Viaje 2. Simbad el marino

image002 abía resuelto pasar tranquilamente el resto de mis días en Bagdad; pero pronto me cansé de una vida ociosa y sentí vehementes deseos de navegar y de comerciar. Así, pues, emprendí mi segundo viaje en compañía de otros honrados mercaderes.

Cierto día desembarqué con ciertos compañeros en un islote, y mientras ellos se entretenían cogiendo flores y frutas yo tomé las provisiones que había llevado conmigo y fui a sentarme a la sombra de un árbol que se erguía junto a un arroyuelo. Comí con buen apetito, y sin poder evitarlo, me dormí. Cuando me desperté, ya no vi el buque anclado.

Os dejo imaginar mi dolorosa sorpresa: creí que moriría de dolor. Al fin me sometí a la voluntad de Dios, y sin saber lo que me estaría reservado, me encaramé a la copa de un árbol y miré a todos lados para ver algo que me hiciese concebir esperanzas de salvación.

Por la parte del mar, solo agua y cielo se ofrecía a mi vista; mas, al pasear mi mirada por el interior de la isla, descubrí un objeto blanco que llamo mi atención; baje del árbol, tomé las escasas provisiones que me quedaban, y dirigí hacia allá mis pasos.

Cuando estuve cerca, observé que aquel objeto era un globo de enormes dimensiones. Me acerqué más aún, lo toqué di vueltas alrededor, por ver si encontraba alguna abertura o si había medio de poder escalarlo; pero todo fue en vano.

Era ya la hora del crepúsculo vespertino; pero la atmósfera se oscureció de repente, como si negros nubarrones encapotasen el cielo, y al levantar la cabeza para averiguar la causa de aquel fenómeno que tanta sorpresa me

había causado, vi a un pájaro enorme que avanzaba hacia mí.

Me acordé entonces de un ave llamada Ros, de la que había oído hablar con frecuencia a lis marineros, y comprendí entonces que aquel globo blanco no era más que un huevo de aquel pájaro.

Al verle venir, me apreté cuanto pude al huevo, y cuando el ave extendió sus alas sobre éste, vi. que sus garras parecían ramas de la mas vieja encina. Sin pérdida de tiempo me até a ellas con mi turbante, con la esperanza que cuando el Ros levantase el vuelo me transportaría lejos de aquella isla desierta. En efecto, pasé así toda la noche; pero en cuanto salió el sol, el pájaro me remontó hasta las nubes, tan alto que no se divisaba la tierra, y descendió luego con tal rapidez que yo no tenía conciencia de mi mismo.

Apenas toqué con el pie terreno firme me desaté del pájaro, el cual apreso una descomunal serpiente y levanto de nuevo el vuelo llevándola en el pico. El sitio en que me encontraba era un valle profundo , rodeado de montañas altas y escarpadas que le circuían como una terrible muralla. El suelo se veía cubierto de magníficos diamantes, y los árboles llenos de serpientes tan monstruosas que la más pequeña hubiera podido devorar un elefante. Vino la noche y,  aterrorizado me refugié en una gruta, cuya entrada tapé con piedras para defenderme de los reptiles que lanzaban horribles silbidos, irritados sin duda porque no podían penetrar en mi retiro. Al amanecer se fueron y yo me dormí, pero me despertó pronto el ruido causado por la caída de varios pedazos de carne fresca arrojados de lo alto de las peñas. Yo había oído decir que los mercaderes de los diamantes iban a aquel valle en la época en que las águilas tienen cría, echaban la carne en las grutas, se agarraban a ella los diamantes, y luego las águilas sacaban la carne

Entonces comprendí que estaba en una especie de tumba, y comencé a imaginar los medios de que me valdría salir de ella. Hice una rica provisión de diamantes, me até al pedazo de carne más grande que vi a mi alrededor, y apenas me puse boca abajo para esperar, vinieron dos águilas gigantescas en busca de provisiones, y la más poderosa me llevo a su nido a lo alto de una roca. Los mercaderes que allí habían principiaron a gritar para que el águila se espantase, y grande fue el asombro de todos al verme a mi, contra quien se irritaron después, suponiendo que había ido al valle a privarlos de sus beneficios. Les referí mis aventuras, y para contentarles les dí parte de los diamantes que había cogido en la gruta, que eran de tal tamaño y valor, que se mostraron muy reconocidos a mi generosa conducta. Después de una peligrosa caminata, llegamos al primer puerto, y después a la isla de Roha, donde existe el árbol del alcanfor, el cual es tan frondoso, que más de cien hombres pueden tomar sombra bajo sus espesas y extendidas ramas. El jugo que se forma del alcanfor corre por una abertura que se practica en el tronco, y al caer en un vaso se congela y toma consistencia, y apenas se extrae dicho jugo, el árbol se seca y muere al momento.

Al fin, llegué a Bagdad, más rico que antes, a causa de las muchas piedras preciosas de que me había apoderado en cambio de tantas penalidades y peligros, y mandé dar a los pobres de la ciudad una buena limosna.

Simbad terminó así el relato de su segundo viaje, hizo entregar otros cien cequíes al mandadero, quien, con los demás convidados, volvió a las veinticuatro  horas para oír de boca del noble anciano la historia del tercer viaje.

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