7.1.1. Historia del manco

Yo nací en Bagdad -__me dijo__. Cuando cumplí los doce años, frecuente la sociedad de varias personas que habían viajado mucho y contaban maravillas de Egipto y, especialmente, del Cairo. Sus conversaciones hicieron nacer en mí deseos irresistibles de imitarlas. Llegado a El Cairo, eché pie a tierra en el Kan llamado de Mesrour y me alojé en el mismo almacén alquilado para depositar las mercancías que había traído conmigo, transportadas por muchos camellos.
Al punto me vi rodeado de multitud de corredores y mercaderes.
__Nosotros __me dijeron__ os indicaremos un medio para que podáis vender pronto, sin riesgo, y con positivas ganancias, todas vuestras mercancías.
__¿Que medio es ese? __pregunté.
__Entregadlas __me dijo un corredor__ a varios mercaderes, los cuales venderán al menudeo los géneros y vos les cobráis, dos veces por semana, las ventas que hayan realizado. Acepté sus consejos y distribuí las telas que había traído entre varios mercaderes, los cuales me entregaron los correspondientes recibos, firmados por testigos.
Arreglados así mis asuntos, sólo pensé en divertirme. Pasado el primer mes, comencé a visitar a los mercaderes dos veces por semana, según lo convenido, lo cual no impedía que cada día fuese a pasar un rato ora a casa de éste, ora a la tienda de aquél.
Cierto día que visitaba a uno de éstos, llamado Bedredin, entró en la tienda una dama y se sentó a mi lado.
El exterior, de su persona y la gracia avasalladora de su manera de hablar, predispusiéronme al momento a su favor y sentí un vivo deseo de conocerla íntimamente. Tras unos instantes de conversación sobre asuntos indiferentes, manifestó su deseo de ver unas telas de tisú de oro que sólo, dijo, podía hallar en aquella tienda, porque era la mejor de la ciudad. ‘
El mercader le mostró diferentes telas, y la dama preguntó el precio de una que le había gustado sobremanera.
Bedredin le pidió mil cien dracmas de plata.
__Está bien __dijo ella__, pero como no traigo esa cantidad, espero que me la fiaréis hasta mañana y permitiréis que me lleve la tela. __Señora __reposo Bedredin__, accedería con mucho gusto a lo que me pedís, si la tela fuese mía; pero sólo puede disponer de ella este señor, que es su dueño.
__¡Pues quedaos con ese trapo! __exclamó la dama., arrojando la rica tela al suelo__. ¡Que Mahoma confunda a vos y a cuantos mercaderes existen en el mundo!
Dicho esto, se levantó y salió enfurecida de la tienda.
Al ver que la joven se retiraba, me sentí conmovido y la llamé diciéndole:
__Señora, hacedme el favor de escucharme; quizá haya un medio de contentar a todos,
Volvió ella, pero sólo por complacerme, según dijo.
__Señor Bedredin __dije yo entonces__, ¿cuánto queréis por esta tela que me pertenece?
__Mil cien dracmas de plata __me contestó__ ; no puedo darla por menos precio. __Dejad, pues, a la señora que se la lleve. Yo es daré cien dracmas de ganancia y un recibo del importe de la tela que uniréis a la cuenta de los otros géneros de mi propiedad.
Y cogiendo la tela se la presenté a la señora, diciéndole:
__Os la podéis llevar, señora; en cuanto al dinero, me lo enviaréis mañana u otro día. __¡Oh, señor, que el Cielo os bendiga aumentando vuestros bienes y concediéndoos larga vida! __exclamó la dama. Estas palabras me alentaron para hacer un ruego atrevido.
__Señora __le dije__, en recompensa de __este servicio, dejadme
admirar vuestro semblante.
Volvióse ella hacia mi y levantándose el velo me dejó ver un rostro encantador. Yo no me hubiera cansado jamás de mirarla; pero la joven, temiendo ser observada, volvió a cubrirse prontamente, tomó la pieza de tela y abandonó la tienda.
No pude conciliar el sueño en toda la noche, y a los primeros albores del día me levanté con la esperanza de volver a ver al objeto amado. ‘
A los pocos momentos de estar yo en la tienda llegó la dama, acompañada de su esclava, y sin dignarse mirar al mercader, me dijo:
__Señor, vengo expresamente para entregaros la cantidad de que respondisteis por mí.
__Siento que os hayáis molestado, pues no corría prisa… `
Y aprovechándome de la ocasión le hablé del amor intensísimo que por ella sentí desde el primer momento que la oí hablar.
Pero la joven se levantó violentamente, como si mi declaración la hubiese ofendido. Me despedí del mercader y eché a andar a la ventura, absorto en mis amorosos pensamientos. De pronto, sentí que me tocaban en el hombro y, al volverme, me encontré con la esclava de la hermosa joven.
__Señor __me dijo__, mi ama quiere deciros dos palabras; tened la bondad de seguirme. . No me lo hice repetir, y a los pocos momentos me hallaba al lado de mi amada en la tienda de un cambista.
Me hizo sentar junto a ella y me habló en estos términos :
__Querido señor, no os sorprenda que os dejase de tal modo desairado, considerando que en presencia de un mercader no podía corresponder de otra manera a la confesión que me hicistéis. Lejos de ofenderme, os digo con franqueza que me halagó, y me considero muy dichosa de ser amada de un hombre de méritos.
__Señora __exclamé enajenado de amor y de alegría__, vuestras palabras suenan en mis oídos como música celestial… __No perdamos tiempo con, palabras inútiles __me interrumpió No dudo de vuestra sinceridad y pronto estaréis persuadido de la mía. Hoy es viernes; venid mañana después de la oración del mediodía. Mi casa está. situada en la calle de la Devoción. No más que preguntar por la de Albos Schauma, de sobrenombre Bercur, jefe que fue de los emires, y allí me encontraréis. EI. día indicado me levante más temprano que de costumbre, puse mi mejor traje, tomé una bolsa con cincuenta monedas de oro montando en un asno, partí acompañado del hombre que me lo había alquilado. Llegado a la calle de la Devoción, dije a mi guía que preguntase por la casa de Bercur, y cuando se la indicaron me condujo a ella. Le pagué con generosidad, recomendándole que no faltase de volver a la mañana siguiente para recogerme.
Di unos golpecitos en la puerta y al punto aparecieron dos esclavas bellísimas, blancas como la nieve, vestidas con suma riqueza, las cuales me introdujeron en un salón lujosísimo. ‘No hube de esperar mucho rato: la mujer amada hizo su aparición, adornada de perlas y de diamantes, pero más refulgente aún por el brillo de sus ojos que por los destellos de sus joyas.
Prepararon una mesa con los mas exquisitos manjares, y al lado de aquella beldad pasé una noche deliciosa.
A la mañana siguiente, después de dejar discretamente la bolsa con las cincuenta monedas de oro en un sito donde la había de encontrar fácilmente, me despedí de la dama, la cual me preguntó cuando volvería a verla.
__Señora __le dije__, os juro que vendré esta noche. Así lo hice, en efecto, y durante varias noches aun, dejándolo cada vez una bolsa con cincuenta monedas de oro.
Al fin, me quedé sin dinero.
En esta situación precaria y presa de la desesperación, salí del Kan y me dirigí hasta el castillo, en cuyos alrededores ví mucha gente reunida. Abriéndome paso entre la multitud para indagar de qué se trataba, me hallé junto a un caballero muy bien montado que llevaba sobre el arzón un saco medio abierto del que salía un cordón de seda verde. Puse la mano sobre el saco, y echando de ver que aquel cordón era el de una bolsa, me apoderé
de esta sin que, al parecer, nadie me viese que la substraía. Pero el caballero que, sin duda, sospechaba de mí, notó la falta del dinero y me propinó en la cabeza un golpe tan tremendo que me hizo rodar, por el suelo.
Los que fueron testigos de esta agresión, injustificada a su juicio, clamaron indignados, y algunos cogieron las bridas del caballo exigiendo al jinete que diese una explicación de semejante violencia.
__Pues la explicación es muy sencilla __repuso aquél__ : ¡ese hombre es un ladrón!
El Juez de policía, que se hallaba presente, ordenó que me detuviesen y que me registrasen. Naturalmente, me encontraron la bolsa que yo acababa de robar y la mostraron al público.
No pude resistir a tanta vergüenza y caí desvanecido.
El juez de policía tornó la bolsa y preguntó al jinete si la reconocía como suya y si sabia cuanto dinero encerraba.
__Sí, es mía __contestó el jinete__, y contiene veinte cequíes.
Contaron la cantidad de monedas, y como resultó exacta devolvieron la bolsa a su dueño.
Entretanto yo me había recobrado.
__Joven __me dijo entonces el Juez de policía__, confesadme la verdad. ¿Habéis sido vos el que ha robado la bolsa a este señor? No me obliguéis a emplear el tormento para hacéroslo decir.
Baje los ojos y me declaré culpable.
Apenas hube terminado mi confesión, mandó el Juez que me cortaran la mano derecha, y su orden fue ejecutada en el acto. Esto excitó la compasión de algunos espectadores y el jinete, no menos conmovido, se me acercó diciéndome:
__Comprendo que sólo la necesidad os ha obligado a cometer una acción tan vergonzosa e indigna de un joven de vuestras prendas. Tomad esta funesta bolsa, os La regalo y lamento la desgracia que os ha ocurrido.,
El joven de Bagdad terminó su historia diciendo al mercader
cristiano:
__He aquí explicado por que como con la mano izquierda. Os estoy muy agradecido por las atenciones que me habéis dispensado, y como, gracias al Cielo, poseo aún grandes riquezas, os ruego que conservéis como vuestra la cantidad que me adeudáis.

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2 comentarios en “7.1.1. Historia del manco”

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