Viaje 1. Simbad el marino

image002eredero en mi juventud de una brillante fortuna, derroche la mayor parte en el lujo y los placeres, sin acordarme de cuán transitoria son las cosas mundanas, ni de la necesidad en que todos estamos de gastar con orden para no vernos en la vejez reducidos a la escasez y la miseria. Pero llegó un día en el que reflexioné con juicio, y resuelto a abandonar la senda de la perdición que había emprendido, reuní el pico dinero que me quedaba y salí de Bassora con algunos mercaderes en un buque fletado a nuestras expensas.
Fuimos a diversos países, tomando y dejando mercancías, y un día vimos una isla casi a flor de agua y semejante a una pradera por su fertilidad y aspecto. Cuatro pasajeros desembarcamos para comer y beber en tierra, libres del balanceo del barco, cuando la isla tembló de repente con ruda y violenta sacudida. Nos gritaron de a bordo que estábamos en el vientre de una ballena, cada cual se salvo como pudo, unos a nado y otros en la chalupa, dejándome a mi sobre el monstruoso anima, que a poco se hundió en el abismo de los mares.
Me así a un pedazo de madera que habíamos llevado para hacer fuego, y vi. con dolor que el buque se alejaba a toda vela creyéndome muerto.
Dos días estuve a merced de las olas en la situación más angustiosa del mundo, hasta que las aguas mismas me arrojaron a una isla de pintoresca apariencia. Bebí el agua cristalina de un manantial que encontré junto a unos árboles frutales, y repuestas un pico mis aniquiladas fuerzas, avancé hasta una llanura donde pacía una tegua atada a un piste de madera. Me acerqué a contemplar la belleza del cuadrúpedo, y mientras le examinaba salió un hombre del centro de la tierra y me preguntó quien era. Referí mi aventura, y entonces tomándome de la mano, me llevó a una gruta donde habían varios hombres que me dijeron ser palafreneros del rey Mihrage, soberano de la isla, y que iban a aquel prado todos lis años a que pastaran las yeguas de su señor.
Al otro día fui con ellos a la capital, y el rey Mihrage me recibió a las mil maravillas y dio orden de que no me faltase nada de lo necesario. Visité a los mercaderes, por si encontraba el medio de regresar a Bagdad, y frecuenté el trato de los sabios de la India y el de los señores de la Corte, a fin de instruirme en las ciencias y en las costumbres del país.
Un día entró un buque al puerto y comenzó a descargar mercancías sobre las que reconocí mi propia marca, y persuadido de que aquel barco era el mío, pregunté al capitán que a quién pertenecían los géneros. El capitán me respondió:
__Teníamos a bordo un mercader de Bagdad, que desembarcó con cuatro hombres en lo que al principio se creyó una isla, pero que no era más que una ballena colosal dormida a flor de agua. Encendieron fuego los expedicionarios para asar un pico de carne, y la ballena martirizada por el dolor, se hundió en las profundidades del mar. Todos pudieron salvarse a excepción de Simbad, cuyas mercancías traigo aquí a fin de venderlas y entregar luego el importe con los beneficios a la familia del desgraciado náufrago.
__Capitán __le dije__, yo soy Simbad, y por consiguiente podéis entregarme lis géneros que me pertenecen.
Y le referí el verdadero milagro de mi salvación, pero no quiso creerme, sospechando si sería algún impostor que tomaba el nombre de Simbad para hacerme dueño de las mercancías, hasta que desembarcaron varios tripulantes que me reconocieron enseguida. El capitán, confuso, me pidió perdón y dio gracias al Cielo por haberme preservado de ka muerte.
Hice presentes al rey Mihrage de lo más selecto que poseía, a cuyo obsequió correspondió con regalos de gran valor, y me embarqué en el buque, no sin una abundante provisión de sándalo, de alcanfor, pimientas y cuantos frutos producía la isla, por valor de cien mil cequíes. Llegue, al fin a Bassora, y con las ganancias de mi primer viaje, compré tierras, esclavos, y una casa magnífica para establecerme, resuelto a olvidar los pasados peligros.
Simbad se detuvo al llegar a este punto y, dando una bolsa con cien cequíes al mandadero le dijo:
__Tomad y volved mañana a oír el resto de las aventuras.
Lleno de gozo, el pobre Himbad dio aquella suma a su familia, y al siguiente día fue puntualmente a la cita del ilustre viajero, quien, terminada la comida, se dispuso a hablar de su segundo viaje.

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