7.4.2.5. Historia del quinto hermano del barbero (parte 2)

    Deslumbrado ya con el hallazgo de una gran cantidad de  dinero, y casi al mismo tiempo una mujer rica y hermosa, no  se detuvo en mas consideraciones, y tomando las quinientas  monedas de oro, dejóse guiar por la vieja.
Fuese ella delante, y él la siguió de lejos hasta la puerta de  una casa grande, donde se detuvo a llamar, llegando él allí al  tiempo que una joven esclava griega abría la puerta. La vieja le  hizo entrar primero, atravesando un patio muy bien enlosado,  y le introdujo en un salón cuyos adornos le corroboraron en el  buen concepto que habia formado de la señora de la casa. ‘Mientras, la anciana se fue para avisar a la señora, cuya vista le  asombró, no tanto por la riqueza de sus vestidos como por su  hermosura.
Levantóse al instante, y la señorita le rogó expresivamente  que volviese a sentarse, sentándose ella también a su lado. Manifestóle que estaba muy satisfecha de verle, y tras algunos  agasajos, le dijo:
-No estamos aquí con bastante comodidad; dadme la mano
y venid conmigo. ,
Diole ella la suya y condújole a un aposento retirado,  estuvo conversando un rato con él, y luego le dejó  diciendo
-Quedaos aquí; estoy con vos al instante.
Quedóse alli esperando, y a poco, en lugar de la dama, vio
llegar un esclavo negro muy alto con un sable en la mano, y lanzando sobre mi hermano terribles miradas:
¿Qué haces tú aqui? – le dijo con altivez.
Quedó tan atónito Alnaschar a su vista, que ni siquiera tuvo   aliento para responder. El esclavo le desnudó, quitóle el oro que   llevaba y descargóle algunos sablazos que le magullaron las carnes.   Cayó por tierra el infeliz sin movimiento, aunque no había   perdido el uso de los sentidos; y creyendo el negro que había   muerto, pidió sal, y trájola en un grande azafate la esclava   griega; frotaron con ella las heridas de mi hermano, quien tuvo bastante fortaleza de ánimo para resistir el intenso dolor que   estaba padeciendo, sin dar la menor señal de vida Habiéndose   retirado el negro y la esclava griega, vino la anciana que le había   armado aquella asechanza, cogióle por los pies y arrastróle hasta   un escotillón por donde le dejó caer. Hallóse en un subterráneo    varios cuerpos de personas asesinadas, lo que echó de ver   luego que volvió en sí, pues el golpe de la caída le había hecho   perder el sentido.
La sal con que le frotaron las heridas le conservó la vida,   y poco a poco fue recobrando el brío necesario para tenerse en   pie, hasta que pasados dos días, abrió de noche el escotillón, y   observando que en el patio había un sitio a propósito para esconderse, permaneció allí hasta el amanecer. Entonces vio comparecer a la misma vieja, quien abrió la puerta de la calle y se marchó en busca de otra caza.
A fin de que ella no le viese, no salió de aquella ladronera hasta pasado un rato que ella hubo salido, y vino a  refugiarse en mi casa, donde me contó todas las. aventuras que en tan corto tiempo le habían sucedido.
Al cabo de un mes ya estuvo enteramente curado de las heridas mediante los remedios mas eficaces que yo le fui aplicando.   Habiendo resuelto vengarse de la vieja que con tanta crueldad   le había engañado, hizo al efecto una bolsa que pudiese contener   quinientas monedas de oro y, en vez de monedas, la llenó de   trozos de vidrio.
Atóse mi hermano el talego de vidrios a manera de ceñidor, disfrazóse de vieja, y se proveyó de un sable que ocultó debajo del vestido.
Un día por la mañana encontró a la vieja, que se paseaba  por la ciudad buscando a quien causar algún desmán. Llegóse    a ella, y remedando la voz de mujer, le dijo:
¿Pudierais proporcionarme un pesillo, pues acabo de llegar    de Persia, y he traído quinientas monedas de oro, y quisiera    ver si están corrientes?
A nadie podíais encaminaros mejor que a mí le dijo la    anciana venid conmigo a casa de mi hijo, que precisamente    es cambista,  él mismo cuidará de pesároslas. y os ahorrará ese    trabajo, pero es preciso que vayamos pronto para que le hallamos    en casa antes de ir a la tienda.
Siguióla mi hermano hasta la casa donde le había introducido    la vez primera, y abrió la puerta la esclava griega.
«La vieja acompañó a mi hermano a la sala, donde le dijo que esperase un poco, que iba a llamar a su hijo. Presentóse el    supuesto hijo bajo la forma de un feísimo esclavo negro, y dijo a mi hermano:    Vieja maldita, levántate y sígueme.  Diciendo esto, anduvo delante para conducirle al sitio donde    quería asesinarle. Levantóse  Alnaschar, siguióle, y sacando el    sable que tenía debajo del vestido, tiróle una cuchillada por    detrás del pescuezo, con tal acierto que le derribó la cabeza. Al    instante la cogió con una mano, y con la otra arrastró el cuerpo    hasta el subterráneo, donde lo arrojó. La esclava griega, que    ya estaba acostumbrada a aquella operación, no tardó en presentarse con el azafate lleno de sal; pero al ver a Alnaschar con el sable en la mano y sin el velo con que tenía cubierta? la cara, dejó caer el azafata y echó a correr; mas mi hermano corrió más    que ella, la cogió, y le hizo rodar la cabeza de un sablazo. Acudió    también al ruido la vieja bribona, y antes de que pudiese escapársele, agarróla diciendo:
¡Malvada! ¿Me conoces?
-¡ Dios mío!  respondió temblando aquella vieja.
¿Quién sois, señor? Yo no hago memoria de haberos visto
en mi vida.
Y él contestó
-Soy aquel en cuya casa entraste el otro día para lavarte y hacer la hipócrita oración; ¿te acuerdas? ‘
Entonces ella se echó de rodillas para pedirle perdón; pero él la descuartizó.
Ya no faltaba más que la señora, la cual ignoraba lo que acababa de suceder en la casa. Buscóla, y hallóla en un aposento, donde estuvo a punto de desmayarse en cuanto le vio aparecer
Ella le rogó le perdonase la vida, y él tuvo la generosidad de
concedérsela, diciendo:
Señora, ¿cómo es posible que estéis con tan mala gente como estos malvados de quienes acabo de tomar justa. venganza?
Y ella. le contestó:
Yo era mujer de un mercader honrado; la maldita vieja, cuya maldad no conocía, venia a verme algunas veces, y un día me dijo: Señora-, en mi casa estamos de boda, y os divertiréis mucho, si queréis honrarnos con vuestra presencia. Dejéme persuadir, tomé el mejor vestido que tenía, y con un bolsillo de cien monedas de oro, seguíla y me acompañó a esta casa, donde encontré al negro, que me detuvo por fuerza,.y hace tres años que estoy aquí deshecha en amargo llanto.
Según las fechorías de ese negro detestable repuso mi hermano, preciso es que tenga recogidas inmensas riquezas.
Son_tantas respondió ella que seréis rico para toda la
vida, si conseguis llevároslas: seguidme y lo veréis.
Acompañó a Alnaschar a un aposento, donde efectivamente
había cofres llenos de oro.
Y el no podía volver en si del pasmo que le causó el contemplarlos. Id en busca de gente le dijo ella y volved pronto para llevaroslo todo.
Mi hermano no dio lugar a que se lo dijera dos veces, y salió,
no estando fuera más que el tiempo necesario para reunir a diez hombres, con quienes volvió a la casa, y quedó admirado al hallar la puerta expedita; pero pasmóse mucho mas cuando, al entrar en el cuarto donde estaban los cofres, vio que no quedaba ninguno.
La señora, mas astuta y diligente que él, los había mandado quitar.
Pero, a falta de cofres, y no queriendo volverse con las manos vacías, mandó cargar todos los muebles que encontró en  las salas y guardarropas, con lo cual había más que suficiente  para indemnizarse de las quinientas monedas de oro, que le  habían robado; pero, al salir de la casa, se olvidó de cerrar la  puerta.
Los vecinos, que habían conocido a mi hermano y visto entrar y salir a los alhameles, fueron corriendo a dar parte al Juez  de policía de-aquella mudanza de muebles que les pareció sospechosa.. Alnaschar pasó la noche con bastante sosiego; pero a la mañana siguiente, cuando iba a salir de su casa, encontró a la puerta veinte dependientes del Juez de policía que le echaron  mano diciéndole:
Seguidnos, que el señor Juez quiere hablaros.
Rogóles mi hermano que no se diesen tanta prisa, y ofrecióles  dinero para que lo dejasen huir, pero, en vez de escucharle, le  ataron y se lo llevaron. a viva fuerza. Al pasar por una calle,  dieron con un.amigo de mi hermano, quien se detuvo para informarse cómo era que le llevaban preso, y también les propuso  una buena suma para que le. soltaran y dijeran al Juez que no  le habían hallado; pero nada pudo conseguir, y Alnaschar fue  presentado al Juez de policía.
Aquel magistrado le dijo:
Decid dónde tomasteìs los muebles que ayer mandasteis  llevar a vuestra casa.   Señor, respondió Alnaschar, voy a deciros la pura verdad; pero antes permitidme que apele a vuestra clemencia, y os suplico me deis palabra de no castigarme. Os la doy  respondió el Juez.   Entonces le explicó mi hermano sin rebozo cuanto le había sucedido, y cuanto había ejecutado desde el día en que la anciana  había ido a rezar a su casa, hasta que echó de menos a la dama  en el cuarto en donde la había dejado después de haber muerto  al negro, la esclava griega y la vieja; y con respecto a lo que se  había llevado a su casa, suplicó al Juez que le dejasen con una  parte por lo menos, para indemnizarse de las quinientas monedas  de oro que le habían robado.
El Juez, sin prometer cosa alguna a mi hermano, mandó algunos dependientes a su casa para recoger todo lo que en ella había; y cuando le hubieron notificado que ya no quedaba nada, y que todo estaba depositado en su guardamuebles, mandó a mi  hermano que saliese inmediatamente de la ciudad y que no volviese mas a ella en toda su vida, porque temía que no fuese a quejarse de su injusticia al Califa. Salió Ainaschar de la ciudad sin quejarse, y fue a refugiarse a otra.
En el camino tropezó con unos salteadores que le quitaron  cuanto llevaba, dejándole en cueros vivos como el día en que  nació. No bien supe yo esta ocurrencia tan lastimosa, tomé un  vestido y fui en su busca; y, después de haberle consolado lo  mejor que pude, llevéle conmigo y le introduje reservadamente  en la ciudad, donde le cuidé con el mismo esmero que a los demás  hermanos. Y continuo refiriendo al Príncipe la historia de su sexto hermano.
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