7. La historia del Jorobadito


Allá en tiempos remotos vivía en la ciudad de Casgar, situada en los confines de la Gran Tartaria, un honrado sastre que amaba con delirio a su esposa. Un día se presentó a la puerta de la tienda un jorobadito cantando tan bien al son del tamboril, que el sastre le invitó a entrar en la casa para que su mujer le oyese. Después que el jorobadito cantó lo que sabia, se pusieron los tres a la mesa a cenar un plato de pescado; pero el jorobadito se tragó una espina y a los pocos momentos había dejado de existir. Llenos de pena marido y mujer, y temerosos de que la justicia les castigase como asesinos, resolvieron, después de mil planes y proyectos, llevar al jorobadito a casa de un médico judío que habitaba en la vecindad. Así lo hicieron a una hora avanzada de la noche, depositando el cadáver en lo alto de la escalera. Salió a abrir la puerta un esclavo, a quien dijo el sastre que aquel jorobadito era un pobre enfermo que necesitaba sin tardanza de los auxilios de la ciencia. Puso una moneda de plata en manos del criado para que pagase al médico su trabajo, y salió a escape de la casa. Apresuróse el médico judio a ir en busca del enfermo, pero con la precipitación se olvidó de la luz y tropezó con el cuerpo del jorobado, que rodó estrepitosamente por las escaleras; bajó el judío, trajeron luces, reconocieron espantados que el jorobadito no existía, y creyeron que había muerto a consecuencia de la caída. El médico, a pesar de su trastorno, tuvo la precaución de cerrar la puerta; subió el cadáver a su cuarto y pasó toda la noche imaginando los medios de librarse del terrible conflicto. Al amanecer se le ocurrió al fin arrojar el cadáver a la chimenea de la casa inmediata, habitada por una de los proveedores del Sultán. chimenea cuyo cañón daba a la azotea del médico judío. Ató, en efecto, al jorobado por debajo de los brazos con una cuerda y lo hizo descender de modo que quedó en pie como si estuviese vivo. El proveedor entró poco después en la habitación, y creyendo que aquel hombre era un ladrón que penetraba así en la casa para robarle, se apoderó de un palo y dio repetidos golpes al jorobadito, hasta que notó que el cuerpo no tenía movimiento.
__¡ Dios mío __exclamó__, he llevado muy lejos mi venganza quitando la vida a este infeliz! Ahora vendrán a prenderme, y ya mi único porvenir es el cadalso.
Pero el proveedor no era hombre lento en sus resoluciones y tomó en seguida la de sacar el cadáver a la calle, colocándolo en pie junto al umbral de la primera tienda que encontró. Luego, y sin atreverse a volver la cabeza atrás, se refugió en su casa.
Un mercader cristiano que quería aprovechar las primeras horas de la mañana para ir al baño sin ser visto de los musulmanes, tropezó en la calle con el jorobado; creyó que era un malhechor y le derribo al suelo de un puñetazo, gritando: ¡ socorro! Llego a guardia, y los soldados, al ver que el jorobadito habia muerto a manos de un cristiano, se indignaron en contra del mercader.
__¿ Por qué habéis maltratado de esa manera aun musulmán? __le preguntaron.
__Quiso robarme, me cogió por el cuello y…
__¡Le matasteis! __le interrumpieron. El pobre mercader fue conducido a presencia del Juez de policía quien, enterado del hecho por los guardias, fue a dar cuenta al Sultán de lo sucedido.
__No puedo ser clemente __le dijo éste__ con los cristianos que matan a los musulmanes; cumplid, pues, con vuestro deber.
Entretanto habíasele disipado la borrachera al mercader, el cual por más que lo pensaba, no acertaba a comprender cómo se podía matar a un hombre con unos simples Pescozones. El desgraciado fue conducido al patíbulo y ya el verdugo echábale al cuello el lazo fatal, cuando se oyó al proveedor diciendo do a gritos:
__Deteneos! ¡Deteneos! Yo soy el verdadero criminal y ese hombre es inocente.
Al oír la confesión pública, ratificada por dos veces, los guardias mandaron al verdugo que ahorcase al proveedor en vez del mercader cristiano; pero, próxima a consumarse la ejecución, apareció, entre la multitud el médico judío, jurando por el Dios de Abraham de Isaac y de Jacob que él había sido, involuntariamente, el matador del jorobado.
El Juez ordenó que fuera ahorcado el médico en lugar del mercader cristiano, ya tenia aquél la cuerda al cuello, cuando llego el sastre gritando:
__Señor, ése también es inocente; si os dignáis oírme, pronto sabréis quién fue el que mató al jorobadito. Ayer tarde, mientras yo trabajaba en mi tienda, llegó el jorobadíto completamente borracho. Después de haber cantado un rato, le propuse que pasara la noche en mi casa, y él aceptó gustosísimo. Nos sentamos a la mesa, y al comerse un pescado, se le atravesó una espina en la garganta y murió en el acto. Afligidos mi mujer y yo, y asustados a par por temor de que se nos achacase aquella muerte, llevamos el cadáver a casa del médico judío, el cual, al salir de su habitación, tropezó con el cuerpo y lo echó a rodar por las escaleras, y por eso creyó que lo había matado; pero el médico es inocente.
__Deja, pues, en libertad al judío __dijo el Juez al verdugo__ y ahorca al sastre, ya que confiesa su delito. El verdugo se disponía a obedecer la orden, cuando evitó la ejecución un hecho inesperado. El sultán de Casgar, que no podía estar un momento separado de su jorobadito, que era su bufón, preguntó a uno de sus oficiales a qué obedecía la prolongada ausencia de aquél.__Señor -le contestó el oficial__, el jorobadito por quien tanto se preocupa Vuestra Majestad, emborrachóse ayer y, contra su costumbre, salió de Palacio y ha sido encontrado muerto esta mañana. Conducido el supuesto asesino a presencia del Juez, éste ordenó que se levantase en seguida el patíbulo.
Al oír esto último, el Sultán. llamó a otro de sus oficiales y le dijo:
__Id al lugar del suplicio ya decid, de mi parte, al Juez de policía que, sin pérdida de tiempo, conduzca aquí al acusado y el cuerpo del jorobadito.
Llegó el mensajero del Sultán en el preciso momento en que el verdugo ponía el dogal al cuello del sastre.
El Juez, acompañado del mercader, del sastre y del judío y seguido por cuatro hombres que transportaban el cadáver del jorobadito, se dirigió a Palacio, se postró a los pies del Sultán y, cuando obtuvo permiso para levantarse, contó la historia del bufón.
El Sultán la oyó con suma complacencia, y apenas el Juez terminó su relato, dijo a los circunstantes :
¡Habéis oído jamás cosas tan sorprendentes como lo ocurrido con el jorobadito?
El mercader cristiano respondió entonces, después de tocar el suelo con la frente :
__Poderoso monarca, yo sé una historia mucho más sorprendente que la que acabáis de oír.
__Pues, narradla __le dijo el Sultán.  Historia del mercader cristiano
__¿No es esta historia más sorprendente que la del jorobadito?


__El sultán de Casgar montó en cólera al oír la pregunta del mercader cristiano.
__Eres un temerario __le dijo__, porque me has hecho oír una historia que no merece mi atención. ¿Quieres darme a entender, acaso, que los incidentes de la vida de un joven disoluto son más interesantes que los de mi bufón, el jorobadito? ¡Voy a mandar
que te ahorquen para vengar su muerte!
Al oír estas palabras, el proveedor se arrojó a los pies del Sultán.
__Señor __le dijo__, suplico a Vuestra Majestad que se digne escuchar una historia mucho más extraordinaria que la del jorobadito.
__Habla __le contestó el Sultán. Historia del proveedor


Ahora, señor __dijo el proveedor al califa de Casgar___, ya conocéis la historia del mercader de Bagdad que comió ayer en el banquete al que yo asistí.


__Esa historia __repuso el Sultán __encierra, en efecto, algún interés; pero no tanto como la del jorobado.
Entonces adelantóse el médico y, postrándose a los pies del Sultán, exclamó:
Puesto que tanto agradan a vuestra Majestad las historias, quisiera contaros una.
__La escucharé gustoso __repuso el soberano, pero si no es mas interesante que la del jorobadito, te mandaré ahorcar. Historia contada por un médico judio


__Muy bien __exclamó el Sultán de Casgar__, pero el cuento no es tan divertido como el del jorobadito, y, por consiguiente, no me encuentro inclinado a concederos la vida. __Señor __dijo el sastre__, puesto que Vuestra Majestad gusta de las historias divertidas, voy a referirle una que sin duda llenará sus deseos. Y, sin esperar respuesta, dio así principio a su cuento con la mayor confianza y seguro del éxito. Historia contada por el sastre   

El Sultán de Casgarrecibió escucho complacido la historia.

De este modo terminó la sultana Scheznarda esta larga serie de aventuras a que diera ocasión la  muerte del jorobado; y como ya empezaba a rayar el día, guardó silencio; visto lo cual, se le encaró su querida hermana Diznarda, diciéndole:
me ha sorprendido Sultana mía la historia que acabáis de contar.
A mi me ha gustado esta extrañeza, dijo Schariar, no menos que las aventuras de los hermanos del barbero.
También es muy divertida, añadió Díznarda la historia
del cojito de Bagdad.
Mucho lo celebro, mi querida hermana dijo la Sultana,
y puesto que he tenido la dicha de no fastidiar al Sultan, nuestro amo y señor, si Su Majestad se dignase conservarme todavía la vida. mañana tendria el honor de contarle otra historia.   volver a índice

4 comentarios en “7. La historia del Jorobadito”

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