viaje 5. Simbad el marino

Los placeres a que me entregué no fueron parte a hacerme olvidar las penalidades que había sufrido, mas tampoco hacíanme renunciar al vivísimo deseo que experimentaba de realizar otros viajes.
Así, pues, adquirí numerosas mercancías y, haciendo colocar los fardos en un carro, me encaminé al puerto de mar más próximo.
Pero una, vez allí, para no depender de un capitán y tener un buque en que yo solo mandase, compré una nave que equipé a mi gusto con tripulantes elegidos por mí mismo.
Con viento favorable nos hicimos a la mar.
El primer puerto en que echamos el ancla, tras muchos días de navegación, fue en el de una isla desierta en la que hallamos un huevo de roc de dimensiones tan colosales como el otro de que ya os he hablado. Contenía un pollo de roo, próximo ya a romper el cascarón, y los mercaderes, que habían desembarcado de mi buque, acabando de romper el huevo a fuerza de hachazos, se apoderaron del pollo, que hubieron de sacar a. pedazos, y se lo merendaron alegremente después de haberlo asado.
Mas, apenas, habían terminado su sabrosa comida, divisáronse a lo lejos en el horizonte dos gruesas nubes, y el capitán a quien había confiado yo la dirección de mi buque, sabiendo lo que aquello significaba, díjome que eran los padres del roc muerto y que era preciso que volviésemos a bordo si queríamos escapar al peligro que nos amenazaba. Los dos enormes pájaros cerniéronse un momento sobre nuestras cabezas, y con gran sorpresa por nuestra parte retrocedieron por donde habían venido, cuando ya nos creíamos perdidos sin remedio. No duró, empero, mucho nuestra alegría, pues a los pocos momentos reaparecieron, llevando cada uno en las garras dos peñascos que parecían montañas. Revolotearon sobre la nave unos instantes, y cuando creyeron que no podía fallarles el golpe dejaron caer uno de los peñascos ; pero la habilidad del timonel, que viró rápidamente, nos libró de aquel peligro. Mas, por desgracia, el otro roc dejó caer también la mole que transportaba, y dando de lleno en el centro del buque, lo sumergió, con toda la tripulación y pasajeros. Yo, empero, pude salir a flote tras no pocos esfuerzos, y agarrado a una tabla fui arrastrado por las olas hasta la costa de la isla.
Me senté sobre la hierba para descansar y tomar alientos, y me interné luego en la isla para reconocer el terreno. De pronto divisé, sentado sobre la margen de un río, a un viejo que, al parecer, estaba muy enfermo. Suponiendo, al primer momento, que era un pobre naufrago como yo, me acerqué a él, saludándole con una inclinación de cabeza.
__¿ Qué hacéis aquí? _ le pregunté. _ Pero, en vez de contestarme, me hizo señas de que me lo cargase a las espaldas y le pasase a la otra orilla del río donde se proponía, según creí entender, coger algunas frutas.
Así lo hice, _y cuando hube llegado a la opuesta margen le dije, inclinándome para que pudiera hacerlo con mas facilidad . -Bajad ahora, puesto que ya estáis servido.
Pero aquel viejo, que habíame parecido tan enfermo y decrépito, cruzó sus piernas sobre mi pecho y asiéndome con ambas manos por el cuello me apretó con tal con tal fuerza que casi me asfixió. Aflojó luego el anillo de hierro que eran sus manos, y dándome fuertes golpes en el pecho, me obligó a enderezarme y a proseguir mi camino, con él a cuestas, a través de los árboles, haciendo que me detuviera para que él comiera la fruta que iba cogiendo, Llegó, la noche, y creí que al fin me soltaría, pero me engañé. Permitió, sí, que me echara en tierra para dormir, pero continuó montado sobre mis espaldas.
transcurrieron de esta forma varios días, hasta que, en cierta, ocasión, encontré en mi camino varias calabazas secas. Tomé la de mayor tamaño, y después de haberla limpiado cuidadosamente, comencé a exprimir en ella racimos de uva, pues en aquella. isla abundan extraordinariamente las viñas. Hecho esto, deposité la calabaza en un lugar a propósito para que fermentara el líquido, y pasados varios días me ingenié de modo que el viejo me condujese allí. Tomé entonces la calabaza y bebí con fruición un vino exquisito, que me hizo olvidar por un momento mi triste situación. Notó el viejo el efecto producido por aquella bebida, y cogiendo la calabaza, .apuró con avidez todo su contenido, que no era es- caso, pues había la cantidad suficiente para emborrachar a dos hombres. No tardó el vino en subírsele a la cabeza; comenzó a cantar a su manera y a golpearme en la cabeza ; pero con menos fuerzas que de costumbre, hasta que, por fin, se le aflojaron las piernas, desprendíose de mi cuello y cayó pesadamente sobre la hierba, privado de los sentidos. Entonces cogí con ambas manos un peñasco y le aplasté su maldita cabeza. Contentísimo de verme libre del cruel anciano, me encaminé a la playa, donde encontré a varios tripulantes de un buque que acababa de fondear para proveerse de agua, los cuales, cuando les hube contado aventura, me condujeron a bordo.
Salí de la isla en compañía de aquellos hombres, y de arribada a un puerto de gran comercio, nos dedicamos a coger cocos, fruto muy abundante en el país. Llegamos a un espeso bosque compuesto de árboles altos, rectos, y de tronco tan liso que, a pesar de nuestros esfuerzos, no nos fue posible subir hasta las ramas como lo hizo, con sorprendente agilidad, una bandada de monos, chicos y grandes, huyendo de nosotros apenas nos presentamos en el bosque.
Como la necesidad es madre de la ciencia, apedreamos con furor a los monos, y los animales, que comprendieron sin duda nuestro designio, cogían cocos, arrojándolos con unos gestos y unas contorsiones que demostraban bien a las claras su justa cólera. Así’ es que, en pocos minutos, llenamos nuestros sacos, cuando de otro modo nos hubiera sido imposible conseguirlo.
Repitióse la operación, que me produjo considerable ganancia, pues luego en la isla de Camari cambié los cocos por madera de aloe, y me consagré día y noche a la pesca de perlas, que allí tanto abundan.
Dueño de una fortuna inmensa, regresé a Bagdad, donde, por espacio de dos meses, descanse de las fatigas de mi larga excursión, antes de emprender el siguiente, viaje.

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