7.2.1. Historia del convidado

image001abed, señores, que bajo el reino del califa Haroun-al-Ras-chid, mi padre pasaba por ser uno de los mas ricos mercaderes de Bagdad, donde yo nací. Mas, como era hombre dado a los placeres y a la crápula, descuidaba sus negocios, y así, al morir, en vez de una gran fortuna, dejóme infinitas deudas que hube de pagar imponiéndome todo género de privaciones, y poco a poco fui reuniendo un buen capital.
Una mañana, al abrir mi tienda, entró una dama y me rogó que le permitiese descansar hasta que llegasen otros mercaderes.
No me opuse, naturalmente, a sus deseos, y entonces me dijo que tenía el propósito de comprar toda clase de telas de las mas vistosas y ricas, y me preguntó si podía yo facilitarle algunas de ellas.
__¡Oh señora! __exclame__. Soy un joven mercader recién establecido, no cuento aún con riquezas suficientes para montar una tienda con géneros tan caros, y siento mucho no poder serviros nada de lo que habéis venido a buscar al Bazestein; mas, para evitaros que vayáis de tienda en tienda, en cuanto lleguen los otros mercaderes iré a pedirles precio de las telas que deseáis y así podréis adquirirlas sin molestias y con economía.
Así lo hice y compré telas por valor de cinco mil dracmas de plata.
La dama se despidió de mí con mucha amabilidad. y abandonó el Bazestein acompañada del eunuco que llevaba, el fardo.
Yo la seguí con la mirada, y en cuanto la hube perdido de vista caí en la cuenta de que, trastornado por un amor naciente, habíala dejado marchar sin pagarme y sin preguntarle siquiera dónde vivía.
Me encontré, pues, deudor de una suma importante a varios mercaderes, y hube de ir dando largas al asunto, hasta reunir la cantidad necesaria, asegurándoles que conocía yo a la dama y que respondía de la deuda.
Llegó, empero, el momento en que los mercaderes perdieron la paciencia, y ya me disponía a entregarles todo lo que poseía en mi tienda cuando llegó la dama, acompañada del mismo eunuco que la vez primera.
__Tomad vuestra balanza __me dijo__ y disponeos a pesar el ero que os traigo.
Estas palabras disiparon mis temores y aun avivaron mi amor.
Antes de entregarme el oro, me dirigió ella varias preguntas, entre otras una referente a mi estado.
Le contesté que era soltero.
Entonces la dama dijo al eunuco, al mismo tiempo que le daba el oro:
__Emplead toda vuestra destreza para llevar a cabo este negocio.
El eunuco se echó a reír; llevándome aparte, me hizo pesar el oro, y, mientras yo realizaba esta operación, me susurró al oído:
__A primera vista se conoce que estáis enamorado de mi ama, y me sorprende que no os atreváis a decírselo. Ella os ama mucho más de lo que podéis suponer, y por eso os preguntó si erais casado. Mi ama no tiene necesidad de telas de ninguna clase, y viene a vuestra tienda porque le habéis inspirado una pasión violentísima. De manera que de vos depende hacerla vuestra esposa..
Terminado el peso y mientras colocaba yo las piezas de oro en el saco, el eunuco se acercó a su ama y le dijo que estaba contentísimo.
Entonces se retiró la dama, advirtiéndome que me enviaría al eunuco, el cual me hablaría en su nombre.
__Pagué a cada mercader lo que le debía y espere durante varios días, devorado por la impaciencia, al eunuco; al fin, vino a verme y me apresuré a pedirle noticias de su ama. __Sois el más afortunado de los amantes __me contestó__ está enferma de amor. Si fuera dueña de sus actos, hubiera venido personalmente para rogaros que unierais vuestra existencias la suya.
__Por la elegancia de su porte, por la gracia de su decir y por sus maneras distinguidas, he llegado a pensar que se trata de una gran señora. __No os habéis engañado __me respondió el eunuco__ ; es la favorita de Zobeida, esposa del Califa, la cual siente por ella un cariño casi maternal, pues la ha criado desde que era niña. Mi ama le ha hablado de que desea casarse, manifestándole que ha puesto sus ojos en vos, y Zobeida le ha asegurado que dará su consentimiento, pero que antes desea conoceros. Así, pues, os ruego que me acompañéis a Palacio, y así podréis tomar una resolución.
__La he tomado ya y estoy dispuesto a seguiros __le contesté yo.
__Perfectamente __objetó el eunuco__, pero como en el departamento de las mujeres no pueden entrar los hombres, es preciso que toméis ciertas precauciones. Así, pues, apenas anochezca, encaminaos a la mezquita y esperad allí hasta que vayan a buscaros.
Nada tuve que oponer a semejante indicación, y cuando llegó la noche, me dirigí a la mezquita, estremecido de impaciencia.
A los pocos momentos vi llegar un. barco del que desembarcaron varios cofres, que llevaron a la mezquita,_retirándose en seguida los remeros, excepto uno, en el que reconocí al eunuco que por la mañana me había hablado. También vi entrar a la dama.
__No hay tiempo que perder __me dijo ésta, al mismo tiempo que abriendo uno de__1os cofres me ordenaba que me metiese dentro__; esto es necesario para mi seguridad.
Cuando yo hube obedecido, el eunuco confidente llamó a sus compañeros y les mandó que llevasen nuevamente los cofres al buque.
Embarcó luego la dama, _y los eunucos Comenzaron a remar con rumbo a los departamentos de Zobeida.
Llegó la embarcación al pie de la puerta de Palacio, y en el momento de entrar se oyó una voz que gritaba
__¡El Califa! ¡El Califa!
al oirla creí morir de miedo.
__¿Que lleváis en esos cofres? __preguntó el Calìfa a la favorita.
__Comendador de los creyentes __repuso aquélla__, son telas que quiere ver la esposa de Vuestra Majestad.
Y yo también __contestó el Califa__; abrid esos cofres.
Fue Preciso obedecer.
Todavía me estremezco al pensar en el pavor que se apoderó de mi.
Sentóse el Califa, y la favorita dio orden de que llevasen a su presencia todos los cofres, que fue abriendo lentamente. Como no estaba ella menos interesada que yo en que el juego no se descubriera, iba enseñando al soberano pieza por pieza, ponderando y haciéndole observar la belleza del dibujo y la calidad de cada tela. ‘
Con esta estratagema se proponía ganar tiempo y hacer desistir al Califa de su empeño. ‘ __Acabamos __dijo el soberano__ ; veamos ahora qué contiene ese cofre __añadió, señalando aquél en el que yo me hallaba encerrado.
Viendo la favorita que el Califa estaba firmemente resuelto a llevar a cabo su examen, dijo prontamente:
__En cuanto a éste, señor, ruego a Vuestra Majestad que me permita no abrirlo sino en presencia de vuestra esposa Zobeida.
__Perfectamente __repuso el Califa__. Haced que transporten todos los cofres al departamento de Zobeida.
Así lo hizo la favorita,. pero en cuanto depositaron en su aposento el cofre en que yo estaba temblando, lo abrió apresuradamente y me dijo, señalando una escalera que conducía a las habitaciones del piso superior:
__Subid y esperadme allá arriba.
Cuando la favorita se encontró libre, apresuróse a subir al aposento donde la esperaba y me pidió que la perdonase de haber sido la causa involuntaria de los justos temores que me habían asaltado.
Permanecimos largo rato en amorosa conversación, y al fin me dijo la dama:
__Ya es hora de que os retiréis a descansar ; mañana os presentare a Zobeida, sin que haya nada que temer, porque el Califa solo la visita de noche.
Animado por esta seguridad, dormí tranquilamente hasta bien entrado el, nuevo día. La favorita me condujo. a un salón de magnificencia y riqueza inconcebibles.
No había hecho más que entrar cuando aparecieron veinte esclavas, ya de alguna edad, con vestidos completamente iguales, las cuales fueren a colocarse, en dos filas, delante de un trono.
Zobeida hizo luego su entrada con aire majestuoso, tan cargada- de joyas y de piedras preciosas que apenas podía andar,
Seguíala su favorita.
En cuanto la mujer del Califa estuvo sentada en el trono, una de las esclavas me hizo señas de que me acercase. Obedecí al punto y fui a postrarme a los pies de Zobeida. Esta mandó que me levantara y me hizo el honor de preguntarme mi nombre y el de mis padres, de informarse del estado de mi fortuna, y otras interioridades, a todas las cuales contesté satisfactoriamente.
__Estoy muy satisfecha __me dijo luego__ de que mi hija (así llamaba a su favorita) haya hecho tan acertada elección ; y desde luego doy mi consentimiento para que os tome por esposo. Hablare al Califa y estoy segura de que no se opondrá a mis deseos. Entretanto no os ausentéis de este palacio.
Al cabo de diez días, Zobeida hizo extender el contrato, se verificaron los esponsales, y durante nueve días se celebraron grandes fiestas en el palacio del Califa.
Siendo el día décimo el señalado para la ceremonia del matrimonio, la dama favorita fue conducida al baño por una parte y yo por otra, y al atardecer me sirvieron de comer varios manjares condimentados con ajo, entre ellos uno como el que ahora se me obliga a comer.
Lo encontré tan sabroso, que apenas probé los otros platos. Mas, por mi desgracia, cuando me levanté de la mesa, me limite a secarme las manos en vez de lavármelas cuidadosamente.
Terminadas, al fin, todas las ceremonias, nos condujeron a la cámara nupcial, y en cuanto nos quedamos solos me acerqué a mi esposa para abrazarla ; pero ella, en lugar de corresponder a mis transportes amorosos, me rechazó con violencia y prorrumpió en gritos espantosos, de suerte que acudieron todas las damas a nuestro aposento.
__Hermana mía __dijeron a un tiempo a mi esposa, ¿qué os ha sucedido? Decídnoslo todo para que podamos auxiliaros. `
__¡Quitad de mi vista a ese hombre grosero! __exclamó mi mujer
__¡Ah, señora! ¿Qué he hecho para tener la desgracia de incurrir en vuestro enojo?
__¡Sois un grosero! __me respondió con airado acento__; habéis comido ajo y os presentáis a mi sin haberos lavado las manos.
¿Creéis que podré yo soportar a un hombre tan mal educado?
Y añadió, dirigiéndose a las damas:
__Tendedlo en el suelo y que me traigan un vergajo.
A1 punto fueron cumplidas. sus órdenes, y mientras unas me sujetaba por los brazos y las otras por los pies, mi mujer descargaba furiosos golpes sobre mí, hasta que le faltaron las fuerzas para levantar el vergajo.
__Llevadlo al Juez de policía __dijo entonces para que le corten la mano con que ha tocado el manjar de ajo.
__Hermana __objetaron las damas__, lleváis demasiado lejos vuestro resentimiento. Es cierto que este hombre no sabe vivir en vuestro ambiente y que ignora vuestra jerarquía y las consideraciones que os son debidas ; pero os suplicamos que le perdonéis.
__No estoy satisfecha aún __replicó mi esposa__; quiero que anda a vivir y que lleve por siempre señales de su grosería, de que no se le vuelva a ocurrir probar el ajo sin lavarse enseguida las manos. _ ‘
Y dicho esto, hizo que me tendieran de nuevo en el suelo, tomó una navaja de afeitar y con una crueldad inconcebible me cortó los dedos pulgares de las manos y de los pies.
Rendido por la emoción y por el dolor, perdí el conocimiento, y cuando volví en mi vi que me había hecho una cura para contener la sangre que manaba de mis heridas.
__Señora __dije entonces a mi mujer__, si vuelvo a probar condimentados con ajo, os juro que me he de lavar las manos ciento veinte veces con álcali, ceniza y jabón.
__Sólo con esa condición olvidaré el pasado y os permitiré vivir a mi lado __ me dijo ella.
Esta es, señores __prosiguió el mercader de Bagdad, dirigiéndose a los convidados, la razón que tenía para negarme a comer de ese manjar.
Y añadió :
__A1 cabo de un año mi mujer cayó gravemente enferma y murió en pocos días; Hubiera podido volver a casarme y vivir cómodamente en Bagdad; pero mi manía por recorrer mundo me sugirió otros designios. Vendí mi casa, y después de haber comprado muchas telas, me uní a una caravana de mercaderes y fui a Persia. De allí pasé a Samarcanda, de donde vine para establecerme en esta ciudad.
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