7.4.2.4. Historia del cuarto hermano del barbero

Alcuzo era el nombre de mi cuarto hermano, el cual quedó tuerto de resultas de lo que tendré el honor de explicar a Vuestra Majestad, y era cortador de profesión. Tenia habilidad particular para criar y enseñar a topetarse los moruecos, por cuyo medio se había granjeado el conocimiento y la amistad. de los principales señores, que tienen gusto en ver aquella suerte de peleas, a cuyo objeto crían moruecos en su casa. Tenía por otra parte muchos parroquianos, porque en su tienda había siempre la mejor carne del mercado, pues como era muy rico no perdonaba gasto para agenciar el mejor ganado.
Un día que estaba en su tienda presentóse un anciano con barba blanca muy larga, compró seis libras de carne, entrególe el dinero y se marchó.
Notando mi hermano que aquel dinero era muy hermoso, muy  blanco y muy bien acuñado, lo puso aparte en un cofre. Por espacio de cinco meses ningún día dejó aquel viejo de ir a tomar la misma cantidad de carne, pagándola con la misma moneda, y mi hermano continuó depositándola en el lugar separado. Al cabo de -aquel tiempo, teniendo Alcuz que comprar una manada de carneros y queriendo pagarlos con aquellas lindas monedas, abrió el cofre y quedó extraordinariamente asombrado viendo que, en lugar de ellas, no había más que hojas redondas. Principió a darse fuertes golpes en la cabeza, lanzando tales gritos, que al instante atrajeron a los vecinos, quienes quedaron tan admirados como él al saber lo que pasaba.  ¡ Quisiera Dios exclamó llorando mi hermano que ese maldito viejo se presentara aquí en este momento con su traza hipocritona
No bien hubo dicho estas palabras, cuando lo vio venir a lo lejos, y corriendo hacia él. arrebatadamente, echóle mano, y gritó cuanto pudo:
¡Favor, musulmanes, favor! Oid la picardía que me ha hecho este mal hombre.
Al mismo tiempo contó al gentío que se había. agolpado Lo mismo que ya había explicado a sus vecinos.  Pero, después que hubo concluido, el viejo le dijo con mucha sorna:  -Más os valiera. que me soltarais y me desagraviaseis con esta acción de la, afrenta que me dais delante de tanta gente, evitandome así el disgusto de daros a vos otra. mayor.
¿Qué tenéis que decir de mí? le replicó mi hermano; yo soy un hombre que ejerzo honradamente mi profesión, y no os temo.
¿ Conque vos queréis que lo publique? repuso el anciano en el mismo tono; pues bien: sabed todos añadió encarándose con el pueblo que, en lugar de vender carne de carnero, vende carne humana.  si continuó entonces el viejo; ahora mismo tenéis un hombre degollado y colgado fuera de la tienda como un carnero; no hay mas que ir allá y veráse cómo digo verdad.
Antes de abrir el cofre donde estaban las hojas, mi hermano había muerto un carnero _y lo había colgado,_como siempre, fuera de la tienda; así que, protestaba ser falso cuanto decía el anciano: mas, a pesar de sus protestas, el crédulo populacho se dejo preocupar contra un hombre a quien se imputaba un hecho tan atroz, y quiso averiguarlo al instante. Obligaron a mi hermano a soltar al viejo, apoderándose de él, y corrieron furibundos hacia, su tienda, donde hallaron efectivamente al hombre degollado _y colgado, tal como había dicho el acusador; pues es preciso saber que este viejo era mago y los había alucinado a todos. lo mismo que habia hecho con mi hermano, haciéndole tomar las hojas por dinero.
Al ver aquello, uno de los que tenían asido al Alcuz, dándole un fuerte puñetazo le dijo: `
Hola pícaro, ¿así te atreves a hacernos comer carne humana?
Y el viejo que tampoco le había dejado, le descargó otro con que le quitó un ojo
Tampoco anduvieron  escasos en aporrearle cuantos le pudieron y no contentos con maltratarle, lleváronle ante el Juez de policía, a quien presentaron el supuesto cadáver como cuerpo del delito.
Señor le dijo el Mago, este hombre que aquí os presentamos tiene la barbarie de matar a las personas y vender su carne en vez de la de carnero: el público espera con ansia que hagáis con él un castigo ejemplar.
El Juez oyó con paciencia la disculpa de mi hermano, mas parecióle tan inverosimil lo del dinero mudado en hojas, que le trató de impostor, y juzgando por lo que veía, mandó descargarla quinientos palos.
En seguida le obligó a decir dónde tenía el dinero, quitóselo todo, y le condenó a destierro perpetuo, después de haberle expuesto a la vergüenza por todo el pueblo hasta tres días repetidos montado sobre un camello.
Cuando sucedió esta trágica aventura a mi cuarto hermano, yo me hallaba ausente de Bagdad. Retiróse a paraje recóndito, donde permaneció hasta que tuvo curada la magulladura de los palos que en el espinazo le habían descargado; y cuando se halló en estado de poder andar, marchóse de noche y por caminos desviados a un ciudad donde nadie le conocía, y allí, en un cuarto que alquiló, se estuvo sin salir casi nunca de día. Cansado por fin de vivir siempre encerrado, fue un día a pasear por un arrabal, donde sintió repentinamente un gran estruendo de caballos que tras él venían.
Hallábase casualmente cerca de la puerta de una casa grande; y como de resultas de lo que le había pasado, todo le sobresaltaba, temió que aquellos soldados de a caballo no vìniesen a prenderle, y así fue que abrió la puerta para esconderse; pero habiéndola vuelto a cerrar y metidose en un gran patio, saliéronle al encuentro dos criados que le agarraron por los cabezones diciéndole.
Gracias a Dios que vos mismo venis a poneros en nuestras manos: valga por lo que nos habéis dado que hacer en tres noches seguidas que nos habéis tenido sin dormir, y merced a nuestra maña, si hemos podido librar nuestras vidas de la dañada intención que traíais.  Juzgad cuan atónito quedaría mi hermano con aquella bienvenida.
-Hombres de Dios les contestó: ignoro lo que me estáis diciendo, y sin duda me equivocáis con otro.
No, no repusieron; ya sabemos que tanto vos como vuestros compinches sois ladrones de profesión: pues no contentos de haber robado a nuestro amo todo lo que tenía, y reducídole a la indigencia, aun armáis asechanzas contra. su vida. Y si no, veamos si conserváis la navaja que teniais anoche en la mano cuando nos perseguiais.
Diciendo esto, le registraron y halláronle encima una navaja.
¡Qué tal! le dijeron asiéndole más fuertemente; ¿aún os atreveréis a negar que sois un ladrón?
¿Cómo es eso? replicó mi hermano ¿No puede un hombre llevar navaja sin ser ladrón? Escuchad mi historia añadió, y estoy seguro de que, en vez de tenerme en tan mal concepto, os compadeceréis de mis desgracias.
Muy ajenos los criados de escucharle, arrojáronse encima de él, le pisotearon, desnudáronle y rasgáronle la camisa; y viendo entonces las cicatrices que en las espaldas tenía:
¡Ah, perro! -le dijeron sacudiéndole más recio, tratabas de hacernos creer que eras un hombre de bien, y tu espinazo nos dice ahora quién eres.
Infeliz de mi exclamó mi hermano, muy graves han de ser mis pecados para que, después de haber sido maltratado tan injustamente, lo que tenga que ser otra vez sin mas culpa que la primera.
En lugar de ablandarse los dos criados con sus lamentos, llevarónle al Juez de policía, quien le dijo:  ¿Cómo has tenido atrevimiento para entrar en su casa y perseguirlos con la navaja en la mano?
Señor respondió el pobre Alcuz, no hay hombre en el mundo inocente que yo, y estoy perdido si vos no os dignáis oírme paciencia; creed que soy verdaderamente digno de compasión
Señor dijo interrumpiéndole uno de los criados, no deis oídos a un ladrón que se introduce en las casas para robar y asesinar a la gente Si dudáis en creernos, no tenéis mas que mirarle el espinazo.
A1 decir esto, desnudo las espaldas de mi hermano y las enseñó al Juez, el cual mandó, sin necesidad de más’ averiguaciones, que acto continuo le diesen cien. corbachadas, y que después le paseasen por la ciudad sobre un camello, con un hombre que iba delante gritando:  Mirad cómo son castigados los que se introducen furtivamente en las casas.  Concluido este paseo, echáronle fuera de la ciudad, con prohibición de volver a poner los pies en ella; y habiéndome dicho dónde se hallaba unas personas que después de esta desgracia le encontraron, fui a verle y acompañéle  secretamente a Bagdad, donde le socorrí del mejor modo que me permitían mis cortas facultades.
El califa Mostanser Billah prosiguió el barbero ya se rió menos de esta historia que de las pasadas, y tuvo la bondad de compadecerse del malhadado Alcuz;
Quiso otra vez que me diesen alguna.cosa para queme marchara; pero sin dar tiempo a que se llevara a efecto su orden, volví a tomar la palabra, diciendo:
Mi soberano dueño y señor, ya veis que soy corto en el hablar; y puesto que Vuestra Majestad me ha hecho la gracia de oírme hasta aquí, suplícole tenga la dignación de escuchar también las aventuras de mis otros dos hermanos, que no dudo le divertirán tanto como las anteriores. Vuestra Majestad podrá redondear con ellas toda una historia, que no creo desdiga de las demás de su librería.  Así tendré el honor de deciros que mi quinto hermano se llamaba Alnaschar Accedió el Califa, y  el barbero siguió hablando en estos términos:
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