Viaje 6. Simbad el marino

image001inco naufragios había experimentado en mis viajes __Continuó Simbad__, y a pesar de ellos y de las súplicas de mis parientes y amigos, no me fue posible contener los impulsos de mi carácter, y partí por sexta vez a las Indias, resuelto a hacer una extensa navegación.
Grande fue, en efecto, y un día, perdido el rumbo y sin saber donde estábamos, nos anunció el capitán del barco, en medio de la mayor desolación, que íbamos arrastrados por una poderosa corriente a chocar contra la costa y por lo tanto nuestra pérdida era inevitable. Cada cual encomendó su alma a Dios, y, en efecto, a los pocos minutos fuimos a dar al pie de una montaña inaccesible, aunque la Providencia nos permitió desembarcar los víveres y el cargamento de mercancías.
Después nos dijo el capitán:
__Ya sólo resta cavar cada uno nuestro sepulcro, porque estamos en un sitio tan funesto que nadie se ha salvado de cuantos en él han puesto la planta.
Y así debía de ser, en efecto, porque todos aquellos lugares estaban llenos de huesos humanos y de despojos de buques naufragados al pie de la fatal montaña, cuyos peñascos tenían la particularidad de ser de cristal de roca, de rubíes y de otras piedras de gran valor.
La cima era elevadísima, y, afligidos, sin poder dar un solo paso para salir de tan cruel encierro, permanecimos en playa, consumiendo las pocas provisiones que nos quedaban concluidas éstas, vino el hambre, y después la muerte, que se llevó uno por uno a todos mis compañeros, y yo me quedé solo, y en tal tribulación, que un día pensé ya en quitarme la vida.
Dios tuvo compasión de mi, inspirándome la idea de ir a la entrada de cierta gruta por donde corrían las aguas de un río, caudaloso al parecer.
Supuse en seguida que forzosamente debería conducir a tierras habitadas y formé el proyecto de construir una barca con gruesos maderos para embarcarme en ella y dejar que me arrastrase la corriente. Así lo hice sin perdida de tiempo, y después poner en la barca un cargamento de ámbar, telas y piedras preciosas, comencé a remar en la oscuridad de la gruta cuya bóveda era tan baja en ciertos sitios, que los peñascos herían mi cabeza.
Al cabo de cuatro días y agotadas mis escasas provisiones, se apoderó de todo mi ser un sueño semejante al mas profundo letargo.
No sé cuanto tiempo estuve durmiendo pero si que al despertar me encontré en medio de feroces campiñas junto a un río donde estaba amarrada la barca, y rodeado de muchos negros, los cuales me hablaban en un idioma desconocido para mí, Uno de ellos, que sabia el árabe, me dijo entonces:
Hermano mío, no te cause sorpresa el verte entre nosotros: habitamos esta campiña y al venir hoy a regarla con las aguas del río que sale de la montaña, te vimos dormido en esa embarcación que esta ahí atada, deteniéndola para esperar a que despertases y que nos cuentes tu historia.
Les referí lo sucedido con toda exactitud, y tan sorprendente les pareció que quisieron que repitiese delante del Rey de aquel país el relato de mi naufragio. Monte en un caballo que me trajeron, y, seguido de los negros que conducían en hombros la barca con su cargamento, hice mi entrada en la ciudad de Serendib, residencia del soberano, a. quien fui presentado en el acto. El Príncipe me recibió con extremada benevolencia, y, maravillado de lo extraordinario de mis aventuras, las hizo escribir en letras de oro para conservarlas en los archivos del reino. No menos lleno de admiración se mostró al ver las piedras preciosas y las mercancías de que yo era portador, y, lejos de aceptar una parte de ellas, como le propuse, me dijo que iba, por el contrario, a aumentar con sus dones mi riqueza. La isla de Serendib esta situada en la línea equinoccial; por consiguiente, son iguales de duración los días y las noches; abunda en ricos frutos y en perlas, y allí existe la altísima montaña adonde fue a refugiarse Adan después de ser expulsado del Paraíso terrenal. Al fin, supliqué al Rey que me permitiese volver a mi patria. Concediómelo bondadosamente, y cuando fui a despedirme de él, me hizo grandes regalos, entregándome a la vez un mensaje para mi soberano, acompañado de un riquísimo presente. __Tomad __me dijo__, y entregadlo al califa Haround-al Raschíd, Comendador de los creyentes, como prueba de mi amistad. Los regalos que me hizo consistían en lo siguiente :
1.° Una copa tallada en un enorme rubí, llena de perlas, cada una de las cuales pesaba medio dracma; ‘
2. una piel de serpiente, cuyas escamas eran del tamaño de las monedas de oro ordinarias y cuyas propiedades consistían en que preservaba de toda clase de enfermedades al que se acostaba sobre ella;
3.° cincuenta mil dracmas de madera de aloe y treinta granos de alcanfor del tamaño de alfóncigos.
Y todo esto acompañado de una bellísima esclava, cuyos vestidos estaban cubiertos de piedras preciosas.
El Califa, lleno de curiosidad por saber si eran ciertas las fabulosas riquezas que se atribuían r al Rey Serendib, me preguntó lo que había yo visto en la isla, y le respondí que, en efecto, el Rey de las Indias poseía mil elefantes, un palacio cubierto con una techumbre en la que brillaban cien mil rubíes, que tenía veinte mil coronas enriquecidas de diamantes, y eran de oro y de esmeraldas las lanzas y las armas todas las de los servidores de su espléndida corte.
Terminada la ceremonia de recepción _añadió Simbad__, me despidió el Califa, y yo me retiré a mi casa a disfrutar de los cuantiosos bienes que la Providencia me había concedido.

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