7.4.2.3. Historia del tercer hermano del barbero

Comendador de los creyentes -le dije al Califa, mi tercer hermano se llamaba Bakbac; era ciego, y como su mala suerte le redujo a. mendigar, iba de puerta en puerta pidiendo limosna. Se amaestró tantísimo en ir solo por las calles, que prescindía de lazarillo. Solía llamar a las puertas y no responder hasta que le habían abierto. Un día llamó a la puerta de una casa, y el amo, que se hallaba solo, gritó:
¿ Quién llama?
Mi hermano, en vez de contestar, volvió a llamar; y aunque por segunda vez preguntó el amo de la casa quién estaba allí, tampoco respondió. Bajó, abrió la puerta, y preguntó a mi hermano qué buscaba.
Que me deis una limosna por Diosle dijo Bakbac. A lo que parece, sois ciego repuso el amo de la casa. Si, por mi desgracia.
Alargad la mano.
Alargósela mi hermano, creyendo que iba a darle alguna cosa pero tomándosela el amo, no hizo mas que guiarle para subir a su habitación. Juzgo Bakbac que le llevaba para darle de comer, como le sucedía en otras partes, con bastante frecuencia; mas cuando estuvieron en el aposento, el amo le soltó la mano, fuése a su asiento y volvióle a preguntar qué se le ofrecía.
Ya os tengo dicho contestó Bakbac que os pedía una limosna por Dios.
Buen ciego lo más que puedo hacer por vos es rogar a Dios que os restituya la vista.
Bien podíais decírmelo a la puerta replicó mi hermano, y ahorrarme el trabajo de subir.
Y vos, simplón, bien podíais responder luego de haber llamado, cuando os pregunté quién va, y evitar a los vecinos el trabajo de bajar a abrir, ya que os responden.
¿Y que me queréis, pues? dijo mi hermano.
Ya os tengo dicho respondió el amo Dios os ampare. Siendo así, ayudadme a bajar, ya que me ayudasteis a subir.
Delante tenéis la escalera; bajad solo, si os place.
Empezó a bajar mi hermano, pero fuésele el pie a la mitad de la escalera, y resbaló hasta abajo, lastimándose los riñones y la cabeza.
Levantóse con sumo trabajo, y fuése murmurando y quejándose del amo de aquella casa, el cual se quedó riendo a carcajadas.
Al salir, pasaban por allí dos ciegos camaradas suyos que le conocieron la voz, y detuviéronse para preguntarle qué tenía. Contóles lo que le había pasado, díjoles que en todo el día no había hallado cosa alguna, y añadió:
Suplícoos que me acompanéis hasta mi casa para tomar delante de vosotros un poco de dinero del que los tres tenemos en común y comprar de que cenar.
Convinieron en ello, y fuéronse los tres a su casa.
Preciso es advertir que el amo de la casa de donde mi hermano salió tan mal parado, era un ladrón, muy sagaz y mal intencionado; el cual, como oyera desde la ventana lo que dijo Bakbac a sus compañeros, fuéles siguiendo, y entró con ellos en el miserable albergue de mi hermano. Sentaronse los ciegos, y dijo mi hermano:
Hermanos, es necesario cerrar la puerta, y asegurarse de que no hay aquí ningún extraño. Muy apurado se vio el ladrón al oír aquellas palabras; pero notando que había casualmente una cuerda que colgaba del techo, agarróse a ella y mantúvose encaramado mientras los ciegos.cerraban la puerta y tantearon todo el aposento con sus palos.
Tomada esta precaución y sentados otra vez, bajó el de la cuerda y fué a sentarse poquito a poco junto a mi hermano, que, pensando estar solo con los ciegos, les dijo:
Hermanos’, puesto que me habéis hecho depositario del dinero que hace tiempo recogemos los tres, voy a probaros que no desmerezco la confianza que en mi tenéis. Ya sabréis que la última vez que contamos, teníamos diez mil dracmas, y los pusimos en diez talegos. Ahora veréis que están intactos. Y alargando la mano por debajo de unos trastos viejos, sacó uno tras otro los talegos, y entregándolos a sus camaradas, prosiguió:
Aquí están; por el peso conoceréis que están cabales, o bien, si queréis, vamos a contarlos. Pero, habiéndole contestado sus camaradas que se fiaban de su honradez, abrió un talego y sacó diez dracmas, sacando igual cantidad cada uno de los demás.
En seguida volvió a poner mi hermano los talegos en su lugar, y luego dijo uno de los ciegos que no tenía necesidad de gastar aquel día cosa alguna para cenar, porque él tenía provisiones suficientes para los tres, merced a la caridad de la gente de bien. Con esto sacó de su zurrón pan, queso y algunas frutas, lo puso todo encima de una. mesa, y principiaron a comer. El ladrón estaba a la derecha de mi hermano, e iba escogiendo lo mejor y comiendo con ellos; pero por más que procuraba. no hacer ruido, sintióle Bakbac cómo mascaba, y voceó al punto:
¡ Estamos perdidos! ¡Entre nosotros hay un extraño! Y diciendo esto alargó la mano, asió del brazo al ladrón y echósele encima gritando: ¡al ladrón !, dándole fuertes puñetazos; los demás ciegos aumentaron la vocería apaleando al ladrón, quien por su parte se defendió lo mejor que pudo; como era robusto y tenía la ventaja de ver dónde asestaba sus golpes, dábalos muy tremendos, ora al uno, ora, al otro, cuando lo dejaban libre para hacerlo y gritaba también: ¡ladrones, aun más recio que sus contrarios..Al oír aquel estruendo, acudieron pronto los vecinos, echaron la puerta abajo y costóles sumo trabajo separar a los combatientes, hasta que habíéndolo por fin conseguido, preguntaronles la causa de aquella riña.
-Señores -dijo mi hermano sin desasirse del ladrón, este hombre que aquí tengo es un ladrón que se ha introducido en mi casa para robarnos el poco dinero que tenemos.
El ladrón, en cuanto vio llegar a los vecinos, había. cerrado los ojos, y_fingiéndose ciego también, dijo:
Señores, éste es un embustero; os juro por el nombre de Dios y la vida del Califa, que yo estoy asociado con ellos, y se niegan a darme la parte que me toca; los tres se han declarado contra mí, y pido se me haga justicia. _
Los vecinos no quisieron entender de su contienda y los llevaron todos ante el Juez de policía.
Puestos ante el magistrado, el ladrón, sin aguardar a que le preguntasen, y haciéndose siempre el ciego, dijo;
Señor, puesto que tenéis a vuestro cargo la administración de justicia por parte del Califa, cuyo poder haga Dios prosperar, os declararé que mis tres compañeros y yo somos igualmente criminales; pero como estamos comprometidos. mediante juramento a no declarar sino a fuerza de palos, en caso de que queráis saber nuestro crimen no tenéis más que mandarnos apalear, empezando por mi. Mi hermano quería hablar, pero le impusieron silencio, y sujetaron al palo al ladrón. Puesto al palo el ladrón, tuvo bastante constancia para sufrir veinte o treinta golpes, hasta que aparentando que le vencía el dolor, abrió primero un ojo, y después el otro, clamando misericordia y rogando al Juez de policía que mandase parar los palos.
Quedó el Juez admirado de ver que el ladrón le miraba con los ojos abiertos, y le dijo:
¡ Ah, pícaro ¿Qué viene a ser ese milagro?
Señor -dijo el ladrón-, voy a descubriros un secreto importante, si prometéis perdonarme y me dais la sortija que tenéis en el dedo y os sirve de sello; estoy pronto a poneros en claro todo el misterio.
El Juez mandó suspender el apaleamiento, entrególe la sortija y le ofreció perdonarle.
Fiado en vuestra promesa repuso el ladrón, os declaro, señor, que mis camaradas y yo vemos muy claro todos cuatro, y nos fingimos ciegos para entrar libremente en las casas y penetrar hasta los aposentos de las mujeres, donde abusamos de su flaqueza; confieso además que con este ardid tenemos ganadas diez mil dracmas en sociedad, y que habiendo en este día pedido a mis cofrades las dos mil y quinientas que me corresponden por mi parte, me las han negado, porque les he manifestado que yo quería retirarme, y ellos, por temor de que yo los delatase, se han arrojado sobre mi y me han maltratado del modo que pueden atestiguar las personas que a vuestra. presencia nos han traído. Espero, señor, de vuestra justicia, que me haréis restituir las dos mil y quinientas dracmas que me pertenecen, y si queréis que mis camaradas confiesen ser verdad lo que yo digo, mandad que les sean aplicados tres veces tantos palos como yo he recibido, y veréis cómo abren los ojos lo mismo que yo.
Mi hermano y los otros dos ciegos trataron de sincerarse de tan horrenda impostura; pero el Juez, ni oírlos quiso, diciendo:
Malvados, ¿así os atrevéis a fingiros ciegos para engañar a la gente implorando su caridad y cometer tan perversas acciones?
Es una impostura exclamó mi hermano. Es falso que veamos ninguno de nosotros: a Dios tomamos por testigo. En balde fue cuanto dijo mi hermano, pues tanto él como sus camaradas recibieron doscientos palos cada uno. El Juez estaba esperando que abriesen los ojos, y atribuia a suma terquedad lo que era imposible que sucediese; y entretanto el ladrón iba diciendo a los ciegos: Desastrados, abrid los ojos, y no deis lugar a que os maten a palos.
Y en seguida, encarándose con el, magistrado, le decía: Señor, estoy viendo que llevaran al extremo su maldad y que por mas que se haga, no abrirán los ojos, pues sin duda no quieren pasar por la vergüenza de leer su condena en las miradas los demás: lo mejor es perdonarles y hacer que venga alguno conmigo para tomar las diez mil dracmas que tienen escondidas.
El Juez, harto crédulo, mandó acompañar por uno de sus dependientes al ladrón, quien trajo los diez talegos; y contándole dos mil y quinientos dracmas, quedóse el con los demás, y compadeciéndose de mi hermano y sus compañeros, contentóse con desterrarles. En cuanto supe yo lo que le había sucedido a mi hermano corrí en su busca, y habiéndome explicado su desgracia llevéle sigilosamente a la ciudad, donde me hubiera sido fácil sincerarle ante el Juez de policía y hacer castigar al ladrón cual merecía; mas no me atreví a ello, por temor de que a mí también me sucediese algún fracaso.
De este modo terminé la triste aventura del bueno de mi hermano ciego; la que no dio menos que reír al Califa. que las demás
que había oído contar. Volvió a. mandar que me diesen alguna cosa mas yo sin esperar la ejecución de su orden, di principio a la historia de mi cuarto hermano.
Historia del cuarto hermano del barbero  **  volver a índice

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