Historia de Schariar y Schazenan (parte 1)

Es a partir de la Historia de Schariar y Schazenan que al ser víctimas del adulterio de sus esposas, Schariar decide que cada mujer que despose la matará al día siguiente, es así como la hija del gran visir decide ofrecerse como esposa del Sultán Schariar y cada noche le va relatando una historia. 

Refieren las crónicas de los Sasánidas, antiguos soberanos de  Persia, que existió un rey muy amado de sus vasallos por su sabiduría y temido de los vecinos por su valor.

Este rey tenía dos hijos, llamado Schariar el primogénito y Schazenan el menor. Tras un largo y glorioso reinado murió el rey, y Schariar subió al trono. Schazenan vióse, pues, reducido a la condición de un ciudadano particular; pero, lejos de envidiar la buena suerte de su hermano, puso todo su empeño en complacerle.  Contentísimo Schariar del proceder de su hermano Schazenan, quiso darle una prueba de su satisfacción cediéndole el reino  de la Gran Tartaria, cuyo trono fue a ocupar en seguida Schazenan, fijando su residencia en Samarcanda, que era la capital del Estado.

Habían transcurrido dos años desde que los dos príncipes se  separaron, cuando Schariar sintió vivísimo deseos de abrazar a  su hermano, y le envió un embajador para invitarlo a que se   trasladase a su capital.

Para este objeto designó a su primer Visir, el cual partió con   el séquito correspondiente a su elevada dignidad.   Llegado el. Visir a Samarcanda, el rey de Tartaria le acogió   con grandes demostraciones de júbilo, y le pidió en seguida noticias de su hermano el Sultán, El Visir satisfizo su curiosidad,   y acto seguido le expuso el objeto de su embajada.

__Sabio Visir __contestó el Rey__, el Sultán, mi hermano, no   podía proponerme cosa alguna que me fuese más grata. También   yo ardo en deseos de verle. Mi reino está tranquilo y sólo necesito   diez días para estar en condiciones de ponerme en camino; así,

pues, te ruego que te detengas ese tiempo aquí y mandes plantar   tus tiendas.

Schazenan nombró un Consejo para que, durante su ausencia, gobernase el Estado, poniendo al frente un ministro que le merecía absoluta confianza, y al atardecer del décimo día de la llegada del embajador, salió de Samarcanda, seguido del personal que debía acompañarlo en su viaje y se dirigió al pabellón real que el Visir había hecho levantar cerca de su tienda. Entretuvo se conversando con el embajador hasta medianoche, y queriendo dar un postrer abrazo a la reina, su esposa, encaminase solo a Palacio y se introdujo sin previo aviso en las habitaciones de la soberana, la cual, no sospechando siquiera aquella inesperada visita, había admitido en la intimidad de su alcoba a uno de sus criados.

El Rey penetró silenciosamente en el dormitorio de su esposa, y júzguese de su sorpresa al ver un hombre en el iluminado aposento. Quedó un momento inmóvil, preguntándose si debía creer lo que sus propios ojos veían, y persuadido de que no había lugar a dudas, exclamó, al fin:

__¡Cómo! ¿Os atrevéis a ultrajarme de esa manera cuando

apenas acabo de abandonar mi palacio? ¡Ah, malvados! ¡Pero no quedará impune vuestro crimen

Desenvainó su alfanje, acercóse a los dos culpables y, en menos de lo que se tarda en contarle, les hizo pasar del sueño a la muerte.

Hecho esto, cogió a los dos cadáveres y los arrojó por una ventana al foso que existía al pie de la misma.

Vengado de esta suerte, el Rey volvió a su pabellón, ordenó que inmediatamente fuesen levantadas las tiendas, y antes de que despuntase el día emprendieron la marcha. El Sultán salió al encuentro de su hermano y del Visir a las puertas de la capital de la India, y, después de haberle colmado de halagos y caricias, condujo a aquél a un palacio que, por medio de un jardín improvisado expresamente, se comunicaba con el suyo.

Schariar dejó en seguida a su hermano para que este tomase el baño y se cambiase de vestidos, y en cuanto supo que ya había realizado estas operaciones se apresuró a reunirse con él.

Sentáronse ambos en un diván, y cuando los cortesanos se hubieron retirado, los príncipes comenzaron a hablar de todo lo que dos hermanos, unidos mas por el amor que por los vínculos de la sangre, tienen que decirse tras de tan prolongada ausencia. Terminada la cena, que hicieron juntos, reanudaron la conversación, la cual se prolongó hasta hora muy avanzada de la noche, en que se retiró Schariar para que pudiese descansar su hermano.

El desgraciado rey de Tartaria se acostó, pero no pudo conciliar el sueño: la infidelidad de la Reina se le presentó tan vivamente ante su imaginación que víose obligado a abandonar el lecho, entregándose por completo a sus  dolorosos pensamientos.

El Sultán no pudo por menos de observar la honda tristeza

reflejada en el semblante de su hermano.

__¿ Qué te sucede, rey de Tartaria? ¿Sientes, acaso, haber dejado tus Estados y te apena verte tan lejos de la Reina, tu esposa? Si es esto lo que te aflige, te daré al punto los regalos con que deseo obsequiarte y podrás regresar a Samarcanda.

En efecto, a la mañana siguiente le mandó cuanto las Indias producen de más raro y precioso, mas rico y singular, no olvidándose de nada que pudiera distraerlo y divertirlo; pero estos agasajos y fiestas, lejos de alegrarle, aumentaban su melancolía.

Cierto día, Schariar organizó una cacería a unos bosques donde abundaban los ciervos, e invitó a Schazenan a que le acompañase; pero éste se excusó, pretextando que se hallaba indispuesto, y el Sultán, que no quería contrariarle, partió con toda su corte.  En cuanto se halló solo, el rey de la Gran Tartaria encerróse en su cámara y se asomó a una ventana que daba al jardín.

El espectáculo que se ofreció a su vista llenóle de estupor:

abrióse, de pronto, una puerta secreta del palacio del Sultán, para dejar paso a veinte mujeres, que rodeaban a la Sultana. Ésta, creyendo que también Schazenan había ido a la cacería, avanzó con sus acompañantes hasta el pie de la ventana ala que aquél estaba asomado.

La Sultana y las demás personas de su corte, sin duda para que los vestidos no entorpeciesen sus movimientos, o bien para estar con mas comodidad, despojaronse enteramente de ellos, y entonces pudo observar Schazenan que sólo diez de aquellas personas eran mujeres, y las restantes robustos moros que se apresuraron a retirarse, en distintas direcciones, cada cual con su pareja.

__¡ Massoud ! ¡ Massoud! __llamó entonces la Sultana, y otro apuesto árabe, que descendió de un árbol, unióse al punto a la soberana.  Schazenan vio más de lo suficiente para convencerse de que su hermano no era menos desgraciado que él, y cuando, después de la medianoche, los libertinos vistieron de nuevo sus largas túnicas y volvieron a Palacio, el rey de la Gran Tartaria dio libre curso a sus pensamientos.

__¡Cuan poca razón tenia yo  __se decía para creer que mi desgracia era única en el mundo; Ésta es, sin duda, la suerte fatal que les está reservada a todos los maridos. Siendo, pues, así, ¿por que he de dejarme vencer por la pena? No hay que pensar más en ello; el recuerdo de una desgracia tan común no turbará Jamás mi sueno.  Efectivamente, en vez de entregarse a sus sombríos pensamientos, se hizo servir una opípara cena y se mostró alegre y decidor.

Cuando supo que el sultán estaba ya de regreso, fue a encontrarle con aire placentero. Schariar, que esperaba encontrarle en el mismo estado de abatimiento y congoja en que le había dejado, sorprendióse gratamente al verle tan alegre.. __Hermano mío __le dijo__, doy gracias al Cielo por el cambio felicísimo que se ha operado en ti, y te ruego que me digas a que motivo obedece.

__Bien, hermano querido; puesto que lo deseas, voy a complacerte.  Le contó cuanto le había sucedido con su esposa el castigo que habíale impuesto, y concluyó diciendo:

__Ésta era la causa de mi tristeza; considera si tenía motivos para desesperarme.

__¡Qué suceso tan horrible me has contado, hermano mío!__ exclamó’ el Sultán__. Apruebo el castigo que infringiste a los que de modo tal osaron ultrajarte. Semejante acción no puede por menos de ser aplaudida; es muy justa y, por mi parte, te aseguro que, en tu lugar, no hubiera osado de tanta moderación. No a una, sino a mil mujeres hubiera matado. ¡Cielos! No creo que semejante desventura haya podido ocurrir a otro que a ti. De todos modos, da gracias al Cielo por el consuelo que te ha enviado, y como supongo que este será también asaz fundado, te ruego que me digas ahora en que consiste, teniendo en mi absoluta confianza.

__Quisiera obedecerte, pero temo causarte mayor pena de la que yo he experimentado.

__Lo que me dices aviva todavía mas mi curiosidad  __repuso Schariar.

El rey de la Gran Tartaria vaciló aún, pero tuvo que acabar por ceder, y le contó las escenas del jardín que el había presenciado desde la ventana de su aposento.

__¡ Cómo! __exclamó Schariar__. ¿La sultana de la India, es capaz de prostituirse de una manera tan abyecta? No, hermano mío, no puedo creer lo que me dices si no lo veo con mis propios ojos ; los tuyos te han engañado.

__Hermano mío __repuso Schazenan__, si quieres convencerte, no tienes mas que organizar una cacería. De noche volvemos ocultamente a mis habitaciones y estoy seguro de. que verás las mismas escenas que yo presencie.  El Sultán aprobó la estratagema y dispuso al punto la partida de caza.

Al día siguiente salieron los dos príncipes con sus séquitos

respectivos, y, llegados al punto previamente designado, detuvieronse allí hasta que cerró la noche. Sin pérdida de tiempo, el rey de la Gran Tartaria  y el Sultán montaron a caballo y, atravesando solos los campos, volvieron a la ciudad; lograron no ser vistos por alma viviente, entraron en el palacio que ocupaba Schazenan, y se situaron en la ventana que daba al jardín, sin apartar la vista de la puerta secreta.

al fin, se abrió ésta y se repitieron las mismas escenas de la noche anterior.

El Sultán vio también mas de lo necesario para convencerse de su vergüenza y de su desgracia.

__¡ Ay de mi! __exclamó__. ¡Qué horror! ¡Que sea capaz la esposa de un soberano como yo de semejante infamia! ¿Qué príncipe podrá decir, en vista de esto, que es completamente feliz? ¡Ah,_ hermano mío __prosiguió, abrazando al rey de Tartaria__, renunciemos ambos al mundo! La buena fe no existe ya; si por una parte nos lisonjea, por otra nos traiciona. Abandonemos nuestros Estados y toda la magnificencia que nos rodea ; vámonos a tierras extranjeras para vivir como simples particulares y ocultar nuestra desventura.

__Hermano mío __repuso el rey de Tartaria__, no tengo más voluntad que la tuya. Estoy pronto a seguirte adonde quieras, pero me has de prometer que volveremos, si encontramos a alguno que sea mas desgraciado que nosotros. __Te lo prometo  __ contestó el Sultán. Salieron secretamente del palacio y tomaron por un camino

distinto del que habían seguido a su llegada. Anduvieron todo el día hasta que, al atardecer, llegaron a un espeso bosque lleno de árboles seculares y muy frondosos, cercano al mar.

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