los trocitos de crin y pago uno contra ciento que al día siguiente usted la encontrará muerta, casi ahí mismo; o mucho me equivoco.

__Y cómo, o por qué causa ocurre la muerte de la culebra? pregunte yo, un tanto dudoso.

__Me imagine que se lo supondría, respondió él con cierta impaciencia. Es muy fácil la explicación: las partículas de crin le rompen los intestinos a la víbora y muere.

__Ah! sí. comente yo, disfrazando mi ignorancia. Y me despedí después de haberle expresado mis agradecimientos.

__Cuando al día siguiente llegué al potrero con la vasija de leche, sentía la misma confusa emoción, creo yo, del soldado que en una guerra recibe una bomba y la orden de volar un puente. Coloqué sigilosamente la mortífera trampa entre los matorrales, muy cerquita de donde le rastro de las vacas me indicaba el pozo en el cual se inclinaban a beber. Empezaba ya a oscurecer y aligeré el paso.

__Aquella noche no dormí. Madrugué a mirar los resultados. Ahí estaba la leche intacta. Trate de desesperarme pero me acordé que me habían recomendado tener paciencia. Sin embargo después de ocho días tampoco apareció la culebra muerta; en cambio perdí otro de mis animales. Terminé por pensar que mi amigo era un charlatán de pies a cabeza.

__Nuevos comentarios en torno a la misma cuestión, determinó que alguien me preguntara con cierta prevención:

__¿Y qué clase de vasija uso usted?

__¿Vasija? respondí yo; pues una de cobre; la primera que encontré.

__¡Absurdo! exclamó él. Es indispensable utilizar una de barro porque una culebra no se acerca a las metálicas. Así debió advertírselo nuestro amigo. Usted no siguió sus instrucciones tal como se las dieron.

__Creí que no tenía importancia, manifesté yo.

__Escuche replicó él, nosotros los campesinos poseemos fórmulas exactas, frutos de la experiencia de siglos y si se deja de cumplir algún requisito o detalle , no se logra el resultado que se busca. No lo olvide, si aspira permanecer entre gentes que viven en contacto con la naturaleza.

__Como estudiante a quien le califican con dos su tarea, empece al otro día a rehacer las cosas correctamente. Conseguí la vasija de barro aconsejada y, esa misma noche, exactamente pereció la culebra.

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