Viaje 3. Simbad el marino

La vida inactiva y perezosa me mataba __dijo Simbad__, y lo aventurero de mi carácter, unido a mis pocos años, hizo que saliese de Bagdad otra vez en busca de nuevos riesgos a países desconocidos.
Estábamos en plena mar y una fuerte tempestad nos arrojó a las costas de una isla que, según el capitán, estaba habitada por salvajes muy velludos que no tardarían en acometernos, y aunque todos eran enanos no podíamos oponerles resistencia. Si matábamos a algunos, nos aniquilarían sin remedio, porque su número era mayor que el de una plaga de langostas. En efecto, una nube de hombrecillos de dos pies de altura y de aspecto repugnante, rodearon, nadando, el buque, y se subieron por todas partes con la ligereza de los monos, sin cesar de dirigirnos la palabras en un idioma que no comprendimos. Envalentonados con nuestra pacífica actitud, nos obligaron a desembarcar, llevándose el buque a otra isla, y, tristes y desesperados, nos pusimos en marcha hasta llegar a un gran palacio, cuyo vestíbulo nos causo espanto al ver esparcidos por el suelo huesos y fragmentos de miembros humanos. La puerta de la habitación se abrió de improviso y apareció un hombre negro de horrible figura, y alto como un pino. Tenía un solo ojo en medio de la frente, inflamado y rojo como una ascua encendida, los dientes afilados cual lis de un fiera, las enormes orejas le caían sobre los hombros, y las uñas largas, puntiagudas y semejantes a las garras de las aves de rapiña. A la vista del gigante nos quedamos muertos de terror. El monstruo me asió por la cintura con la misma facilidad que si hubiera sido una costilla de carnero, y al verme tan flaco me soltó, examinando sucesivamente a los demás compañeros de infortunio. El que más le agradó fue el capitán, a quien atravesó el cuerpo con un pincho de hierro, encendió fuego, lo aso como a un pajarito y se lo cenó con las mayores manifestaciones de agrado. Enseguida se puso a dormir, y el bramar del viento y el rugir de la tempestad no son nada en comparación de sus ronquidos. Tan horrible nos pareció a todos nuestra situación, que muchos de mis compañeros estuvieron a punto de ir a arrojarse al mar, antes que esperar una muerte tan horrible como la que les estaba reservada. Entonces dijo uno de ellos:
__Nos esta prohibido quitarnos la vida por nuestra propia mano; pero, nos estuviese permitido, ¿no es más razonable que nos deshagamos de ese monstruo?
__¡Cómo no se nos ha ocurrido antes! __exclamé yo.
Todos los compañeros apoyaron la idea.
__Queridos hermanos __les dije__, en la playa hay mucha madera; construyamos barcazas, y cuando las tengamos terminadas aprovechamos una ocasión para huir, entretanto, pongamos en ejecución el proyecto de librarnos del gigante: si lo conseguimos, podemos esperar un barco que nos saque de este lugar maldito; y si nos falla el golpe, ganamos las barcazas y nos ponemos a salvo.
A todos agrado mi plan y construimos en seguida varias barcazas, capaces para transportar cada una tres personas.
Al caer de la tarde volvimos al palacio: el gigante llegó pico después de nosotros. Forzoso nos fue presenciar como se comía otro compañero nuestro,; pero aquella misma noche nos vengamos de su crueldad.
Cuando terminó su detestable cena, se acostó en posición supina y no tardó en dormirse. Apenas lo oímos roncar, pusimos al fuego una barra de hierro puntiaguda y, cuando estuvo al rojo blanco, le atravesamos con ella el ojo.
El dolor que experimentó le hizo lanzar un grito espantoso. Se levantó como una fiera, con los brazos extendidos, tratando de coger alguno de nosotros en quien deshacer su rabia. Vanos resultaron, empero, sus intentos, y entonces, buscó a tientas la puerta y salió del palacio, aullando horrorosamente.
Salimos en pis de él y a todo correr nos dirigimos a la playa, al lugar donde teníamos las barcazas que en seguida botamos al agua, y embarcamos en espera deque despuntase el día. Más a los pocos momentos, aparecieron numerosos gigantes, y mientras nosotros bogábamos con todas nuestras fuerzas, ellos nos arrojaban enormes piedras y hacían naufragar todas las barcazas, excepto en la que yo me hallaba, y todos los hombres perecieron ahogados.
Mis dos compañeros y yo llegamos a alta mar, y entonces nos vimos a merced de las olas y en grave riesgo del perecer también. Pasamos todo el día y la noche siguiente en una cruel incertidumbre acerca de nuestro destino; más al salir el sol conseguimos encontrar tierra en una isla en la que conseguimos exquisitas frutas con las que pudimos reponer las fuerzas perdidas. Nos dormimos luego en la playa, pero enseguida nos despertó el silbido de una serpiente.
Estaba tan cerca de nosotros que se tragó a uno, a pesar de los gritos y los esfuerzos que aquél hacia para escapar de la muerte. Mi otro compañero y yo emprendimos la fuga, y nos refugiamos en la copa de un árbol elevadísimo, donde pensábamos pasar la noche. No tardamos, empero, en oír de nuevo a la serpiente que se enroscó en el tronco del árbol y agarrando a mi compañero lo devoró también.
Cuando fue de día baje del árbol más muerto que vivo, pues estaba persuadido de que me esperaba una muerte horrible. Cansado y con desesperación en el alma, me alejé del árbol y me dirigí a la playa, con ánimo de arrojarme al mar; pero Dios tuvo compasión de mi, y en el momento que iba a realizar mi culpable designio, vi un buque en lontananza. Grite con todas las fuerzas de mis pulmones para ser oído y agité al aire mi blanco turbante con objeto de que me vieran. Felizmente, toda la tripulación vio las señas que yo hacía y el capitán envió una chalupa para recogerme.
Cuando estuve a bordo, los mercaderes y lis marineros me preguntaron cómo era que me hallaba en aquella isla desierta. Y cuando les hube contado lo que me había sucedido, los más viejos me dijeron que habían oído hablar muchas veces de los gigantes que habitaban aquella isla y sabían que eran antropófagos. Acerca de las serpientes afirmaron que abundaban en aquel lugar.
Llegamos a un puerto y, mientras los mercaderes desembarcaban sus mercancías para venderlas o cambiarlas, el capitán llamándome aparte me dijo:
__Hermano, tengo en depósito algunas mercancías que pertenecían a un mercader que viajaba en este buque. Como supongo que como ese mercader ha muerto, comercio con los géneros que dejo para que así produzcan algo hasta tanto que pueda entregarlo a sus herederos, junto con los beneficios. Así, pues, espero que querréis encargaros de esas mercancías y comerciar con ellas, a condición, empero, que nuestro trabajo ha de ser recompensado.
Acepte gustoso, porque me ofrecía ocasión para no estar ocioso..
El escribano de abordo iba registrando las mercaderías y anotando el nombre de sus dueños.
__¿Con qué nombre he de registrar los géneros que se me confían? __pregunté al capitán.
__Con el de Simbad el Marino __me contestó. Al oír pronunciar mi propio nombre me estremecí de pies a cabeza, y mirando fijamente al capitán reconocí en él a quien en mi segundo viaje me había abandonado en la isla mientras yo dormía junto a un arroyo al principio no pude reconocerle a causa del cambio que se había operado en toda su persona. No es, pues, de extrañar que tampoco el me reconociera, tanto mas cuanto que me tenia por muerto.
__Capitán   __le pregunté__, ¿es cierto que el mercader cuyos son estos géneros se llamaba Simbad? __Si  __me contestó_ ,  ése era su nombre; natural de Bagdad, se embarcó en mi buque en el puerto de Bassora. Un día que tomamos tierra en una isla para hacer agua y provisiones, no sé cómo, me hice a la vela sin darme cuenta, hasta cuatro horas después, de que el mercader no había vuelto a bordo con sus compañeros. Teníamos el viento en popa y  tan fuerte que nos impedía virar para ir a recogerlo. __Así pues, ¿creéis que ha muerto?
­­__Ciertamente.
__Pues os engañáis, capitán. Abrid bien los ojos y ved si tengo algún parecido con el Simbad que dejasteis abandonado en la isla desierta.
El capitán me miró de hito en hito, y, reconociéndome al fin, exclamó abrazándome:
__¡Bendito sea Dios que ha reparado así mi falta? Esas son vuestras mercaderías, que os las devuelvo mucho mas gustoso que a vuestros herederos. – Yo me hice cargo de ellas, renuncie a los beneficios que con su trafico había logrado el capitán y demostrando a éste como pude mi profundo agradecimiento, volví a Bagdad con tantas riquezas que yo mismo no sabia su valor exacto.

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