7.4.2.6. Historia del sexto hermano del barbero (parte 2)

    Aún volvió a instar a mi hermano para que comiese, diciéndole:
Para un hombre que estaba sin desayunar cuando entró en esta casa, paréceme, amigo, que habéis comido muy poco.
Juro a vuestra señoría, respondió mi hermano, a quien le dolían las quijadas a fuerza de mascar el aire, que me hallo tan lleno que no sabría dónde meter un solo bocado mas.
Ahora, huésped mío repuso el Barmecida, preciso es que bebamos, puesto que tan bien hemos comido. Supongo que beberéis vino.
Su señoría me dispensara de beber vino dijo mi hermano, porque es cosa que me está vedada.
Escrupuloso sois en demasía replicó el Barmecida imítadme a mi
Para complaceros lo beberé dijo Sohacabac, pues que os empeñáis en que nada falte a vuestro banquete, pero como yo no tengo costumbre de beber vino, temo faltar a la urbanidad y tal vez al respeto que se os debe, por lo que os suplico otra vez me dispenséis de beber vino, pues yo me contentaré con un trago de agua. i
No, no, opuso el Barmecida, vos habéis de beber vino.
Mandó al mismo tiempo que trajeran vino, mas éste no fue más real que los guisados y las frutas; aparentó echarse de beber y beber primero, y luego, haciendo como si sirviese a mi hermano y le presentase el vaso, dijo:
Bebed a mi salud, y a ver si me decís qué os parece ese vino.
Mostró mi hermano tomar el vaso, miróle de cerca como para ver si el vino tenía buen color, llevólo a las narices para juzgar si olía bien, y haciendo en seguida un rendido acatamiento al Barmecida para demostrarle que se tomaba la libertad de beber a su salud, hizo al fin ademán de beber con toda la apariencia de un hombre que esta bebiendo regaladamente.
Señor dijo, hallo excelente este vino, pero, a mi entender, no es bastante fuerte.
Si lo deseáis de más fuerza respondió el Barmecida, no tenéis mas que pedir, pues en mi bodega lo hay de muchas calidades; a ver si éste os gustará.
Con esto hizo ademán de echar de otro vino, primero para si y luego para mi hermano, y repitió tantas veces la misma operación, que fingiendo Schacabac habérsele calentado la cabeza con la bebida, principio a hacerse el borracho, levantando la
mano dio al Barmecida -un golpe tan recio en la cabeza que le echó por tierra;. iba a descargar más golpes, pero presentándole el Barmecida el brazo para evitarlo, le dijo:
¿Estáis loco?
A lo que se contuvo mi hermano, diciéndole:
Señor, os habéis dignado recibir en vuestra casa a este esclavo, y darle un espléndido banquete, y en vez de limitaros, como debíais, a darle de comer, le habéis hecho beber
vino, sin embargo de que os dijo que seria fácil os faltase al respeto debido, lo que siento en el alma., y os pido por ello perdón.
No hubo bien concluido estas palabras, cuando, en lugar
de encolerizarse el Barmecida, prorrumpió en carcajadas, diciendo:
Mucho tiempo hacía que estaba buscando un hombre de vuestro ingenio.
El Barmecida hizo a Schacabac toda clase de obsequios, y le dijo:
No tan sólo os perdono el golpe que me habéis dado, sino que deseo que en lo sucesivo seamos amigos y no tengáis mas casa que la mía; puesto que os habéis acomodado tan bien a mi genio y tenido paciencia para aguantar la broma hasta el fin,ahora vamos realmente a comer.
Al concluir estas palabras dio algunas palmadas, y mandó a varios criados que fueron acudiendo que pusiesen la mesa, en lo que fue prontamente obedecido, y mi hermano pudo entonces paladear todos los manjares que sólo idealmente había probado.
Después de la comida sirvieron vino, y al propio tiempo se presentaron muchas esclavas hermosas y ricamente vestidas, las cuales entonaron varias canciones agradables acompañadas de armoniosos instrumentos.
En suma, nada faltó para que Schacabac quedase más que satisfecho de la generosidad y agasajo del Barmecida, que, estando prendado de él, tratóle con familiaridad y le mandó dar un vestido de su guardarropa.
Comprendió el Barrnecida que mi hermano tenía mucha oficiosidad y discreción para todos los quehaceres, y a los pocos días ya le confió el cuidado de toda su casa y hacienda, cuyo empleo; estuvo sirviendo a las mil maravillas por espacio de veinte años.
Al cabo de este tiempo murió el generoso Barmecida, acabado por la vejez, y como no dejara heredero alguno, todos sus bienes fueron confiscados a favor del Príncipe, y con ellos todos los que había allegado mi hermano; de suerte que viéndose éste reducido a su primitivo estado, uníose a una caravana de peregrinos de La Meca, con intento de hacer aquella romería socorrido por sus limosnas, mas, para su desventura, se vio atacada la caravana y robada por un número de beduinos mayor que el de los peregrinos.
Mi hermano quedó esclavo de un beduino que le apaleó durante muchos días para obligarle a agenciarse el rescate, aunque le protestó que era por demás que le maltratase, diciéndole:
Soy vuestro esclavo, podéis hacer de mí lo que os plazca; pero tened por cierto que estoy sumido en la desdicha, y que carezco de medios para rescatarme.
Por mas que dijo mi hermano, manifestándole su pobreza y procurando ablandarle con sus lágrimas, nada pudo conseguir del beduino, antes viendo este frustrada la esperanza que había concebido de sacar de él una buena cantidad, enfurecióse de modo que tomando una navaja, hendióle los labios, a fin de vengarse con esta inhumanidad del chasco que le había cabido. Después de haberlo guardado algún tiempo, y viendo que no podía sacar ningún provecho de él, le atormentó bárbaramente, y montándole sobre un camello, le llevó a la cumbre de una altísima montaña, donde lo dejó desamparado.
Estaba aquella montaña junto al camino de Bagdad, donde le vieron unos pasajeros y me dieron noticia de que allí estaba; me traslade allí a toda prisa, halléle en el estado mas infeliz que cabe imaginar, y, dándole los auxilios que necesitaba, lo conduje otra vez a la ciudad.
Esto conté al califa Mostanser Billah, añadió el barbero, y aquel Príncipe me aplaudió con nuevas carcajadas.
Ahora sí que ya no dudo me dijo que os dieron con justicia el título de callado, y no habrá quien diga lo contrario; sin embargo, por ciertas causas que yo me sé, os mando que salgáis inmediatamente de la ciudad, y haced de modo que no oiga hablar mas de vos.
Fue preciso obedecer, y pasé muchos años viajando en países lejanos, hasta que al fin supe que había muerto el Califa, con cuyo motivo regresé a Bagdad, donde no hallé vivo a ninguno de mis hermanos.
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