Viaje 7. Simbad el marino (último viaje)

Cuando regresé de mi sexto viaje, forme el decidido propósito de no volver a embarcarme. Pero cierto día que daba un banquete a varios amigos para festejar mi regreso, me anunciaron que un oficial del Califa deseaba hablarme. Abandone al punto la mesa y salí a su encuentro.
__El Califa __díjome el mensajero__ me ha ordenado que os conduzca a Palacio.
Seguí al oficíal, y cuando estuve en presencia del soberano me postré a sus pies.
__Simbad __me dijo el Califa__, tengo necesidad de vuestros servicios. Es preciso que vayáis a llevar mi contestación y mis presentes al Rey de Serendib, pues es muy justo que corresponda a sus finezas para conmigo.
El mandato del Califa cayó sobre mi como un rayo.
En pocos días estuve, sin embargo, en disposición de ponerme en camino, y héchome cargo del mensaje y de los regalos que el comendador de los creyentes enviaba al Rey de Serendib, partí para Bassora, en cuyo puerto me embarque. La travesía fue de lo mas feliz que puede desearse_ Llegado a la isla de Serendib expuse a los ministros del Rey el encargo que se me había. confiado, y les rogué que me consiguieran una audiencia del soberano.
Así lo hicieron, y al día siguiente fui conducido con toda pompa a presencia del Rey, quien, al reconocerme, dio señales de la mas viva alegría. ‘
__¡ Oh, Simbad, bien venido seáis! __me dijo__. Os juro que, desde vuestra marcha, he pensado frecuentemente en vos. Bendigo este día porque os vuelvo a ver.
Le agradecí con frases salidas del corazón, sus bondades y le entregué la carta y los regalos de que era portador.
El Rey de Serendib recibió con visibles demostraciones de íntima satisfacción aquellas muestras de amistad del Califa, y me despedí de la Corte, cumplida mi comisión, cargado de presentes que me hizo el soberano.
Me embarqué nuevamente con la intención de regresar enseguida a Bagdad, pero el Destino lo dispuso de otra manera y llegué mas tarde de lo que hubiese querido.
A los cuatro días de navegación fuimos atacados por unos corsarios que mataron sin piedad a los pocos que quisieron oponerles resistencia, vendiéndonos a los demás como esclavos en una isla de que yo no tenia noticia. Caí en manos de un opulento mercader, el cual me preguntó si sabía algún oficio; le dije que mi profesión era la del comercio y que los corsarios se habían apoderado de cuanto poseía.
__¡Pero, al menos, sabréis manejar el arco y las flechias! __exclamó.
__Si -respondí__, ése ha sido mi ejercicio favorito de la juventud.
Entonces me dio dichos instrumentos, llevándome a un bosque para que, subido en un árbol, diera caza a los elefantes. Una vez en aquel sitio me dejó solo, hasta que al amanecer del día siguiente apareció una manada, y tuve la suerte de matar uno de los mas hermosos. Al momento lo noticié a mi amo, y juntos enterramos al elefante para precipitar la putrefacción y sacarle luego los colmillos, que era con lo que comerciaba el mercader.
Dos meses estuve dedicado a la caza, y apenas pasaba un día que no diese muerte a uno de los referidos animales, con gran satisfacción de mi amo; pero una tarde los elefantes, lejos de pasar junto al árbol en que los acechaba, se detuvieron haciendo horroroso ruido, y uno de ellos, el mas poderoso, derribó con la trompa el árbol, cual si hubiera sido una débil caña. En Seguida me montó sobre su joroba al verme caído en tierra y me paseó triunfalmente a la cabeza de los demás animales Luego me hizo bajar con el auxilio de la trompa, y todos se retiraron, dejándome asombrado de aquella rareza, pues yo creí haber llegado al último
día de mi vida.
Me encontré en una colina cubierta de huesos de elefante, y no dude de que estos animales, con su prodigioso instinto, me habían llevado a su cementerio para que hiciese buena provisión de colmillos, y cesara de perseguirlos.
Así concluyó Simbad, diciendo al mandadero Himbad que no volviera a quejarse con tanta amargura de su suerte porque los hombres que parecen mas dichosos y opulentos no han adquirido su fortuna, a veces, sino a costa de penalidades, trabajos y fatigas.
Simbad dio al mandadero mil cequíes de oro, admitiéndole en el numero de sus amigos, para que después de abandonar su humilde profesión conservase un eterno recuerdo de las peligrosas aventuras de Simbad el Marino.

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