3.1. Historia del Rey griego y su médico Dubán

image002abía en el Estado de Zuman, en Persia, un rey cubierto de lepra.
Sus médicos habían puesto en práctica todos los medios que su ciencia le sugería para curarle, aunque inútilmente, cuando llegó a la Corte un médico habilísimo llamado Dubán.
Este había aprendido cuanto sabía en los libros griegos, persas y turcos, y conocía al dedillo las cualidades buenas y nocivas de las plantas y de las drogas.
Sabedor de la enfermedad del Rey y de que había sido desahuciado por sus médicos, encontró el ,medio de hacerse presente al soberano.
__Señor __le dijo__, si me queréis conceder el honor de aceptar mis ser5vicios, me comprometo a curaros.
__Si hacéis lo que decís __repuso el Rey__, os aseguro que colmaré de riquezas a vos y vuestros descendientes.
Retiróse el médico a su casa e hizo un mazo de madera con el mango hueco, perforado de una manera casi imperceptible, en el que colocó la droga de que pensaba servirse.
Hecho esto fabricó una bola a su capricho, y provisto de ambos objetos se presentó al día siguiente a Su Majestad y le dijo que era preciso que montase a caballo y fuese a la plaza pública a jugar al mallo.
Obedeció el Rey y cuando estuvo en el lugar designado para el juego, se acercó el médico y le dijo, entregándole el mazo ya preparado:
__Tomad , señor; empujad esta bola con el mazo que os presento, hasta que a fuerza de hacer ejercicio sintáis la mano y el cuerpo bañado de sudor. El remedio medicinal que he puesto en el mango penetrará por los poros al contacto, del calor de la mano; entonces volveréis a palacio para daros un baño, acostándoos enseguida, y al amanecer estaréis curado completamente.
Obedeció el Rey los mandatos del médico sin apartarse de sus sabios consejos, y, en efecto al día siguiente se levantó con el cuerpo sano y limpio de tal suerte, que no quedaron huellas de la horrible dolencia que antes le afligís. Hizo comparecer ante si a los cortesanos para manifestarles el triunfo de Dubán, y todos manifestaron un gozo indecible.
Cuando el médico entró en el salón del trono y fue a postrarse a las plantas del Rey, éste le abrazó elogiándole como se merecía, y aun le invito a sentarse con él a la mesa real, favor insigne, desconocido por los súbditos de aquel país. Además, le dio dos mil cequíes, y le hizo, en una palabra, objeto de sus continuas deferencias.
Ahora bien, este Rey tenía un gran Visir avaro, envidiosos y capaza de cometer los más horrendos crímenes con tal de satisfacer sus malvados sentimientos.
__Señor__ le dijo__, es muy peligroso para un soberano confiar a ciegas en un hombre cuya fidelidad no ha sido probada. Colmáis de beneficios a Dubán, sin saber si es un traidor que se ha introducido en vuestra corte con ánimos de asesinaros. Estoy muy bien informado, y puedo afirmar sin temor a ser desmentido, que Dubán ha salido del corazón de Grecia y venido aquí con el horrible designio que acabo de hablar a Vuestra Majestad.
__No, no Visir __interrumpió el Rey__; estoy seguro que ese hombre al que calificáis de pérfido es el ,más virtuoso que existe en el mundo y al que más quiero. Comprendo lo que pasa: su virtud excita vuestra envidia; pero os aseguro que no me inclinaré injustamente en contra suya Recuerdo muy bien que un visir dijo al rey Sindbad, su señor para impedir que este diese muerte a su hijo.
__Señor __interrumpió el visir envidioso__, suplico a Vuestra Majestad que me perdone el atrevimiento de suplicarle que me refiera lo que el visir del rey Sindbad dijo a su señor para impedir que diese la muerte al príncipe, su hijo.
__Este visir __contestó el rey__, después de haberle expuesto como cometía una acción de la que luego tendría que arrepentirse si daba oídos a las acusaciones de su suegro, le contó, la historia del marido y el papagayo.

Cuando el Rey griego hubo concluido la historia que antecede:
__Y vos, visir __añadió__, impulsado por la envidia, queréis que de muerte al médico Dubán, que ningún daño os ha hecho; pero me guardaré muy bien de seguir tal consejo, para no arrepentirme como el buen hombre del cuento que mato a su papagayo.
__Señor __replicó el infame Visir, decidido a perder el médico__, cuando se trata e asegurar la vida de un rey, la simple sospecha, la acusación sola equivale a la certidumbre, y más vale sacrificar un inocente que salvar al culpable. Lo repito una vez más: el médico Dubán quiere asesinaros, y no es la envidia, sino el amor a mi soberano lo que me hace dar este aviso a Vuestra Majestad .
Señor, sino tomáis las debidas precauciones, os será funesta la confianza que tenéis en el médico Dubán; y yo con seguridad que es un espía infame, pagado por los enemigos de Vuestra majestad para atentar a su preciosa vida. Os ha curado, es verdad, pero quizá nada más en apariencia y no radicalmente
¿Quién sabe si sus remedios no producirán con el tiempo efectos mortales?
El Rey griego hombre de cortos alcances, no tuvo bastante penetración para conocer la negra perfidia de su Visir, ni tampoco suficiente firmeza de carácter para persistir en su primera resolución.
Las últimas palabras del Visir lo convencieron de lo que antes no quiso creer.
__Visir __le dijo__, tienes razón y tal vez halla venido ese médico a la corte a quitarnos la vida, lo cual le es muy fácil conseguirlo por el simple olor de una de sus drogas.
Cuando el Visir vio al Rey en la disposición de ánimo que quería, añadió que el medio más seguro de librarse de tan terrible enemigo consistía en prender al médico Dubán y cortarle enseguida la cabeza, horroroso designio que fue aceptado por el Rey.
Así, pues, llamó éste a uno de sus oficiales para que fuese en busca del médico, quien apenas recibió el aviso, se apresuró a ir a Palacio.
__¿Sabes __le pregunto el Rey__ para que te he hecho venir -No señor _-, respondió Dubán__, y espero que Vuestra Majestad se sirva de decirme el objeto de su llamada.
__Pues te he mandado buscar para librarme de tí quitándote la vida.
__Señor __exclamó el infortunado Dubán__, ¿por qué voy a morir? ¿Que crimen , ni qué delito he cometido?
__He sabido por buen conducto __replico el rey__ que eres un espía y que quieres atentar contra mi vida, y para evitarlo voy a arrancarte la tuya. Descarga el tremendo golpe __añadió dirigiéndose al verdugo que estaba presente.__, y que tu alfanje me liberte de un pérfido que se ha introducido en la Corte para asesinarme.
El médico recurrió entonces a la súplica y exclamó:
__Señor, prolongadme la vida, que Dios prolongará la de Vuestra Majestad; no me hagáis morir, porque Dios podría trataros del mismo modo….

__El Rey Griego _continuó__, en vez de condolerse a escuchar las plegarias del médico, replicó con excesiva dureza:
__Tengo necesidad absoluta de que perezcas para que no me quites la vida de una manera tan ingeniosa y sutil como me has curado.
El médico, anegado en amargo llanto, y vista la ineficacia de su ruego, se decidió, o por mejor decir, se resignó a recibir el golpe mortal. El verdugo le vendó los ojos, después de atarle las manos, y ya se disponía a desenvainar el alfanje, cuando los cortesanos, movidos a compasión, suplicaron al Rey que perdonase a Dubán, de cuya inocencia estaban prontos a responder.
Pero el soberano se mostró inflexible y les habló en términos tan duros, que nadie se atrevió a proferir ni una palabra más.
El médico ya de rodillas, y con los ojos vendados, dirigió por última vez la palabra al Rey y le dijo:
__Señor, puesto que Vuestra Majestad no quiere revocar la horrible sentencia, le ruego al menos que me permita ir a mi casa para dar el postrer adiós a mi familia, hacer algunas limosnas, y legar mis libros a personas que hagan buen uso de mi recuerdo.
Entre ellos hay uno que quiero regalar a Vuestra Majestad, libro precioso y digno de figurar entre los objetos de un tesoro. Contiene muchas cosas curiosas, y la principal consiste en que cuando me hayan cortado la cabeza, si Vuestra Majestad se digna abrir el libro a la sexta hoja y leer al lado izquierdo el tercer renglón, mi cabeza responderá a todas las preguntas que Vuestra Majestad se digne hacerle.
El Rey, lleno de curiosidad por ver tal maravilla, permitió a Dubán que fuera a su casa.
Puso el médico en orden sus negocios, y como se había esparcido el rumor de que a su muerte iba a verificarse un prodigio inaudito, los visires, los imanes, los oficiales superiores y toda la Corte, en fin fue al siguiente día a Palacio para ser testigo de la triste y a la par extraña ceremonia.
Compareció a la hora señalada el médico Dubán, el cual con un gran libro en la mano, avanzó hasta las gradas del trono y dijo al Rey:
__Tomad, señor, este libro; cuando mi cabeza esté separada del tronco, mandad que sea colocada en una palangana y la sangre cesará de correr; abrid entonces el libro, y la cabeza responderá a todas las preguntas que se le dirijan, pero permitídme, señor que implore otra vez clemencia de Vuestra Majestad; en nombre de Dios compadeceos de un hombre que es inocente.
__Tus ruegos son inútiles __replicó el Rey__; y quiero que mueras, aunque no sea mas que por el placer de oír a tu cabeza.
El Rey tomo el libro de manos del médico y ordenó al verdugo que cumpliese con su deber.
La cabeza fue cortada tan diestramente que cayó en la palangana y la sangre se detuvo al momento. Entonces y con gran asombro del Rey y de los espectadores, la cabeza del médico abrió los ojos y tomando la palabra dijo:
__Abra el libro Vuestra Majestad.
Obedeció el Rey, y como quiera que la primera hoja estaba pegada contra la segunda, se humedeció el dedo con la lengua para volverla sin dificultad, operación que repitió hasta la sexta hoja, en blanco, como las precedentes.
__Aquí no hay nada escrito:__exclamó el Rey.
__Volved aún algunas cosas más __ respondió la cabeza.
Y el soberano continuó siempre llevándose el dedo a los labios, hasta qué hizo su efecto el veneno de que estaba impregnado el papel del libro.
Cuando el médico Dubán, o su cabeza, hablando con propiedad, vio que no quedaban al Rey más que algunos
momentos de vida exclamó con acento sepulcral:
__¡Tirano! Así deben perecer los príncipes que abusando de su autoridad sacrifican a los inocentes. Tarde o temprano, Dios castiga siempre sus injusticias y sus iniquidades.
Apenas profirió estas palabras, perdió la cabeza lo pico que le quedaba de vida. Y el Rey exhaló el último suspiro regresar a historia de un pescador        volver a indice

3.1.1. Historia del marido y el papagayo

image002n hombre tenía una esposa a quien amaba con tal delirio, que apenas se atrevía a perderla se vista. Los negocios le obligaron un día a alejarse de ella, pero antes de emprender la marcha compró un papagayo que no sólo hablaba muy bien sino que tenía la cualidad de charlar todo lo que se hacía delante de él.
Le puso una jaula colocándola en el cuarto de su mujer, y suplicó a ésta que cuidase mucho el animal.
Hizo el viaje, y cuando volvió a su casa preguntó la papagayo si su esposa se había acordado de él y pronunciado alguna vez el nombre de su marido ausente; pero el pájaro le dijo que ni un solo día se le había ocurrido a su mujer nombrarle para nada como era la verdad.
La esposa, descubierta en su indiferencia, sospechó que el papagayo era el autor de aquella mala pasada, y, ofendida por las recriminaciones de su marido, resolvió vengarse del pájaro charlatán.
Tuvo necesidad el hombre de abandonar su casa durante una noche, y la mujer ordenó a los esclavos que arrojasen agua en forma de lluvia sobre la jaula, que hiciesen con la boca un ruido semejante al del trueno, y, por último, que de vez en cuando, a la claridad de una luz amarillenta, diesen vueltas a un espejo a la vista del papagayo.
La ilusión fue tan completa, que cuando el marido pregunto al animal lo que había sucedido durante su ausencia, éste le contestó que la lluvia, los truenos, los relámpagos le habían impedido ver ni observar nada.
Como el buen hombre sabía que la noche, lejos de ser tempestuosa, había sido serene y apacible, se convenció de que el pájaro no dijo la verdad ni respecto a la mujer ni menos a la temperatura.
Indignado, pues, sacó al papagayo de la jaula y lo arrojó al duelo con tal fuerza, que le aplastó al animalito la cabeza. Supo más tarde el buen hombre que su esposa no le amaba, que el papagayo había dicho la verdad al acusarla de indiferente, y se arrepintió mucho de haber dado muerte al pobre pájaro. volver a la historia del médico Dubán     volver a índice

 

3.2. Historia del joven Rey de las Islas Negras

image002 i padre, llamado Mahmud, era Rey de estos Estados de las Islas Negras, nombre que se deriva de las cuatro montañas o colinas inmediatas que antes eran islas, hallándose situada la capital en el sitio que ocupa hoy el estanque que habéis visto. La historia de mi vida os instruirá de los cambio ocurridos.
A la edad de 70 años murió el Rey, mi padre, y apenas le subsistí en el trono me case con una Princesa, prima mía, unión que
me hizo feliz muchos años. Pero poco a poco se transformó su carácter, convirtiéndose en una furia que quiso rebelarse contra mi doble autoridad de rey y de esposo.
Una noche que ella estaba en el baño experimenté deseos de dormir y me tendí en el diván. Dos de sus mujeres, que se hallaban en mi aposento, sentarónse una a la cabecera y la otra a los pies de mi lecho, provistas de abanicos. Creyendo que estaba dormido, hablaban en voz baja entre ellas, pero yo no perdía palabra de la conversación.
__¿No es cierto __decía una de ellas__ que hace muy mal a la Reina en no querer como debiera a un Príncipe tan amable como es éste?
__Ciertamente, y no se por qué sale la Reina todas las noches, dejándolo solo, sin que él lo eche de ver.
__¿Cómo quieres que lo note si cada noche le suministra un brebaje de hierbas que le hace dormir profundamente, sin que pueda despertarse hasta que ella vuelve y le acerca a su nariz un frasco de esencias?
Imaginaos, señor, la impresión Que me producirían estas palabras; sin embargo, hice un esfuerzo para dominarme, y fingí que me despertaba sin oír aquella horrible revelación.
La Reina volvió del baño, y antes de acostarnos me presentó ella misma la taza de agua que yo acostumbraba beber; pero en vez de llevármela a la boca, me acerqué a la ventana, que estaba abierta, y la vertí disimuladamente en el jardín, devolviéndole la taza para no hacerla entrar en sospechas.
Nos acostamos acto seguido, y suponiendo que yo dormía levantase ella y dijo en voz alta:
__¡Duerme, y ojalá no te despertaras jamás!
Se vistió apresuradamente y salió del aposento.
Apenas se hubo marchado, salté del lecho, me vestí en un abrir y cerrar de ojos, tome mi alfanje y la seguí tan cerca que oía el rumor de sus pasos.
Pasó mi esposa a través de muchas puertas, que se abrían por si solas en virtud de ciertas palabras mágicas que ella pronunciaba, y entro en el jardín.
Yo me oculté tras de la última puerta para que no me descubriese.
Escuché atentamente. He aquí lo que pude oír:
__No merezco __decía la Reina a su compañero__ que me recriminéis por mi tardanza; ya sabéis a que obedece.
Entretanto habían llegado al final de una alameda y entraron en otra, seguidos de cerca por mi. No pudiendo contenerme más, desenvaine mi alfanje y herí en el cuello al amante de mi esposa, que cayó al suelo.
Suponiendo que le había matado, huí precipitadamente sin darme a conocer a la Reina, a la que no maté también por ser pariente mía.
La herida que causé a su amante era mortal, pero ella le salvo por medio de un encantamiento, de suerte que se puede decir de él que no esta viví ni muerto.
Mientras corría yo por el jardín, oí los gritos que lanzaba la Reina, y creyendo que eran de dolor me alegre de haberla dejado con vida.
Volví a la alcoba, me acosté satisfecho por haber castigado debidamente a mi temerario rival, no tardé en dormirme.
Al despertarme por la mañana ví a la Reina acostada en mi lecho.
Me levanté sin hacer ruido, pasé al aposento contiguo para acabar de vestirme, luego asistí, al Consejo y, terminado éste, me dirigí a las habitaciones de la Reina, la cual salió a mi encuentro vestida de luto, con los cabellos sueltos y en parte cortados.
__Señor __me dijo__, vengo a suplicar a Vuestra Majestad que no se sorprenda de hallarme en este estado. He recibido al mismo tiempo tres noticias a cual más dolorosa.
__¿Qué noticias son ésas, señora? __ le pregunté.
__La muerte de la Reina, mi madre; la del Rey, mi padre, matado en el campo de batalla, y la de uno de mis hermanos, que se ha caído de un precipicio._
__Señora __repuse__, tomo parte muy viva en vuestro justo dolor.
Retiróse ella a sus aposentos, donde pasó todo un año llorando y entregada a su pena, y transcurrido este tiempo me pidió permiso para hacer construir un sepulcro en el palacio donde, según dijo, quería pasar el resto de sus días.
Yo la autoricé.
Cuando el mausoleo estuvo terminado, hizo trasladar allí a su amante, que aún vivía gracias a las bebidas que le hacía tomar.
Sin embargo todos los encantamientos fueron inútiles para entrar a aquel desdichado que, además de no poder caminar ni sostenerse en pie había perdido el uso de la palabra.
Un día fui al Palacio de las Lágrimas, llevado por la curiosidad de saber en qué se ocupaba la Reina, y, desde un sitio en que no podía ser visto, la oí hablar en estos términos con su amante:
__Hace tres años que no me has dicho una sola palabra ni correspondes a las pruebas de amor que te doy con mis lágrimas y mis frases de ternura. ¿Es acaso porque no me amas o porque me desprecias? ¡Oh tumba! ¿Habrás extinguido tú la ternura que por mí sentía? ¿Habrás cerrado tu los ojos que con tanta pasión me miraban y eran mi alegría? ¡Ah, no, no puedo creerlo! Di ,más bien porque has llegado a ser depositario del mayor tesoro de la tierra
Estas palabras, no dirigidas a un apuesto joven, sino a un negro horroroso, originario de este país, me indignaron de tal modo que no pudiendo contenerme, salí de m i atisbadero y, apostrofando a mi vez a la tumba, exclamé:
__¿Oh tumba! ¿Por qué no te tragas a este monstruo del que se espanta la naturaleza misma? O más bien ¿por qué no aniquilas al amante y a la manceba?
La Reina se levantó entonces hecha una furia.
__¡Ah cruel! __rugió__. ¡Tú eres el causante de mi dolor! No creas que lo ignoro; bastante he disimulado ya. Fue tu mano bárbara la que redujo a este horrible estado al objeto de mi amor, ¡y aún tienes la avilantez de de venir a insultar a la amante desesperada!
__Si, yo fui __la interrumpí ciego por la ira__; yo fui el que dí a este monstruo el castigo que se merecía, y hubiera debido hacer contigo lo mismo. Ahora me arrepiento de mi compasión excesiva, pues hace mucho tiempo que estás abusando de mi bondad.
Levante mi alfanje para matarla; pero ella, mirándome fijamente exclamó:
__¡En virtud de mi poder, convertido quedas en mitas hombre y mitad mármol negro!
Al mismo tiempo que la cruel hechicera me transformaba de esta suerte, destruía también, por arte de encantamiento la capital de mi reino, que era muy populosa y floreciente, y sobre sus ruinas formó ele estanque que habéis visto: Los peces de colores que en él visteis pertenecen a las cuatro clase de habitantes, de diferentes religiones, que formaban la población: los blancos representan a los musulmanes; los encarnados, a los persa, que adoran el fuego; los azules, a los cristianos, y los amarillos a los hebreos.
Las cuatro colinas eran cuatro islas que daban su nombre a este reino.
Esto lo supe por la hechicera, la cual para colmo de mi aflicción, vino a anunciarme los efectos de su cólera.
Pero no fue esto solo; no se contentó con metamorfosearme, sino que cada día viene a descargar cien vergajazos sobre mis espaldas desnudas, y cuando acaba el tormento me cubre con pelo de cabra y me pone encima esta túnica bordada para escarnecerme más aún recordándome mi pasada grandeza.
Al decir esto, el Rey de las Islas Negras prorrumpió en llanto. El Sultán lo consoló lo mejor que pudo, manifestándole que había imaginado un plan para vengarlo, cuya ejecución difería para el día siguiente.
Aprobó el Rey el proyecto; y como era ya noche muy avanzada, el Sultán se retiró.
Levántose éste muy de mañana para poner en obra sus designios, y ocultando sus vestidos en un lugar conveniente, se dirigió al Palacio de las Lágrimas, que halló iluminado con velas de cera blanca que despedían un delicioso olor.
Acercóse al lecho en que reposaba el negro, le mató con el alfanje que llevaba en la diestra y arrastrando el cuerpo hasta el patio, le arrojo en un pozo.
Acto continuo echóse en la cama que el ocupara, y ocultando el alfanje bajo las mantas, espero a la hechicera, que no tardo en llegar.
__¡Ah, mi sol, mi vida! __comenzó diciendo__, ¿Todavía guardas silencio? ¿Permites en tu propósito de dejarme morir sin el consuelo de oírte decir que me amas? ¡Alma mía, dime algo, aunque sólo sea una palabra, te lo suplico!
Entonces el Sultán, fingiendo despertar de un sueño profundo, dijo con voz opaca:
__Todo el poder reside en Alá que es omnipotente.
Al oír estas palabras la hechicera no se esperaba, exclamó.
Mi querido señor, ¿no me engaño? ¿Es cierto que me habéis hablado y que yo os he oído?
__¡Desgraciada! __repuso el Sultán__, ¿Eres acaso, digna de que yo te conteste?
__¿Qué os he hecho para que así me tratéis?
__Los gritos, los lamentos y los gemidos de tu marido, a quien maltratas tan cruelmente, me impiden conciliar el sueño de día y de noche. Mucho tiempo ha que estaría yo curado y habría recobrado el uso de la palabra, si hubieses roto su encantamiento. Ya sabes, pues la causa de mi silencio, de que tanto te quejas.
__Pues bien __repuso la hechicera__, para contentaros, estoy dispuesta a hacer todo lo que mandéis: ¿Queréis que le vuelva a su estado primitivo?
__Sí contestó el Sultán__;; así no turbará mi sueño. La hechicera salió enseguida del Palacio de las Lágrimas tomó una taza de agua y pronunció sobre ella ciertas palabras mágicas, después de lo cual fue al aposento donde se hallaba u esposo y la derramo sobre él.
El Príncipe se levantó entonces, tal como era antes de su encantamiento y, lleno de júbilo, se postro en tierra para dar gracias a Dios.
La hechicera volvió al Palacio de las Lágrimas, y en la creencia de que era el negro a quien hablaba exclamó:
__Amado mío, ya he hecho lo que deseabas. ¿Me negarías ahora el consuelo de que durante tanto tiempo me has tenido privada?
El Sultán replicó:
__Todavía falta algo para que me cure por completo: hasta ahora sólo he recobrado el habla y la seguridad de poder dormir. Ve, pues, a poner la ciudad en su prístino estado, y cuando vuelvas ,hecho esto, me darás la mano y, con tu ayuda, me levantaré enteramente sano.
Llena de esperanza, salió la hechicera. Cuando estuvo a la orilla del estanque, tomó un poco de agua en el hueco de la mano profirió las palabras mágicas, hizo una aspersión, y y al punto reapareció la ciudad en todo si esplendor, trocándose los peces en hombres, mujeres y niños ,mahometanos.
Apenas operado el cambio maravilloso, se apresuró la hechicera a ir al palacio a alcanzar el premio ofrecido.
__Acercaos __le dijo el Sultán.
La maga se acerco, en efecto.
__No es suficiente aún: acercaos más.
El Sultán entonces se levantó bruscamente de su asiento, y de un vigoroso sablazo le corto la cabeza antes que loa pérfida mujer tuviera tiempo de defenderse. El Sultán dejó allí el cadáver y fue en busca del Príncipe, a quien abrazándole, manifestó que nada tenía que temer porque su criminal esposa ya no existía.
__Podéis __añadió__ vivir tranquilo en vuestra capital, a menos que queráis venir a la mía que esta inmediata.
__¡Poderoso monarca __exclamó el Príncipe__, a quien soy deudor de tan inmensos beneficios! Vuestra capital no esta cerca como creéis; para llegar a ella se necesita un año entero de viaje, por más que vos hayáis venido hasta aquí en cuatro o cinco horas.
Desde que mi corte salió del desencanto, las cosas han cambiado mucho, lo cual no impedirá seguiros aunque sea hasta los confines de la tierra. Soís mi libertador, y con objeto de demostraros mi reconocimiento por toda la vida, os voy a acompañar, abandonando mi reino sin pesar alguno.
No comprendió el Sultán como podía hallarse tan lejos de sus Estados, pero dijo que lo largo y penoso del viaje estaba recompensado con ir en compañía del Príncipe.
__No tengo hijos __continuó__, os miro ya como tal, y desde ahora os nombro mi sucesor y heredero.
Comenzaron sobre la marcha los preparativos, que duraron tres semanas, al cabo de los cuales el Príncipe se puso en camino con gran pesar de sus vasallos, a quienes dio por Rey a un individuo de su familia.
El Sultán, y el Príncipe, su hijo adoptivo, iban seguidos de cien camellos bien armados y equipados con gran lujo. 
Fue muy feliz el viaje, y la ausencia del Sultán no produjo desórdenes ni accidentes en el Imperio. Por el contrario, sus súbditos salieron a recibirle en tropel y durante muchos días los festejos con que se celebró su llegada.
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4. Historia de los tres calendas hijos de reyes y de las cinco damas de Bagdad

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urante el reinado del califa Harun-al-Raschid, vivía en la corte de Bagdad un pobre   mandadero, que a pesar de lo humilde y penoso de su oficio, era hombre de ingenio y de excelente humor; Hallábase cierta mañana en la plaza del mercado esperando alguna persona le ocupase en algo, cuando vio acercarse a él una joven de talle elegante y esbelto, y cubierta con un velo. __Tomad vuestro canasto y seguidme, buen hombre __le dijo.
El mandadero, encantado al oír lo armonioso de aquella voz, se apresuro a obedecer a la joven.
Detúvose ésta primero delante de una puerta cerrada. Llamó, y un cristiano de aspecto venerable, de blanca y luenga barba, apareció en el umbral a recoger el dinero que le dio la dama, sin que ninguno de entrambos pronunciase la ,más mínima palabra. Pero el cristiano,, que sabía muy bien lo que la joven deseaba, sacó un cántaro lleno de excelente vino.
__Tomad ese cántaro __dijo la dama al mandadero__, y colocadlo en el canasto.
Entraron luego a una tienda de frutas y flores, donde ella compró gran cantidad de unas y de otras, y el mandadero las puso en el canasto. Pasaron de allí a casa de un carnicero, en la que adquirió la dama veinticinco libras de carne y, por último, al establecimiento de un droguero, en el que hizo gran provisión de aguad olorosas, nuez moscada, pimienta y muchas otras especias de las Indias, todo lo cual ponía el mandadero en su canasto.
El mandadero apenas podía caminar con el peso de su repleto canasto, y ya casi le faltaban las fuerzas, cuando llegaron a un hermoso palacio de espléndida arquitectura y adornado el frontispicio con columnas de mármol blanco. La dama se detuvo allí, y dio un golpe en una puerta de marfil ébano.
No podía explicarse el mandadero de que una dama de tan nobles y distinguidas maneras fuese por si misma a hacer las compras en el mercado, cual si fuese una simple esclava, y se dispuso a dirigirle algunas preguntas, que no llegó a formular, porque otra dama apareció en la puerta.
Entraron los tres en el interior del edificio, y después de atravesar un gran vestíbulo, fueron a un patio espacioso rodeado de una galería que daba comunicación a diversos departamentos amueblados con oriental magnificencia. En el fondo del patio se veía un trono ámbar sostenido por cuatro columnas de oro de las Indias con un primor y un gusto admirables. En el agua cristalina de una fuente cuya forma era la de un león de bronce plateado.
Lo que más me llamó la atención del pobre mandadero fue una tercera dama que estaba sentada en el trono y que al ver a las otras dos se adelantó hacia ellas. Conocíase en todo que era la principal y se llamaba Zobeida, Sofía la que abrió la puerta y Amina la que había ido al mercado por la mañana.
__Hermanas mías __dijo Zobeida__, ¿no veis que ese hombre no puede resistir el peso que trae? ¿A qué guardáis para quitárselo?
Amina y Sofía se apoderaron del canasto, y así que estuvo vació pagaron generosamente al mandadero. Muy satisfecho éste iba a retirarse, pero a su pesar, lo retenía allí el deseo de saber quiénes eran aquellas tres damas que vivían solas en el palacio.
¿Qué esperáis, buen hombre? __preguntó Zobeida al mandadero al ver que no se retiraba__. ¿No estáis contento con lo que os hemos dado?
__Señora __replicó el otro__, no es eso lo que me detiene, sino la curiosidad de averiguar quiénes sois y la extrañeza de no ver ningún hombre en esta casa.
Las tres hermanas prorrumpieron en una carcajada al oír al mandadero, a quien Zobeida dijo con gravedad:
__Lleváis muy lejos vuestra indiscreción, pero, a pesar de todo, os diré que somos tres hermanas que manejamos secretamente nuestros asuntos sin que nadie en el mundo se entere. Los secretos no deben ser confiados a persona alguna, porque el que no es capaz de guardarlos, dice un autor ‘cómo lo de hacer el pecho de un extraño?
__Señoras  __exclamó el mandadero __, veo que no me equivoqué al calificaros a primera vista de personas de mérito y de distinción. Aunque la ingrata fortuna me ha colocado en una posición humilde, he leído, sin embargo, muchos libros de ciencias y de historia y recuerdo una máxima que dice: «los secretos no deben ser revelados a los necios parlanchines, que abusarán de nuestra confianza, sino a los hombres de juicio y de discreción, porque éstos saben siempre guardarlos con fidelidad.
Conoció Zobeida por estas palabras que el mandadero no carecía de ingenio, y comprendiendo que tal vez deseaba tomar parte en el festín, le dijo:
__Sabéis que nos disponemos a divertirnos no ignoráis que con tal objeto hemos hecho gastos considerables; y no sería justo que, sin contribuir con algo, seáis de la partida.
El mandadero hizo ademán de entregarle el dinero que había recibido por su trabajo.
__No __repuso, Zobeida__, lo que de nuestras manos sale para recompensar los servicios que se nos hacen no lo recogemos jamás.
Y añadió, viendo la confusión del mandadero:
__Amigo mío, consiento en que os quedéis en nuestra compañía, pero con una condición: la de guardar absoluto secreto sobre todo lo que veáis y que no salgáis de los límites de la decencia y de la cortesía
Entretanto Amina habíase cambiado su traje de calle por otro de casa y disponía la mesa Preparo en un momento infinidad de ricos manjares y puso sobre una credencia los jarros de vino y los vasos de oro. Hecho esto, las mujeres sentáronse a la mesa, colocando entre ellas al mandadero.
Después del primer plato, Amina tomó un jarro, escancióse vino en una copa de oro, bebió y repitió la operación con sus hermanas. Por último, sirvió también al mandadero en la misma copa, y éste antes de cogerla y beber, besó la mano de Amina y cantó una canción.
Esto entusiasmo de tal modo a las jóvenes, que  a su vez, cantaron otras canciones, y así transcurrió la comida en medio de la mayor alegría.
Caía ya la noche cuando Zobeida dijo al mandadero que ya era hora de que se marchase.
__Señoras repuso éste__, a fuerza de vino y de veros, no soy dueño de mi… no puedo tenerme en pie. Os ruego, pues, que me permitáis pasar la noche aquí, en el rincón que tengáis a bien señalarme.
Amina se puso por segunda vez de parte del mandadero.
__Hermanas mías __dijo__, nos ha divertido mucho, y si me amáis tanto como supongo, no negaréis el placer de dejarle pasar la noche en nuestra compañía.
__Nada podemos negarte, hermana mía __repuso Zobeida. Y dirigiéndose al mandadero añadió:
__Podéis quedaros, pero os impongo otra condición: habéis de jurarnos que fuere lo que fuere lo que en vuestra presencia hagamos, no despegaréis  los labios para preguntar el motivo o hacer observación alguna, advirtiéndoos que, si faltaís a vuestro juramento, lo podréis  pasar muy mal
__Lo prometo __respondió el hombre__. No chistaré; mi lengua permanecerá inmóvil y mis ojos serán como el cristal de un espejo, que nada conserva de lo que reproduce.
__Esta bien __continuó Zobeida__; ahora id  a la puerta de esta habitación y leed el lema que en ella veréis escrito.
Fue el mandadero dando tropezones y leyó con algún trabajo lo siguiente:
«El que habla de cosas que no le importan, oye otras que no le agradan» hecho lo cual volvió a renovar su primer juramento de ser mudo y reservado como una tumba.
Amina trajo la cena; mientras, Sofía encendió bujías perfumadas que esparcieron por la estancia un aroma delicioso, y tanto las tres hermanas como su huésped cantaron y recitaron versos del mejor humor del mundo, cuando de repente oyeron llamar a la puerta. Sofía fue a abrir y volvió a poco diciendo:
__Hermanas mías, se nos presenta una buena ocasión de pasar agradablemente el resto de la noche. Hay a la puerta tres calendas, o sea tres religiosos persas según lo demuestran en su traje, y que además son tuertos todos del ojo derecho. Tiene la cabeza, la barba y las cejas afeitadas. acaban de llegar por primera vez a Bagdad y nos piden hospitalidad por esta noche, contentándose, en cambio, con dormir a cubierto en el sitio más humilde de la casa. Creo que debemos recibirlos para reír un rato, mucho más cuando prometen salir de aquí al clarear el día.
Zobeida y Amina consintieron de buen grado, y a los dos minutos apareció Sofía con los tres calendas, quienes al entrar hicieron una profunda reverencia, asombrados del lujo y de la cortesanía de las damas. En cuanto al mandadero, acalorado con el vino que había bebido aquella noche antes que desaparecieran los efectos de la mañana, contestó con un gruñido sordo al saludo de los recién llegados.
Las tres hermanas sirvieron de cenar y de beber a los tres calendas con exquisita finura, y, reconocidas, los extranjeros pidieron instrumentos para darles un concierto. Aceptaron las damas con alegría y Amina les presentó un tamboril y dos flautas. Las damas mezclaron sus voces a las de los calendas, y, en lo más bulliciosos de la fiesta, oyeron de nuevo llamar a la puerta. Sofía cesó de cantar y fue enterarse de quien era.
El Califa Haraoun-al-Raschid tenía la costumbre de salir disfrazado en la noche para averiguar por sí mismo el estado de la ciudad y evitar que se cometiesen desórdenes.
Aquella noche iba el Califa acompañado de Giafar su gran Visir, y del Mesrour, jefe de los eunucos de Palacio, disfrazados los tres de mercaderes. Oyeron el eco de los cantos y el Califa quiso saber el motivo de la fiesta, para lo cual ordenó a Giafar que llamase prontamente, pues el no le convenía ser reconocido. Gifar, al ver la elegancia de Sofía, se inclinó respetuosamente hasta el suelo.
__Señora __dijo con respetuoso acento__, somos tres mercaderes de Musul llegados a la ciudad hace pocos días. Nuestros géneros están en un almacén lejos de aquí, y habiéndonos entretenido en las cales no es imposible ir a nuestro alojamiento, cuya puerta no se abre a hora tan avanzada de la noche. Nuestra afición a la música nos ha hecho detenernos aquí y os rogamos nos permitáis permanecer en el vestíbulo hasta la aurora.
Sofía examinó con atención el aspecto de los tres hombres, y, satisfecha sin duda, les dijo cortésmente que ella no era la dueña de la casa, pero que esperasen un momento a que les llevase la respuesta. Zobeida y Amina, bondadosas por naturaleza, resolvieron concederles la misma gracia que a los tres calendas.
Introducidos el Califa, el gran Visir y el jefe de los eunucos por la bella Sofía, saludaron cortésmente a las damas y a los calendas Las jóvenes correspondieron de la misma manera, y Zobeida, creyéndoles mercaderes, les dijo gravemente:
__Bien venidos seáis, y os ruego que no toméis a mal que ante todo os pida un favor.
__¿De qué se trata? __preguntó el Visir. Y añadió con galantería__: ¿Se puede acaso, rehusar cosa alguna a damas tan bellas como vosotras?
__Lo que os pudo __ repuso Zobeida con la misma gravedad__ es que tengáis ojos para ver y no lengua para hablar; que no nos dirijáis ninguna pregunta sobre lo que veáis, ni digáis palabra acerca de lo que no os concierne, pues de lo contrario os daríamos que sentir.
__Seréis obedecida señora __contesto el Visir.
Dicho esto, tomaron todos asiento y continuaron bebiendo y comiendo, en honor de los recién llegados.
Habiendo recaído la conversación sobre las distracciones y los diferentes modos de divertirse, los calendas se pusieron de pie y bailaron las danzas de su país con tal gracia y maestría que confirmaron a las damas en la buena opinión que de ellos tenían y les captó la simpatía del Califa y de sus acompañantes.
Terminada la danza Zobeida se levanto, y tomando a Amina de una mano, le dijo:
__Vamos, hermana; nuestros huéspedes no tomarán a mal que conservemos nuestros usos y costumbres, a pesar de su presencia.
Comprendió Amina lo que Zobeida quería decir , y quitó en seguida la mesa mientras Sofía barría la sala, llevándose los instrumentos musicales y avivaba las luces y los pebeteros.
Hecho esto, rogó a los calendas y al Califa y a sus acompañantes que se sentasen en divanes fronteros.
__Levantaos y preparaos a ayudarnos en lo que vamos a hacer
__dijo luego al mandadero__. Sois ya casi familiar en nuestra casa y no debéis permanecer mano sobre mano.
El mandadero, a quien habíansele disipado un tanto los vapores del vino, repuso:
__Estoy a vuestras órdenes: ¿de qué se trata?
A los pocos instantes reapareció Amina con un escabel que colocó en medio de la sala, fue luego a la puerta de su aposento, la abrió, y haciendo seña al mandadero para que se le acercase, le dijo:
__Venid a ayudarme.
Obedeció aquél, y al cabo de un momento volvió a salir, conduciendo dos perras negras, atadas con finas cadenas.
Zobeida se acercó entonces al mandadero, y desnudándose el brazo hasta el codo, tomó el látigo que Sofía le presentaba, y dijo,
__Hagamos nuestro deber.
__Mandadero, entrega a Amina una de esas perras; tráeme aquí la otra.
El mandadero obedeció, y la perra, al verse junto a Zobeida, alzó la cabeza de una manera suplicante, pero la joven, a pesar de ello, la castigó con el látigo hasta que le faltaron las fuerzas, hecho lo cual, se miraron ella y el animal de un modo tan conmovedor, que prorrumpieron en amargo llanto. Zobeida limpió con su pañuelo las lágrimas de la perra, y ordenó al mandadero que se la llevase y trajera la otra. Sufrió ésta el mismo suplicio que la primera, enjugósele también su llanto, y Amina fue esta vez encargada e encerrar al pobre animal en el gabinete de donde habían salido.
Los tres calendas, el Califa y su séquito, no volvían en sí del asombro que aquel espectáculo les produjo, y aun empezaron a murmurar de que Zobeida hubiese acariciado a las perras, animales asquerosos e inmundos según la ley musulmana.
___Querida hermana __dijo al fin Sofía__, te ruego que vuelvas a tu sitio, y que me permitas ahora cumplir mi cometido.
__Sí __respondió Zobeida__. Y se retiro a un sofá, sentándose al lado del Califa, quien apenas podía contener los impulsos de su curiosidad.
Ha.  de los tres calendas hijos de reyes y de las cinco damas de Bagdad    (parte 2)
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4. Historia de los tres calendas hijos de reyes y de las cinco damas de Bagdad (parte 2)

Sofía se sentó a su vez en medio de la instancia, y Amina le presentó un laúd que había sacado de un magnífico estuche de raso blanco bordado de oro. Sofía cantó una canción sobre lo triste de la ausencia, con tan melodioso y armónico acento, que todos aplaudieron entusiasmados al ver su maestría y su buen gusto. Amina tomó el instrumento y cantó también sobre el mismo tema, pero de un modo tan apasionado y vehemente, que al final de la canción, y visiblemente conmovida, le faltaron las fuerzas, y cayó al suelo sin sentido. Los hombres se apresuraron a socorrerla, y vieron horrorizados que la infeliz tenía el cuerpo lleno de cicatrices.
__Mejor hubiera sido quedarnos afuera __dijo uno de los calendas__ que entrar aquí para presenciar estos espectáculos.
El Califa oyó, y dirigiéndose a ellos les preguntó:
__¿Qué significa eso?
El que había hablado contestó:
__Señor, nosotros tampoco lo sabemos.
Uno de los calendas hizo señal al mandadero de que se acerca sy le preguntó si sabía por qué habían pegado a las perras y por qué tenía Amina los pechos llenos de cicatrices.
__Señor __repuso el mandadero__, os juro por Dios vivo que sé acerca de esto y tanto como vosotros.
Resuelto el Califa a satisfacer su curiosidad a toda costa, dijo, dirigiéndose a los otros:
__Escuchad, somos siete hombres para luchar contra tres indefensas mujeres: invitémoslas a explicarnos este misterio y, si se oponen las obligaremos por la fuerza.
El Visir llevo aparte al Califa y le susurró al oído:
__Tened paciencia señor, que la noche no es eterna. Mañana volveré, me apoderaré de estas tres mujeres, las conduciré al pie de vuestro trono y allí sabréis lo que deseáis.
Aunque el consejo era muy atinado, el Califa lo rechazó.
Discutíase acerca de quién debía tomar la palabra.
El Califa pretendió que hablasen primero los calendad, pero éstos se excusaron y se convino, al fin en que lo hiciera el mandadero.
Disponíase éste a hacer la fatal pregunta, cuando Zobeida, después de socorrer a Amina, que ya había vuelto en sí, se acercó a ellos, y como los había visto conversar animadamente, les pregunto:
__¡De qué habláis señores? ¿Cuál es el motivo de vuestra discusión?
__Señora __ respondió el manadero__, estos amigos os ruegan por mi conducto, que les expliquéis lo que acaba de suceder aquí, porque la verdad es que no lo entienden, lo cual no es raro, porque a mi me sucede lo mismo.
__¿Es posible __exclamó Zobeida con aire altanero__ que tengáis semejante pretensión señores?
__Sí __repusieron todos.
__Antes de recibiros __continuó Zobeida cada vez más irritada__ os impusimos la condición expresa de no indagar nada, cualquiera que fuese lo que presenciarais aquí. Os hemos agasajado en lo posible y faltáis indignamente a vuestra palabra. ¡No habrá perdón para vosotros! ¡Venid pronto! __dijo Zobeida ando con el pie tres golpes en el suelo.
De repente se abrió una puerta, y siete esclavos negros, fornidos y provistos de alfanjes desnudos se precipitaron en la habitación abalanzándose a cada uno de los huéspedes para cortarles la cabeza.
Fácil es imaginar el terror del Califa, arrepentido aunque tarde, de no haber escuchado los consejos del gran Visir. Iban ya los esclavos a descargar el golpe fatal, cuando Zobeida les dijo:
__Esperad; antes de que mueran estos hombres quiero interrogarles.
__En nombre de Dios, señora __ murmuró asustado el mandadero__, yo soy inocente, y estos calendas tuertos, pájaros de mal agüero, son los que tienen la culpa de la desgracia en que me veo. No es justo que yo pague por los demás:
__Decidme quiénes sois, porque después de vuestra conducta dudo que pertenezcáis a la clase de hombres dignos y honrados. Si así fuese, habríais tenido más consideraciones hacia nosotras.
El Califa vislumbró alguna esperanza, y, enojado al considerar que su vida dependía del capricho de una mujer, ordenó en voz baja al Visir que declarase su posición y su rango.
__No nos sucede mas de lo que merecemos __ dijo el prudente Giafar, e iba ya a hablar, pero Zobeida no le dio oportunidad dirigiendo la palabra a los calendas, a quienes pregunto si eran hermanos.
__No por los vínculos de sangre sino por la profesión __ dijo uno de ellos.
¿Y sois tuertos de nacimiento?
__No __respondió el interpelado__, lo soy a causa de un suceso extraordinario que merecía ser escrito, el cual me hizo afeitarme la cabeza y tomar el hábito de calenda.
Los otros dos contestaron lo mismo, y el último añadió.
__Para que comprendáis, señora que no somos personas vulgares, sabed que los tres somos hijos de reyes que gozan en el mundo de justo renombre.
Zobeida, al oír esta declaración, moderó en parte su enojo y dijo a los esclavos que permaneciesen allí para quitar la vida la vida sin piedad al que se negara a referir su historia y a manifestar, además, los motivos que le habían llevado hasta el palacio. Viendo el mandadero que le iba la vida si no contaba su historia:
__Yo, señora __ dijo tomando apresuradamente la palabra__, soy un infeliz mandadero que no ha hecho daño a nadie. Estaba hoy e n el mercado, cuando vuestra hermana me mandó que la acompañase con un canasto para recibir las compras que hiciese. Fuimos a varias tiendas que sería prolijo enunciar, y cargado después con un peso enorme, vine aquí, donde habéis tenido la bondad de sufrirme hasta ahora. Favor insigne de que siempre me acordaré, y ya está mi historia acabada.
__Te perdono __dijo Zobeida__. Márchate, y que no te volvamos a ver más.
__Permitidme que me quede para oír la historia de estos señores, y así que concluyan me marcharé al momento.

Y se sentó en un sofá, dando un gran suspiro de alegría al verse libre del peligro de la muerte. Uno de los tres calendas comenzó así el relato de su vida:


Historia del primer calenda hijo de rey


En aquel momento llegó el otro calenda. Vinimos aquí y nos habéis tratado con tanta bondad, que no encuentro frases para significaros nuestra gratitud.
__Esta bien replicó Zobeida__: podéis retiraros en libertad a donde os plazca.

El primer calenda suplicó a Zobeida que le permitiera permanecer allí hasta oír la historia de sus dos compañeros, y habiendo accedido la joven de buen grado, dio principio el otro calenda a su historia:


 Historia del segundo calenda hijo de Rey



__Está bien __dijo Zobeida__ os perdonamos y podéis retiraros.
Entonces el otro calenda tomó la palabra.


Historia del tercer calenda hijo de Rey


Concluida la historia, dijo Zobeida a los tres calendas que estaban perdonados, y añadió, volviéndose a los fingidos mercaderes:
__Contadnos ahora vuestra historia.
__Muy sencilla señora, __respondió el gran Visir Giafar__. Somos mercaderes de Musul y hemos venido a Bagdad a la venta de los efectos aquí almacenados. Hoy comimos con varios compañeros, luego se cantó, y tal fue el estrépito y el barullo de nuestras voces que entró una ronda en la posada y cada cual escapó por donde pudo. Nos fue imposible entrar a los tres a nuestro alojamiento por lo avanzado de la hora, y la casualidad nos condujo a puerta de esta casa, atraídos por la armonía de la música. Tal es nuestra simple historia.
Zobeida perdonó también la vida a los mercaderes, como a los calendas y al mandadero, y con un gesto imperioso les ordenó a todos que saliesen inmediatamente del palacio. La presencia de los siete esclavos armados hizo que cumpliesen la orden más que de prisa.
Una vez en la calle, el Califa dijo a los calendas, sin darse a conocer:
__Y vosotros, que sois extranjeros recién llegados a esta ciudad, ¿adónde pensáis dirigiros?
__Señor, eso es precisamente lo que nos preocupa.
__Pues seguidnos __repuso el Califa__, y os sacaremos de apuros.
Y dirigiéndose al Visir, añadió:
__Lleváoslos a vuestra casa, y mañana temprano los conducís a mi presencia; quiero escriban sus historias, dignas de figurar en los anales del reino.
El gran Visir Giafar llevóse consigo a los tres calendas; el mandadero fuese a su casa, y el Califa, acompañado de Mesrour, volvió a Palacio.
A la mañana siguiente en cuanto se levantó, sentóse en su trono y a los pocos momentos compareció el Visir.
__Giafar __le dijo el Califa__, los asuntos de que hoy debemos de tratar no son importantes ni urgentes; más interesantes son las tres mujeres y las dos perras. Así, pues id por ellas  y conducid al mismo tiempo a los tres calendas.
El Visir se apresuró a obedecer.
El califa, para mantener las prácticas establecidas, y en consideración a que en la sala del trono se hallaban muchos cortesanos, ordenó que las mujeres permanecieran tras el tapiz que ocultaba la entrada de su dormitorio y que los tres calendas se colocasen a su diestra.
Hecho esto, el Califa dijo, dirigiéndose al sitio donde se ocultaban las tres mujeres:

__Señoras, voy sin duda a alarmaros luego os diga que anoche me introduje en vuestra casa disfrazado de mercader; pero nada temáis, puesto que estoy satisfecho de vuestra conducta y del recibimiento que me hicisteis. Soy Haround-al-Raschid. quinto Califa de la gloriosa dinastía de Abbas, que reemplaza a nuestro gran profeta, y os ruego me digáis quiénes sois, la causa de haber maltratado anoche las perras negras, llorando luego con ellas, y por qué una de vosotras está cubierta de cicatrices.

Zobeida hizo una reverencia, y enseguida habló en estos términos: Historia de Zobeida.


El Califa, después de haber escuchado a Zobeida con admiración, dijo al Visir que rogase a Amina les explicase por qué tenía los pechos llenos de cicatrices. Historia de Amina


Muy contento el Califa con haberla oído y deseoso de dar a los príncipes calendas una muestra de su grandeza y de su generosidad, dijo a Zobeida:
__¿Y esa hada, señora, que se os apareció en forma de serpiente. no os dijo dónde residía, ni prometió el restituir a vuestras hermanas a su primer estado?
__Comendador de los creyentes __replicó Zobeida__, he olvidado decir a Vuestra majestad que el hada me dio un rizo de cabello, para que quemase dos de ellos si algún día tenía necesidad de su presencia y aquel rizo está aquí, porque siempre lo llevo conmigo.
__Pues bien __dijo a su vez el Califa__, deseo que llaméis al hada cuanto antes.
Zobeida quemó dos cabellos a la luz de una bujía y en el instante se apareció el hada bajo la figura de una mujer hermosa lujosamente vestida.
__Señor __dijo al Califa__, aquí estoy pronta a obedecer vuestras órdenes. La joven que me llama me hizo un servicio importante, en premio del cual castigué a sus ingratas hermanas, pero si Vuestra Majestad lo desea, las restituiré a su forma natural.
__Eso es justamente lo que iba a pediros __contestó el Califa. Trajeron las perras de casa de Zobeida y el hada vertió sobre ellas y sobre Amina una taza de agua clara que  borró las cicatrices de ésta, efectos de los malos tratamientos de su marido, y convirtió a los animales en jóvenes de sorprendente hermosura.
__Señor __dijo el hada al Califa__, el hombre que ha maltratado así a Amina es vuestro hijo mayor, el príncipe Amin, casado secretamente con ella. Ahora, Vuestra Majestad hará lo que crea y al pronunciar estas palabras desapareció.
Harun-Al Raschid, no sólo aprobó el casamiento de su hijo, a quien reprendió severamente por su conducta hacia Amina, sino que dio su corazón y su mano a Zobeida e hizo que los tres calendas se enlazasen con las tres hermanas, otorgando a cada matrimonio en dote un palacio suntuoso en la misma capital de Bagdad, y de esta manera hizo el famoso Califa la felicidad de todas aquellas personas perseguidas por la desgracia.     Volver a índice

4.1. Historia del primer calenda hijo de rey

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eñora, el Rey mi padre, tenía un hermano monarca de un Estado inmediato al nuestro, y padre de dos hijos, un Príncipe y una Princesa, siendo de advertir que el Príncipe y yo contábamos casi los mismos años de edad.

Concluidos mis estudios, iba todos los años a visitar al Rey, mi tío, con quien permanecía siempre uno o dos meses, viajes que dieron por resultado el fomentar el tierno cariño que nos profesábamos el Príncipe mi primo y yo.

La última vez que le vi me hizo las mayores demostraciones de afecto, y una noche, después de cenar, me dijo con cierto misterio:

__Es imposible que adivines en lo que me he ocupado desde tu anterior viaje.
__No puedo calcularlo __ respondí.
__Espérame aquí __añadió__, pues vengo enseguida.
Y, en efecto, volvió a poco rato con una magníficamente vestida, acerca de la cual no creí oportuno preguntar el nombre ni tampoco la calidad, para que el Príncipe no me tachase de indiscreto.
Obedecí con puntualidad, y apenas habíamos llegado al lugar referido apareció el Príncipe con un cántaro lleno de agua, trulla de albañil y un saco de yeso.
Quitó la losa del sepulcro vacío que ocupara el centro de la bóveda, y por la abertura apareció a nuestros ojos una
escalera en forma de espiral.
__Señora __dijo mi primo__, por aquí podemos ir al sitio de que os he hablado.
La dama se dirigió a la escalera, el Príncipe la siguió, y antes se volvió hacia mí para darme gracias por el favor que le había hecho.
¿Qué significa esto? __le pregunté asombrado.
__Ni una palabra te puedo decir__ me contestó__; vuelve a emprender el mismo camino por donde gas venido.
Y desapareció, dejándome en la mayor incertidumbre. Al da siguiente creí haber soñado, quise ver al Príncipe, pero me dijeron que desde la víspera no había vuelto a Palacio, y ya me persuadí de que la escena del sepulcro era, por desgracia, una realidad.
Fui cuatro días consecutivos al cementerio por si podía descubrir el sepulcro, y mis tentativas resultaron vanas. Afligidos y cansado de esperar al Rey mi tío, que estaba de caza, determiné regresar a los dominios de mi padre. Llegué a la capital y al entrar en Palacio vi. a la puerta muchos soldados que me rodearon en seguida.
Pregunté la causa de ello, y el oficial de guardia me contestó que el gran Visir había destronado a mi padre con el auxilio del ejército, y que yo, de orden del nuevo soberano, quedaba como prisionero.
Sin pérdida de tiempo fui conducido a presencia del pérfido usurpador, el cual me dió la infausta nueva de que mi querido padre no existía.
El rebelde Visir me odiaba de muerte desde que un día, en mis primeros años, ejercitándome en el tiro de la ballesta, a que era muy aficionado, apunté a un pájaro, pero erré el golpe y la flecha fue a parar a un ojo del Visir, que se quedó tuerto. Yo estaba en la azotea del palacio y él paseándose en la de su casa.

Grande fue mi aflicción al saber tal desgracia, pero a pesar de mi pena y del arrepentimiento que mostré, guardó siempre hacia mí un odio inextinguible que desahogó cruelmente al verse dueño del poder supremo. Furioso, se abalanzó a mi cuello, y me arrancó con sus propias manos el ojo derecho, y este es el origen de mi perfección.
Luego me hizo encerrar en una jaula y ordenó al verdugo que en un sitio apartado de la ciudad me dejase a merced de las aves de rapiña después de cortarme la cabeza. Durante el camino lloré y supliqué tanto, que el verdugo movido a compasión se abstuvo de ejecutar la bárbara sentencia., invitándome a salir del reino si quería salvar su vida y la mía. Le dí gracias por su generosidad y llegué con mil trabajos y contratiempos a la capital del Rey mi tío, quien se afligió sinceramente al verme en aquel estado y saber la muerte de su hermano. Después me refirió con tan vivos colores la pena que le desgarraba el corazón por ignorar la suerte del Príncipe su hijo, que no pude resistir, y olvidando mi juramento le referí todo lo que sabía de la aventura del sepulcro.
__Esa revelación me da alguna esperanza de encontrar al Príncipe mi hijo __. Supe que había mandado construir esa tumba, pero no el objeto de ella, y ya que te exigió el secreto iremos tú y yo reservadamente a hacer nuestras pesquisas sin que nadie las trasluzca. Además, hay para ella una razón importante que te diré a su tiempo.
Fuimos disfrazados a la bóveda, que me costo dificultad en encontrar y a pesar de que el Príncipe había tapiado la abertura con el agua y el yeso de que fue provisto aquél día, pudimos levantar la losa no sin grandes esfuerzos, Bajamos mi tío y yo cincuenta escalones al final de los cuales vimos una especie de antecámara mal iluminada, llena de humo espeso y de mal olor.
Desde allí pasamos a otra habitación espaciosa y sostenida por columnas, con una cisterna en el centro. Veíanse restos de provisiones de boca esparcidos por todos lados, y en el izquierdo un gran sofá sobre una alta gradería. Subió por ella el Rey, y reconoció al Príncipe su hijo y a una mujer a cierta distancia, pero cubiertos de quemaduras y casi carbonizados.
Lejos de entregarse a los accesos de dolor, el Rey escupió indignado al rostro de su hijo, y al ver el asombro pintado e n mi por aquella extraña conducta, me dijo:
__Ha sufrido el castigo que merecen sus maldades.
_Señor __le dije__, aunque tan triste hecho me ha conmovido hondamente, no puedo por menos de preguntaros qué delito cometió el Príncipe mi primo, para que habléis en esos términos ante su cadáver.
__Sobrino querido me contestó el Rey__, sabed que mi hijo, indigno de este nombre, amó a su hermana desde su niñez y ella le correspondió. Esta ternura aumentó de modo tal que con el correr de los años, que llegué a temer sus consecuencias. Traté, pues, de poner el remedio que creía más apropiado, y llamando aparte a mi hijo lo reprendí severamente y procuré hacerle ver el horror de la pasión que sentía y la vergüenza que haría recaer sobre la familia si persistían en sus criminales sentimientos. Asimismo advertí a mi hija que debía procurar alejarse cuanto pudiera de su hermano. Persuadido mi hijo de que su hermana seguía amándole como él a ella, so pretexto de construir una tumba, se preparó este asilo subterráneo, con la esperanza de hallar un día ocasión de robar el objeto de su amor culpable y conducirlo aquí.
Dicho este, el Rey prorrumpió en sollozos, y salimos de aquel lugar funesto.
Poco rato hacía que estábamos de vuelta en el Palacio, cuando percibimos un confuso ruido de trompetas, tambores, timbales y otros instrumentos guerreros.
Era que el mismo Visir que había depuesto a mi padre y usurpado su trino, venía a apoderarse también de mi tío, acompañado de numeroso ejército.
Como el Rey, mi tío sólo disponía de su guardia ordinaria, no pudo resistir a tantos enemigos.
Oprimido por el dolor y perseguido por la fortuna, recurrí a una estratagema, único medio de salvar mi vida: me hice afeitar la barba y las cejas, y, vestido de calenda, salí de la ciudad sin ser reconocido.
Finalmente, después de muchos meses de viaje, he llegado hoy a la puerta de esta ciudad, y habiéndome detenido al caer de la tarde para reponer mis fuerzas con un breve descanso, encontré a este calenda que esta a mi lado y nos saludamos mutuamente.
Al verle le dije que parecía extranjero como yo, y me contestó que no me había engañado.
En aquel momento llegó el otro calenda. Vinimos aquí y nos habéis tratado con tanta bondad, que no encuentro frases para significaros nuestra gratitud.

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4.2. Historia del segundo calenda hijo de Rey

Apenas salí de la infancia, el Rey mi padre, puesto que yo he nacido Príncipe también, me dedicó al estudio de la ciencia y de las bellas artes, deseoso de cultivar las disposiciones intelectuales de que me había dotado el cielo.
Cuando supe leer y escribir aprendí de memoria el Alcorán entero, base de nuestra religión, y los comentarios de los autores mas ilustres, dedicándome al propio tiempo a la historia, a la geografía y a la literatura, en la que hice tales progresos, que mi fama, aunque inmerecida, sobrepujó a la de los más célebres escritores.
Llego mi nombradía gasta la corte de las Indias, cuyo poderoso monarca quiso conocerme, y envió a mi padre embajadores con ricos presentes, invitándole a que me permitiera viajar por aquellos países. Marché, pues, en compañía de los embajadores, y ya llevábamos un mes de camino, cuando un día descubrimos a lo lejos una nube de polvo, y luego cincuenta jinetes bien armados que se dirigían hacia nosotros a galope tendido.
Éramos muy inferiores en número, y no pudimos rechazar la fuerza con la fuerza. Sin embargo, se emprendió la pelea, hasta que yo, herido, y viendo por tierra al embajador y a los suyos, me alejé de ellos. Los ladrones, contentos, sin duda, por el botín, no se cuidaron de perseguirme.
Me encontré sol, herido y sin recursos en un país nuevo para mí, donde, después de vendar mi herida, que no era peligrosa, me puse a caminar a pie, temiendo siempre volver a ser atacado por los malhechores. Llegue a una gruta, y allí pase la noche y comí las pocas frutas que había cogido en los árboles.
Un mes duró mi triste peregrinación, y al cabo de este tiempo descubrí una populosa ciudad situada en un valle fertilizado por varios ríos y en donde se gozaba de un clima primaveral. El aspecto sonriente de la población disipó algo mi tristeza, y ya en las calles me dirigí a la tienda de un sastre para preguntarle el nombre del país en que me encontraba. Mi juventud y mis maneras estaban, a no dudarlo, en contradicción con lo miserable y destrozado de mis vestidos, porque el sastre me hizo sentar y me trató con tanta bondad que no tuve inconveniente en manifestarle cuáles eran mi condición, mi rango, y mis venturas,
__Guardaos bien __me dijo__ de confiar a nadie lo que acabáis de revelarme a mi, porque el Príncipe que aquí reina es enemigo acérrimo de vuestro padre, y os podría suceder una gran desgracia.
Dí gracias al sastre por su amistoso aviso y me alojé en su casa, descansando de las fatigas de la caminata. Al cabo de algunos días me pregunto el sastre si sabia yo hacer algo para mantenerme de mi trabajo, y le contesté que poseía ambos derechos y que era además escritor, gramático y poeta.
__De nada sirven aquí esos conocimientos __replicó el sastre__, y me parece lo mejor que vayáis al monte próximo a hacer carbón, cuya venta os producirá en la ciudad alguna ganancia. Así podréis esperar a mejores tiempos, y yo os proveeré de los instrumentos necesarios para vuestra nueva ocupación.
A pesar de lo penoso del trabajo, no tuve más remedio que resignarme, y en picos días, gracias a la escasez de leñadores carboneros, gané una cantidad decente y pude devolver al sastre lo que me había adelantado.
Viví un año de aquella manera, y cierto día ocupado en dar hachazos a los árboles, descubrí en el tronco de uno de ellos una argolla de hierro adherida a una plancha de metal. Tiré y vi. una escalera estrecha que me condujo a un vasto palacio iluminado como si fuera por la luz del sol, siendo así que estaba debajo de tierra. Una dama de noble aspecto se adelantó hacia mí por una galería de columnas cuyos chapiteles eran de oro esmaltado, y me preguntó:
__¿Sois hombre o Genio?
__Soy hombre, señora__ le respondí, haciendo una reverencia.
__¿Y por qué casualidad os halláis aquí? Hace veinticinco años que habito este palacio y vos sois el primer hombre que veo.
Entonces le referí minuciosamente mi vida y mis aventuras, hasta el momento en que descubrí la entrada de aquella magnífica prisión.
__¡Ah p, Príncipe! __exclamó susurrando con tristeza__, esta prisión es magnífica, como decís muy bien, pero enojosa e insoportable, como sucede siempre con todo sirio en que se reside por fuerza. Ya habréis oído hablar del gran Epitamaros, rey de la isla de Ébano, llamada así por la abundancia que en ella hay de madera tan preciosa. Iba yo a casarme con un príncipe, primo mío, cuando un Genio me arrebató desvanecida en medio de los festejos de la corte de mi padre, y al recobrar los sentidos me encontré en este palacio.
Hace veinticinco años que me encuentro aquí, teniendo en abundancia todo lo que es necesario para vivir y aún más de lo que pudiera contentar a un Príncipe. Cada diez días viene el Genio a pasar la noche a mi lado. No obstante, cuando tengo necesidad de él, sea de noche o de día, toco un talismán que hay en mi aposento y viene a punto el Genio. Hace hoy cuatro días que le ví por última vez; por lo tanto, faltan cinco para que vuelva, a menos que yo le llame, y podéis pasarla en mi compañía.
Yo, que me consideraba dichoso de obtener semejante favor, acepté en seguida.
Nos sentamos juntos en un mismo diván, y poco después me sirvió una opípara comida. Así pasamos le día alegremente.
A la mañana siguiente le dije:
__Hermosa princesa, hace ya demasiado tiempo que estáis enterrada viva; seguidme, venid a gozar de la luz del sol, de la que hace tantos años estáis privada.
__Príncipe __me contestó ella sonriendo__, no hablemos de eso.  Nada me importa el mundo ni el sol, si de cada diez días queréis pasar nueve a mi lado.
__Observo Princesa __repliqué__, que el miedo al Genio es lo que os hace hablar así; por mi parte, le temo tan poco, que voy a hacer pedazos su talismán. Que venga entonces, pues aquí le espero. Por muy valiente y formidable que sea, le haré sentir la pujanza de mi brazo. Juro que he de exterminar a todos los Genios del mundo, y el primero a él.
La Princesa, que conocía las consecuencias que podía tener mi temeridad, me suplicó que nada hiciera.
Pero el vino habíaseme subido a la cabeza, sin permitirme razonar, y de un tremendo puntapié hice añicos el talismán maldito.
En el acto vaciló el palacio, sus paredes vinieron al suelo con un ruido espantoso semejante al del trueno y quedamos sumidos en una horrible oscuridad, interrumpida solo por la luz fosfórica de los relámpagos.
__¡Salvaos Príncipe __gritó la Princesa__; huid pronto si amáis la vida!.
Aturdido y lleno de un terror pánico, me precipité a la escalera, dejando olvidadas en el palacio las babuchas y el hacha que había bajado conmigo. Apenas salí yo, entró el Genio y preguntó encolerizado a la Princesa:
__¿Qué os ha sucedido y por que llamáis?
__Un dolor en el corazón respondió temblando la joven__ me hizo ir en busca de esta botella que aquí veis, pero tropecé y caí sobre el talismán, que se rompió al momento.
__Sois una imprudente y es falso lo que me decís. ¿Por qué se encuentran aquí esa hacha y esas babuchas?
__Es la primera ves que las veo __contesto la Princesa__. Como habéis venido tan apresuradamente, las habéis traído vos mismo sin daros cuenta.
El Genio respondió con imprecaciones y golpes. No tuve ánimo para oír los gritos de angustia y los lamentos de la Princesa, brutalmente maltratada, y huí de aquel lugar como el más cobarde e ingrato de los hombres.
__Es cierto __me decía a mi mismo__ que hace veinticinco años que está encerrada en un subterráneo; paro, excepción hecha de su carencia de libertad, nada le faltaba para ser feliz. Mi desvarío ha destruido su felicidad y la somete a la crueldad de un monstruo despiadado. Baje la plancha, la cubrí con tierra y volví a la ciudad con una carga de leña, profundamente trastornado  y afligido.
El sastre, mi huésped, me recibió con las mayores demostraciones de contento, pues ya estaba en zozobra  por mi ausencia. Le dí las gracias por su celo y el cariño que me demostraba, pero no le dije palabra de lo que había sucedido, y retíreme a mi cuarto, maldiciendo mi imprudencia.
Estaba aún entregado a mis sombríos pensamientos, cuando entró el sastre y me dijo:
__Un anciano que no conozco os trae las babuchas y el hacha que ayer dejasteis olvidadas en el monte. Ha sabido por los otros leñadores donde vivís y quiere daros esas prendas en propia mano.
Comencé a temblar como un azogado, me puse más pálido que un cadáver, y antes de que el sastre pudiera preguntarme el motivo de aquel cambio repentino, se entreabrió el piso de la habitación y apareció el Genio que tenía aprisionada a la princesa.
__Yo soy  __nos dijo__ nieto de Eblis, Príncipe de los Genios. ¿No es ésta tu hacha y estás tus babuchas? __añadió dirigiéndose a mi.
Sin darme tiempo a contestar, me asió por medio del cuerpo y lanzándome a los aires me elevó hasta el cielo a una velocidad espantosa. Después me arrastró a la tierra con igual rapidez y me encontré sin saber cómo en el palacio encantado, delante de la Princesa de la Isla de Ébano, la cual se hallaba tendida en tierra, bañada en sangre y con los ojos enrojecidos por el llanto.
La Princesa estaba desnuda, tendida en el suelo, ensangrentada, y parecía más muerta que viva.
__¡Pérfida! __le dijo el Genio presentándome a ella__ ¿no es éste mi rival?
La princesa me envolvió en una mirada lánguida y triste, y contestó:
__No le conozco.
__Pues bien __repuso el Genio desenvainando su alfanje__, si no es cierto, toma esta arma y pártele la cabeza.
__¡Oh! __exclamó ella__, ¿Cómo queréis que haga eso si estoy extenuada y no tengo fuerzas para levantar un brazo? Más aunque así no fuese, yo no tendría valor parta matar a un hombre que no conozco, a un inocente.
__Esa negativa __repuso el Genio__ es la mayor prueba de vuestro crimen.
Y dirigiéndose a mí añadió:
__¿Y tú, la conoces?
Hubiese sido el más vil de los hombres de no haber tenido igual entereza que, para salvarme, tuvo la Princesa; así, pues, contesté al Genio:
__No la había visto en mi vida antes de ahora.
__Si eso es cierto, toma este alfanje y córtale la cabeza. Sólo a ese precio de devolveré la libertad y me persuadiré de que no has mentido.
__Con mucho gusto__ respondí, y cogiendo el alfanje me acerqué a la Princesa.
Claro está que hice esto, no para hacer lo que el Genio me exigía, sino para demostrar a la Princesa que de la misma manera que ella no vacilaba en sacrificar su vida a mi amor, yo le sacrificaba la mía
Entonces retrocedí, y arrojando el alfanje a los pies del  Genio, exclamé:
__Merecería ser maldecido eternamente por los hombres si cometiese la infamia de asesinar a una mujer moribunda. Haced de mi lo que os plazca, puesto que me tenéis en vuestro poder; pero no esperéis de mi que cumpla tan bárbaro mandato.
__Veo perfectamente que ambos os burláis de mi insultando mis celos __repuso el Genio__. Pero vais a ver de los que soy capaz.
Dicho esto tomó el alfanje y cortó una mano a la Princesa, que apenas tuvo tiempo de levantar la otra para darme el adiós eterno. A la vista de tanta crueldad me desmayé.
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4.2. Historia del segundo calenda hijo de Rey (parte 2)

Cuando recobré los sentidos me dijo el Genio:
__Ya has visto cómo tratan los Genios a las mujeres sospechosas de infidelidad. Ella te ha recibido aquí, esto es indudable; pero si estuviera seguro de que el ultraje había sido mayor, te mataría hora mismo. Así, pues, me contentaré con transformarte en perro, asno, en león o en pájaro.
__¡Oh Genio! __le repliqué sintiendo alguna esperanza__. Moderad vuestro furor y perdonadme, como el mejor de los hombres perdono a uno de sus vecinos que loe tenía una terrible envidia.
__¿Y qué sucedió a esos dos hombres?
__Escuchad,  pues.
Y le conté la Historia del envidioso y el envidiado
Cuando hube de haber contado la historia al Genio, le dije:
__Ya veis como el generoso Sultán perdono y aún colmó de beneficios al hombre que había atentado contra su vida. Perdonadme vos a mí y seguid tan noble ejemplo.
__Todo lo que pudo hacer por ti __me respondió__ es no darte la muerte, pero sentirás de otro modo el influjo de mi poderío.
Y asiendo mi cuerpo con violencia me transportó a lo alto de una montaña. Tomó un puñado de tierra, que me arrojó al rostro murmurando unas palabras que no comprendí, y me dijo:
__Deja de ser hombre y conviértete en mono.
Así se verificó en el acto, puntualmente, y me vi solo, lleno de dolor, bajo aquella forma extraña en mi país desconocido de todo punto y sin saber si estaba lejos de los dominios del Rey, mi padre.
Bajé de las montaña y al cabo de un mes de viaje llegué al borde del mar, desde donde ví a un buque que estaría a una media legua de la playa, No había tiempo para perder; arranqué las rama de un árbol, y montando en ella, sirviéndome de dos palos para remar, llegué al barco, cuya tripulación y pasajeros me contemplaron con asombro al ver los lugares a con que me encaramé por las cuerdas arriba.
Algunas personas supersticiosas creyeron que mi presencia en el buque era un mal presagio y que debía perecer instantáneamente, pero el capitán, sensible a las lágrimas que vertían mis ojos, me tomó bajo su protección, me hizo mil caricias, librándome de una muerte segura.
A los cincuenta días de navegación echamos el ancla en la bahía de la capital de un estado poderoso, y entre los que fueron a visitar el buque dar a todos la enhorabuena por la feliz llegada, iban varios oficiales del Sultán, con su pretensión de que los pasajeros de abordo escribiesen algunas líneas en su pergamino.
__Habéis de saber __dijeron para explicar lo extraño de su misión__ que el Sultán, nuestro amo, ha perdido a su primer Visir. El Sultán ha hecho juramento de no nombrar en su reemplazo más que a la persona que escriba con tanta perfección como el difunto, y hasta ahora no se ha encontrado a nadie capaz de sustituirlo.
Cuando los pasajeros acabaron de escribir me adelante hacia la mesa. Creyeron al principio que iba a destrozar el pergamino, pero yo les tranquilice haciendo señas de que quería escribir como ellos. Tomé la pluma en medio de la risa burlesca de los circunstantes y escribí las seis clases de letra que usan los árabes, y cada muestra consistía en un dístico o redondilla improvisada en alabanza del Sultán. Los oficiales presentaron el pergamino al Sultán, quien al ver mi letra dijo a sus servidores:
__Tomad el caballo mas hermoso que poseo, adornado de ricos arneses. llevad trajes de oro y de damasco para revestir a la persona que ha escrito y traédmela aquí enseguida.
Los oficiales se echaron a reír acordándose de mi, y el Sultán, irritado se disponía a castigarlos por tamaño atrevimiento, cuando le dijeron que no se trataba de un hombre, sino de un mono que habían encontrado a bordo del barco. Esta noticia aumentó la sorpresa del Sultán, que ratificó su orden para que fuese ejecutada sin demora.
Desembarqué, pues aquel mismo día, y montando en el caballos del Sultán, comenzó la marcha de la comitiva. El puerto, las calles, las plazas públicas, las ventanas y azoteas de las casas, todo estaba lleno de una inmensa multitud ansiosa de verme, porque cundió con la celeridad del rayo la noticia de que el Sultán había elegido a un mono gran Visir.
Al llegar a Palacio, entre los gritos y las aclamaciones del pueblo, encontré al Sultán sentado en su trono y rodeado de la Corte, sorprendida al notar las reverencias que yo hacía como un hombre que no ignoraba al homenaje debido al Sultán.
Concluida la ceremonia de recepción, me quedé solo con el soberano, con el jefe de los eunucos y con un joven esclavo que me miraba con ojos de extrañeza. Nos pusimos a comer y después escribí algunos versos que llenaron de entusiasmo al Sultán, y luego el relato exacto de mis desventuras. Jugamos tres partidas de ajedrez, de las cuales gané las dos últimas; suceso que contrarió un poco a mi real adversario, y para consolarlo escribí unos versos en los que dije que dos ejércitos poderosos se habían batido un día con arrojo y ardimiento, pero al caer la tarde se hizo la paz y juntos pasaron la noche tranquilamente en el mismo campo de batalla.
Todo esto redoblaba la admiración del Sultán hacia mi ingenio y quiso que su hija, hermosa joven a quien llamaba Sol de la Mañana, presenciase también el prodigio de mi inteligencia.
Vino la Princesa y sin quitarse el velo que cubría su semblante, le dijo al Sultán:
__No comprendo, señor, por qué me hacéis comparecer delante de los hombres con olvido de nuestras leyes y costumbres. Ese mono, a pesar de su apariencia, es un Príncipe, hijo de un gran Rey, y ha sido convertido por arte de encantamiento. Un Genio nieto de Eblis, le ha hecho ese mal después de arrebatar cruelmente la vida de la princesa de la isla de Ébano, hija del rey Epitomaros.
Admirado el Sultán, se volvió hacia mi como para preguntarme di era cierto lo que su hija decía, y yo contesté que si por señas, poniéndome la mano en la cabeza.
__¿Y cómo sabéis todo eso, hija mía? preguntó el Sultán. __Señor __respondió Sol de la Mañana__, en la época de mi infancia tuve a mi lado una señora, maga muy hábil, que ,me enseñó setenta reglas de su ciencia en virtud e la cual podría su quisiese trasladar esta capital al monte Cáucaso o en medio del Océano. Conozco también a todas las personas que están encantadas y, por consiguiente ni debéis extrañaros que haya reconocido al Príncipe.
__Entonces __replicó el Sultán__, te ruego, si puedes, que le hagas recobrar su primitiva forma.
__Estoy pronta a obedecer vuestras órdenes,
La Princesa fue a su habitación y trajo un cuchillo en cuya hoja se veían grabadas palabras misteriosas. Bajamos todos a un patio secreto de Palacio, y dejándonos en una galería, avanzó al centro donde describió un gran círculo trazando en él algunos caracteres llamados de Cleopatra.
Entro luego en dicho círculo a recitar algunos versículos, e insensiblemente se oscureció la atmósfera de tal modo, que casi nos vimos envueltos en las tinieblas de la noche. De repente, apareció el Genio que me había encantado, apareció bala forma de un león de espantosa magnitud.
__Monstruo __le dijo la princesa__, en vez de humillarte delante de mi, te presentas con esa horrible apariencia queriendo intimidarme.
__Y tú __ replicó el león__, ¿no temes faltar al convenio que hemos hecho de no estorbarnos el uno al otro?
Y abrió una boca enorme, dispuesto a devorarde la joven, pero ésta estuvo a tiempo de arrancarse un cabello e la cabeza, cabello que transformó en hacha, con la cual, dividió al león de un golpe en dos pedazos. Sólo quedo de la fiera la cabeza! Que al punto se transformó en escorpión; entonces la princesa tomó la forma de serpiente y se trabó un rudo combate, cuya peor parte fue para el escorpión, que huyó convertido en águila. La joven, convertida también en águila, le siguió al espacio con rápido vuelo, y los perdimos completamente de vista.
Poco minutos después se entreabrió la tierra y salió de ella un gato negro y blanco; traía el pelo erizado y maullaba de una manera triste. Perseguíale un lobo con tal pertinacia, que el animal se cambió en gusano, y fue a parar dentro de una granada, en la que se ocultó. La fruta aumento de tamaño elevándose hasta el techo de la galería, desde la cual cayó al suelo y se hizo pedazos. El lobo, trasformado ya en gallo, empezó a comer los granos de la granada, y cuando no vió ninguno se dirigió a nosotros con las alas abiertas, pero al volverse vió que había quedado uno a la orilla de un canal que por allí pasaba. Lanzóse a cogerlo con la rapidez del relámpago, pero el grano cayó en canal convertido en pescado. Tomo el gallo igual forma, y ambos permanecieron en el agua por dos horas enteras, hasta que oímos unos gritos tan horribles que se nos helo la sangre en las venas, y el Genio y la Princesa se presentaron en el patio rodeados el uno y la otra de humo negro y de unas llamas que amenazaban incendiar todo el palacio. El Genio en una de sus peripecias de lucha,, vino hacia nosotros arrojándonos torbellinos de fuego, y hubiéramos pereció de no ser por el socorro de la princesa, que voló enseguida a nuestro auxilio. Sin embargo, el Sultán perdió achicharrada la barba, el jefe de los eunucos quedó casi asfixiado y una chispa me abrazó a mi el ojo derecho.
De pronto vimos a la princesa en su figura natural,. Gritando: ¡Victoria! Y al Genio convertido a sus pies en un montón de cenizas. Sol de la Mañana pidió a su esclavo una taza llena de agua que virtió sobre mi cabeza, y en el acto volví a mi propia forma, pero con un ojo de menos.
Dí gracias a la Princesa, y ésta en vez de responderme, dijó a su padre con un acento dr amargura:
__He conseguido un triunfo que me cuesta muy caro, porque me quedas picos momentos de vida, y es imposible que se célebre la boda que proyectáis. Si hubiera visto el grano de granada, comiéndolo a semejanza de los demás, cuando estaba convertida en gallo, nada habría que temer; pero el Genio se refugió en él y tuve que recurrir al fuego para vencer al monstruo, como lo he conseguido. A pesar de mi superioridad, ha entrado en mi cuerpo una chispa que me está devorando las entrañas, y siento que se acerca mi última hora.
El Sultán y yo comenzamos a llorar y la Princesa a gritar con angustia: 《¡Socorro! ¡Que me abraso! ¡Socorro!》 hasta que después de horribles convulsiones y sacudimientos exhaló el postrer suspiro, quedando, como el Genio, reducida a un montón de cenizas.
Hubiera querido permanecer mono oda mi vida mejor que presenciar aquel horrible espectáculo, cuya pavura aumentaban los gritos del Sultán, loco de dolor por la pérdida de su adorada hija. Acudieron los oficiales y los señores de la Corte, por lo cual se esparció al momento la noticia de la catástrofe, y el pueblo afligido vistió siete días de luto por la muerte de Sol de la mañana, cuyas cenizas fueron puestas en un soberbio mausoleo colocado en el sitio en que murió la Princesa mi bienhechora.
El Sultán después de un mes de enfermedad que le causó la muerte de su hija, me dijo un día que hasta entonces había sido un hombre feliz, y que desde mi llegada a la Corte comenzaba la serie de desventuras, por la cual me ordenaba salir de su reino sin pérdida de tiempo, y si en algo estimaba conservarla vida.
Quise replicar y no pude; su resolución era irrevocable.
Antes de salir de la ciudad me hice afeitar la cabeza y la barba, y tomé el hábito de calenda para venir a Bagdad y presentarme a su gran Califa, generoso y noble como ninguno. Aquí encontré al otro hermano calenda que acaba de hablar, y ya sabéis señora, la causa de hallarnos en vuestro palacio. regresar a la ha. de los tres calendas y las 5 damas de Bagdag     Volver a índice

4.2.1. Historia del envidioso y el envidiado

image001n una inmensa ciudad Vivían dos hombres cuyas casa estaban una inmediata de la otra. Uno de ellos concibió tal envidia a su vecino, que éste determinó mudar de habitación. Pero no fue bastante a disminuir el odio de su rival, y así era que vendió la casa y con el poco dinero que pudo reunir, se trasladó a la corte del reino y en ella compró una pequeña quinta con jardín, en cuyo centro había una cisterna profunda, de la que nadie usaba

El buen hombre tomó el hábito de derviche para hacer una vida retirada e hizo en la casa varias celdas a fin de alijar a otros derviches; así es que la quinta se vio convertida a poco en una numerosa comunidad visitada por el pueblo todo y por los señores principales de la Corte, que ya conocían las virtudes del nuevo derviche. La fama de su reputación llegó a oídos del antiguo y envidioso vecino, quien determinó ir a la capital a tramar la pérdida y la ruinas del objeto de su odio. Fue al convento, que así podía llamársele a la quinta y dijo al superior que iba a comunicarle asuntos secretos de la mayor importancia. El derviche le recibió con agrado, mandó a los demás que retirasen a sus celdas, puesto que era una hora avanzada de la noche, y a su instancia del envidioso del envidioso infame bajó solo con él al jardín. Empezaron a dar paseos, y al llegar junto a la cisterna empujo el hombre perverso al honrado derviche, y éste quedó sepultado en el fondo sin que nadie presenciase acción tan criminal. Huyó el envidioso fuera del convento, apresurándose a regresar a su pueblo, bien convencido de que su antiguo amigo no existía. Pero la cisterna estaba habitada por hadas y por genios, que socorrieron al derviche de un modo tan eficaz que ni siquiera se hizo daño con el golpe tremendo de la caída. Pronto oyó una voz que le decía:

__¿Sabéis quién es el hombre que acaba de caer a la cisterna?

__No __respondieron otras.

__Pues bien _continuó la primera__, es una persona caritativa que abandonó la ciudad donde vivía con objeto de curar a uno de sus vecinos de la envidia que le devoraba el alma. El envidioso, lleno de ira al saber la justa estimación de que su rival goza en este país, vino a él para darle muerte, lo cual hubiese conseguido a no ser por el auxilio que hemos prestado a ese excelente hombre. Su fama es tan grande, que el Sultán debe llegar mañana para recomendarle a su hija, que está poseída de espíritus malignos.

__¿Y qué es lo que hará el derviche para librar de ellos a la Princesa?

__Voy a decíroslo __ replico la primera voz__, Hay en el convento un gato negro con una pequeña mancha blanca en la col, si se arrancan siete pelos blancos y después de quemarlos se perfuma con su olor la cabeza de la joven, está se verá para siempre libre del mal.

No perdió el buen derviche ni una palabra de la extraña conferencia de los genios y las hadas, que guardaron un silencio profundo el resto de la noche. Al día siguiente echó de ver el derviche un agujero por donde pudo salir con facilidad, y refirió en el convento a sus compañeros el crimen que se había querido perpetrar. Retirase luego a su celda, y cuando entró el gato negro a hacerle sus caricias de costumbre, le arrancó de la mancha los siete pelos blancos, de los que se serviría en caso de necesidad.

Llegó en efecto el Sultán acompañado de la Princesa, su hija, y de una brillante comitiva, y el derviche ejecutó puntualmente lo que había oído decir a las hadas en la cisterna, y con tal acierto y eficacia, que los espíritus diabólicos salieron del cuerpo de la Princesa, que enajenada de gozo al verse libre, se arrojó en brazos de su padre. Este beso con respeto la mano del derviche y preguntó, volviéndose a los cortesanos:

__¿Qué recompensa merece el hombre que ha curado a mi hija?

__Ser su esposo __ contestaron todos.

__Eso es justamente lo que yo pensaba __continuó el Sultán__, y la boda se celebrará en este momento.

Poco tiempo después murió el primer Visir, a quien sustituyo el derviche, y muerto también el Sultán sin dejar hijos varones, fue nombrado su yerno por aclamación para reemplazarle en el trono.

Iba un día por la calle seguido de su corte vio al envidioso dentro de la muchedumbre que agolpaba a su paso.

__Traedme aquí a ese hombre __dijo en voz baja a uno de los visires__, y cuidad de no intimidarlo.

Obedeció el Visir, y cuando el envidioso estuvo en presencia del Sultán, le dijo éste:

__Amigo mío, tengo una gran satisfacción en volver a veros __y dirigiéndose a uno de sus oficiales, continuó_

_: Que se den a este hombre mil monedas de oro, veinte camellos cargados de ricas mercaderías y una guardia que lo acompañe y escolte hasta su casa con toda seguridad.

Y despidiéndose del envidioso, prosiguió su interrumpida marcha.

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4.3. Historia del tercer calenda hijo de Rey

Lo que voy a referir es muy diferente a lo que habéis oído. Los dos Príncipes que acaban de contar su respectiva historia han perdido cada uno un ojo por efecto de causas imprevistas e involuntarias de todo punto, pero yo lo he perdido por mi culpa, como tendréis ocasión de persuadiros en el relato que voy a hacer.
Mi nombre es Ajib y soy hijo de un Rey que se llamaba Cassib, a quién después de su muerte substituí en el trono. Mi capital estaba situada a orillas del mar y era un puerto seguro y magnífico, con un arsenal con el que se hubieran podido equipar más de cien buques de alto bordo. Visité las provincias del reino, me dediqué luego con preferencia a armar una escuadra para satisfacer la ambición que tenía de descubrir nuevas tierras, y apenas estuvo todo dispuesto, me dí a la velas con diez buques de escolta en la expedición.
La travesía fue dichosa, pero al cabo de un mes empezaron a reinar vientos contrarios, y los barcos eran juguetes en las embravecidas olas. Se apaciguó un poco el huracán que nos puso en tan grave peligro, aunque noté fácilmente que los pilotos no sabían dónde estábamos. El marinero de vigía en lo alto del mástil dijo que distinguía por la parte de proa una gran extensión de tierra ennegrecida.
La tripulación cambio de color, y el piloto, pálido como un difunto, exclamó:
__¡Ah, señor, estamos perdidos y no hay poder humano capaz de salvarnos! Eso que ha visto el vigía es la Montaña Negra, compuesta toda de un imán que atrae los barcos a causa del mucho herraje de que constan sus piezas. La fuerza del imán será mañana tan terrible que todos los clavos se saldrán de su sitio y nos iremos a pique sin remedio. Como el imán tiene la virtud de atraer al hierro, fortificándose por medio de él, la montaña esta cubierta de clavos por el lado de la costa, procedentes de los millares de buques que han perecido en estas aguas.
La montaña, prosiguió el piloto, es muy escarpada, y en la cima hay una cúpula de bronce, sostenida por columnas del mismo metal, y sobre todo un caballo, también de bronce, montado por un caballero con un peto de plomo, en el cual se ven grabados signos cabalísticos. Dice las tradición que esa estatua es la causa de la pérdida de tantos buques y tantas criaturas como han perecido aquí, y añade que no dejará de ser funesta hasta ser derribada del sitio que ocupa.
El piloto y la tripulación rompieron en amargo llanto, y cada cual hizo sus últimas disposiciones, preparándose a la muerte que nos aguardaba.
Al día siguiente vimos, en efecto, la horrible Montaña Negra erizada de clavos, tal como el piloto lo había dicho, y atraídos irresistiblemente hacia ella fueron los barcos a romperse a la costa con espantoso estruendo. Toda mi gente se ahogó, pero Dios tuvo piedad de mí, y permitió que me salvase agarrado a una tabla, con cuyo auxilio pude llegar sano y salvo al pie de una escalera proyectada en la roca. Era estrecha y peligrosa, y cada instante me ví próximo a caer al mar, hasta que, después de mucho trabajo, conseguí llegar a la cúpula de la cima , donde dí gracias al Cielo antes de dormir un poco para reponerme de la pasada fatiga.
Mientras dormía, se me a pareció un anciano de amable aspecto y mi dijo:

__Escucha, Agib cuando te despiertes cava en la tierra que esta junto a tí, y hallarás un arco de bronce y tres flechas fabricadas expresamente para libertar al género humano de los males que le amenazan. Dispáralas contra la estatua, que caerá al mar, y el caballo al lado tuyo. Entierra a este último en el mismo sitio donde encuentres el arco, y la mar subirá enseguida hasta el nivel de esta cúpula; veras una chalupa tripulada por un hombre de bronce y con un remo en cada mano,. Embárcate, sin pronunciar por ningún motivo el nombre de Dios, y ve confiado a donde te lleve, que será seguramente un sitio desde el cual podrás ir con facilidad a tus dominios.

Cuando me desperté, hice lo que me había mandado el anciano; cayó la estatua al mar, se presentó el remero de bronce, salté dentro de la barquilla y caminamos nueve días, hasta que ví unas islas que creí reconocer como pertenecientes a mis Estados.

Entonces, en el exceso de mi alegría por verme fuera de peligro, no pude contenerme y exclamé, olvidando el consejo del anciano:

__¡Dios mío! ¡Bendito seas!

Aun no había acabado de pronunciar la última frase y ya la barca estaba con la barca de bronce sumergida en las aguas. Nadé hacia la costa que creí mas cercana; sobrevino la noche, y ya las fuerzas me abandonaban, rendido de mover los brazos y las piernas, hasta que una ola enorme me echó a tierra, donde esperé la salida del sol. A su luz ví que era una isla desierta en la que me encontraba, pero muy fértil y llena de árboles frutales, con los que me alimenté aquella mañana. Por la tarde distinguí una embarcación que se dirigía a la playa a toda vela, y en la incertidumbre de quiénes serían los navegantes, me subí a un árbol para ver con seguridad lo que sucediera. Desembarcaron diez esclavos provistos de palas y otros instrumentos con que remover la tierra, y de una gran cantidad de provisiones y enseres, que depositaron en una trampa o agujero, lo cual me demostró que allí había algún subterráneo. Poco después desembarcó también un anciano acompañado de un joven de catorce o quince años; ambos fueron a la trampa y después de permanecer en ella media hora, cubrieron de tierra la superficie a fin de disimular la entrada, volviendo a bordo el anciano y los esclavos, pero no el joven, circunstancia que me llamó mucho la atención.

Cuando el barco estuvo a gran distancia, bajé del árbol y levanté la tapadera de la tierra. Una escalera de piedras se ofreció a mi vista, y por ella entré a una lujosa habitación, donde en un sofá estaba el joven con un abanico en la mano.

Éste pareció sorprendido y asustado al verme, y para tranquilizarlo me apresure a decirle:

__Nada temáis, señor, quienquiera que seáis; un Rey hijo de Reyes, no es capaz de haceros el daño más insignificante.

Tranquilizóse, en efecto, el joven al oír estas palabras, y rogándome, sonriendo, que me sentase a su lado me dijo luego:

__Príncipe, os voy a referir algo tan singular y sorprendente que os dejará maravillado. Hacia muchos años que estaba casado mi padre sin tener sucesión, cuando fue advertido en sueños que engendraría un hijo cuya vida no sería de larga duración, y ésto le causó honda pena. Algunos días después le anunció mi madre que estaba en cinta, y en el tiempo que le parecía haber concebido correspondía a la noche del sueño: me dió a luz, y mi nacimiento llenó de júbilo a toda la familia, Mi padre, que no podía olvidar su sueño, consultó a los astrólogos, que le dijeron:

__Vuestro hijo vivirá sin peligro hasta la edad de quince años, en cuya época le será muy difícil escapar del riesgo que le amenaza. Si logra evitarlo, su existencia se prolongará mucho, pero en este tiempo, dicen los astros, el príncipe Agib derribará la estatua ecuestre de la Montaña Negra, y cincuenta días después debe perecer vuestro hijo a manos del referido Príncipe.

Este año cumplo los quince años de edad, y hace pico tiempo supo mi padre que la estatua había sido derribada al fin, y lleno de terror me ha traído a este lugar recóndito preparado expresamente para ver si pasan los cincuenta días sin que perezca, como vaticinan los astrólogos.

Yo creo __añadió el joven__ que el príncipe Agib no vendrá a buscarme a este subterráneo en una isla desierta, y tengo esperanza de salvar la vida. Este es, señor, todo lo que tengo que deciros.

Mientras el niño habló me burlaba yo interiormente de las predicciones de los astrólogos, y tan lejos estaba en mi ánimo de matar a aquella inocente criatura que le dije con transporte:

__Nada temáis y tened confianza en la bondad de Dios, como si ya estuvierais fuera de peligro. No os abandonaré durante los cuarenta días que quedan hasta los cincuenta de plazo desde que fue derribada la estatua, y pasado el término me aprovecharé del buque de vuestro padre para volver a mi reino, donde os daré nuevas pruebas de mi amistad y mi cariño.,

Pasamos treinta y nueve días de la manera más agradable en aquel subterráneo y ni en sueños siquiera se me ocurrió el criminal pensamiento de dar muerte al inocente niño.

Llegó el día fatal. El joven se despertó al amanecer y me dijo enajenado de gozo:

__Se acerca la hora y no he muerto, gracias al Cielo y a vuestra buena compañía. Mi padre, en justo agradecimiento, os acompañará a vuestros Estados; pero entretanto os ruego pongáis a calentar un poco de agua para lavarme el cuerpo, pues quiero cambiarme de ropa para recibir a mi padre.

Puse el agua al fuego, y cuando estuvo tibia llené un barreño y lavé y sequé con mis propias manos al muchacho. Cuando hube terminado, le coloqué de nuevo en el lecho, arropándole cuidadosamente.

Durmió unos momentos, y al despertar me dijo:

__Príncipe tened la bondad de traerme un melón.

En el acto me apresuré a complacerle, y como no tenía un cuchillo, le pedí uno al joven.

__Encontraréis uno __me respondió__ en esta cornisa que está sobre mi cama.

Efectivamente allí se encontraba, pero después de haberle tomado, quise bajar del lecho donde me había subido con tanta prisa que se me liaron los pies en las ropas de la cama y caí desgraciadamente sobre el niño hundiéndole el cuchillo en el corazón.

La muerte fue instantánea, y mi desesperación no tuvo límites en presencia de aquel joven que había sacrificado en forma involuntaria. Hubiera querido yo morir también, pero sin embargo, un sentimiento de egoísmo natural me hizo pensar en el peligro que corría si era sorprendido allí por el padre de la víctima. Salí del subterráneo, cuya entrada tape con esmero, y apenas acababa la operación distinguí en el mar el buque del anciano, el cual se aproximaba con tal rapidez que casi me falto tiempo para ocultarme entre las hojas de un aŕbol.

Renuncio a describir la escena que tuvo lugar al descubrir el padre la muerte de su querido hijo de su única esperanza y su mayor consuelo en el mundo. Todavía me parece que oigo sus gritos, que siento la humedad de sus lágrimas y que veo la ceremonia del entierro que verificaron allí mismo los esclavos,

Volvieron todos al buque y al pico tiempo le perdí de vista. Un mes permanecí solo en la isla, y quizás hubiera estado siempre sin poder salir de ella a no ser porque las mareas empezaron a bajar por un lado y a acercarse a la tierra firme por otro. Al menos tal me lo pareció, y con el agua hasta la rodilla emprendí una caminata que me dejó rendido de cansancio . Al fin. llegué a un extenso país, y ya bastante lejos del mar vi. una gran claridad que al principio tomé por un incendio, y que no era más que un castillo de cobre enrojecido a los ardientes rayos del sol. Me detuve para contemplarle, cuando vi a diez jóvenes, tuertos todos del ojo derecho, acompañados de un anciano de alta estatura. Se acercaron a mi con apresuramiento y me preguntaron el objeto de mi visita, a lo cual les contesté con el relato de mi historia, la que les interesó de tal modo, que no volvían en sí de su sorpresa.

A sus ruegos, entré con ellos al castillo, hasta un gran salón donde se veían diez pequeños sofás de color azul, muebles que lo mismo servían para sentarse que para dormir cómodamente; cada uno de los jóvenes tomó asiento en el suyo, y el anciano fue a colocarse en otro sofá de igual color situado en el centro.

__Sentaos en la alfombra __me dijo uno de los jóvenes__, y no llevéis vuestra curiosidad hasta el punto preguntar nada a cerca de nosotros, ni del motivo que nos ha hecho tuertos del ojo derecho.

El anciano nos sirvió la cena, dándonos a casa uno una taza de vino, y después trajo unos almohadones azules y unas jofainas llenas de cenizas, hollín y polvos de carbón, presentándola a los jóvenes. Estos se frotaron y tiznaron la cara con aquella mezcla, que los puso en un estado lamentable, y hecho esto, comenzaron a llorar y darse golpes de pecho diciendo a gritos:

.__¡Este es el fruto de nuestra ociosidad y de nuestros desórdenes!

Así pasó toda la noche, y cerca del amanecer se entregaron al sueño después de haberse lavado las manos y el rostro.

Yo no sabía qué pensar de tan extraño espectáculo, pero no puede hacer ni una sola pregunta. Al día siguiente y todos los sucesivos se repitió la misma operación, e impaciente por descubrir el misterio, no me pude contener y pedí que me revelasen el secreto de la conducta.

__Si no le hemos hecho hasta hoy __dijo uno de los jóvenes__, es por no exponeros a sufrir el mismo mal que nosotros.

__No importa __repliqué__; estoy decidido a todo.

__Sabed entonces que apenas hayáis perdido el ojo derecho saldréis de aquí, porque nuestro número está completo y no puede ser aumentado.

__Me someto a todas las condiciones __ respondí con firmeza.

Viendo lo inquebrantable de mi resolución, tomaron los jóvenes un carnero degollándolo en seguida, y me dieron el cuchillo que sirvió para la operación, diciéndome:

__Os servirá dentro de poco tiempo; entretanto envolveos con la piel que le hemos quitado al carnero y quedaos solo en este departamento. Se os aparecerá un pájaro enorme que, al creer que sois un carnero, os arrebatará al espacio, pero no tengáis miedo, y veréis, luego que os deja en la cima de una elevada montaña, que desaparece como aire cuando rompáis la piel con ese cuchillo. Caminad entonces hasta  llegar a un castillos inmenso cubierto de planchas de oro incrustadas de esmeraldas y piedras preciosas. La puerta está siempre abierta; entrad, pues, y lo que veréis os costará el ojo derecho, como a nosotros nos ha sucedido.

Todo se verificó como los jóvenes lo habían anunciado. El pájaro era blanco y mayor fuerza y magnitud que los elefantes de la India.

Entré al patio del castillo y vi. maravillado noventa y nueve puertas de sándalo y de aloe, y una de oro macizo, cuyas cien puertas conducían a jardines y habitaciones amuebladas con sorprendente magnificencia. vi. una puerta abierta, y entré por ella por un salón donde había cuarenta jóvenes de una hermosura que no puede idear ni el pincel del mejor artista. Todas se levantaron al verme, y me dijeron: ¡Bienvenido, señor, bien venido, ahora voy A referir mi historia en el palacio de las cuarenta princesas.

Muy afligido con la pérdida del ojo, y transido de dolor, baje al salón del edificio y en él me encontré a los diez jóvenes tuertos con el anciano, que al parecer no se sorprendieron al contemplarme en aquella triste situación, puesto que lo mismo les había sucedido a ellos, y yo, a pesar de saberlo, no quise eludir el peligro.

­­__Quisiéramos que permanecieseis aquí __me dijeron__, pero ya sabéis las razones que nos impiden. Id a la corte de Bagdad y allí encontraréis al que debe decidir de vuestra suerte futura.
Por el camino me afeite la cabeza y la barba, y tomé el hábito de calenda para entrar en la ciudad, donde he sido recibido por vosotras, en unión de mis compañeros, con tanta generosidad como apresuramiento. regresar a la Ha. de los 3 calenda y las 5 damas de Bagdad           
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