7.4.2.6. Historia del sexto hermano del barbero (parte 1)

    Ya no me queda para contar sino la historia de mi sexto hermano, llamado Schacabac, el de los labios hendidos. Primero tuvo maña para hacer producir muy bien las cien dracmas de plata que le tocaron en dote, lo mismo que a los demás hermanos, de modo que llegó a verse bastante acomodado; pero de resultas de un fracaso quedó reducido a la necesidad de pedir limosna para subsistir, y desempeñábalo con maestría, pues tenia particular habilidad en proporcionarse entrada en las casas grandes por medio de los oficiales y criados, a fin de llegar a hablar con los amos y excitar su compasión.
Pasaba un día por delante de un magnífico palacio, por cuya elevada puerta se veía un espacioso patio donde había una multitud de lacayos, y llegándose a uno de ellos, preguntóle de quién era aquel palacio.
¿De dónde sois, buen hombre, que me venís haciendo semejante pregunta? ¿No os da a conocer todo lo que veis que este alcázar es de un Barmecida.
Mi hermano, que estaba ya enterado de la generosidad y liberalidad de los Barmecidas, se fue encarando con los varios porteros que había, y pidióles una limosna; pero ellos le contestaron:
Pasad adelante, pues nadie os estorba la entrada, y vos mismo ved al señor de la casa, que no os volveréis descontento.
No esperaba mi hermano tanta cortesía, y dando gracias a los porteros, entró con su permiso en el palacio, que por ser tan grandioso, tardó mucho tiempo en llegar al aposento del Barmecida.
Penetró, finalmente, hasta un grande edificio cuadrado de hermosísima arquitectura, y entró por un atrio, tras el cual descubrió un jardín muy delicioso, con caminos de morrillo de varios matices que alegraban la vista.
Casi todos los aposentos inferiores que en torno se veían eran descubiertos; se cerraban con grandes cortinas que ocultaban los rayos del sol, y se abrían para tomar el fresco cuando aquél se había puesto.
Un sitio tan delicioso hubiera causado admiración a mi hermano, a no tener el ánimo tan conturbado. Entró, por fin, en un salón ricamente adornado y pintado de follajes de oro y azul, donde descubrió a un hombre venerable: con una larga barba blanca, que estaba sentado en el sitio de honor de un sofá, por lo que juzgó. que era el señor de la casa. Efectivamente, era el mismo Barmecida, que le recibió con el mayor afecto, preguntándole qué se le ofrecía.
Señor. le respondió mi hermano con acento lastimero, soy un infeliz que necesito la asistencia de las personas poderosas y liberales como vos. A nadie mejor podía haberme encaminado
que a un señor dotado de mil prendas relevantes.
El Barmecida manifestóse admirado de la respuesta de mi hermano.
Llevando luego sus dos manos al pecho, como para rasgarse el vestido en señal de quebranto:
¿Es posible, exclamó que estando yo en Bagdad, un hombre de vuestras circunstancias se halle en tal necesidad? Esto no puedo yo consentirlo.
Persuadido mi hermano con aquellas demostraciones de que iba a darle una prueba nada equivoca de su liberalidad, díole mil bendiciones y díjole que le deseaba toda suerte de prosperidades.
No quiero que se diga que os he desamparado repuso el Barmecida, ni consiento en que vos me abandonéis a mí.
Júroos, señor replicó mi hermano, que no he comido cosa alguna en todo el día.
¿Es cierto dijo el Barmecida que a estas horas estéis en ayunas? ¡Pobre hombre! ¡Está muriéndose de hambre ! Hola, muchacho añadió esforzando la voz, traigan al punto el agua
y la palangana para lavarnos las manos. ,
Y, sin embargo de que no compareció criado alguno ni vio mi hermano palangana ni agua, no por esto dejó el Barmecida de restregarse las manos lo mismo que si alguien le hubiese estado echando agua, y mientras aquello hacia, iba diciendo a mi hermano:
Vaya, llegaos y lavaos las manos conmigo.
Juzgó mi hermano con aquello que el señor Barmecida era amigo de chanzas, y como él también era de condición jovial y sabía, por otra parte, que los pobres deben ser complacientes con los ricos, para sacar de ellos buen partido, llegóse a él e hizo lo que él estaba haciendo.
Vamos dijo el Barmecida traigan la comida pronto, que no tengamos que esperar.
Después de haber dicho estas palabras, aunque no habían traído cosa alguna, hizo como si hubiese tomado algo en un plato, y empezó a llevarlo a la boca y a masticar aire, diciendo a mi hermano:
comed buen huésped, comed lo mismo que si estuvierais en vuestra casa. Comed, pues para estar hambriento, paréceme, amigo que andáis con hartos cumplimientos.
Nada, de eso señor le contestó Schacabac, remedando lo mejor que podía sus muecas; ya veis que no pierdo el tiempo y que desempeño perfectamente mi papel.
¿Qué tal os parece este pan? añadió el Barmecida ¿no es verdad que es excelente?
Ciertamente señor, repondió mi hermano, sin ver más pan que otro manjar alguno: jamás había comido tan blanco y exquisito.
Siendo así repuso el Barmecida, rellenaos bien de él, que os juro que la panadera que tan buen pan amasa me costó quinientas monedas de oro.
Después de haber hablado el Barmecida de su esclava panadera, y hecho mil alabanzas de su pan, que mi hermano tan sólo estaba comiendo idealmente, gritó:
Muchacho, tráenos otro plato.
Y aunque ningún muchacho se vio, siguió diciendo a mi hermano:
Vaya, buen huésped, probada de este guiso y decidme si habéis comido jamás carnero hecho con trigo mondado que con éste pueda compararse.
Riquísimo esta, respondió mi hermano, y como a tal le estoy tratando cual merece.
¡Que me place! dijo el señor Barmecída. Es tal la satisfacción que yo experimento en veros comer con tan excelente apetito, que os suplico no dejéis nada de este plato, puesto que tanto os gusta.
A poco rato, pidió un ganso con salsa agridulce hecha con vinagre, miel, pasas, garbanzos e higos secos, cuyo guisado fue servido como lo había sido el de carnero.
¡Áh! Qué gordo esta el ganso! dijo el Barmecida. Tomad una pierna y una pechuga; pero haced de modo que os quede apetito para los muchos platos que aún faltan.
Pidió, en efecto, otros muchos platos diferentes; y mi hermano, al propio tiempo que se estaba muriendo de hambre, hizo ademán de comer de todo, ponderó muy particularmente un cordero relleno de alfóncigos que mandó servir, y lo fue del mismo
modo que los platos anteriores.
¡Oh! Lo que es este manjar, dijo el señor Barmecida, no se come más que en mi casa, y me daréis gusto si os saciáis bien de él.
Diciendo esto, hizo como si tuviese un pedazo en la mano, y llevándolo a la boca de mi hermano, añadió:
Tomad’, comed este bocado y me diréis si tengo razón en alabar ese plato.
Alargó mi hermano la cabeza, abrió la boca y aparentó que tomaba, mascaba y engullía el bocado con sumo placer.
Bien sabía yo, repuso el Barmecida, que os había de gustar.
Jamás comí cosa mas delicada contestó entonces mi hermano, y hay que confesar que es bien espléndida vuestra mesa.
Traigan ahora el sainete gritó el Barmecida; no dudo que ha de contentaros tanto como el cordero. ¿Qué tal, que os parece?
Deliciosísimo respondió Schacabac; sabe a ámbar, a clavo de especia, a nuez moscada, a jengibre, a pimiento y a las hierbas más olorosas, cuyas aromas están proporcionados de modo que el uno no embota al otro, y todos se perciben a un mismo tiempo. ¡Oh! ¡qué placer!
Veamos, pues, si honrais cual se merece este sainete, siguió diciendo el Barmecida; coined, comed, os lo ruego. ¡Ea, muchacho, añadió esforzando la voz, traednos otro sainete!
No mas, por Dios, interpuso mi hermano; júroos, señor, que me es imposible pasar nada mas: estoy que reviento. –
Levanten, pues, todo esto, dijo el Barmecida y traigan las frutas.
Estuvo un rato esperando, como para dar lugar a que los criados sirviesen.
Luego, añadió: –
Probad estas almendras, que son buenas y frescas.
Ambos hicieron ademán de mondar las almendras y comerlas.
Seguidamente, rogando el Barmecida a mi hermano que tornase otra friolera, le dijo: ‘
Ahí tenéis frutas de todas clases, empanadas, confituras secas, compotas; tomad lo que más os agrade.
Y luego, alargando la mano como si hubiese presentado alguna cosa:
Tomad añadió esta pastilla, que es excelente para facilitar la digestión.
Schacabac aparentó tomarla, diciendo: Señor, también tiene almizcle.
Estas pastillas se hacen en mi casa, respondió el Barmecida, y tanto en esto como en todo lo que en ella se hace, nada se escatima.   continuar
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