Viaje 4. Simbad el marino

El cuarto viaje __continuó Simbad__ lo emprendí hacia Persia, y con tan mala fortuna al principio, que un huracán deshizo nuestra embarcación, se llevó las mercancías y sólo seis hombres pudimos salvarnos en una isla, donde nos vimos rodeados de una multitud de negros que nos sirvieron cierta hierba para comer. Mis compañeros, acosados por el hambre, la comieron en efecto con avidez; pero yo, llevado de un presentimiento fatal, no quise probarla. A ellos se les turbo en seguida la razón, que era lo que deseaban los negros antropófagos para devorarlos en seguida, como lo verificaron, mientras yo huía siempre por sitios extraviados para no caer en manos de aquellos caníbales. Al séptimo día. de la marcha, llegué a la orilla del mar y vi. a una porción de blancos como yo, ocupados en coger pimienta de los árboles, y después de contarles mi naufragio me embarqué con ellos y fui a la isla de que procedían, donde me presentaron a su Rey, que era excelente Príncipe. Tanto me distinguió con sus favores, que al poco tiempo fui considerado, no como extranjero, sino como favorito del bondadoso soberano.
Todos los hombres, en aquel país, montaban a caballo sin brida; sin estribos y sin silla, objetos que les eran desconocidos por completo. Los hice construir a propósito, y admirados el Rey y los señores de la Corte de aquello que creían un invento mío, me colmaron de regalos y de riquezas. Como yo frecuentaba la Corte con mucha asiduidad, cierto día me dijo el Rey :
__Simbad, yo te estimo y quiero que todos mis vasallos te conozcan y quieran como yo. Así, pues, te ruego que te cases a fin de que el matrimonio te retenga en mis Estados y no pienses en volver a tu patria.
No podía yo oponerme a semejante ruego, y me dio por esposa una joven de su corte, noble, hermosa, prudente y rica. Terminada la ceremonia nupcial, me establecí en la casa de mi esposa, con la cual viví algún tiempo en la mas perfecta armonía. Enfermo la mujer de un vecino nuestro, al que me unía muy estrecha amistad., y no me separe de su lado hasta que aquélla murió.
El pobre marido parecía no poder sobrevivir al. dolor .que semejante pérdida le producía, y le dije para consolarlo
__Dad gracias a Dios que os conserve la vida y pedidle que os prolongue por muchos años, para pensar en la amada difunta. –
__¡ Ay! __exclamó__. ¿Cómo queréis que pida semejante gracia, si apenas me queda una hora de vida?
__Vamos, desechad tan sombríos pensamientos. Sois joven, gozáis de excelente salud y…
__A pesar de eso. -me interrumpió- morirá, pues dentro de una hora me enterraran junto con mi esposa. Tal es la costumbre establecida por nuestros antepasados : el marido debe seguir a la tumba a la mujer y la mujer al marido, enterrando vivo al sobreviviente.
Semejante noticia me llenó de terror. `
Poco después acudían a la casa mortuoria los parientes, amigos y vecinos de los esposos para asistir a las exequias.
Amortajaron al cadáver con sus mas ricos vestidos y joyas
y, colocándolo en el ataúd, se organizó el cortejo, que iba, presidido por el viudo. t
Llegados a la cima de una alta montaña, levantaron una piedra que cubría la boca de un pozo, y bajaron el cadáver. Hecho esto, el marido abrazó a sus parientes y amigos, y sin oponer resistencia dejó que le tendieran en un ataúd, en el que colocaron
un cántaro de agua y siete panecillos, y lo bajaron al pozo, como habían hecho con el cadáver. Terminada la ceremonia, cerraron nueva mente el pozo -con la losa que lo cubría y cada cual volvió a su casa.
No pude disimular al Rey mis impresiones.
__Señor -le dije-, estoy profundamente asombrado de la costumbre que existe en vuestros Estados de enterrar a los vivos con los muertos.
__¡Qué quieres, Simbad! __me respondió__. Es una ley de la que yo mismo no puedo eximirme. Si la Reina, mi esposa, muriese antes que yo…
__Pero, señor –le interrumpí__, supongo que los extranjeros no están obligados a observar esa costumbre.
__Te engañas, Simbad __me contestó el Rey sonriendo.
Volví a mi casa apenado por tan tremenda noticia.
El temor de que mi esposa muriese antes que yo y que me sepultaran vivo con ella, hacían que me entregase a tristes re- flexiones. Temblaba. de pies a cabeza a la. menor indisposición de mi mujer y suplicaba a Dios fervorosamente que me la conservara ; pero ¡ ay ! enfermó, al fin, gravemente y murió en pocos días. ¡Imaginaos lo que pasaría por mi!
El Rey, acompañado de toda su corte, quiso honrar con su presencia la fúnebre comitiva, y las personas mas notables de la ciudad me hicieron el honor de asistir al sepelio.
Procedióse conmigo y con mi mujer de la misma manera que en el entierro de que os he hablado.
A medida que, dentro de mi ataúd, en el que habían colocado las provisiones de costumbre, descendía al fondo del pozo, iba examinando, a favor de la luz que entraba de arriba, la disposición del subterráneo, que era una gruta vastísima. Bien pronto sentí un hedor insoportable, exhalado por los numerosos cadáveres que yacían por todas partes.
En cuanto llegué al fondo, salí del ataúd y me alejé de aquellos cuerpos putrefactos. Pude sostenerme algunos días con los panes y el agua que me habían entregado; pero, agotadas mis provisiones, me dispuse a morir.
Sólo esperaba ya la muerte, cuando observé que levantaban la piedra del pozo y dejaban caer un cadáver y una persona viva. El muerto era un hombre. Me acerqué cautelosamente al sitio donde había quedado el ataúd de la mujer, y, provisto de un hueso, descargue sobre la cabeza de ésta tan terrible golpe
Repetía esta operación con otra desventurada, cuando percibí un ligero ruido y, al volverme, vi. un bulto que huía. Seguí a aquella sombra durante mucho rato y distinguí a lo lejos una luz que semejaba una estrella. Continué avanzando hacia aquella luz, y descubrí, finalmente, que penetraba por una hendidura de la roca lo bastante ancha para dejar paso al cuerpo de un hombre. Embargado por la emoción que tal descubrimiento me pro- dujo, quedé un momento como aturdido ; me repuse en seguida, pasé por la hendidura y me encontré en la orilla del mar. Os dejo pensar cual sería mi alborozo Cuando, tras un breve descanso y respirando a plenos pulmones, fui dueño por completo de mis sentidos, comprendí que el bulto que yo había visto y seguido no era otra cosa que un ave de rapiña que penetraba en el subterráneo para devorar los cadáveres.
Volví a entrar en el cementerio, tomé los panes y el agua, comí con avidez a la luz del sol y me dedique luego a despejar a los cadáveres de sus joyas y de sus ricos vestidos, todo lo cual amontonaba en la playa para hacer un gran fardo, valiéndome de las cuerdas que hablan servido para bajar los ataúdes. Al cabo de tres días divisé un buque que pasaba a corta distancia del lugar donde me encontraba, y vistas las señales que yo hacia con mi turbante, al mismo tiempo que gritaba con todas mis fuerzas, el capitán envió una chalupa para recogerme. Contesté a las preguntas que me hicieron los marineros diciéndoles que dos días antes me había salvado de un naufragio, juntamente con mis mercancías, y cuando estuvimos a bordo el capitán rehusó las joyas que yo quería regalarle por el auxilio que me había prestado.
Pasamos por delante de muchas islas, entre ellas la de la Campana, distante diez jornadas de la isla de Serendib, con viento favorable, y seis de la isla de Kela, en cuyo puerto echamos el ancla.
Realizamos allí magníficos negocios comerciales y nos hicimos nuevamente a la vela con rumbo a otros puertos, en los que continuamos nuestro tráfico, con mucho provecho.
Por último, llegué felizmente a Bagdad, poseedor de inmensas riquezas y resuelto a darme la mejor vida de los hombres de mi clase y condición.

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